Quisiera escribir una crónica de Surinam, pero estoy en Chile. Quisiera escribir una crónica de la vida en Surinam, pero estoy viviendo en Chile. Sí, quisiera estar en Paramaribo, pero estoy en Santiago. Aprender algunas palabras de neerlandés americano, utilizarlas en mi texto, deleitarme pronunciándolas, admirando cada señal de tráfico, cada cartel de una tienda, como un jeroglifo escondiendo un mensaje relevantísimo esperando ser descifrado.
Sentirme un extranjero a cada momento, en un país no mejor que el mío, no más avanzado, no el sueño para tomar fotos instagrameables que pueden presumirse a diario. Vivir en Surinam, unas semanas. No puedo escribir ‘en Surinam’ porque estoy en Chile, no ‘en Surinam’. No puedo escribir de Paramaribo porque nunca he estado ahí, no tengo idea de lo que es vivir ahí, me digo. Estoy en Santiago, pero no quiero escribir de Santiago, me rehúso. Entonces empiezo el viaje.
Vivo en la calle Bartok, pleno centro de Paramaribo. Todos los días me levanto a las cinco, y hago una caminata de dos horas. La idea es llegar hasta el Presidentieel paleis y de ahí regresar, pero siempre, antes, camino tres cuadras hacia arriba, en sentido contrario al palacio, hasta llegar a la esquina de George Eelst y Anamoe, donde está el casino Savannah. Entre semana es un fantasma, es lo más cercano a lo que nuestros descendientes (si los hay) verán como una pirámide de nuestro tiempo. De viernes a domingo, empero, cuando llego a sus inmediaciones es un monstruo agonizante, que expulsa los últimos detritos de la noche anterior en forma de papeles, botellas vacías y bolsas de papas tiradas por toda la banqueta. El ruido que llega de adentro me confirma que están empezando a limpiar las colillas tiradas, los restos de vasos rotos, mientras los guardias sacan a los últimos dos contumaces que quieren seguir la fiesta, y estos, al salir, me cuentan sin que yo entienda un carajo lo bien que la han pasado mientras yo dormía.
Pienso, siempre, en tomar fotos, en escribir un largo reportaje sobre el Savannah, me convenzo, lo delineo mentalmente, pero en la siguiente cuadra, cuando doblo hacia el sureste en Pluto, antes de llegar a Tourtonnelaan, pienso que el periodismo es una suerte de cosa que no me interesa, que apenas lo intente estaré dejándole de ser fiel a la realidad, que casi siempre me parece sosa, zafia, y entonces mi mapa mental del texto sobre el Savannah se convierte en un cuento, en una novela, la nueva gran novela surinamesa, escrita por un mexicano que no habla ni pío de neerlandés.
Entretengo esa idea mientras bajo por Pluto, observando el Micki’s, a donde podría llevar a comer a mis personajes, el Scenescape, donde podrían ir los miércoles a ver alguna película, o la tienda Fabe, donde yo sueño con hacer una exposición de arte contemporáneo con esculturas puestas entre la ropa, pero donde mis personajes podrían comprar su ropa de gala.
Así llego hasta el C&Y, a esas horas igual de muerto que el Savannah, y siempre siento un poco de nostalgia, porque ese silencio me hace sentir que nunca más volverá a abrir, que jamás volveré a sentarme a leer ahí, y me acuerdo que va a acabar, desde luego, que mi estancia en este país caribeño tiene fecha de caducidad, que el sueño de ser un escritor poblano en un lugar visitado por nadie no dura para siempre, pero que también Paramaribo va a acabar, también un día dejarán de vibrar sus calles con la algarabía de las motos que ahora odio y C&Y tendrá un último día y los libros de decoración en sus estantes se disolverán en el ácido de su propio papel mezclado con la brisa del mar.
