Tuve la suerte de conocer en persona a Daniela Forero (Bogotá, 1997), protagonista de este diálogo escrito pero objetivo objetivamente hablando, a razón de mi voluntad, recién cruzada la frontera psicológica de los 25 años y elegida esa casilla, de retomar los estudios universitarios e ingresar en el Grado en Literatura General y Comparada en la UCM. Entonces compartí con ella mucho, sobremanera conversaciones y apuntes, risas y escenas, amigos y chismes, epifanías y cafés. De aquellos recodos de la mente, la recuerdo destacando entre alumnos y profesores como quien no quiere la cosa y también porque ya latía en ella la bolañesca. Y es que de Daniela, cualquiera que la haya conocido un poco en perspectiva, es fácil rescatar una suerte de «talento en infinita potencia», algo que es importante mencionar porque habla no sólo de la alumna brillante de ayer y la inmensa persona y profesional lucidísima que es ahora como una suerte de constatación de ese «carisma a voces», sino de lo que está por venir y de lo que pretendo con este diálogo fechado aquí-y-ahora, en 2026, a modo de autorregalo para el futuro. Especializada en lo que nos atañe en las ramas de literatura italiana y anglosajona, activa en los clubes de lectura dentro y fuera de la Universidad de manera pionera y con Máster del Profesorado por si acaso y porque lo quiso, es único su sentido de la otredad y su posicionamiento erudito y sincero, amigos como somos. En 2023 entró a formar parte de Dos Passos, razón por la cual le pedí esta entrevista (que ha tardado, pero que ha llegado), y que ojalá alumbre a los/as hacedores/as del presente literario actual.
PREGUNTA: Naciste casi con el nuevo milenio (1997) y eres agente en Dos Passos, una agencia literaria señera, que «lleva» a Juan Tallón, Adriana Murad Konings ―fichaje tuyo―, Javier Gallego «Crudo», etc. ¿Cómo está escrito en tu diario el vi(r)aje desde tu Colombia natal a Madrid, allá por 2015-2016, primero para estudiar literatura con figuras tutelares como Cristina Oñoro, trabajar mientras tanto a destajo, luego conocer el mundo editorial y ahora acompañar y descubrir autores?
RESPUESTA: Tú fuiste testigo de todo ese viraje, casi desde el principio. Cuando releo mis diarios ―que ahora tengo un poco abandonados, tengo que retomar el hábito―, me doy cuenta de los pasos que he tenido que dar hasta llegar aquí. Suena todo muy Mr. Wonderful y lo que quieras, pero creo que por eso los diarios son un ejercicio de autoconsciencia fulgurante, hablas con tu yo del pasado, ese yo que quizás ha deseado muchas de las cosas que en ese presente estás viviendo. A veces puede ser un ejercicio amargo también, ¿no? Todo lo que pude haber hecho y no hice, todas las ganas que tenía de emprender tal camino y al final no tomé.
En ese sentido, la carrera en la Complutense, que hicimos juntos, Literatura General y Comparada, me guio un poco hacia aquí, claro. En mi diario estaba claro, aunque hubiera una disonancia brutal entre lo que sentía y lo que escribía ―supongo que eso que dicen grandes diaristas como Piglia o Pizarnik es verdad, que el diario siempre contiene un componente importante de ficción―. Una de las cosas que más recuerdo (y que también figura en mi diario, quizá por eso lo recuerdo tan bien) es el curso de verano de edición que hicimos con Cristina. Yo tenía muy claro que quería ser profesora, pero ella me dijo en su momento que no me cerrara del todo a la industria, que veía en mí algo que podía ser afín a toda esta parte del mundo libresco. El profesorado, al final, aparte de ser una preciosa vocación, es una opción muy segura, casi siempre habrá trabajo, es más estable, etcétera. Durante mucho tiempo me cerré la opción del mundo editorial porque simplemente lo veía incompatible con mi forma de vida: ¿cómo podía hacer el máster de edición y las prácticas si trabajaba en Starbucks treinta horas a la semana? Por viabilidad, hice el máster del Profesorado, aunque nunca perdí de vista mi idea de trabajar en la industria de una manera u otra. Hay muchas páginas de frustración en mi diario acerca de eso, ¿eh? Incluso de cierto rencor de clase, que llamaríamos… Y aunque aquí estoy, creo que nunca hay que perder de vista esto, que no todos tenemos unas circunstancias propicias para el acceso a ciertas industrias u oficios, a veces tan mediados por másteres o prácticas.
