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Tu rostro mañana

Hay entre Javier Marías y Johnny Cash un hilo fino –muy fino, de hecho– que les conecta. Y Jorge Trujillo, por fin, lo ha puesto de manifiesto a través de la canción 'The Streets of Laredo', que cuenta con dos versiones y un cameo prodigioso en la trilogía 'Tu Rostro Mañana', del autor madrileño (para Trujillo, y para tantos otros, el mejor novelista español de los últimos tiempos).

Solo puedo comenzar este texto con la premisa de que, en mi irrelevante opinión y la autorizada de muchos expertos, Javier Marías es, con diferencia, el mejor novelista español de los últimos cincuenta años. Por tanto, el verdadero 11-S para España no fue el del 2001, sino el del 2022. Marías murió el 11 de septiembre de ese año a la insuficiente edad de 71 años.

Pese a ello, puede que por el trauma, seguramente por inutilidad manifiesta, el caso es que me ha costado más de tres años hacer un artículo sobre él como humilde homenaje a quien me dio tantas horas de lectura intensa y casi obsesiva; y si ahora lo he logrado no ha sido más que por una curiosa casualidad:

En Baile y Sueño, la segunda novela de la trilogía que conforma Tu Rostro Mañana, Marías describe una escena en una discoteca británica donde el protagonista recuerda oír una canción, The Streets of Laredo, de Johnny Cash:

Yo no conocía la canción, pero cuando leí el libro (casualmente poco antes de que Marías muriese) la busqué, la escuché, la guardé en Spotify y la olvidé hasta que hace un par de semanas me saltó en el modo aleatorio de reproducción. La reproduje varias veces, intentando recordar qué reflexión hacía sobre ella en el libro y, por algún motivo desconocido, los versos que más me llamaron la atención (y que en la novela no se citan nunca, aunque eso lo descubrí después) fueron los siguientes:

(Entonces escríbele una carta a mi anciana madre / y dile que el vaquero que ella amó se ha ido. / Pero, por favor, ni una palabra del hombre que me ha matado. / No menciones su nombre y su nombre morirá.)

En los dos últimos versos el vaquero pide que no le cuenten a su madre quién le mató para que su asesino sea olvidado; a diferencia de él, recordado al menos mientras sus seres queridos vivan. El cowboy parece vengarse así de quien le ha matado, que será devorado por el olvido (la negra espalda del tiempo de Shakespeare y Marías), mientras que él, que ha muerto, seguirá presente.

Estuve escuchando la canción, como digo, durante las últimas semanas con cierta obsesión hasta que decidí buscar una versión en directo cantada por Johnny Cash para saber cómo sonaba de viva voz y encontré una a dúo entre Marty Robbins y él en un programa de televisión:

(es increíble la cara que pone Robbins cuando escucha a Cash cantar sus primeros versos).

Mi sorpresa vino cuando terminó la canción sin que se hiciera la menor referencia a la que yo creí que era la parte más importante: la carta a la madre. Descubrí, en primer lugar, que existen muchísimas versiones de la canción, ya que es folklórica del Oeste Americano, pero no he encontrado ninguna anterior que haga referencia a una carta salvo la de Johnny Cash, por lo que, salvo error, creo que es una variación original de este.

Por ello, busqué otras versiones de Johnny Cash y descubrí una anterior, de 1965 (la que yo tenía guardada en Spotify era del álbum American IV: The Man Comes Around, de 2002), incluida en su disco The Ballads of the True West, donde la parte de la carta cambia sustancialmente:

(Entonces escríbele una carta a mi anciana madre / y envíales la misma a mis hermanas, tan queridas, / pero, por favor, ni una sola palabras de todo que esto que cuentas / cuando otros te pidan escuchar mi historia.

Y hay alguien más querida que una hermana / que llorará amargamente cuando escuche que me fui / y si algún otro logra su cariño / no digas mi nombre y mi nombre morirá [¿desaparecerá?]).

Es decir, en esta segunda versión (la primera cronológicamente hablando) quien debe ser olvidado no es el asesino, sino el vaquero. Y es a esta a la que, en realidad, se refiere Javier Marías en Tu Rostro Mañana, pues en el fragmento del libro hace referencia no solo a la madre, sino también a la novia y a la hermana(s); menciones que no se incluyen en la versión del año 2002.

