CARA A
«Lo que hace Adrián Fauro en Mare meua, (re)imaginando sucesos no–vividos, es un juicio sumarísimo y necesario»
Las primeras páginas de Mare meua (Editorial Dieciséis, 2023), de Adrián Fauro (Alicante, 1994), las leí en el lapso de tiempo que transcurre –de forma indeterminada, la verdad– entre un ingreso y un alta hospitalaria. A pesar de que ya intuía lo que sucedió, volver a acercarme a una obra de Adri bajo estas circunstancias fue un acierto; no en vano, Mare meua combina a la perfección ambas premisas: la enfermedad y el tiempo –sobre todo, de espera–, y abre en el lector nuevas posibilidades. Por ejemplo: ¿y si nevara en Alicante? O: ¿podría caer una ciudad enferma, al igual que le pasó a la abuela?
En condiciones normales, estas preguntas serían trasladadas de inmediato al autor, a la editorial o a algún secretario, pero ¿cómo hacerlo si la única regla que propone Fauro es saltárselas?
Un ejemplo:
«El hospital cansa más que la playa. Todos los días a las once menos cinco las enfermeras pasan por las habitaciones para avisarnos de que el que salga ya no puede volver a entrar. A las once cierran las puertas principales y el hospital no se abre hasta las seis y media. Si no estás en una cama puedes entrar y salir sin que te vean por la zona de urgencias (…). El otro día soñé que justo a las once y un minuto sonaba una alarma para avisarnos de que los sanos ya se habían ido y podíamos salir al pasillo a disfrutar de la barra libre y desenchufarnos de los monitores y para bailar como Van Damme en el vídeo ese que me enseñó mi sobrina […]».
Y así con todo lo demás.
Animados, por tanto, a darle la vuelta a las cosas, a reventar las ideas preconcebidas, a salir a bailar y a desenchufarnos de los monitores, queríamos que saliera algo especial de esta entrevista, dándole al autor, por primera vez en la historia de ‘Revista Popper’, la oportunidad de tomar las riendas.
Porque, para nosotros, el punto y final que concluye una obra es el que abre paso a la tanda de ruegos y preguntas, pero intuimos, también, que es cuando los escritores sienten más dudas: ¿Se habrá entendido aquella metáfora? ¿Hallarán los lectores la referencia? ¿El periodista se habrá leído la novela?
En conclusión: hemos venido a romper las reglas. Y a entender Mare meua a través de las preguntas de su creador –y no tanto de sus respuestas–.
ADRIÁN FAURO: ¿En tu barrio hay más bares o inmobiliarias?
ALFONSO MARESCHAL: ¡Ay Dios! Empezamos fuerte, ¿eh? [risas]. Fíjate, con esta pregunta me acabo de sentir como debió de sentirse Zapatero al preguntarle en TVE cuánto costaba un cortado, porque no tengo ni idea. Ya sabes: acabo de mudarme y tal, pero creo que he quedado retratado [risas]. Sea como sea, tengo la ligera sensación de que hay más bares que inmobiliarias, y tendría sentido, pues en Canarias –e imagino que en Alicante debe de suceder algo similar– el suelo no te lo ofrecen a pie de calle, sino en portales extranjeros o en apps para viviendas vacacionales. Pero ¿sabes en lo que sí que me he fijado? En que hay un montón de mercerías y de locales de manicura y esmalte. Espero que sean, primero, para mantener la tradición; y segundo, para conservar las uñas afiladas, que nunca se sabe.
ADRIÁN FAURO: ¿Es posible reconocer en Mare meua la ciudad propia y / o un tipo concreto de ciudad sin evocar directamente a Alicante?
ALFONSO MARESCHAL: El poeta Wallace Stevens tiene un verso que dice: «Nadie necesita un paraíso cuando cae la lluvia», y sabiendo –como sabemos– que la ciudad puede llegar a ser lo opuesto a un paraíso –sobre todo cuando las venden así, precisamente–, habrá que centrarse en el paisaje que deja la lluvia.
Dicho esto, hay algo en las ciudades mojadas que las asemeja entre sí, ¿no? Y, claro, la ciudad de Mare meua, más que Alicante –o que cualquier otra localidad–, me recuerda a un espacio lleno de charcos. Algunos provocados por la lluvia, otros por la nieve, otros por el abandono y otros por la enfermedad.
