¿Puede el arte sanar? ¿Es capaz la catarsis de la creación hacer olvidar una muerte? ¿En qué lugar se sitúa la vocación frente a los sentimientos primarios? ¿Es valiente la persona que abandona todo por cumplir un sueño o es síntoma de cobardía no afrontar la realidad cotidiana? ¿Hasta qué punto la ficción puede apoderarse de nuestra visión del mundo? ¿Puede la pérdida o el dolor ser semilla de la mejor creatividad?
Algunas de estas preguntas me han asaltado tras terminar el libro Hamnet (Libros del Asteroide, 2021) de Maggie O’Farrell, donde se narra los comienzos de un joven Shakespeare desde la visión de su esposa Agnes Hathaway. Mucho se ha hablado de esta novela desde su publicación, convirtiéndose en un gran fenómeno de ventas y crítica. Sin embargo, no terminaba por decidirme a su lectura hasta que apareció el avance de su adaptación al cine por la oscarizada directora Chloé Zhao. Esos escasos tres minutos de tráiler me convencieron para sumergirme en el libro, y he de confesar que hacía mucho tiempo que una historia no me calaba tan hondo. Tal vez sea cierto aquello de que cada obra llega en su debido momento.
Todos conocemos a Shakespeare: se han escrito centenares de libros, artículos y documentales sobre él, pero nunca lo habíamos visto desde una visión tan humana: desde un plano donde los sentimientos, el trabajo diario, los anhelos y el dolor están tan patentes en la figura del escritor y su familia. Sí, esta novela está ficcionada, no es una redacción fiel o histórica, pero esto no altera la conexión con el lector.
En algunas ocasiones, muchas veces por casualidad, cae en nuestras manos un libro que conecta todas las teclas que andábamos buscando. O incluso sin pretenderlo nos sumerge en su mundo y nos atrapa de tal forma que nos cambia la percepción del día a día. Y es que por supuesto, yo confieso, soy de los que creen firmemente que el arte puede transformar a la gente y modificar su visión del mundo. Algo similar me ha sucedido con la novela de Maggie O’Farrell, pues ha aterrizado en una época de mi vida en que lo que narra sobre el joven William lo he vivido en los últimos años. Sálvenme de intentar compararme con el genio inglés, no hablo de eso, sino más bien del vínculo que he sentido al leer las páginas y las decisiones que fue tomando hasta convertirse en el mayor dramaturgo de todos los tiempos.
Como la vida de Shakespeare es estudiada (o debería) desde las escuelas primarias, no creo que haya que avisar de spoilers; pero, por si acaso, aquí queda la luz en ámbar:
Empezamos por la partida a Londres. Llega un momento en que algo empieza a formarse dentro del joven maestro de latín, hijo de un guantero y ganadero de entorno rural. «De todas las personas que conocía, eras tú la que tenía más cosas escondidas dentro», le llegaría a confesar la propia Agnes, al tiempo que nacía en él la vocación, un universo que lo atrapa –y que también lo condena–. Ya lo decía Truman Capote en su libro Música para Camaleones (Anagrama, 1988), cuando advierte «[…] Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble, pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse». Y es que algo parecido le empieza a ocurrir al joven William cuando llega a la seductora Londres del siglo XVI. Entonces, sale a escena la pregunta que rebota en cada escritor, en cada artista: ¿es necesario huir? ¿Qué te aporta la bulliciosa ciudad? Está claro: nuestros tiempos no son los de aquella Inglaterra isabelina, pero es cierto que yo mismo he podido comprobar en mis carnes cómo todo se transforma cuando pisas suelo urbano. Todo son posibilidades, opciones, alternativas y estímulos. Hoy, las redes sociales y la ultraconexión nos invitan a pensar que no hace falta moverse del sillón, pero, aquí, como si fuera un actor de corral de comedias, alzo un dedo firmemente y digo que ¡no! Que para absorber la cultura más exclusiva e importante hay que estar en el origen de la misma. Es más, ya no se trata visitar un museo o pasar un fin de semana, es el constante trasiego con gente que te une y te enseña, que te supera y te enriquece. Y esa gente, por suerte o desgracia, se encuentra mayoritariamente en la Ciudad.