Es evidente que la variación de la estrofa altera el sentido completo de la canción. En la de 1965 el vaquero asume su castigo porque “I know I´ve done wrong” (‘Porque soy un pobre vaquero y sé que he hecho daño’, dice el verso; o ‘que he hecho mal’, si se quiere, según Marías). Sin embargo, en la versión de 2002, aunque el cowboy sigue reconociendo que ha obrado mal, desplaza la importancia hacia la pena por la madre, a la que no quiere hacer sufrir con su asesinato; o hacia la venganza contra su asesino, que le mató, pero que no merece ser recordado. Así, que el vaquero haya hecho mal y merezca (o no) ese disparo es lo de menos, es solo la explicación de cómo ha llegado a ese situación, pero en ningún caso merece ser olvidado por su mala actuación.

¿Por qué citó Marías una versión (la de 1965) en vez de la otra, de 2002? Baile y Sueño, donde se hace referencia a la canción, se publicó en el año 2004, por lo que es seguro que conoció ambas variaciones siendo como era Johnny Cash un ídolo de juventud y madurez de Marías. Es posible que para cuando se publicó American IV: The Man Comes Around ya tuviera escrito el fragmento en donde cita la canción y no quisiera cambiarlo. O más sencillamente que, en el momento cronológico en que ocurre el hecho, la versión de 2002 no podía existir, por lo que hubiera sido incorrecto introducirla en la novela. El problema es que eso no lo podemos saber con certeza porque tampoco se precisa los años exactos en que ocurre la trama, posteriores a la caída de la Unión Soviética, pero indeterminados.

La otra cuestión que surge, claro, tiene que ver con Johnny Cash: ¿qué le motivó a realizar esa variación? Es evidente que tampoco podremos saberlo con seguridad, pero acercarnos a una posible respuesta correcta parece más sencillo. Cuando Cash escribió la primera versión apenas tenía 32 años y gozaba de plena salud. Sin embargo, para cuando publicó la segunda, donde a quien condena al olvida es al asesino y no al vaquero, a Johnny le quedaba menos de un año de vida. En 1997 había sido diagnosticado de una enfermedad neurodegenerativa y en el intervalo había sufrido ingresos hospitalarios, por lo que probablemente sentía la muerte muy cercana.

Además, en la versión a dúo con Marty Robbins, Cash eligió representar al vaquero al cantar la parte en la que habla el cowboy. Quizá Johnny se identificase con el una vez joven vaquero y quisiese cambiar la versión para no caer en el olvido. O, como me dice una amiga (saludos a Claudia), tal vez lo que no quería era ser recordado por su posible asesino, esa enfermedad neurodegenerativa (que no fue finalmente la causa de su muerte).

Lo más curioso de todo esto que ambas versiones de Johnny Cash hablan sobre la muerte definitiva de una persona cuando su nombre es por fin olvidado, pero, para Javier Marías, son los rostros los que se olvidan, no los nombres. Así lo dice en Mañana en la Batalla Piensa en Mí (1994):

En el fragmento, además de hacer referencia a Tu Rostro Mañana, su futura trilogía aún inexistente (quizá ni siquiera proyecto consciente, pero ya con la idea en su cabeza), Marías adelanta su respuesta a mis preguntas: los nombres permanecen inmutables sin el menor deterioro y con su brillo intacto y son los rostros y las voces los que se olvidan. Aunque a veces, corrigió muchos años después, pocos meses antes de morir, los rostros y las voces también permanecen con los individuos cruciales, con quienes nos marcaron, de estos nos seguiremos acordando así pasen treinta años.

En relación con Javier Marías, mi biblioteca puede dar fe de ello.


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Acerca de Jorge Trujillo

Jorge Trujillo (Santa Cruz de Tenerife, 1994) es graduado en Derecho, máster en sectores regulados y abogado colegiado, ocupación que ejerce durante sus ratos libres en un bufete madrileño, aunque profesionalmente se dedica a soñar con ser, algún día, rentista decimonónico. Mientras espera ese dinero que nunca llega, agota sus energías combatiendo a la Administración en el frío ámbito del Derecho Público. Para no caer en la desesperación, escribe textos que nunca termina y abandona blogs que él mismo ha empezado. Fiel a su espíritu rentista y a la dorada mediocridad, su mayor éxito es que en su currículum no hay ningún logro a destacar, salvo, quizá, el de seguir creyendo -en alguna que otra ocasión- en la justicia.

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