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Lawrence Grobel: «Entrevistar consiste en armar un rompecabezas»

Charlamos con el periodista estadounidense Lawrence Grobel (Nueva York, 1947), conocido por sus entrevistas en profundidad con figuras icónicas, quien revela sus inicios, comparte anécdotas e impresiones, discute sobre el arte de la entrevista y plasma la importancia de la preparación y la autenticidad a lo largo del proceso.

Decía Borges que él se enorgullecía mucho más por lo que había leído que por lo que había escrito a lo largo de su vida. Por su parte, el periodista Lawrence Grobel (Nueva York, 1947) debe de sentir una satisfacción similar, pero con las entrevistas: un orgullo desmedido por las preguntas planteadas –y por las personalidades que se han cruzado en su camino–, pero más aún por las respuestas recibidas. Autor de varios libros –incluido su monumental The Art of the Interview: Lessons from a Master of The Craft (Three Rivers Press, 2004)– y de innumerables diálogos periodísticos, su papel siempre fue pasar desapercibido para que otros brillaran. Hasta hoy, claro, al convertirse en protagonista.

PREGUNTA: Quien lee tus grandes conversaciones –con Truman Capote, con Marlon Brando, con Al Pacino, con Ava Gardner o con John Huston, por ejemplo–, cae rendido a tus pies y piensa que naciste para esto, pero ¿cómo fueron tus inicios? ¿Te enamoraste del género a primera vista?

RESPUESTA: Voy a serte sincero: con 18 años –¡e incluso 20!– nunca se me había pasado por la cabeza dedicarme a hacer entrevistas. Puede que ya hubiese leído alguna que me hubiera impresionado lo suficiente, pero lo que a mí me interesaba entonces era escribir ficción, convertirme en un autor de novelas. Todo, por culpa de James Joyce –a quien me acerqué muy temprano– y libros como el Quijote, a los que, por mucho que lo intentara y por mucho que escribiese –por mi cuenta y sin mostrarle el resultado a nadie–, nunca pude compararme. Con ellos tuve mi primera gran Epifanía, y descubrí que no podía igualarme a los genios, que ellos eran una categoría aparte, y que yo, simplemente, debía de aceptarme como era, con mis limitaciones y mis destrezas, pero liberándome de la presión de querer ser como Joyce –o Cervantes–.

Con la lección aprendida, las entrevistas vinieron por sorpresa. En primer lugar, como reto: «¿sería capaz de hacerlas?». Y luego, como reacción en cadena, como una bola de nieve que se va haciendo más grande conforme va ganando terreno. Resultó ser algo que se me daba bien. La gente también me apreciaba, y, en vez de echarme a patadas, me recibían con las puertas abiertas [risas]. No en vano, yo también traía historias que contar –por ejemplo, había vivido en África durante tres años, había viajado por el mundo…–, y eso era algo que llamaba la atención. No sé, fue algo que pasó, sin más, y tuve la suerte de hacerlo bien. No creo que ser entrevistador sea algo con lo que los niños sueñen, ¿no? Pero un día tienes la oportunidad de convertirte en uno y te sorprende gratamente.

P: ¿Qué otras oportunidades vinieron después?

R: Para mí, lo más interesante ha sido siempre la entrevista en sí, explorar sus límites. Fíjate, yo comencé en Newsday, donde elaboraba entrevistas de tres horas de duración –más o menos–, y no me parecían suficientes. Podía charlar con personas increíbles, como Lucille Ball, Ray Bradbury o Linus Pauling –ganador del Premio Nobel de Química en 1954 y del Premio Nobel de la Paz en 1962–, que me permitían entrar en sus casas y preguntarles cualquier cosa; pero siempre me quedaba con ganas de más. Al fin y al cabo, yo aspiraba a adentrarme lo máximo posible en sus mentes, ver hasta dónde podía llevar el formato; pero necesitaba los medios necesarios, pues no hubiera sido justo para ellos pasarme tres días acompañándolos para luego redactar un artículo minúsculo. Necesitaba, sin ir más lejos, algo como Playboy –que ahora ni siquiera existe–, y plantearme nuevos desafíos, ver hasta dónde podía llegar. Así, lo que empezó con entrevistas de 30 preguntas, al tiempo se convirtió en entrevistas de 300, y, luego, de 1.000. Lo que yo quería era seguir, y seguir, y seguir; hasta lograr la mayor entrevista en profundidad que jamás se hubiera hecho. Ese era mi objetivo. Eso era lo que realmente me interesaba del género: ver hasta qué punto podía llevarlo.