Sé que eres muy fan de Tolkien, pero ¿alguna vez leíste El sobrino del mago, de C. S. Lewis? En esa primera entrega de Las Crónicas de Narnia había un lugar llamado «El Bosque entre los Mundos» que estaba plagado de árboles y estanques, y donde cada uno de ellos era la puerta a un universo distinto. En cierto sentido, Mare meua funciona como ese bosque, o como Ciudad de Paso en el Kingdom Hearts, al que le dedicas un poema en Nieve sucia (Cántico, 2024): conectando mundos, que, sin distinguirlos del todo, nos suenan e intuimos, como cuando llueve mucho y nuestra percepción de la carretera depende de la velocidad a la que actúa el limpiaparabrisas. Montado en el coche, por tanto, no se sabe si la ciudad de Mare meua es Alicante, Santa Cruz de Tenerife o Ibiza; lo que sí, que el paraíso de esas ciudades paradisíacas se esconde, quizá, donde nadie –salvo Adrián Fauro– descorre la cortina para ver caer la lluvia, la nieve o una canica bajando la colina.
ADRIÁN FAURO: Más que fan de Tolkien, me gusta muchísimo El señor de los anillos, la trilogía. Es un matiz importante [risas]. No leo mucha Ci-Fi ni fantasía, pero lo que me gusta de ese mundo lo suelo referenciar. Aunque creo que pecas de romantizar la visión de la ciudad que lees, entiendo lo que dices. En cualquier de los casos, ¿la obra funciona como novela o como libro de relatos?
ALFONSO MARESCHAL: Vuelvo al «Bosque entre los Mundos», de C. S. Lewis, y a sus estanques. Porque, al oír hablar de él, ¿en qué te fijaste: en la posibilidad de que un único bosque sea capaz de aglutinar todos los universos –¡guau!–, o en lo que cada universo tiene para mostrarte –¡guau! x2–?
Dicho de otra forma: si llegaras a ese lugar, ¿te quedarías en el bosque para siempre y te asomarías al agua –¡pero sin bañarte!–, o te zambullirías sin pensarlo –pudiendo, quizá, no regresar al punto de partida, pero disfrutándolo–?
En este sentido, Mare meua plantea una paradoja parecida. Puede funcionar como novela y puede funcionar como libro de relatos, dependiendo de lo que al lector le apetezca; es decir, dependiendo de si quiere acercarse a ella de un modo holístico o disfrutando cada una de sus partes por separado. Yo, por ejemplo, creo que hay una serie de relatos que funcionan muy bien unidos, y otros que alcanzan todo su sentido cuando los aislas. Si me preguntas por la etiqueta que le pondría, me sale contestar: «¿acaso importa? ¡Que cada lector decida!».

ADRIÁN FAURO: ¿Es memoria histórica desde el presente?
ALFONSO MARESCHAL: ¡Me encantan esta clase de cuestiones! Del estilo: «¿se puede sentir nostalgia por el futuro?». O la que yo te haría a ti: «¿hay esperanza en el pasado?». Yo creo que sí, precisamente por esta pregunta que me lanzas. No en vano, en las tres estampas de Mare meua repites como un mantra una idea que a mí me tiene obsesionado:
«Y todo eso lo mira un ojo cerrado porque nunca ha estado ahí, pero vamos a suponer que sí. Que no hay épocas que no podamos ver ni historias que no podamos cruzar. Vamos a suponer que podemos confiar en la verosimilitud de los cuentos y en la intención de los cuentistas. Que se puede jugar con el espacio y el tiempo aunque sea un poco».
Fíjate, si antes hablaba de lo poco que importan las categorías, «memoria histórica desde el presente» podría ser una de las que sí valga la pena. Porque, tal y como comentamos en su momento acerca de la poesía, Odio la playa (Cántico, 2021) y el modo en que Louise Glück se auto-percibía, «memoria histórica desde el presente» no haría referencia a una «ocupación», o a una realidad –que también–, sino a una «aspiración», a una intención y a una voluntad, que es la de los «cuentistas».
Por otro lado, la Historia, a pesar de hablarnos del pasado, no se escribe hasta que pasan los años. ¡Menuda paradoja, ¿no?! Es decir, lo que hoy es presente, mañana será juzgado, y es crucial que así sea; pero más crucial todavía es no dar el juicio por sentado. En este sentido, hay varias formas de seguir juzgando lo juzgado, y una de ellas es la imaginación. Lo que haces en Mare meua, (re)imaginando sucesos no–vividos –y desconocidos u olvidados para muchos– es, por tanto, un juicio sumarísimo y necesario.
