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La humeante libertad del fatuo

A nadie, ni siquiera a Bill Kilgore ('Apocalypse now') –y, mucho menos, a una panda de escritores (des)airados–, le puede llegar a gustar el olor del napalm por la mañana. Por ende, tampoco el del tabaco, con el que comparte pretensiones belicistas, suicidas y exterminadoras; y, si no, que se lo pregunten a esta antigua fumadora.

Al ser conscientes del olor, mi amiga y yo interrumpimos el fluir de confidencias propio de la amistad con canas: alguien estaba fumando en aquella terraza de sillas papel Albal con publicidad de Cruzcampo. Ella frunció la nariz extendiendo las narinas, como solía hacer igual frente a malos olores que a las espaldas de gente que la sacaba de quicio. Nunca había sido fumadora y no entendía por qué alguien podría llegar a serlo. No era cuestión de empatía con las drogodependencias, en su caso era una cuestión de elección. Al otro lado de la mesa, hice el intento de disimular con la manga del jersey un anhelo disfrazado de aversión. Y, casi al unísono, invocamos al legislador de turno con el deseo de ver aprobada la prohibición de fumar en las terrazas de los bares, lugar de residencia habitual de muchos españoles.

El debate que siguió se inició con la duda particular mía acerca de si estaba o no justificado solicitarle a la señora que se apartase; al fin y al cabo, lo que estaba haciendo era nada más (y nada menos) que alegal. Mi amiga insistía en que sí, ya que nos estaba molestando con el humo, pero mi yo fóbico defendía cuidadosamente la abstención. ¿Estaba la señora en su derecho? En el equipo de mi compañera de mesa y confesiones, si bien con otros motivos, estaban también los psicólogos buenistas de Instagram, que defendían que lo correcto ―para no descuidar nuestras necesidades, como si en la sociedad actual no hubiera otra cosa que no fuera eso― hubiera sido persuadir a la señora para que se retirase hacia un lugar más alejado, puntualizando con delicadeza el esquivo perjuicio que nos estaba causando. Mi fobia se transformó en cinismo cuando tocó contraargumentar la teoría buenista, insistiendo en que la señora era conocedora del daño que causaba con su humo y que, por ello, no había lugar para la asertividad y sí para el conflicto, que por ello era inevitable: el adicto elige minimizar esa clase de efectos colaterales porque antepone el consumo a todo lo demás, incluidos los demás. 

Tras la breve pelea verbal, azuzada por mi parte para entretenerme a costa de la rigidez de mi amiga, me duró varios días el poso de la absurda dificultad de enfrentar las dos libertades, o lo que es lo mismo: el asunto de la moralidad de fumar en público. De un lado, el deseo de la completa extinción del tabaco, su estatus de droga, mi posición de médico, las leyes contemporáneas y los comentarios reforzadores de antiguos fumadores y nunca-fumadores sobre la asquerosidad de los tiempos de la ubicuidad de la combustión; de otro, nada. O más bien: mi asfixiante abstinencia, convertida en argumento aplastante de la lógica vacía de una ex-fumadora arrepentida a ratos.

Con la reciente aprobación del Anteproyecto de Ley en el Estado español, no me pude quitar de la cabeza la rencilla argumental y me lancé, cual Gabo y sin un miserable Nobel en mi haber, a escribir mis Memorias de una fumadora retirada, aprovechando que la disonancia visual y moral del médico que fuma funciona bastante bien en un texto (pues todos sabemos que el médico es el peor fumador de todos).

Para empezar, y dejando a un lado el riesgo de incendios, ¿hemos de considerar libre al fumador? Si no eres libre para actuar, ¿tendría sentido entonces la frase «me gusta fumar«, tan a mano para los fumadores que se quedan sin excusas cuando les preguntan los motivos de su vicio? Y en ese caso, ¿dónde acaba su libertad y empieza la mía? Sabemos desde hace años que el humo perjudica a los fumadores pasivos y, sin embargo, ningún fumador parece sufrir ante el hecho de verter sus gaseosos desechos sobre las personas de su alrededor. ¿Son todos unos psicópatas?

La última modificación en España entró en vigor en enero de 2011 y, a los por aquel entonces fumadores, nos parecía el fin del mundo. Sin embargo, hemos ido descubriendo, como si de despertar a una realidad nueva se tratase, todas aquellas cochinadas que antaño se asumían como de lo más normal: el pelo encenizado entre destellos de alquitrán después de una noche de fiesta, los dedos amarillos, el polvo, la halitosis, la gingivitis y las infinitas colillas en la playa, la montaña, el asfalto de las ciudades, los estómagos de los peces y las puertas de los hospitales. Como decía García Márquez, es fácil imaginar lo fácil que es ensañarse enumerando la barbarie del tabaco cuando, sin necesariamente haber sido una “adicto catastrófico”, ahora se mira desde la distancia.

