Entrevistas

Manuel Molina: «Para escribir hay que ser valiente y sacar sobre el papel lo que dictan nuestras tripas»

'Pan con chocolate' (ACEN Editorial, 2024), de Manuel Molina (Daimiel, 1984), es una novela que rinde homenaje a la memoria y a la infancia, a la par que explora la importancia de los recuerdos y la lucha contra el olvido. Completamente cautivados, charlamos con su autor para conocer, de primera mano, cómo construir una obra de tales características –y a partir de unos cimientos tan específicos y delicados–.

A la voz protagonista de Pan con chocolate (ACEN Editorial, 2024) siempre le gustó enterrar «objetos personales en lugares que visitaba», pues, con ellos –«un juguete o una simple canica que con el tiempo diera fe de mi paso por allí»–, dejaba una «minúscula prueba que sobreviviría a los años». A su autor, Manuel Molina (Daimiel, 1984), debe de sucederle algo parecido, pero con una ambición mucho mayor, pues lo que entierra son historias; y lo hace, además, en la memoria del lector, que no se cansa de cavar –y cavar– atraído por las imágenes de una novela llena de recuerdos, nostalgia y emoción, las cuales, con el tiempo –por supuesto–, darán fe de una literatura delicada e intimista que, bajo el pretexto de un regreso a la infancia –a la casa de la infancia, más bien–, a tantos conquistó.

PREGUNTA: En Nieve Sucia (Cántico, 2023), Adrián Fauro tiene un poema titulado ‘Palabra arriba’ que dice lo siguiente: «Nunca la cara del abuelo fue tan perfecta como cuando la dibujé en una libreta que estoy seguro de que sigue en algún lado de esa casa que no recordaré hasta que se me olvide cómo era», y, en cierto sentido, creo que Pan con chocolate funciona de la misma manera. Siendo así, ¿qué papel(es) dirías que juega la memoria –y el olvido– en ella? ¿Piensas, como Fauro, que a veces es necesario olvidar para terminar evocando con más fuerza?

RESPUESTA: La memoria es la esencia de Pan con chocolate. Recorre toda lo novela saltando por los diversos capítulos y personajes que aparecen, incluso con la propia casa (que es sin duda un personaje más). Podría atreverme a decir que este libro es un homenaje a la memoria de la gente común que no aparece en Wikipedia, que se diluye generación tras generación en un rinconcito de su pueblo. Decía Gabriel García Márquez que «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla». Por lo tanto, si nos quedamos sin nuestros recuerdos perdemos el bagaje de nuestra vida, que es la esencia de nuestra propia historia.

En mi caso, suelo usar el olvido como filtro ante la tristeza o el dolor que produce el paso del tiempo o ciertos recuerdos. En el libro cito varias veces que el protagonista «olvida para seguir adelante». Por ello, considero que es probable que el olvido juegue a favor de generar unos recuerdos más idealizados. En ese caso, cuando volvemos al pasado, a la infancia o la primera juventud, nos reflejamos de una forma bella que tal vez no corresponde con la realidad que fue, pero nos produce placer y nos genera adicción. Al menos en personalidades nostálgicas como la mía.

P: Hace meses, Javier Gomá publicaba en El Cultural un artículo llamado ‘Discurso de tu vida’, cuya tesis orbitaba entre dos tipos de seres humanos: aquellas «personas que recuerdan su niñez como una edad de oro, una hora de plenitud y felicidad en soleada armonía con el entorno», que «tienden a mirar con arrobo su pasado, idealizado en su memoria, con el cual comparan desfavorablemente su presente, a todas luces insuficiente, sórdido y pobre, por lo que experimentan el discurrir del tiempo como un desengaño progresivo de las antiguas ilusiones y su discurso está teñido de ternura retrospectiva, anhelo y nostalgia»; y aquellas otras «cuya identidad se forma en la adolescencia, edad en la que uno se descubre a sí mismo y, fascinado por su propia importancia, entra en conflicto inevitable con quienes parecen ignorarla (…). Su discurso enuncia normalmente una promesa de futuro». ¿Tú a cuál perteneces?