ADRIÁN FAURO: Esta es casi una petición tuya: ¿por qué te interesa tanto la bruja?
ALFONSO MARESCHAL: ¡Qué buena pregunta, Adri! [risas]. Pues, verás, del personaje de la bruixa me interesan varias cosas: su condición social, su humildad y, especialmente, el papel que juega la brujería en la historia –en la suya y en la de todas–. Sin embargo, todo lo que pueda aportar ya lo dejó dicho –y mucho mejor que yo– el escritor marroquí Abdelá Taia en Vivir a tu luz (Cabaret Voltaire, 2023):
«A cada cual su método, sus armas. La brujería no es más que una primera etapa, una forma de protegernos del daño, aunque sea inconsciente, que pueden infligirnos los demás; una manera de dejar nuestra huella (…). La brujería es una ciencia, mi pequeña Jadiya. Nuestra ciencia para cambiar el mundo cruel e injusto. Nuestra ciencia para no dejar que los poderosos hagan con nosotros lo que les dé la gana. Nosotros resistimos gracias a nuestra brujería (…). Te lo suplico, mi pequeña Jadiya, no los escuches cuando hablen delante de ti de nuestra brujería como si fuera algo que practican los analfabetos».
Sinceramente, veo un gran paralelismo entre la brujería que narra Taia y la que narras tú en Marea meua. No en balde, en el capítulo –¿relato?– en que ella misma toma la palabra, aparece anotado: «No entiendo por qué me dicen bruixa si vivo en la ciudad. En todo caso sería hechicera, aunque infunde menos respeto. Bruixa era mi madre, que vino del campo […]». Y: «Les doy miedo yo, que casi no salgo, y que cuando lo hago soy invisible. Aun así, me miran de reojo, miran mi casa y hablan pronunciando solo ssssss como serpientes». O: «Lo siento, me gusta ese miedo que les mantiene lejos y callados. Confío en ese miedo más que en su Dios. Es silencioso y reconfortante. Me permite estar al margen, que hablen entre ellos, pero desde lejos y flojito, sabiendo cuándo hacerlo. Es más seguro que la fe, que esconderse detrás de una pared, que la intimidad de la casa, que la calma que da la soledad».
Dicho esto, creo que me gustan tanto los puntos en que coincides con Taia –o los puntos en que yo, al menos, considero que esto ocurre– porque son, a su vez, en los que yo también coincidiría –si es que algún día conozco a una bruja, claro–. En resumen: la marginalidad impuesta a conveniencia –porque todos repudian a las brujas hasta que necesitan acudir a ellas–, el modo en que explotan su rol –como Genet, que escribió: «he decidido ser lo que el delito ha hecho de mí»–, y, por último, su conciencia de clase y su sed de tranquilidad –que, a veces, es el único modo que tiene la justicia de manifestarse–.
ADRIÁN FAURO: La bruja es un poco la representación de todo lo que hubo. Como la nieve, las lagunas, el bar, el alzhéimer, incluso el valenciano. Porque, para mí, el valenciano que se ha quedado en el castellano es como el silencio entre dos personas con mucha confianza.
ALFONSO MARESCHAL: Vamos a comprobarlo, si te parece: lánzame esta misma reflexión en valenciano, a ver qué pasa.
ADRIÁN FAURO: Primero, creo que la bruja y el valenciano van ligados: son imágenes de un pasado que todavía existe. Es importante que te lo explique porque me interesa mucho esa relación: lenguaje-bruja-silencio o palabras-significados. Segundo, el valencià que s’ha quedat en el castellà és com el silenci entre dues persones de confiança.
ALFONSO MARESCHAL: ¡Qué bonito, Adri! Pues, fíjate, ese silencio que se forma entre dos personas con mucha confianza a mí también me parece la constatación –invisible– de un pasado común que todavía aguanta, en tanto que ese pasado común es lo que permite –y favorece– la falta de palabras. Quizá porque ya está todo dicho, o porque ni siquiera ha hecho falta. Lo único que tengo claro al respecto es que, a partir de ahora, todos mis silencios serán en valenciano:
[…]
–Por cariño, claro. Y en honor a tu confianza–.