P: Salvando las distancias, tu experiencia me recuerda a la del escritor español Francisco Umbral, que en 1977 publicó La noche que llegué al Café Gijón y contó cómo sus inicios literarios fueron precedidos por una serie de trabajos periodísticos en los que las entrevistas jugaron un papel determinante. No en vano, sus aspiraciones pasaban por escribir ficción –como las tuyas–, «pero por entonces aún no le compraban a uno los primores sobre lo que sea, sino la información sobre los grandes nombres que eran noticia», y, para eso, «había que seguir haciendo entrevistas». ¿Son las entrevistas un buen punto de partida?

R: No. Yo creo que las entrevistas son una parte integral del Periodismo. Sea lo que sea sobre lo que vayas a escribir, siempre habrá personas expertas con las que querrás hablar para tu artículo, tenga éste que ver con un incendio, con un desastre natural, con problemas de infertilidad o con la última hora política; y esas fuentes, esa investigación, esas conversaciones ya serán, en cierto sentido, un proceso de entrevista; y es a ellas a quienes tienes que acudir desde el principio. De hecho, para dedicarte a hacer entrevistas en profundidad creo que es importantísimo tener varios artículos a tus espaldas, haberte establecido ya como autor, o como periodista, y tener los suficientes antecedentes, las suficientes experiencias. En mi caso, cuando tuve delante a Barbara Streisand, y luego a Dolly Parton, y luego a Henry Fonda, y luego a Marlon Brando, tuve la suerte de que ya había hecho el suficiente trabajo de campo como para sentirme cómodo –y preparado– para entrevistar a personas como ellas. Si, por el contrario, alguien quisiera empezar por ahí directamente, creo que se estaría limitando, como me ocurrió a mí con Joyce con dieciocho años, cuando sólo quería escribir novelas.

P: En La noche que llegué al Café Gijón, además de lo planteado anteriormente, Umbral esbozaba su teoría de que «con las grandes figuras no se hacen grandes entrevistas», algo parecido a lo que Richard Ford decía sobre los atletas en El periodista deportivo (Anagrama, 1990): «puedes llegar a conocerlos demasiado, incluso a aborrecerlos, como puede suceder con cualquiera (…), y por eso, a veces no cuento todo lo que sé, y me juego lo que quieran a que los chicos de mi oficio se equivocan con esas entrevistas tan profundas». En tu caso, que has entrevistado a grandes no, sino a grandísimas figuras, ¿qué te parece? ¿Cuál sería la diferencia a la hora de entrevistar a un actor –o a un atleta– y a un tipo desconocido?

R: No se pueden comparar peras con manzanas. Por ejemplo, un amigo mío, Roy Firestone, ha entrevistado a más de 3.000 figuras deportivas. Lo ha hecho para la televisión y todo eso, y es verdad que la mayoría de ellos no son muy buenos para articular palabras. Yo también he hablado con varios deportistas a lo largo de mi vida, y no hablan mucho porque lo que sobresale es su talento, su habilidad con el deporte. Para un jugador de baloncesto o un boxeador, o un corredor, toda su concentración está en su carrera, en su actividad; y eso es lo que les hace ganar millones de dólares, no hablar delante de una cámara. Además, a menudo sucede que los periodistas siempre les están preguntando lo mismo: «¿Cómo te fue hoy?». «¿Te sentiste bien en el campo?». Y qué van a hacer ellos, si no es responder lo de siempre. Entonces, ¿qué es lo que convierte una gran entrevista con un atleta en una gran entrevista? El hecho de que es muy raro –y muy difícil– conseguirla. Pero si logras que iconos como Venus Williams o Rafael Nadal se abran, habrás batido el desafío, y la gente lo leerá porque es lo que estaban buscando desde el principio. En el otro lado de la balanza, tomar a un desconocido, tomar a un joven tenista, o a un joven jugador de baloncesto –o de fútbol–, y hablar con ellos, no va a ser tan espectacular como charlar con Messi, ¿sabes? Quizá obtengas más declaraciones, pero sólo porque aún no tienes el nivel como para conseguir que una persona realmente famosa se revele ante ti.

