Lo primero que asimilé al cumplir los cuarenta es que: uno, jamás volvería a ser joven; y dos, nunca seré rico. Vayamos por partes: lo segundo me importa cada vez menos. Claro que a todo el mundo le gusta viajar a destinos exóticos y pasar la noche en hoteles de muchas estrellas. ¿Quién no ha soñado con vestir de firma, comer caviar, conducir un superdeportivo y vivir la Dolce Vita? La persona que te diga que no, miente. Pero esto se pasa, doy fe, sobre todo cuando empiezas a vivir (o sufrir) tu día a día en una constante rutina laboral que solo te permite rascar pequeños placeres los fines de semana. O agarrar la quincena de vacaciones como un oasis para descubrir a tu verdadero yo; el que no madruga por obligación, el que no redacta informes absurdos sobre ventas o el que puede beber cerveza de lunes a domingo. Pero ese oasis pasa como una mota de polvo entre las cortinas y toca regresar. Asumes, por tanto, que la vida de prensa rosa que alguna vez soñaste se ha tornado a catálogos de muebles o recetas de cocina rápida. Que el niño que hablaba de ser futbolista o actor de cine se pasó de frenada y, a no ser que te caiga del cielo un boleto de lotería, llegarás a la tumba sin poner demasiados ceros en tu cuenta. Nada, amigo cuarentón, ¡bienvenido a tu clase social!
Sin embargo, el punto número uno me escuece un poco más. Al terminar los treinta entiendes (o deberías) que la verdadera juventud, la que late con furia y huele a verano, sexo y alcohol ha pasado. Luego puedes venderme que con esta edad aún eres joven, que si te cuidas estás en la mejor etapa, que la vida está empezando para ti, bla, bla, bla,… La juventud ha concluido. Punto y aparte. Has llegado a la cima de la montaña rusa y ahora empiezas a bajar a una velocidad superior. Puede que incluso te marees y vomites. Olvídate de esa sensación de libertad, de un futuro sin descubrir o de la magia de las noches bajo el calor de los focos. Eres joven, sí, pero no volverás a tener esa juventud plena y azul de una película de Sorrentino. Ojo, no me veas como a alguien pesimista. Te puedo asegurar que, en la estación vital en que me encuentro ahora, se me salen los proyectos y los sueños por el bolsillo, pero eso daría para escribir otro artículo…
Por todo esto que acabo de contar, cuando soplé el número 4 en una tarta de chocolate me prometí no traicionarme jamás. Era la gran lección que había reflexionado en mis últimos días de treintañero. Antes de los cuarenta había sido padre y esos ojos pequeños me estaban mirando mientras cambiaba de cifra con una corona de cartón sobre mi cabeza. Existen muchas teorías acerca de esto, y a veces pinchan ampollas o no son políticamente correctas, pero creo que lo más importante es tener la férrea convicción de mantenerte fiel. ¿A qué me refiero? Pues este artículo tiene su semilla por una novela inacabada. Un amigo que escribía dejó de hacerlo cuando fue papá. No había tiempo ni metas más allá de cambiar pañales, trabajar duro, buscar colegios y organizar quedadas en parques infantiles. Me lo confesó a escondidas cuando le anuncié que seguía su camino y que estábamos embarazados. A partir de entonces, intentó engullirme en su espiral de Superpapá y hacerme ver que el teclado y aquellos anhelos de publicar, ser leído o volver a fracasar en premios literarios quedarían bajo llave en el baúl.
—Hay que rendirse a la evidencia— me dijo al primer sorbo de un café de cápsula. Nuestra vida ha cambiado. Ahora la prioridad es muy diferente. Además ¿quién nos espera en el mundillo literario? Nadie.
Recuerdo volver a casa con mi pareja en el coche, pensando qué sería de mi sin todo aquello que lo componía. «Es como si le quitas los colores a las películas de Almodóvar».
Cuando nació mi hijo estuve a punto de tirar la toalla. Deambulaba por las noches intentando comenzar algún manuscrito que siempre acababa olvidado o, peor aún, en la papelera del ordenador. No te engaño, las mierdas de bebé no son de plástico y el orín no es azul como en los anuncios de Dodot. El tiempo se comprime y los días pasan volando. Sientes una felicidad inexplicable que te empapa, pero tu propio yo va menguando. ¿Esto significa que no eres feliz en la etapa paternal? Para nada, nunca me he sentido más pleno y con mayor alegría. Adoro enseñarle a mi hijo el mundo, narrar las anécdotas de mi pasado y crear pieza a pieza un futuro. Pero si aterrizo en el tema concreto de la vocación literaria he de confesar que me he arrastrado por los rincones para poder escribir un solo párrafo. Que el cansancio me ha dejado noqueado frente a la pantalla blanca en una habitación a oscuras y en completo silencio. Que, a veces, cuando estaba bailando con las musas tuve que apagar la música y cerrar la pista porque se escuchaban los llantos desde la otra pared. ¿Es natural sentirte invadido? Pues no lo sé. Pero lo que sí es cierto es que hace unos meses mi hijo comenzó a teclear en una máquina de escribir que tengo de adorno en el salón y dijo: «como papá». Y ahí entendí el truco. No se trata de publicar. Ni de premios. Ni de que te lean. Se trata de cuidar el reflejo que proyectas frente a una mirada que aprende quién eres mirando lo que haces. Si la juventud se fue como un metro que se te cierra en la cara y la cuenta corriente vive rozando el rojo, que al menos no se vaya también tu esencia por abandono.
Lo bueno que tiene la vocación literaria es que no existe fecha de caducidad. Han sido muchos los escritores que ascendieron en una edad madura. Por ejemplo, el premio Nobel portugués José Saramago publicó a los cincuenta y ocho años su primera gran novela. Es cierto que antes había publicado algo de poesía y una novelita que pasó desapercibida en 1947, el mismo año que nació su hija Violante. Después, en su cima literaria, cuando le preguntaron por ese bache de dos décadas, comentó: «Sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar». Yo estoy casi seguro que no escribió una sola línea porque estaba meciendo la cuna.
En fin, habrá que hacer caso a Paul Auster y pensar que un trabajo bien hecho es el que, tras ocho horas sentado (en mi caso no en el mismo día), logras completar un párrafo. Ahora la prisa no importa, y como aseguraba mi amigo, el del café, nadie te espera en el mundo editorial. Quizás la moraleja de todo esto sea dejar una esencia inalterada, o tal vez esté completamente equivocado. ¿Quién sabe? Por el momento, corto y termino de escribir… tengo una caca que cambiar.

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