R: Si tuviera que decantarme por uno de los dos he de reconocer que sería el primer tipo de persona. Tuve la suerte de vivir una infancia plena donde todo estaba por soñar y los días eran largos y desenfadados. Es cierto que no soy pesimista con el futuro y estoy en constante búsqueda de nuevas experiencias y metas, pero cuando busco una «isla» en la que reposar (o escribir) suelo volver a los días de niñez y adolescencia. Quizá porque considero que las personas, una vez en sociedad con lo que implica (trabajo, responsabilidades, etc.) se intoxican de las rutinas, de lo gris y pierden parte de esa esencia que se tiene en la infancia, donde respondemos y decidimos sin considerar contextos.

P: Mientras bucea en sus recuerdos, precisamente, el protagonista de tu novela transita de la niñez a la adolescencia, y, de ahí, a la madurez misma, que es cuando descubre que, quizá, no haya invertido adecuadamente –o no del todo, al menos– su tiempo y esfuerzo. «En los primeros años (…), insistía en contarle por teléfono los trabajos que ejecutaba con corbata en el despacho y café caliente. Le hablaba de los proyectos de la empresa, de las retribuciones sustanciosas por objetivos y los lugares que estaba conociendo al realizar jornadas de formación y visitas a clientes. Sin embargo, nunca fui honesto en decir que, por dentro, en las tripas, estaba cubierto de ceniza por una vida hueca, sin arraigo y alejado de las raíces que ella siempre defendió», escribes; y yo me pregunto: ¿recordamos lo que queremos, o es el Sistema –capitalista– el que, al controlar nuestras vidas, también impone lo que quedará de ellas? 

R: Sin duda, cuando vamos avanzando en el tiempo el sistema nos va modulando y empaquetando dentro de la sociedad. Por ejemplo, estudiamos la ESO y tenemos que decidir qué tipo de bachillerato, llega la universidad y hay que elegir qué grado, letras o ciencias, estudiar o trabajar… Vamos pisando banderitas como los esquiadores que nos van llevando por ciertos caminos. Que nos van moldeando para convertirnos en un «producto» del que a veces no somos conscientes. Cada vez que escucho a los adultos hablar a los jóvenes sobre «salidas profesionales» me da un vuelco el estómago. Uno debe formarse o trabajar en lo que ama, en lo que siente que necesita hacer, o al menos luchar por intentarlo. Es cierto que en muchas ocasiones no es posible, porque hay que pagar las facturas y sobre todo si se trata de algo vocacional como el arte, la literatura o la interpretación. Pero al menos hay que pelear por los sueños, aunque sea mientras completas informes en la oficina o pones copas en un bar.

P: «Durante años me exigí dejar un pequeño arañazo en la memoria de los más cercanos. Lo intenté todo; escribir, pintar, talleres de teatro, probar en política, sin embargo, pronto descubriría que era tarea inútil», sentencias. Pero, si no son las artes, ¿qué es lo que permite abrir una grieta en las vidas ajenas y, luego, quedarnos –para siempre– a vivir en ellas?

R: Mi visión es totalmente opuesta a la del protagonista de la novela que, derrotado, tira la toalla para vivir una «vida común» compensada con una suculenta nómina y treinta días de vacaciones. Pienso constantemente que solo el arte o la cultura nos permite dejar una huella, por humilde o pequeña que sea. Y que sin el arte somos engullidos por un «huracán» de rutina y desidia que nos vuelve grises y secuestrados por el sistema. Yo estoy en constante combate con los «días calcados». Pero también es cierto que el sistema laboral está complicado y es necesario pisar el asfalto y pagar el alquiler. La clave, pienso, es manejar esa balanza entre lo terrenal y los sueños.

Manuel Molina (Daimiel, 1984), inmortalizado por Trayana (@1ntergalctix).

P: En el prólogo de la novela Todo lo que una tarde murió con las bicicletas (Libros del Asteroide, 2013), de Llucia Ramis, el autor mallorquín José Carlos Llop apunta: «Quien no sea escritor no sabe lo difícil que es escribir sobre la familia, y Todo lo que una tarde murió con las bicicletas es un libro donde la familia es el objeto narrativo». Acto seguido, lanza una serie de preguntas retóricas que hoy robo –y hago mías– para hablar de Pan con chocolate, que también es una obra «donde la familia es el objeto narrativo». Siendo así, ¿hasta dónde llegaron el sentido del pudor y la indiscreción al escribirla? ¿Dónde domina la literatura, es decir, el estilo y dónde la realidad propia?