Yo he tenido la suerte de realizar grandes entrevistas, en las que he pasado mucho, mucho tiempo con los entrevistados, como cuando estuve 10 días con Marlon Brando en su isla, o como cuando invertí 52 horas a lo largo de nueve meses con Barbara Streisand, o como mis experiencias con James A. Michener o con John Houston, con quienes estaba una o dos horas cada vez que podía, cada vez que me dejaban entrar en sus casas. Claro, así era más sencillo lograr algo revelador. Y, de hecho, no podía ser de otra manera. Es decir, con lo valioso que es su tiempo, con la cantidad de personas que quieren hablar con ellos, o yo les ofrecía algo único, o me mandarían de vuelta a casa por toda respuesta. ¿Y cómo lograba esa revelación? Primero, siendo consciente de que un sujeto famoso ha sido entrevistado ya mil veces, le han hecho miles de preguntas y saben cómo responderlas, qué funciona y qué no. Segundo, leyendo todo lo que podía, leyendo todas sus entrevistas, estudiando cuántas veces se repetían, de qué les gustaba hablar –y de qué no–, e intentar ir más allá, profundizar, tratar de conseguir aquello que no leí nunca. Ese es el objetivo principal: ir más allá de lo leído. Claro, con un anónimo es más sencillo, pues no mucha gente ha hablado antes con ellos; es con los famosos con quienes viene el desafío de tratar de alcanzar algo nuevo, algo fresco, algo desconocido.

Lawrence Groble y Jodie Foster. Imagen cedida por el propio autor.

P: De buscar revelaciones a ser el periodista que buscaban las estrellas para el revelado. ¿Qué supuso para ti que personalidades como Marlon Brando o Ava Gardner, que rehuyeron de la prensa durante años, te eligieran para charlar en un momento determinado? Me refiero, ¿cómo se pasa de querer entrevistar a ser solicitado por los entrevistados?

R: Siempre fue una gran responsabilidad, la verdad; pero desde mi primera gran entrevista para Playboy, que fue con Barbara Streisand y me llevó casi un año, mis editores vieron algo en mí que les gustó, y todo mereció la pena. Yo creo que fue la perseverancia, mi disposición para trabajar incluso sin percibir nada a cambio, las negativas a darme por vencido, a rendirme sin lograrlo. Todo esto fue, además, lo que poco después me llevaría hasta Marlon Brando, la intuición de que conseguiría entrevistarlo aunque tuvieran que pasar diez meses –¡o diez años!–. Por entonces yo era muy joven, estaba hambriento, era agresivo; aunque también estaba muy nervioso. Para mí, Marlon Brando era el mejor actor vivo, y entrevistarlo suponía llegar a la cima. Sabía, por ejemplo, que no daba entrevistas. Sabía que no querría hablar de actuación. Sabía que sólo querría tratar un tema: los indígenas americanos. Pero, sobre todo, sabía que tendría que superar esos obstáculos, prepararme como nunca antes y olvidarme de las limitaciones. No voy a mentir: he escrito un guion basado en este momento, porque creo que sería una buena película [risas], una historia en la que un joven periodista de 30 años que está intentando ganarse la vida tiene una entrevista con Dios, básicamente, con el gran icono, con el mejor actor del siglo XX. Por supuesto, no fue nada fácil: estaba nervioso todo el tiempo, iba al baño cada rato. Lo leí todo sobre Brando, me vi todas sus películas, tomé infinidad de notas, llamé a todo el mundo que pudiera conocerle, a personas que, en algún lugar, tuviera historias sobre él, y escribí, escribí y escribí; me pasé meses tomando apuntes, escribiendo.

Cuando llegó el momento, me tranquilicé. Quiero decir, fui consciente de que ya estaba todo hecho: había llegado a su isla privada, así que no podría hacer llamadas, no había tiendas a las que ir a comprar otra grabadora si la mía se estropeaba, tampoco para comprar más cintas. Tuve que prepararme concienzudamente: para tener conmigo todo lo que me hiciera falta, sí, pero también para no contagiarme de malaria, o para que la humedad no acabase con mi equipo. En fin, que mi cabeza iba a mil kilómetros por hora, y encima me asaltaban los imprevistos. Por ejemplo, durante los tres primeros días, Brando no me dejó encender la grabadora. Primero le apetecía conocerme, aunque a mí sólo me apeteciera empezar; y, mientras tanto, aprendí algo muy valioso, y es que tienes que saber nadar contra corriente, porque no todo puede suceder siempre como quieres, y tienes que aprender a tomar el control. Da igual con quién estés hablando: si con Brando, Trump o Biden, como entrevistador, eres tú quien tiene que marcar las reglas y decir: «esto es lo que vamos a hacer, y esto es lo que quiero saber», sin miedo, sin acobardarte; aunque tu pregunta le moleste al entrevistado, tienes que seguir. Claro, al principio yo no sabía cómo hacer eso [risas], así que tuve que esperar al cuarto día en la isla para encender la máquina y ponerla entre nosotros.

