A mis diecisiete años, en una especie de arrebato juvenil, me tatué en el antebrazo el nombre de mi abuela: Manuela. Así, de tamaño considerable. Siete letras negras y aisladas en el delgado brazo de un adolescente. Manuela, mi abuela, había fallecido unos años atrás y yo debía manchar mi cuerpo, por aquel entonces blanco, muy blanco, con aquello que, pensé, más la representaba: su nombre de pila. Bueno, lo cierto es que ni siquiera sé si lo pensé. No lo recuerdo, pero diría que no. Se trataba de una especie de deber cool y, sin más, lo hice. Juzgar las estupideces de la adolescencia con la conciencia del presente es siempre un acto de injusticia severa con uno mismo. Con el tiempo, la tinta ha ido cubriendo mi cuerpo de otras formas cuya significación es a menudo contradictoria. Hay veces en las que un tatuaje que creía representar algo ha mutado y ahora nada me dice de ese algo por el que lo estampé en mi piel. Otros ni siquiera dicen nada. Están ahí y se acogen al sentido que les confiere el tiempo. El tatuaje, como nosotros, como el cuerpo que lo acoge, es un elemento modificador y modificable.
Es natural, entonces, si entendemos el tatuaje en un sentido no estático, que puedan darse situaciones en las que el arrepentimiento forme parte de este modo de expresión. Este, tal y como expresa Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación, «parte siempre de una rectificación del conocimiento, no de una modificación de la voluntad». Es decir, el objeto de mi voluntad (expresar mediante el tatuaje un fuerte vínculo afectivo) no es correspondido con una acción adecuada (tatuarme en grande el nombre de mi abuela). Esta reflexión acerca de la impertinencia de la acción es la que conduce a lo que llamamos arrepentimiento. Por lo tanto, no me arrepiento de mi voluntad, sino de lo que he hecho. No me arrepiento de la idea de tatuaje, sino del tatuaje en sí mismo.

Pablo Cerezo dedica un epílogo en su ensayo El cuerpo enunciado (Siglo XXI, 2025) a esta cuestión. El tatuaje es una forma de ejercer el derecho a la memoria, una manifestación más de nuestro miedo al olvido. Esas trazas en la piel sirven, pues, como medio de anclaje de una memoria con la que vivimos en eterna disputa. Cerezo lo compara con aquellos espacios urbanos que, a base de frecuentarlos, generan cargas simbólicas: un restaurante al que solíamos ir con nuestra expareja o el parque al que nuestra abuela nos llevaba cuando éramos niños. Son lugares que han sido arrojados a una especie de olvido, no absoluto, no total, pero que siguen vivos porque existe la posibilidad de reinterpretarlos. De igual modo, el tatuaje no es nunca un acto cerrado a la recodificación. Como la memoria. Como la vida. Nunca se asienta del todo y vive en esa constante tensión entre los actos de olvido y des-olvido.
Es entonces cuando nos damos cuenta de que un hilo no tan fino une vida y tatuaje. Una idea que nuestra piel, siempre leal y honesta, se encarga de ponernos ante los ojos cada día. Pero también una idea que difícilmente encaramos como cierta. Porque pensamos que es posible una modificación de la voluntad. Porque ese tatuaje, su forma, su contenido, su color, su tamaño, ya no me representa. Porque ese tatuaje ya no es parte de mí (cuando no un: Qué digo, nunca lo ha sido). Pero sí, sí lo es. Es la herida de mi peregrinaje. Es la herida de mi vida, y uno no se arrepiente de estar vivo. El tatuaje convive con el arrepentimiento, forma parte de su esencia. Y por eso esas siete letras siguen ahí, en mi antebrazo, y seguirán, creo, durante muchos años.

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