ADRIÁN FAURO: ¿Crees que todo esto tiene sentido? Es decir, ¿va a salir bien que te pregunte yo mismo sobre mi propio libro?
ALFONSO MARESCHAL: ¡Por supuesto! Si algo he descubierto en mi pequeña trayectoria como entrevistador es que una pregunta puede condensar más teorías, afirmaciones, elipses e hipótesis que una respuesta; y que, a su vez, las respuestas más interesantes son las que se formulan desde una postura, digamos, dubitativa.
Además, creo que invertir los papeles y darle al autor la posibilidad de preguntar ayuda a localizar mejor sus obsesiones y motivaciones literarias. Yo parto de la premisa de que las mejores historias –y no digamos ya ensayos, novelas o poemas– vienen precedidos de un signo de interrogación, de una pregunta constituyente –y constituida– de escenarios, personajes y argumentos, una Pregunta Fundadora, como dirían los estadounidenses; pero que rara vez se formulan en directo, ¿no? El autor se convierte, así, en un sujeto (auto)condenado a emitir respuestas –o a intentarlo, más bien– y creía interesante darle, por una vez, al menos, la vuelta. Ahora ya conozco algunos detalles y algunas de las cuestiones que, a priori, a ti más te interesan en relación a Mare meua. A cambio, tú conoces algunas de las reflexiones –y asociaciones– que a mí me rondaron por la cabeza mientras leía. Sé que sales perdiendo, por eso, si te parece, volvemos a la dinámica habitual y empiezo a preguntarte yo; que ganas no me faltan [risas].

***
CARA B
«Nieve Sucia es un juego. O eso intenté escribir»
Alfonso le pone mucho cariño y paciencia a las lecturas en las que luego hace entrevistas o reseñas. En mi caso, le estoy muy agradecido por el interés y la implicación que le pone a lo que escribo. También admiro que nunca tenga prisa ni marque plazos de publicación. Aunque esta vez tengo que decir que no solo no ha tenido prisa, si no que he tenido que ser yo quien le envíe preguntas, ideas a disposición de lo que estáis leyendo y ofrecerme a ayudarle a adelantar trabajo para luego recibir mensajes suyos los domingos pidiendo más tiempo. Supongo que el amor propio y a los libros que llevan mi nombre pesa más que el amor al arte en términos generales. Pido perdón por atacar públicamente, porque, mientras escribo esto, me doy cuenta de que sí tengo –a ratos– el ego que digo que no tengo –todo el rato–.
ALFONSO MARESCHAL: No es por nada, pero yo creo que somos la mejor combinación Comunidad Valenciana – Canarias desde Hoke y Cruz Cafuné colaborando en ‘Practice’ (Me muevo con Dios, 2023). Me gusta mucho ese tema, por cierto. Y me vuelve loco cómo empieza: cogiendo unas declaraciones de Allen Iverson –de hace más de 17 años– en las que decía que todo tiene que ver con la práctica, con los entrenamientos, no con el juego ni con el partido. ¿En esto de la escritura ocurre lo mismo? En tu caso, ¿la literatura tiene que ver con lo que pones de ti mismo en el proceso, o con lo que sucede una vez publicado?
ADRIÁN FAURO: Ese tema es un vacile duro. Se complican cero la vida para sacarse un tema de entrenamiento que es una exhibición.
No sabría qué contestarte porque es algo que no sé si realmente sé. Puedo decirte que el trabajo se hace antes de publicarse y que cuando el libro está en las librerías yo ya no puedo hacer mucho, salvo hacer un poco de promo; pero sin ser pesado. Creo que es obvio que escribir es un trabajo y que hay que dedicarle tiempo para llegar a hacerlo bien o, por lo menos, quedar satisfecho.
El proceso es imprescindible. Sin la escritura no existiría el libro. Y sin todo lo que te lleva a las ideas, tampoco. Así que supongo que el antes es más importante que el después, al menos para mí.
ALFONSO MARESCHAL: Con una cita de Hoke, precisamente, cierras Nieve sucia: «para los niños que van de mayores». ¿Es tu caso? ¿O al revés, y eres un mayor que va de niño?
ADRIÁN FAURO: Totalmente, soy un niño que va de mayor en el sentido de que, hablando de la escritura, tengo que hacer cosas, aprender, leer, escuchar o incluso hablar, y me sigo sorprendiendo de poder hacerlo o de que la gente me lea y piense en mí para ciertos eventos.