Después de aquello aprendí, claro, y cuando Al Pacino, que estaba muy, muy nervioso cuando fui a entrevistarlo –a pesar de haber sido él quien me dijo que sólo le daría una entrevista al tipo que se la había hecho a Brando–, me soltó lo mismo al sacar el aparato, supe cómo atajarlo. Porque no quería que tomase el control desde tan temprano, pero ya no iba a permitir pasar (casi) una semana esperando. Es un aprendizaje, algo en lo que mejoras según vas practicando, aunque también puede llegar a ser un proceso muy estresante, ya que no quieres cometer ni el más mínimo fallo.

P: Sin embargo, a lo largo de tu carrera habrás cometido unos cuantos, ¿no?

R: Pues sí, la verdad. Fallé una vez con un jinete muy famoso, con el jockey Bill Shoemaker, a quien apodaban Silent Shoe porque no hablaba demasiado, por ejemplo. Pasé una semana con él, grabando en su casa, y se notaba que él no quería hacerlo, que no estaba cómodo: a preguntas muy largas sólo obtenía respuestas cortas, y, claro, a pesar de reescribirlo, no conseguí salvar el texto. En Playboy la rechazaron, aludiendo que mis preguntas eran mejores que sus respuestas, y eso nunca es positivo.

En este sentido, Playboy también rechazó mi entrevista con Truman Capote, algo sorprendente si tenemos en cuenta que poco después se convirtió en una de mis mejores obras publicadas; pero la rechazaron porque la consideraron demasiado gay para el momento. En cualquier caso, yo sabía que era una entrevista poderosísima, así que la recompré, y, cuando murió un par de meses después, la incluí en nuestro libro, que fue un auténtico bestseller y me confirmó lo que yo ya sabía: que, efectivamente, era una buena entrevista.

Lawrence Grobel y Steve Martin. Imagen cedida por el propio autor.

P: Además de la confianza y de la capacidad para sacar declaraciones nunca antes vistas, ¿qué otras claves hay que tener en cuenta para realizar buenas entrevistas?

R: Bueno, si vas a hablar con alguien conocido, lo primero es tener una razón para ello, ¿verdad? No creo que sea justo charlar con una persona a nivel periodístico y no intentar hacer algo luego, sea cual sea el resultado obtenido.

De todos modos, lo más importante de una entrevista, realmente, es la preparación y la concreción. Cuanto más leas, más obtendrás a cambio; y cuando prepares tus preguntas, mantenlas a raya, intenta formularlas en una única frase, es decir, ve al grano. Porque no se trata de ti, se trata de los entrevistados, y cuanto más específico y breve seas preguntando, más espacio para hablar les estarás dejando a ellos; y tú también tendrás un mayor margen para desarrollar nuevas cuestiones y demostrar que estás escuchando.

Sobre la importancia de una correcta preparación, recuerdo la entrevista que le hice al escultor Henry Moore en Inglaterra, a donde yo fui desde Forte dei Marmi, en Italia, y que repasé exhaustivamente en el tren, donde preparé preguntas, las anoté, las transcribí, las recorté y las estudié con esmero, como si fuera un examen. ¿Qué pasó después? Que cuando lo vi, sentado en el patio trasero de su casa, con 80 años, observando un libro de dibujos, no me hizo falta ni abrir esas preguntas que tanto me había preparado. Simplemente, tuve una gran conversación con el mejor escultor de su generación; y todo, gracias al modo en que había interiorizado su trabajo.

P: ¿Alguna vez fuiste capaz de realizar una entrevista que no pudieras llevar preparada?