P: ¿La paciencia es fundamental en este trabajo por lo que supone lidiar con los egos de los escritores, sus tempos, caprichos, querencias? ¿Y la intuición? ¿Hay que tenerla afinadísima? Estoy al tanto de que guías a los autores desde el texto en sí ―con su debida corrección a muchos niveles, más consejos y apuntes― hasta su ulterior publicación o propuesta a editoriales donde Dos Passos hace de intermediaria. No voy a preguntarte por alguna anécdota totalizadora, pero cuéntanos algún caso donde este hecho, el de la actitud directa, haya sido determinante.
R: Creo que todos los que trabajamos en la industria del libro perseguimos las virtudes que mencionas. La paciencia es algo básico siempre que trabajas con personas, y sobre todo con material tan sensible como es el proyecto artístico o literario de alguien. Nosotras, en la agencia, en ese sentido, tenemos una relación muy cercana siempre con nuestros autores, e intentamos mantener muy afilada la intuición. La intuición creo que tiene parte innata, pero también parte que se educa: tienes que estar muy conectado con el mundo que te rodea, y no sólo el de los libros, sino en general, tener una especie de barómetro siempre encendido. Algo a lo que nunca renunciaré es a mis lecturas por placer; es fundamental y nos sirve como una especie de asidero que más allá de que trabajemos en esta industria y leamos por trabajo sigamos siendo esencialmente buenos lectores. Con un grupo de amigos, por ejemplo, hemos empezado un club de lectura: hemos leído a Gómez Arcos y ahora estamos con Choderlos De Laclos. Aunque las reuniones siempre terminan aplazándose porque la mayoría trabajamos en la industria y no tenemos tiempo para leer fuera del curro, me ha parecido una iniciativa genial para desconectar un poco de esa visión tan mercantilista y tan pegada a las novedades.
En cuanto a la segunda parte de la pregunta, sí, trabajamos mucho el texto con los autores antes de mandarlo a cualquier editorial. Con cada quien se trabaja de una manera, claro, pero en ocasiones empezamos desde el propio germen de la idea. Con una autora me pasó este año, y ha sido una experiencia en la que creo que ambas hemos aprendido muchísimo: Palmira [Márquez] me dijo que ella había escrito como sesenta páginas de una idea de novela, pero no terminaba de llevarla a cabo. Hasta ese momento solamente había publicado poesía. Hablé con ella y le dije de vernos, de hablar de lo que tenía en mente. Empezamos a lanzar ideas y le puse una fecha para que me entregara más capítulos de lo que estaba naciendo en ese momento. Establecimos encuentros cada quince días para trabajar en el texto que iba creciendo cada vez que nos veíamos. Ella me lo entregaba un par de días antes, yo leía como un tiro, y el viernes nos reuníamos para el feedback, hasta que tuvo su primera novela, que saldrá el año que viene.
P: Vayamos al grano: literatura literaria y literatura comercial. La primera parece que no vive sus mejores tiempos, descritos como «oscuros» por ti en un chat privado hace no mucho tiempo; y la segunda halla cada vez más mecanismos para metamorfosearse y cubrir las demandas de los lectores, ya no tan exigentes. Y esto último lo digo sabiendo que no hay libros buenos o malos, sino libros para cada uno, que acabarán por encontrarse. ¿Es, para un autor, hoy en día, un lastre o un motivo para cerrarse puertas escribir literariamente, sea eso lo que sea? Estoy pensando en Rubén Martín Giráldez, una predilección mía.