R: Pan con chocolate es una novela que emana de mi propia experiencia, pero no deja de ser una obra de ficción. Es cierto que al principio tuve que plantearme muchos escenarios acerca de contar sobre un tema como la demencia que había afectado tanto a mi familia. Pero pudo más la necesidad de escribir y dejar un testimonio de esas personas que marcan nuestras vidas y desaparecen de una forma discreta. Siempre he creído que para escribir hay que ser valiente y sacar sobre el papel lo que dictan nuestras tripas.

P: Dentro de la novela, el otro gran «objeto narrativo» es la casa familiar, de la que, ya inhabitada tras la muerte de su propietaria, toca despedirse. Además de a los personajes, ¿cuál es la importancia que le otorgas al escenario?

R: Para mí, la casa es un personaje más, incluso diría que a la altura del protagonista. Es el motivo y el punto de unión de la historia. Es donde la abuela desaparece y el protagonista se vuelve a encontrar. Es el universo de la infancia y las diversas dimensiones que transcurren por cada generación de la familia. Cada habitación alberga una etapa que a su vez emana un recuerdo, un reencuentro con la historia de quienes rodearon al protagonista.

La casa tiene una vida propia a lo largo del libro y es su destrucción la que hace que todo se transforme. Por lo tanto, el escenario en mis textos es fundamental para construir y situar la historia.

P: Hablando del contexto: a mí, que soy de ciudad –para lo bueno, pero también para lo malo, claro– una de las cosas que más me sorprendió de Pan con chocolate fue la distinción que hacías entre ser del pueblo y ser de campo. «Para la abuela, ser del pueblo era estar alejado del sudor de los campos y la sal que la tierra clava en los huesos cada vez que te agachas a trabajar las viñas. Del pueblo eran los trajeados banqueros que le ayudaban a sacar dinero (…). O los que hacían cuentas en las mesas de entrada a la cooperativa», subrayas. ¿Por qué buscamos diferenciarnos del resto con tantas ganas? ¿Y por qué esa diferenciación se hace en detrimento de la tierra, de las raíces, y en pos de elementos que, lejos de hacernos únicos, nos igualan –mismos trabajos, mismas viviendas, mismos planes y, por supuesto, mismos recuerdos–?

R: En este capítulo el personaje de la abuela busca que sus descendientes puedan disfrutar de oportunidades que fueron negadas a su generación y clase social. Una formación académica, acceso a trabajos intelectuales y a unas comodidades que ellos solo tuvieron en el ocaso de sus vidas. Parece que siempre deseamos subir a una rama más del árbol a la que llegaron nuestros padres y por ellos nos exigimos que los que vengan nos superen. Tal vez cuando uno vive en un pueblo donde los días son similares y los rostros apenas cambian, considera que la ciudad puede ofrecer otras oportunidades y un futuro mejor. Por eso hablamos de España vaciada o centralismo. Sin embargo, yo siempre intento impregnar mis historias con mis raíces y mi esencia porque creo que si no lo hago me estoy traicionando. Uno escribe sobre lo que ha vivido y yo he vivido en varios pueblos de la Mancha. Se puede ser vanguardista o urbano llevando contigo cada capa de tu pasado o raíces, ahí tenemos, por ejemplo, a Pedro Almodóvar.

Manuel Molina (Daimiel, 1984), inmortalizado por Trayana (@1ntergalctix).

P: Cantaba Sidonie en ‘Maravilloso’: «Nunca podría vivir en el campo. / Yo quiero neurosis y supermercados. / El tráfico lento me calma y me ayuda a pensar». Siguiéndoles el ritmo, ¿qué es lo que te ayuda a ti pensar –y a escribir, sobre todo–?