R: He hecho entrevistas en las que no he estado preparado porque me han avisado con muy poca antelación, claro; pero el resultado nunca es el deseado. Puedo obtener algo, por supuesto, pero la preparación es un elemento indispensable para el entrevistador. Es decir, en tu cabeza tienes que sentirte lo suficientemente preparado, y eso sólo lo consigues si ya sabes todo lo que puedes sobre alguien. Si no, aparece el nerviosismo y la sensación de que cualquiera puede engañarte. Por el contrario, si estás preparado, tienes confianza; y ahí ya llevas avanzadas tres cuartas partes. La guinda, luego, la pone la comodidad, conocer el lugar que ocupa cada parte, y, si bien no es un espacio equidistante –pues tu interlocutor será siempre más famoso, talentoso o importante–, tienes que sentirte cómodo y psicológicamente cercano a la persona que tienes delante.

P: En cualquiera de los casos –preparadas o no–, ¿cómo aconsejas empezarlas?

R: Siempre necesitas un buen comienzo, atrapar al lector desde la primera pregunta, ir directo al grano y mostrar, desde el principio, el tipo de entrevista que será: ¿desafiante? ¿informativa? ¿animosa? ¿inquisidora? Todo, a partir de la naturaleza de tus cuestiones, y dándole a la gente un pequeño margen para calentar.

Lawrence Grobel (Nueva York, 1947) sosteniendo un ejemplar de su monumental ‘The Art of the Interview’. Imagen cedida por el propio autor.

P: Estos días acaba de salir en España un libro de Enrique Vila-Matas titulado Ocho entrevistas inventadas (H&O Editores, 2024), que recoge esta faceta primigenia del autor, y que comienza, precisamente, con la traducción ficticia de una entrevista al propio Marlon Brando en 1968. Sucede que, por aquel entonces, Vila-Matas no sabía inglés, y, por tanto, tuvo que inventarse las respuestas, iniciando, así, una serie de trabajos muy característicos suyos, donde la realidad y la ficción no dejan de confundirse. Tomándolo como ejemplo, y aprovechando tu experiencia, ¿dirías que una respuesta ficticia podría llegar a ser, en algún caso, mejor que una contrastada y verídica?

R: Depende de lo que busques. Si es la verdad, no; pero si es entretenimiento, o cierta perspicacia, sí que puede ser una buena alternativa. Para mí, los novelistas son personas que interpretan la vida, que mejoran los diálogos, que suprimen el balbuceo. Con la ficción se eliminan muchas cosas, y eso, a veces, es lo que anima a otras personas a que las lean.

Fíjate, yo mismo quise hacer una entrevista falsa con Elvis Presley [risas], con infinidad de respuestas que había reunido gracias a sus intervenciones. Tenía, incluso, pensada la coartada perfecta: que había sido grabada en la parte trasera de Graceland, y que sólo habíamos estado Elvis y yo presentes. A mí la idea me entusiasmaba, pero Playboy no me dejó llevarla a cabo por miedo a que dañara su imagen.

Sea como sea, creo que, en ocasiones, puedes llegar a obtener más información sobre alguien presentándolo a través de la ficción que a través de un diálogo. Hubiera sido mi caso con Bill Shoemaker, sin ir más lejos; desde luego, habría salido una mejor entrevista si la hubiese hecho yo mismo, sabiendo qué es lo que tenía que decir, después de haber hablado con él y haberme impregnado de todos sus detalles. Al fin y al cabo, yo ya había entendido cómo era y cómo se comportaba; aunque es verdad que entrañaría una ligera trampa. Siempre dependerá de cómo quieras presentarte: como escritor de ficción o como periodista, pero se puede llegar a la verdad por medio de ambas facetas. Mira a James Joyce, de nuevo; o a Norman Mailer, Capote, Cervantes… ¡Incluso a Dostoyevsky y su Crimen y castigo, que te acercará más a la mente criminal que cualquier otro libro! Si funciona, funciona, y hay mucha ficción con la que aprender de la vida.

P: Hablando de autores de ficción: hace años descubrí una obra titulada Autoentrevistas de escritores mexicanos cuyo pretexto era el siguiente: «Los escritores suelen ser mentirosos por antonomasia: mienten en su literatura (…), mienten por convicción o sin saberlo, juegan, se entretienen, nos entretienen mientras lo hacen. Y es posible que lo hagan también cuando dan entrevistas (…). Pero ¿puede un personaje jugar consigo mismo, mentirse, decirse cosas contradictorias?». Tal y como esbozaban los coordinadores de la iniciativa, ¿qué grado de intimidad, de confesión, dirías que conlleva una autoentrevista?

