Opinión

Crónicas de Chile (I)

Carlos Alejandro Noyola ha visitado Chile, y así nos ha contado su primera etapa: comparando la silueta del país con la de un chile serrano, y hablándonos de sus padres (y de unos amigos de sus padres que no sabe muy bien de dónde salieron), y de cómo la Patagonia fue testigo, hace ya unos años, de uno de sus últimos viajes.

Inmotivadamente llegué ayer en la noche. En este momento me veo tentado a escribir ‘a la noche’, como escribí en una novela. (¿Decir ‘en una novela’ implica que he escrito varias? ¿Si están en mi mente igual están escritas?).

No sé cómo se habla aquí, no tengo idea. Las preguntas regresan, y siento que esto será una letanía de preguntas. ¿Primero el lenguaje hablado o el escrito? ¿Su función documental o invocadora? Un aeropuerto que veo igual a los otros, puestos de migración que no me dicen versos.

Si me hubieran preguntado qué país jamás iba a pisar podría haber dicho Chile sin problema. Nunca me interesó como país, nunca lo pensé. Pero qué es un país, a mí me caga esa palabra, llevo un tiempo pensando que solo puedo hablar de ciudades, tal vez ni eso. Ahora repaso lo que sabía de Chile antes de venir: Neruda, Zurita y Lihn son chilenos (yo, por lo general, solo admiro a Lihn, pero pienso en los tres), hubo un golpe de estado que a los antigringos les fascina usar cada septiembre como recordatorio de la memoria hegemónica, en algún lugar tiene un desierto, su territorio es extremadamente oblongo (como un chile, para ser redundante), mis señores padres viajaron a Santiago y el sur en algún momento de sus vidas, el anterior presidente tenía un doctorado de Harvard, el de ahora no tiene ni título de licenciatura, la goleada que su selección le metió a México ha sido una de las más humillantes que haya visto…

Quisiera decir que, sobre todo, para mí, Chile es el viaje que mis señores padres hicieron al sur. Recuerdo poco de su relato, aunque he visto algunas fotos. Fotografías de esos momentos que me parecen maravillosos y a los que me gustaría volver. La atmósfera que quiero crear con mis palabras. Tenían unos amigos, no sé de dónde salieron, mis señores padres estaban recién casados, los amigos también, un viaje de parejas, con la diferencia de que el hombre de la otra pareja ya había estado casado antes.

Rentaron un coche, se fueron a la Patagonia (pero ellos nunca dicen ‘fuimos a la Patagonia’, siempre es “el sur de Chile”), tomaron mucho vino, comieron carne barata y buena, rieron como nunca, regresaron al DF y jamás volvieron a ver a esos amigos. Sus amigos se divorciaron (las causas para mí siguen siendo un misterio maravilloso, precisamente por su condición de misterio) y él se convirtió en figura pública, presentador famoso de tele. ¿Les dejó de hablar a mis señores padres porque se le subieron los humos con la fama? ¿Mis señores padres los buscaron y él no respondió? ¿Les habrá dolido? Si se lo encontraran hoy caminando por las calles de Santiago, ¿pretendería no conocerlos? ¿Cómo acomodó ese viaje con una pareja de mexicanos, con su segunda esposa, en su memoria? Y la mujer, ¿qué habrá sido de ella? ¿Qué habrá sentido cuando lo vio en televisión, después de la ruptura? ¿Extrañará ese viaje como el último momento alegre de ese romance? ¿Estará casada y contenta? No lo sé, pero la historia me gusta más así, sin saberlo.

Sin embargo, de todas las cosas que sé de Chile (casi nulas), lo que está sobre todo es su forma y su nombre. ¿Por qué Chile se llama chile? Cuando me enteré de que tal cosa existía, con menos de diez años, juré que solo podía ser obra de un comediante estúpido. El chile para mí pica: albur y comida esencial. ¿Qué piensan las personas que viven en Chile -me intrigaba- de que el lugar donde viven haya sido nombrado en honor a un alimento? De igual forma yo estaba convencido de que los jamaicanos tienen un lazo inquebrantable con la flor de jamaica, y, por implicación directa, con una de las bebidas más comunes en mi casa: el agua de jamaica. Ahora leo que Chile -probablemente, no hay consenso- viene del quechua y quiere decir ‘confín del mundo’, mientras que Jamaica viene del taíno y significa ‘tierra de bosques y agua’. No veo que mis fantasías y las historias etimológicas sean mutuamente excluyentes.

El chimpletismo de su nombre es un bonito recuerdo de mi infancia, pero el de sus contornos geográficos sigue consternándome. Chile en el mapa es como un chile serrano cortado de una matita crecida en temporada de sequía. Estructura raquítica, ondulante, que en el extremo meridional se deshace en islitas desparpajadas. Abordando el avión lo que venía a mi cabeza era el estado de opresión física en el que iba a sentirme por la estrechez del texrritorio. ¿Que si tiene sentido? La mente no distingue lo que es real de lo que no, por eso podemos masturbarnos. A mi cabeza no le importa un carajo que ese fideíto enclenque tenga cientos de kilómetros de ancho en su punto más gordo, sino que en mi mente esa tirita apenas tiene espacio suficiente para que dé una vuelta completa sobre mi eje sin tener que saludar a los hijos de Borges.

Motivadamente, entonces, llegué predispuesto a sentirme oprimido en Santiago. Abrumado, físicamente. Y llego al centro de Santiago, el taxi pasa por una curva en elevación, me deja en la puerta de mi edificio, y entro en un departamento que da a un conjunto de estacionamientos pequeños, cercados por otros edificios de no menos de quince pisos.

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