La otra gran cuestión que plantea el libro es la de la pérdida como fuente de inspiración. Este tema es universal y frecuente: siempre que existe un gran shock emocional, ya sea positivo o negativo, es inspirador para un artista. Recuerdo que cuando fui padre aquellos sentimientos gobernaban mis letras. No dejaba de escribir sobre cómo me sentía al afrontar ese gran cambio vital. Pues imaginaos si sucede en tu vida el mayor dolor posible: la muerte de un hijo. Esta es la máxima del libro, cómo la muerte del gemelo Hamnet ayuda a crear la gran figura literaria que sería Shakespeare junto a una de sus obras cumbre: Hamlet.
«Has ido a ese sitio y ahora es más real para ti que cualquier otro. Nada puede alejarte de ahí. Ni siquiera la muerte de tu propio hijo».
¿Es, entonces, la venganza del escritor buscar la inmortalidad? Probablemente sí, aunque se aspire a una ilusión. Un escritor solo tiene el ‘poder’ de su pluma para disfrazar a la muerte y hacerla invisible a través de los años. La belleza con que la escritora O´Farrell narra este suceso en la vida de un desconocido Shakespeare es el núcleo del libro (y, ahora, de la película de Chloé Zhao con Paul Mescal y Jessie Buckley como protagonistas). A este respecto, decía Hemingway que un escritor debe escribir sobre lo que ha vivido, y es lógico que una catástrofe de estas características nutra a las musas de una pureza inusual. La creación artística es parte de la vida del autor, y la influencia y el enriquecimiento que este pueda experimentar será, sin duda, esencial en el resultado final de su obra. En el libro, Shakespeare ya está atrapado por el don (y la necesidad) de contar historias, y ese mundo interior lo ha poseído con tal fuerza que ni siquiera la muerte de un ser querido es capaz de devolverlo a la tierra, a lo real.

La figura de Agnes son los ojos de Shakespeare. Es la visión de una mujer que aguanta el peso absoluto de la familia. Que impulsa y condena el don de su marido, que soporta la soledad y la crueldad de la muerte de su hijo. Que asume que dentro del dramaturgo existe un mundo mucho mayor y más rico «algo de gran alcance: de eso estaba segura; con muchas capas y estratos, como un paisaje. Vio espacios y vacíos, partes densas, cuevas subterráneas, elevaciones y depresiones. No le dio tiempo a entender la totalidad de aquello: era demasiado grande y complejo. Escapaba a su comprensión casi por completo. Sabía que había más de lo que podía asimilar, que era más grande que los dos juntos. Y también notó la sensación de una atadura que lo retenía; había un nudo en alguna parte, un vínculo que había que soltar o romper para que él pudiera habitar ese paisaje por completo, para que pudiera dominarlo». Agnes es el suelo necesario para todo artista que vive en las nubes, pero también es la penitencia de saber que, una vez que la literatura lo ha hechizado, jamás volverá a ser un hombre común. Y esa, precisamente, es otra de las cuestiones principales: ¿cómo se renuncia a lo común? En estos tiempos donde todo orbita alrededor del trono o el sofá; las plataformas televisivas, la comida a domicilio, la venta online… ¿cómo nos adentramos en un sueño artístico renunciando a la comodidad cotidiana? William no quería ser un rico guantero en Stratford-upon-Avon, quería ser Shakespeare. ¿Es, entonces, valiente lanzarse a un abismo inestable y dudoso? En nuestros tiempos, ¿no es más correcto afianzar la estabilidad laboral y familiar? Tal vez, pero si perdemos los sueños nos convertimos en grises consumidores, reptiles que acuden al metro para ir a trabajar cada mañana y vuelven a inyectarse una serie en la primera plataforma que encuentran.
Que el arte puede sanar es una afirmación rotunda. En el duelo, el arte, en cualquiera de sus formas, es medicina que hace olvidar, que atrapa y enseña, que nos sumerge para curarnos y cicatrizar. Tras la muerte, el autor crea una de las obras más grandes de la Historia de la Literatura, y, con ella, su hijo será para siempre el príncipe de Dinamarca. Es su ‘ser o no ser‘ lo que lleva a Shakespeare a encontrar su propio perdón y culminar la venganza por la trágica muerte de Hamnet.
«Este Hamlet del escenario es dos personas, el joven, vivo, y el padre muerto. Está vivo y muerto al mismo tiempo. Su marido lo ha devuelto a la vida de la única forma que podía. Mientras el fantasma habla, se da cuenta de que, al escribir esta obra, su marido se ha cambiado el sitio con su hijo. Ha cogido la muerte de su hijo y la ha hecho suya; se ha puesto él en las garras de la muerte y ha resucitado al hijo en su lugar. Ha convertido la muerte de su hijo en la suya propia».

Para finalizar, quiero resaltar que lo más importante de este libro es la humanidad que desprende en cada página, donde baja del olimpo al genio y lo transforma en ser humano. Una persona que huye constantemente de su mundo, interior y exterior, para encontrarse a sí mismo. Para no mentirse dentro del contexto que le ha sido dado y construir su propio camino. En esta novela jamás se cita el nombre del autor. Nunca se lee ni William ni Shakespeare, es solo hijo, padre, hermano o marido. Por lo tanto, es la literatura la que habla para siempre, la que salva del dolor, la que genera perdón y esperanza. Como escribió Marta Sanz en su crítica literaria para Babelia: «Sin la carga de esa humanidad no existirían ni genios ni genias capaces de apresar la vida en un libro que se nos meta dentro para siempre. (…) Algunos oficios buenos —la farmacopea, la literatura—, practicados con rigor y honestidad, sirven para salvarnos la vida».
Me muero […]
Hamlet, Acto V, escena III.
vive tú; […]
reserva con dolor tu aliento
para contar mi historia.

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