Conozco a Patricia porque nos escribimos cartas. No es que nos escribamos cartas de vez en cuando, es que toda nuestra relación ha sido una relación epistolar. Aunque parezca que esto no es importante para lo que hemos venido a hablar aquí, que es su libro, me parecía honesto empezar la reseña con esta confesión porque el lenguaje siempre ha sido protagonista en nuestra relación. De todo el mundo puede decirse eso, claro, pero lo nuestro es más particular porque siempre hemos estado en el lenguaje, la piel de nuestras relación siempre han sido las palabras, nunca el tacto. Esto también tiene un reverso, obvio. La distancia que nos ha separado no ha sido nunca una distancia geográfica (o no solo), ha sido más bien una distancia medida en silencios. Unos silencios que, por otro lado, intentábamos justificar y redimir a la carta siguiente: no tuve tiempo para escribir, perdona, la vida me arrulló, perdona, o simplemente estaba demasiado cansado para poder hilar un párrafo, y otra vez, perdona. En una relación epistolar se hace más transparente, entonces, el mimbre de aceleración y desasosiego que atraviesa todas las relaciones en el capitalismo tardío y que toma la forma de una dialéctica extenuante entre el lenguaje que lucha por decirse (las cartas) y una vida en caída libre que nos arrastra irremediablemente al silencio. A veces me he preguntado si había otra forma de vivir esa caída constante que no fuesen los trompicones alegremente iluminados y las excusas permanentes por el silencio de después. Pues bien, lo que más ilusión me hizo de leer Caer al cielo (Manos de pan, 2025) fue encontrarme con una respuesta alegre y vital a esta pregunta, un libro que consigue afirmar esta condición precaria que es la nuestra: sí, la caída puede ser un movimiento que merezca la pena.
En ese sentido creo que soy bastante fiel al texto de Patricia cuando digo que su poemario es un tratado ontológico sobre la caída. Un basto intento de cartografiar las distintas dimensiones que marchan cuando nos caemos. Un tratado que desgrana la caída sosteniendo, y esta es la tesis central del libro, que no caemos por accidente o por mero tropiezo vital, sino que la caída es la condición existencial de cualquier ser humano. Es cierto que este punto puede no sonar novedoso a oídos cristianos como los nuestros, demasiado acostumbrados a escuchar que el mundo es un pecado, que la vida es una tentación de la que huir y que el mal es un sitio al que caemos (en contraposición al cielo al que ascendemos). ¿Hay entonces alguna forma de imaginar la caída sin comprar el discurso moralizante del cristianismo? ¿Podemos subvertir los valores y pensar que todo lo que nos jugamos nos lo jugamos aquí y ahora, en esta caída? O en otras palabras, ¿se puede caer el cielo o toda caída es siempre un desastre? La alegría de Caer al cielo es que la respuesta es afirmativa: «Se intenta querer / y ese querer / es de nuevo caer / y caer / también podría / ser volar».
El objetivo del libro, o así lo leo yo particularmente, es interrogar a la caída desde otras categorías que no sean las del derrumbe, las del golpe, las de la ruina y la perdición. Interrogar al movimiento del que aquel que cae y hacerlo desde la pregunta de la duración (esto es, cómo habitar la caída) y no desde su negación (esto es, cómo evitar la caída). Porque es cierto que uno nunca sabe dónde va a caer, dice el dicho, pero es precisamente ese no-saber lo que debemos celebrar: «Hija, tu naciste del vértigo […] / por aún descender eres / afortunada / nacer es caer en el pliegue / de lo posible».
Y aunque cada una caerá como buenamente pueda, intentando hacer de esa caída un espacio digno y que merezca la pena haber vivido, hay algunos elementos que podrían estetizar la caída y ayudarnos a no temer el choque con vaya dios a saber lo que hay después. En Caer el cielo, uno de esos elementos estetizantes y, por qué no: salvadores, es la poesía. La poesía aparece como la forma de habitar un vértigo constante precisamente por su propio devenir lenguaje-caído, lenguaje-tropiezo, lenguaje-fuera-de-automatismos: «Porque así sobrevive lo no dicho / atento a la vista / de quien toda la semana le lleva flores», o también: «Dentro del idioma / hay una zona protegida / donde la piel no se pudre». Porque la poesía es eso. Caer y no saber a dónde. Abandonar la pretensión racionalista y la ficción humana de que el lenguaje es algo que hablamos, y no al revés, que el lenguaje es más bien quien nos habla. Los poetas saben este señuelo y habitan el lenguaje ordinario como un trampantojo («Desnutridos los significados, / quisimos sacarlos / con los residuos»). Son verdaderamente conscientes de que están cayendo y hacen arte con esto: «Precipitada al misterio […] / que veo fuego donde hay tierra / que escucho voces donde hay brisas […] / Soy yo / la gata curiosa que va a salvarse […] / En el abismo hay algo / que el resto no quiere mirar / y yo, cada día / vuelvo a ponerle / la mano encima […] / desde niña / escucho que anuncian mi nombre / desde las profundidades». Pero en Caer al cielo la poesía no es un alegre y tranquilo bálsamo que nos protege del viento en la cara de la caída, no funciona como el paraguas que impide que nos mojemos, porque la poesía es, como hemos dicho, una caída, lo que pasa que implica una forma de caer estética. Esto es importante porque aquel que busque en la poesía un refugio no va a encontrar más que el misterio y el vértigo que más bien nos rodea a todos. Esto es importante: en la poesía encontramos una forma de habitar la caída, pero la única forma que tenemos de habitar la poesía es cayendo: «Escribo / como quien lame la cuchilla / para comprobar si corta. // Es cuando sangra / que el poema está listo».