Me obligo a salir del estupor cuando no lo hace un niño gritando en brazos de su mamá o un señor mayor que arrastra un carrito con fruta para vender en alguna esquina próxima. Doblo en Ma Retraitteweg, paso los zapatos Gomperstraat, y en ese momento suelo sacar mi libro, uno de mis libros, el de poesía, porque ya siento que ha pasado mucho tiempo desde que desperté sin haber abierto una página, y vuelvo a preguntarme por aquellos que sienten un placer inmenso al caminar, al caminar sin rumbo, porque yo camino ahora mismo por hacer ejercicio, por obligarme a salir un rato de mi casa en la calle Bartok, tomar el aire, sentir lo que cae del aire de Paramaribo y escribir este texto, pero yo no le encuentro sentido a caminar nomás, no podría pasarme todo el camino sin abrir uno de mis libros, menos pasarme todo el camino sin llevar uno de mis libros, aunque sea uno, y me pregunto cómo le hacen ellos, cómo llegan a casa tranquilos después de un día de haber caminado y solo caminado, cómo le hacen los escritores a los que les gusta hacer otras cosas: andar en bici, correr, jugar futbol, tener hijos, cómo le hacen cuando han pasado todo un día sin leer para dormirse tranquilos, satisfechos, porque para mí el hecho de que lo hagan muestra que para ellos eso otro que hacen está a la altura de leer, pues se van a dormir tan ahítos después de un día de leer como después de un día de haber hecho cualquier otra cosa. No lo digo por mamador, con aires de superioridad moral, no lo digo porque crea que es superior un día pasado leyendo que un día pasado andando en bici; sí lo creo, sí, pero no lo digo por eso, sino porque yo no me lo explico y no me lo explico porque no puedo sentirlo, porque nunca lo he sentido, y me gustaría sentirlo. Me gustan otras cosas, sí, ver un partido de futbol cuando los Pumas están en la liguilla o la selección en el mundial o irme de peda con mis amigos toda la noche un viernes, sí, eso es cierto, pero después de hacerlo me siento culpable, me siento culpable por no haber utilizado ese tiempo para leer y para escribir, pero sobre todo para leer, y pienso siempre en cuánto pude haber leído en ese tiempo que pasé empedando, durmiendo, crudeando, en ese tiempo que pasé viendo un partido de futbol que al final es una pendejada, y quisiera que no me gustara, pero me gusta, de vez en cuando, pero me gusta. No lo digo de ahora, siempre ha sido así: incluso en las peores épocas, cuando alguna vez dejé de leer unas semanas, jamás me sentí bien, todo era una tortura mental, reproche constante por todo lo que pude haber leído y no leí.
Necesito leer, el disco rayado de mi voz mental. Incluso hay cierto reproche en pasar demasiado tiempo escribiendo, porque le roba tiempo a la lectura, y la lectura siempre puede hacerme escribir mejor, darme más herramientas, más datos, giros léxicos que desconozco, y qué tal, siempre se cuestiona uno, si no todo lo que estoy diciendo ya fue dicho mejor y tendría que leer un poco más para poder decir algo que sí valga la pena. Así acabo pensando en mis mejores amigos, los que más veo, quiero decir, porque siempre son esos los mejores amigos, mis mejores amigos que no leen y no les interesa y ven como una cosa rarísima no solo las cosas que leo, sino el leer en sí mismo, y dejo de verlos con lástima, surge en mí algo cercano a la admiración, porque ellos se van satisfechos a dormir cada noche sin haber leído nada y yo no entiendo cómo pueden hacerlo, simplemente no lo entiendo, porque nunca lo he vivido, nunca he podido hacerlo y no veo cómo podría, y me pregunto qué se preguntan ellos, o si se preguntan algo, en qué piensan, con qué sueñan, a qué aspiran, qué les preocupa, qué quieren de su vida, y claro que podría preguntárselos porque son mis mejores amigos, los que más frecuento, es decir, a los que más confianza les tengo, y desde luego los que más confianza me tienen, porque la confianza se hace en la repetición; yo transito todos los días por Ma Retraitteweg hasta que volteo a ver el Ministerio de Finanzas de Surinam y ahora que ya llevo semanas haciéndolo me siento en mi casa al llegar a esa esquina de Ma Retraitteweg, de verdad ya es como mi casa, me siento en confianza porque he estado ahí muchas veces, veo ese edificio de estilo neerlandés y siento que ya es mío, que él también me reconoce, me cuida, y eso es absurdo, igual que sería preguntarle a mis mejores amigos qué quieren de la vida y cómo le hacen para irse a dormir todos los días tranquilamente después de no haber leído nada, cómo es que no se reprochan nada por no haber leído nada, porque no nos entenderíamos y no quiero introducir un elemento extraño en nuestra amistad, hacerles creer, en el peor de los casos, que los veo como menos, que los desprecio, o ver su cara de confusión en el mejor escenario, confirmación absoluta de que no habitamos lo mismo.