Soy como esos grupos de adolescentes que van al centro comercial por la tarde, miran ropa, van al cine y a comerse una hamburguesa, pero están todo el rato riéndose, hablando y disfrutando de ser mayor un rato; y que se van pronto porque tienen clase al día siguiente.
Aunque, y esto es importante, lo que Hoke quiere decir con esa frase es que su disco, BBO, es para los que tienen que buscarse la vida desde chavales. Con Nieve sucia –y también con Mare meua, e incluso con Odio la playa– busco contar algunas cosas desde ese punto, desde los barrios de una ciudad de provincias.
ALFONSO MARESCHAL: Del final de Nieve sucia vamos al principio, si te parece; a ese primer texto en el que pides «perdón porque este libro no represente ningún signo de madurez en mi escritura». ¿Qué representa, entonces? Y más importante: ¿realmente lo sientes?
ADRIÁN FAURO: Se puede resumir esa respuesta con la anterior: soy un niño que va de mayor; pero este formato me deja darte dos respuestas: una larga y otra también, pero más.
La primera es: Justo este año, el Illmatic de Nas ha cumplido 30 años, y yo también. De hecho, en el libro hay dos referencias al disco. Una es directa, porque hay un poema que se llama ‘Illmatic’ y, con él, sin hablar del disco hablo de algo inmortal; y otra más indirecta, que es el de Snow tha product, que hace referencia a que todavía somos jóvenes –o no–. Si te fijas, Nas sacó ese disco con 21, luego, con 23, el It was written, pero eso es aparte. Lo que quiero contar realmente es que ese tío hizo su disco más influyente y más «maduro» con 21 años. El Illmatic está en mil referencias del rap actual: sampleos, frases, la portada, etc. De hecho, estoy seguro de que Agozarein nace del Memory Lane (Sittin’ in da park), pero eso ya son frikadas. Por cierto, recomiendo mucho La azotea, un programa de Daniel Caballero que tiene un especial del Illmatic muy currado. ¿Qué representa la madurez, entonces? Quiero decir, no me estoy comparando con Nas, pero, si lo que se busca es mostrar madurez, en la escritura en este caso, ya está todo perdido. El objetivo no puede ser ese. Illmatic ya está hecho. Además, yo no soy un genio ni creo que haya que buscar la «madurez» en sí misma. Salvo que algún día coma de esto, claro, que igual mi opinión cambia.
La segunda respuesta sería: Nieve sucia es un juego. O eso intenté escribir. Es un libro que quería que fuera divertido y que dijera cosas que, si se podían escribir de forma sencilla, así fuera. Quería deshacerme de ciertas imposiciones de la poesía en cuanto a la forma de abordar las ideas, la forma en la que se desarrolla el poema y el control que se busca ejercer sobre el lenguaje con ello. Creo que no soy alguien que pueda hacer lo que hace la gente que está muy formada en el lenguaje, así que el camino que sigo es el de divertirme. Me tomo muy enserio la diversión.
Cuando digo que no representa ningún signo de madurez quiero decir que, si has leído Odio la playa, vas a reconocer ciertas cosas de mi escritura y ver cómo sigo hablando de un mismo asunto desde mil momentos distintos, tanto en espacio como en tiempo. Y si no has leído nada mío, no te aburrirás tampoco.
También niego esa madurez porque creo que las palabras, los libros por sí solos (en general), no dicen nada. Hay que querer contar cosas y saber de qué forma hacerlo. O por lo menos intentarlo. La música, la literatura, el cine, no pueden ser solo «arte», pero tampoco pueden ser solo un panfleto. Hay que buscar el equilibrio, la belleza y el mensaje. Yo persigo eso: quejarme de lo que va mal y decirlo a través de un estilo que sea interesante. Nunca sé si lo consigo, pero lo intento.
Nieve sucia representa, obviamente, una consolidación de mis ideas y mis procesos, pero no una madurez en mi escritura. Creo que, si alguna vez llega esa madurez o tengo un peak, será dentro de mucho –y si la vida me permite dedicarle el tiempo que necesita la escritura y la lectura–. De hecho, en muchos poemas hay una relación directa con otros de Odio la playa y no es intencionado, porque creo que hay que darle muchas vueltas a las cosas para encontrar la forma de escribirlas. Siendo alguien impulsivo y poco metódico, es difícil.