Y es que no hay alternativa al arrojo. La hay, pero como la muerte es la alternativa a la vida. En el desasosiego de la caída, la única opción es la parada. La vida es afluencia jolgoriosa en pleno derrame y todo lo que excede a este alboroto es la cristalización y el silencio. O piedra o río: He dejado / de ser de piedra. / Soy el río, la tierra blanda // Me deshago en la corriente / y mi cuerpo es el inicio / de otro mundo». ¿Acaso querríamos vivir como una piedra? ¿Estar, permanecer, sin nada que nos afecte? ¿Acaso querríamos renunciar al alegre (y a veces doloroso, sí, pero alegre) juego de lo posible? ¿Qué nos ha pasado para que acabemos deseando la quietud, la norma, el compromiso con el cauce sin desbordarlo? Como dice el libro: «Mira esos pies que se arrastran / por los pasillos de las administraciones. // Mira cómo han olvidado / su primer cielo / de estrellas rojizas». O, en otro lado: «Dentro de esos disfraces de humanos / tan solo hay criaturas / buscando un rebaño / animales blancos animales negros».
Y aún así, y aún sabiendo que lo que no es caída es líquido desparramado sin forma, quietud silenciosa y piedra en vela, aún así, la caída nos da miedo. La miramos con asuste y fantaseamos con otro estado que no fuera. Demasiado vivos para la cueva de insectos muertos, pero demasiado miedosos para el bosque que puede tragarnos. Así se tuerce nuestro deseo: deseamos lo imposible, la inversión: «Ser el milagro invertido: / una hija que desea regresar / al vientre materno». Y quizá esta ambivalencia sea necesaria. ¿Acaso podremos alguna vez caer sin miedo? Quizá fuimos demasiado ilusos al creernos más allá del cristianismo, quizá, no podemos prescindir del pecado y su simiente: «La primera nevada fue la infancia, después el sol / […] / Nos dieron a probar el mundo adulto / y cometimos el error / de masticarlo» . (Aunque quizá, y esto no está en el libro, lo que debemos hacer es amar el pecado).
Por último, es importante decir que no todas las caídas son iguales porque no todos los cuerpos lo son. El grito varía por la garganta que sufre. Y en Caer el cielo, el cuerpo que cae es de una mujer. «Niña, no cojas / el caramelo de la mano del hombre». A partir de esta tonalidad, todo el libro introduce una dimensión política fundamental: ¿acaso no es el quehacer político la distinciones entre las caídas estructurales y las caídas estéticas? ¿No es la reproducción social una caída estructuralmente heredada? («El dolor / es el secreto / mejor escondido / de nuestras ancestras».) ¿Qué alianzas son posibles en la caída? («Quién sostiene a quién / es la pregunta».)
En fin, un poemario maravilloso, donde uno solo puede dejarse caer, confiar en la palabra dicha, sus vericuetos y esperar que el arrojo tenga la profundidad suficiente como para torcer su devenir y virar al cielo. ¿Es que acaso no es a esto a lo que nos referimos cuando decimos que la literatura transforma? ¿Acaso, como recoge la cita de Hölderlin inicial, no querríamos todas ser cometa?
Caer al cielo (Manos de pan, 2025)
Caer al cielo es un muestrario de saltos y golpes. Un poemario que juega entre la niñez y la adultez, en un tono elegante y lírico, rozando una serie de emociones inevitables del pasar de los años. En cada poema vive el sonido que hace un cuerpo al caer sobre otro cuerpo, o sobre la nada. Patricia Conor presenta estos poemas que se animan al vértigo, para transformar la caída en lo deslumbrante. Cómo entender el mundo, cómo despedirse de un ser amado, cómo descubrirse en el deseo, cómo aprender la lucha, la lucidez.


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