Volteo un segundo a ver el ministerio de Finanzas y sigo, ahora usualmente pensando en cómo será la vida del ministro de Finanzas de Surinam, en que me gustaría ser su amigo, ser influyente en el gobierno de Surinam e ir a su casa a cenar, tener acceso privilegiado a cualquier lugar en Paramaribo, ver, vivir como viven los ricos aquí. Eso dura unos segundos, antes de que la palabra finanzas del ministerio me recuerde que yo estudié economía, que yo soy economista, algo a veces difícil de recordar, aunque lo pienso todos los días, paso el restaurante oriental al que siempre quiero ir pero siempre que quiero estoy en mi casa de la calle Bartok y lo siento muy lejos, y en ese trance llego al quiebre con Mahonylaan y Grote Combeweg, donde las casas no se ven ni muy bien ni muy mal, paso el super Combe, un restaurancito de nuduls y la aseguradora Assuria, y ahora ya no pienso en ser economista ni en la culpa por no leer al final del día, sino en que pude haber estudiado actuaría o administración en la Udlap, sin preocuparme un comino por las calificaciones, trabajar desde el primer semestre con mi señor padre y ahora estaría dirigiendo el negocio familiar y estaría en Puebla, tranquilo, sin los merequetengues en los que a veces me meto. Pienso en mi responsabilidad con mi señor padre, con su negocio, gracias al que he tenido la vida que tengo, pienso que lo admiro y me cuestiono si aunque no me lo diga no preferiría que estuviera ahí, haciendo crecer su negocio, y pienso si tener una tienda de seguros como esta en Puebla, a la vista, anunciando la oportunidad de asegurarse instantáneamente, podría hacer crecer el negocio, que quiero que crezca, y pienso que la idea de mi papá haciendo su propia empresa me llena de orgullo y alegría, pero no sé cómo acomodar la empresa en mi vida, la pienso como parte de mi vida pero parte de mi vida externa, porque en mi mente solo hay palabras y mis palabras nunca han comprendido cómo construir una empresa ellas mismas.
Llego hasta Van Roseveltkade, veo la embajada holandesa a cierta distancia, pienso en la vida del embajador de Holanda en Surinam, me gustaría tener su vida, me gustaría ser él; sigo por el borde del parque Palmtree y giro en Onafhankelijkheidsplein para ver el Presidentieel paleis pero nunca lo veo, apenas una hojeada, porque ya le tengo confianza y tampoco hay tanto que me interese de él. Pienso, a veces, en la vida del presidente, sobre todo en la de sus hijos, pero no me gustaría ser él, ni sus hijos, me gustaría ser su ministro de finanzas, ir a cenar como invitado de honor, o el embajador holandés, con línea directa al presidente de Surinam en todo momento, pero no el presidente, así que su casa vuelve a ser solo el punto que indica el inicio de mi regreso. Tomaré Kleine Combeweg hasta su bifurcación, y dependiendo de cómo me sienta, si el día anterior leí lo suficiente, si el libro que estoy leyendo es corto o requiere mucho tiempo para ser terminado, decido si tomar el camino corto, por Wilhelmina hasta Pluto, para sentarme en el C&Y, pedir un moca y leer hasta que me lo termine, donde los meseros ya me conocen aunque no dicen nada, antes de regresar a mi casa en la calle Bartok, donde leo un rato sobre los esclavos en la región de Brokopondo entreteniendo la idea de ir un fin de semana y llevar a mis personajes ahí, o leo un rato sobre Bouterse, su golpe de estado en lugar del de Pinochet, y pienso dónde estará ahora, en qué estará pensando él, antes de ponerme a trabajar de nuevo en mi tesis; o tomar el camino largo, por Cornelis Jongbaw, que después se convierte en Anton Drachtenweg, viendo la última curva del río Surinam antes del Atlántico, queriendo ver un delfín de río, hasta David Simon, que una cuadra arriba se vuelve paralela a Pluto, para sentarme en el C&Y, pedir un moca y leer hasta que me lo termine, donde los meseros ya me conocen aunque no dicen nada, antes de regresar a mi casa en la calle Bartok, donde leo un rato sobre los esclavos en la región de Brokopondo entreteniendo la idea de ir un fin de semana y llevar a mis personajes ahí, o leo un rato sobre Bouterse, su golpe de estado en lugar del de Pinochet, y pienso dónde estará ahora, en qué estará pensando él, antes de ponerme a trabajar de nuevo en mi tesis, que escribo desde Santiago, pero quisiera escribirla en Paramaribo.

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