ALFONSO MARESCHAL: En el prólogo que Luis Díaz le hace al poemario, se puede leer: «Hay una infinidad de cosas que dan vergüenza. Se podrían hacer listas, listas en papel que podríamos pegar en las paredes de casa (…). También hay una cosa que da vergüenza y es escribir libros. Porque escribir un libro redondo y reluciente como este –redondo y reluciente como una bola de nieve que atraviesa una playa de punta a punta– da vergüenza porque escribir libros te convierte en escritor». Exactamente, ¿cómo es tu relación con la vergüenza en literatura? ¿Qué te da vergüenza como escritor? ¿Y como lector?
ADRIÁN FAURO: Qué increíble es Luis. A lo que se refiere él con ese prólogo, y en lo que estamos de acuerdo –porque hemos hablado mucho de eso–, es a que la vergüenza viene del no estar en ciertos sitios, haber crecido en otros, no formar parte de la cultura de la forma en que otros sí. La vergüenza viene de la impostura, de la autopercepción y de saber que, cuando hacemos algo como escribir un libro, estamos ocupando un sitio en el que no sabemos si estamos cómodos. La vergüenza viene del síndrome del impostor.
Justo ahora estoy leyendo, a la vez, El arte de encender las palabras, de Berta García Faet, y El odio a la poesía, de Ben Lerner. Berta dice que su libro es una respuesta a éste. El primero es, bueno, Berta García Faet haciendo poesía sobre la poesía. En el segundo, Ben Lerner habla de la poesía –y también se puede aplicar a la literatura– como algo que causa animadversión. Algo que a nadie le gusta, pero que tiene hueco, que está guay a pesar de todo. Algo así como que odiar la poesía y estar ligado a ella no es contradictorio.
Esto puede aplicarse también, como te digo, a la literatura en general. Me encanta escribir, pero siempre he sentido cierto rechazo a que se me llame, como si fuera un nombre, por lo que hago. Me acuerdo que de pequeño hacía judo, competía y no me iba mal. Cuando me empezaron a llamar judoka me cansé y, en cuanto pude y conseguí el cinturón negro, lo dejé. También me pasó cuando hacíamos música y empezaron a llamarme rapero. Cuando me llaman poeta o escritor siento un poco de pudor, porque eso quiere decir dos cosas: 1) que haces algo y ese algo te define. Y 2) ese algo que te define se te da muy bien y todo el mundo espera que lo hagas siempre, y que lo hagas, además, siempre bien.
Supongo que me da vergüenza ser escritor porque no quiero que la gente que me conoce me pregunte por ello. Y porque me da vergüenza que se me compare con gente que es buenísima en lo que hace. En el caso del deporte y la música, toda esta vergüenza me ha hecho dejarlo porque no era verdaderamente lo que se suponía que debía ser. En este caso, la vergüenza es un poco más llevadera por todo lo que me aporta a nivel personal (gente genial, vaya), lo que disfruto escribiendo y leyendo y, con la edad que tengo, cómo veo lo que hago.
En resumen, estoy de acuerdo con Luis. Siempre.
ALFONSO MARESCHAL: En su momento, el propio Luis nos dijo lo siguiente: «la literatura que más me gusta suele ser la que me hace ver la belleza donde antes no la había visto», y, en ocasiones, leer Nieve sucia –o Mare Meua, u Odio la playa– se sienten como justo lo contrario: una invitación a verle las costuras, la fealdad, a elementos que han sido toda la vida considerados como estéticos, como buenos, como sanos. Es el caso de la nieve, claro, que también se ennegrece; o de los turistas, que no es bondad –y dinero– todo lo que ofrecen. En esta vida –y tal y como están las cosas–, ¿hasta qué punto debemos acostumbrarnos a hacer –siempre que se pueda– una doble lectura? ¿Por qué no podemos fiarnos de ciertos relatos?
ADRIÁN FAURO: Lo que busco es que se vean las cosas y su belleza, a pesar de las costuras de las que hablas. La doble lectura viene de esa idea y creo que todo el mundo la hace, a su manera, de todo lo que le rodea. No sé si puedo explicar esto porque me niego a sentar cátedra, pero todo el mundo puede, en cierto modo, hacerla, y la hace. Otra cosa es que te dejes llevar por el relato dominante, que es más cómodo y que en ciertas personas y circunstancias tiene sentido que sea así. Entiendo que hay gente que no puede cuestionarse todo. Eso también está en los relatos, precisamente por esa idea de la cultura y de la vergüenza de la que hablaba Luis, y sobre la que me has preguntado antes.