R: La gente. Hace apenas un año que tomé junto a mi familia la decisión de aterrizar en Madrid y entre los múltiples motivos era los de empaparme de una gran ciudad y una sociedad cambiante. Conocer nuevas personas y salir de mi zona de confort para poder escribir nuevas historias. De algún modo estaba agotado y eso se notaba en mis textos. Soy una persona que considera la vida como un viaje y necesito nutrirme de nuevas experiencias para poder crear. Siempre he afirmado que soy un escritor de sentimientos y eso está en la gente, en nada más.

P: Le dedicas la novela a «los recuerdos perdidos» de tu abuela Escolástica y a tu hijo, Mateo. Si pudieras sentar a una enfrente del otro, aunque fuera por un brevísimo espacio de tiempo, ¿qué enseñanzas –mutuas– les advertirías que no se perdieran?

R: Esta pregunta me emociona y la verdad es que nunca me la he planteado. Si tuviera la ocasión, los reuniría en una habitación encalada y vacía con una ventana por donde pasara mucha luz. Los sentaría uno frente a otro en unas sillas de mimbre y yo, alejado un poco, me sentaría en el suelo formando una especie de triangulo entre los tres. Entonces le diría a Mateo que ahí está su bisabuela, símbolo de la semilla de su universo, de la raíz y la tierra, del campo y el pueblo. Que absorbiera de ella la bondad, el sacrificio y la solidaridad hacia los demás. Que supiera de dónde venimos para intentar encontrar el sentido al camino y que nunca renuncie a su esencia y humildad. A mi abuela le diría que frente a ella está el futuro y la esperanza. Que no le quepa ninguna duda que conocerá las historias de personas como ella aferradas a su mandil y su familia. Y sobre todo, que haremos lo posible para que sea feliz igual que lo fuimos nosotros.

Siempre he pensado que es muy importante conservar las costumbres y raíces porque si vivimos con la sensación de que nada nos ha precedido, nunca vamos a tener la fuerza de voluntad para mantener lo ganado. Y hablo en todos los ámbitos de la vida. No se trata de ser reacio a la mezcla, para nada, pero el folclore forma parte de la identidad de los pueblos y sin folclore y memoria todo se diluye frente a los anuncios de televisión.

P: Otra gran lección de la novela –que se manifiesta en su momento de catarsis, donde el protagonista no sólo se aprovisiona de fotos antiguas y mecheros, sino que también abandona una serie de pertenencias propias entre las cajas de mudanza y los azulejos– es que, efectivamente, la vida no consiste exclusivamente en aprovisionarnos de historias y experiencias, sino, además, de saber dejarlas ir cuando llega el momento. ¿Es así como se alcanza la madurez? A la hora de escribir, ¿sucede también esto?

R: Llega un momento en que es inevitable cortar la cadena para poder vivir y crear con libertad. Tal vez hay personas que no tengan esta sensación o que no perciban nunca que en cierto momento de su vida es necesario escapar de la zona de confort. Yo considero que para un artista o un escritor es fundamental nutrirse de nuevas experiencias. Por lo tanto, si se desea avanzar es muy complicado hacerlo siempre con el mismo equipaje, por ello hay que ir dejando “trastos” por el camino. Puede ser que eso ayude en cierta medida a madurar, ya que si vamos filtrando lo que realmente nos es necesario o consideramos que nos debe acompañar vamos desprendiéndonos de aquello que va pasando al olvido, al pasado.

P: «Me he desplazado doscientos kilómetros para recoger en una caja recuerdos que apenas pueden pesar diez kilos». Así es como empieza Pan con chocolate, y es con esa idea, a su vez, con la que me gustaría cerrar esta entrevista. Porque, si ahora mismo tuvieras que hacer lo mismo y recoger, a riesgo de perderlos, si no, los bártulos a toda prisa, ¿qué te llevarías?

R: Un clavel rojo, un álbum de fotos y mi vieja máquina de escribir.


Pan con chocolate (ACEN Editorial, 2024)


Antes de que la casa familiar sea derrumbada, el protagonista regresa a su pueblo natal para salvar los recuerdos de su abuela. En una pequeña caja de madera intentará recuperar de los escombros los objetos y las preguntas que aún le persiguen. A través de las habitaciones inicia un viaje hacia su infancia y un mundo que ya no existe […].


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