R: Mira, hace años intenté entrevistar a John Updike, el famoso autor, y, para ello, le escribí unas cuatro cartas, en las que me dejó bastante clara su postura. Para él, lo único en lo que tenía control en la vida eran sus palabras, y creía que si le ofrecía sus palabras a alguien con el poder de controlarlas, de editarlas, estaría renunciando a ellas, que eran su razón de ser –y su sustento–. Lo respeté, por supuesto, y hasta he llegado a darle la razón.

Con mis entrevistas, podía llegar a reunir más de 1.000 páginas de contenido, y, claro, me veía en la necesidad de reducirlas, de convertirlas en un texto de 100 o de 50, nada más. También las armaba alejándome de toda cronología, cogiendo lo que me habían dicho un mes antes y mezclándolo con lo de hacía una semana, o con lo de hacía tres días; colocándolo todo junto en el mismo párrafo, jugando con el orden de las frases para dotarlas de sentido. Porque, en una entrevista, el proceso de edición representa, como poco, una tercera parte de la misma, junto a la preparación y la realización. Es lo que hace que se mueva, lo que evita que sea aburrida. ¿Te imaginas publicar una entrevista de forma literal, exactamente tal y como sucedió? Sería el infierno; y la culpa la tendría el periodista, no el sujeto.

Dicho esto, uno mismo es quien dirige sus propias auto-entrevistas, ¿verdad? Y hay quienes las prefieren por eso, y hay quienes no. Yo, que he sugerido unas cuantas –e, incluso, hecho alguna–, creo que no tienen nada de malo, pero pueden no ser tan reveladoras como una entrevista directa y en profundidad.

P: Exacto: al final de The Art of the Interview, tú mismo te autoentrevistas y afirmas que, tras décadas ejerciendo, «aún sigo aprendiendo, y tengo más preguntas que respuestas». ¿Crees que algún día las cuentas saldrán a favor de las respuestas?

R: En cierto sentido, sí [risas]. Pero porque ya no estoy haciendo grandes entrevistas. Me gustaría seguir haciéndolo, la verdad, pero la revistas ya no me las piden. Quizá por que muchas han desaparecido o se convirtieron en publicaciones en línea, y en esas condiciones no tienen cabida mis preguntas. Al contrario, ahora vienen los demás a plantearme a mí sus dudas, a grabarme, a tomar apuntes. Quizá porque ya soy mayor y tenga un poco más de sabiduría que cuando era joven, pero me encantaría volver a tener más preguntas que respuestas.

P: Y llegado el momento, ¿cómo sabrás que ha llegado tu última respuesta? Por ejemplo, ¿cómo se reconoce el final de una entrevista?

R: Sencillo: lo reconocerás cuando lo leas [risas]. A veces lo escuchas, como cuando Truman Capote me dijo que le gustaría reencarnarse en buitre, ¿no? Pero normalmente surge del proceso de edición.

En mi caso, trato siempre de encontrar una pregunta que se relacione con la última afirmación del personaje, aunque no la haya pronunciado en directo. Entrevistar consiste en armar un rompecabezas, y un buen final puede surgir donde menos te lo esperas, pero siempre está ahí. Y cuando lo lees, lo sabes. Lo que es indiscutible es que la conclusión es casi tan importante como el comienzo, bien para satisfacer, bien para decepcionar a tus lectores directos. Como ves, hay muy poco margen para el azar, pero es así como funciona el arte –y la artesanía– de la entrevista.

Lawrence Grobel (Nueva York, 1947) en Echo Valley. Imagen cedida por el propio autor.

‘You, Talking to Me. Lessons I Learned Along the Celebrity Tail’, by Lawrence Grobel.
Lawrence Grobel & Robin Williams.

2 comments on “Lawrence Grobel: «Entrevistar consiste en armar un rompecabezas»

  1. Avatar de robertoherrscher

    Excelente entrevista al gran entrevistador. Logra con Grobel lo que él busca y encuentra con sus célebres entrevistados, cercanía, apertura, profundidad y aprender cosas nuevas. Y está estructurada con maestría. ¡Felicitaciones a Mareschal y a la revista!

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