ALFONSO MARESCHAL: «yo no soy poeta / soy la oposición del poder / desde otro poder», afirmas en ‘No soy Pasolini’. ¿Cómo es, exactamente, ese poder con el que te identificas?
ADRIÁN FAURO: Ese «yo no soy poeta / soy la oposición del poder» se la robo a Pasolini directamente. Cuando hablo de ese otro poder hablo de que soy consciente de que, aunque no me gusta esa etiqueta de poeta –lo hemos hablado hace dos preguntas–, y sobre todo me da igual esa idea académica y estudiosa de la poesía, soy hombre, cishetero y ahora tengo una estabilidad económica dentro de la precariedad. Y, sabiendo esto, tengo la obligación de molestar un poco, negar el discurso dominante, ayudar en todo lo que pueda incluyendo el estar callado y simplemente estar cuando sea necesario.
En la poesía puede que sí me permita ser más explícito en mis propias ideas y en mi propia forma de hacer las cosas, y lo hago a través de esos robos a gente tan brillante como Pasolini.
ALFONSO MARESCHAL: Me da pena acabar esta entrevista, porque ya son varios meses –por mi culpa, sí– intercambiando preguntas y respuestas. Sea como sea, me gustaría darte las gracias, pero también pedirte disculpas, porque últimamente me cuesta compaginar la vida con todo lo relacionado con leer, escribir y, claro, hacer entrevistas. Por suerte, te leo a ti y descubro que «el lenguaje fracasa cuando hablan las cosas», o que «las palabras son invisibles por eso decir que lo atraviesan todo es mentira pero no que todo atraviesa las palabras», o que «me cuesta mucho escribir sobre lo que puedo tocar». Llegados a este punto, ¿cuánto se parecen –y cuánto se diferencian– el pensamiento y la experiencia? ¿Es la escritura el único medio de compaginarlos?
ADRIÁN FAURO: Joder, gracias a ti por querer hablar conmigo sobre lo que escribo. Por leerme, echar horas a esto y pensar tan guay sobre estos libros.
La escritura no es el único medio para nada, pero es una forma como otra cualquiera de entender pensamientos y experiencias como algo que está ligado y que necesitas separar –a veces– para entender cuando te equivocas, cuando necesitas algo, cuando lo necesitan los demás. Hablo mucho con mis amigos sobre lo que necesitamos hacer cada uno para estar lo mejor posible a pesar de la vida: trabajo, pagar cosas, cumplir obligaciones, etc.
Yo escribo mis cosas, anoto ideas, me divierto, me castigo, tal no sé qué y ya con eso decido si escribo un poema, un relato, si en algún momento alguna idea sirve para algo más o si, simplemente, se queda en ese diario que llevo un poco por cuidar de mi cabeza.
Tengo amigos que hacen mucho deporte, otros que después del curro siguen haciendo lo mismo, pero para sí mismos. Otros que salen de trabajar y solo quieren tomarse algo y hablar sin parar, otros que disfrutan en casa sin hacer nada. Todos mis amigos hacen algo para estar bien o lo intentan. Yo trato que escribir sea una rutina que me siente bien en los pocos ratitos que me deja la vida.
Añado algo más: es una mierda tener que hacer lo que te gusta en los ratos en los que el trabajo te lo permite, y no debería de ser así; pero esto ya es un tema aparte y hay gente que lo explica mucho, muchísimo mejor.
ALFONSO MARESCHAL: Por cierto, si «ser poeta es como ser / de un signo del zodíaco / reniego de la creencia / hasta que me dicen que ahora todos los signos / han cambiado / y grito enfadado / que no no no no no y no / yo soy piscis y punto», ¿te atreverías a escribir tu propio horóscopo para el próximo año?
ADRIÁN FAURO: Escribir un horóscopo anual es demasiado ambicioso. Mejor marcarse metas sencillas que objetivos a largo plazo, pero aquí va el mío: Still pobre. Los guiris vienen y van, pero la ansiedad siempre está ahí. Mantente vivo hasta que acabe el verano y llama más a tu abuela. Vivir en un cuarto sin ascensor no es hacer deporte: cuídate un poco. Afortunado en el amor, que sigue estando bien chulo.


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