Así, te preguntas cómo pudiste fumar tú, y recuerdas las quemaduras del aula magna de la facultad, que tanta gracia te hacían, al imaginar a señoros de traje, corbata y Fedora auscultando a un tuberculoso con un pitillo en la boca. En aquel momento, precontemplativa con el humo y divertida con la idea de la subversión universitaria, perdonaste por adelantado todos los años que sabías que continuarías fumando, a saber, la larga carrera de Medicina, incluidas todas las juergas que nunca nadie sospecha de los inmaculados proyectos de Hipócrates. Luego llegas a la residencia y descubres que aquella promesa de dejarlo al convertirte en médico ―médico de verdad― era tan falsa como los mentolados de plástico que vendían en las farmacias para engañar la abstinencia psicológica. Al fin y al cabo, el estrés de los primeros años, la dehiscencia del respeto al personal sanitario y las innumerables horas entre desgracias y decisiones de responsabilidad inabarcable, no eran el mejor escenario para lanzarte a tirar el paquete. Perdonada de nuevo.

Y es que fumar es tan Montiel, tan Zambrano, tan Penélope, tan Thelma y tan Louise… que el subidón de las caladas y el ego relamido con cada pose de Dietrich consiguen nublar la culpa de todos esos cigarrillos que, de momento, nunca serán el último. La medicina está sobrevalorada: tú quieres ser escritora y qué escritor que se precie no fuma. La medicina es el arte de los niños buenos; los novelistas que contravienen las normas sociales fuman mientras escriben. Escriben gracias al vicio, por el vicio y acerca del vicio. Algunos autores como Chirbes argumentaban ante la reforma del 2011 que somos “mayores de edad para poder hacer lo que queramos”, de forma paradójicamente regresiva, si se atiende a sus palabras. Según algunos, el tabaco animaba a entablar conversación y, según otros, como Juan Marsé, la creatividad estaba ligada a la gestualidad del tabaco, algo así como un ritual. Me llamó la atención el tinte especialmente reaccionario de Andrés Barba, que describía la reforma como “un atropello paternalista” ―no sabemos quién conducía.

Una mujer con cabello oscuro y largo sostiene un cigarrillo entre los labios, mirando hacia la cámara con una expresión desafiante. Se encuentra frente a una pared de metal con graffitis coloridos.
Penélope Cruz en ‘Vicky Cristina Barcelona’ (2008).

Pero después de todo, y a pesar de todos tus esfuerzos por morir de hambre triunfando con las letras (si es que eso puede hacerse), llega el momento tan ansiado y temido: eres especialista. Despiertas a la vida que (des)mereces aunque, más que nada, despiertas a la crisis de los 30. Ya no puedes con las resacas ni con las sesiones de gimnasio como antes y tienes que apuntarte a un par de extraescolares para no juzgar todas y cada una de tus decisiones vitales. Los pacientes ya solo se refieren a ti como la aprendiz cuando deciden poner a prueba tu amor propio y es ahí cuando, de repente, miras el cigarro y te das cuenta de que está, efectivamente, poniendo a prueba tu amor propio. El adicto, como el impertinente que pregunta por el médico cuando es la mujer que tiene delante y demanda el alta voluntaria estando séptico, no es libre para elegir fumar, porque es el tabaco el que decide por él. Decide cuándo dejas lo que estás haciendo para fumar, dónde lo haces y con quién lo haces, pero sobre todo con quién dejas de hacer cosas por fumar. Invade tu espacio, el de tu familia y seres queridos, a la naturaleza y a los desconocidos que tienes alrededor cuando te obliga a volver a encender un pitillo. Pues, ¿qué es el humo que sale del cigarro o de la boca cargante de un fumador sino una invasión del espacio? Es como una mano fétida que te presiona la nariz mientras te echa restos de ceniza en la garganta.

Ahora, como si se tratase de un despertar tras la abstinencia, recuerdo aquellas frías tardes del invierno madrileño en que obligaba a mis amigos a tomar la cerveza al raso para poder fumar. Mezcla de culpa y vergüenza son los sentimientos de ira que noto cuando me da el olor de algún cigarro. Quizá abstinencia, si me quiero juzgar, no sé. Pero no, los fumadores no son libres. Y no, menos libres aún son de volver a invadir los pulmones de otro con ese asesino silencioso que, sin ofrecer nada a cambio, consigue llevárselo todo.

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Acerca de Begoña Zamora

Begoña Zamora (Villarrubia de los Ojos, 1992) es emigrante manchega y siempre quiso ser filósofa. A pesar de su deseo, supuso que vivir del pensamiento en este país era algo a todas luces quijotesco, por lo que terminó formándose como médico en la ciudad hispalense, donde trabaja como psiquiatra ―interprétese a placer. Vive con un libro en la mano y quitárselo sería como cortarle un brazo. Es más, como toda buena amante de las letras, sueña con que algún día se publiquen sus diarios de forma póstuma, con los que ―según ella― conseguiría fama y reconocimiento eternos.

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