R: Creo que no es sorpresa que la literatura literaria ―parece una perogrullada pero todos sabemos a qué tipo de literatura se refiere― cada vez pierde más terreno en el mercado. Hace poco, Lola Larumbe, librera de la famosa Librería Alberti, aseveró una sentencia que despertó muchas críticas: que en los ochenta en España se estaban leyendo cosas más «complicadas», esto es, un Carpentier, un Lezama Lima, un Octavio Paz. No puedo decir que estoy de acuerdo en la medida que no estaba viva en esa época y menos en España ―vengo de un país cuyos índices de lectura son inferiores―, pero a veces se siente así. Me ha pasado incluso con algunos autores, que al mandar su manuscrito a editoriales y sellos preeminentemente literarios, han sido rechazados por ser demasiado complicados de leer. Y su estilo y forma de escritura se caracteriza por utilizar oraciones más complejas, más subordinadas, más digresiones, más flujo de la consciencia… A pesar de todos estos indicios que me empujan hacia un agüero poco promisorio, quiero ser optimista ante el panorama actual, pensar que al final los lectores jóvenes que empiezan leyendo un libro de literatura más comercial o más fácil pueden acabar o incluso disfrutar al mismo tiempo a un autor como Bernhard o un Marías. Muchos de nosotros, al fin y al cabo, empezamos así: yo devoraba Cazadores de sombras a los quince, leía fanfiction, Los juegos del hambre, Divergente, you name it. Y algo que siempre se dice, pero que cada vez le encuentro menos sentido, pues los sellos literarios están mutando también a sellos más upmarket (obvio, esto se trata de vender libros), es lo de que sin los libros más comerciales y los bestsellers no se podrían publicar a ciertos autores más minoritarios. Cada vez la industria se va plegando más al mercado y al consumidor. Ha habido una inversión de esa relación de poder, ¿no? Y en muchas ocasiones ya no es el editor el que dicta lo que debe leer el público, sino al revés: el editor escucha lo que los lectores quieren e intenta dárselo. Por supuesto que hay excepciones, actualmente hay editores que están creando catálogos espectaculares con un criterio muy particular y títulos muy cuidados. Pienso en proyectos como Ediciones Comisura o Plasson e Bartleboom, con editores muy conscientes de lo que le quieren plantear a sus posibles lectores.

P: Es sabido que, cada vez con más peso, se intentan abrir puertas para los autores al terreno del audiovisual, el podcast o formas transmediales, es decir, la adaptación de trabajos literarios a formatos sonoros o a 25 fps. ¿Hasta qué punto es prioritario en el mundo de las agencias literarias la capacidad o la potencia de un proyecto que tenga esta veta, y, de ser así, decide la balanza en favor de una aceptación por economía?
R: Palmira Márquez, la directora de Dos Passos, siempre dice algo muy certero: las mejores historias están en los libros. El cine y el sector audiovisual durante mucho tiempo se ha nutrido de la industria literaria y de sus historias, lo podemos ver continuamente en la cartelera cuando se estrenan películas: muchas de ellas son basadas en libros, o incluso muchos de sus guionistas son también novelistas. Nosotras, en la agencia, lo notamos por el interés de las productoras en los libros de nuestros autores. Te piden cosas muy específicas algunas veces, otras, en cambio, están abiertas a lo que les propongas tú.
Lo que dices es fundamental: ya sabemos lo difícil que es para que un autor viva solamente por la venta de sus libros. El tema de las producciones y adaptaciones audiovisuales les permite ganar un dinero que con los libros tal vez sería mucho más complicado, pues tendrías que vender mucho. Además, en las producciones audiovisuales, ten en cuenta que los autores, si no quieren perder mucho de vista su proyecto y su visión de obra, pueden participar en la producción audiovisual como consultores, productores o guionistas. Solamente a nivel de experiencia creo que es muy enriquecedor, aparte de lo que les reporta económicamente.
P: ¿Qué dirías que tiene que tener un autor ―estilo, imaginario, personalidad, etc.― para encontrar un hueco con menor dificultad que otros en este entramado de ser representado por una agencia literaria? Vamos: ¿qué claves, también imagino que atravesadas por el presente a muchos niveles, debe acarrear un autor para ser una opción a considerar? Y ¿hasta qué punto es importante una carta de presentación, un buen mail de bienvenida/saludo, recomendaciones de terceros, y así?
R: Sobre todo, tiene que tener una voz, que creo que es la combinación de todo lo que enumeras, ¿no? Porque algo que contar tiene todo el mundo, al final, y quizá haya alguien con una muy buena historia pero que no sabe llevarla a cabo.
Para ser una opción a considerar, pues, se debe palpar en las primeras páginas una intuición literaria: y no me refiero a literaria como decíamos antes, sino con nociones básicas de lo que es un texto de ficción, esto es, cierto estilo, una tensión que te atraiga hacia el propio texto y te quiera hacer seguir leyendo, una construcción de personajes y voces que sean en cierta medida diferentes, una trama que más o menos se sostenga. Parece mentira, pero en cuestión de diez páginas notas si alguien que te propone entrar en la agencia lee regularmente o no. Solamente por cómo está presentado y maquetado el texto te puede atraer más o menos esa propuesta. Asimismo, lo típico de la carta y el correo de presentación, claro: se nota mucho cuando la gente lo reenvía a varios agentes o editoriales a la vez porque no hay personalización de ningún tipo. Yo siempre recomiendo mucho que antes de mandar a una editorial o a una agencia, se mire de verdad si el texto encaja ahí, qué referencias, títulos o autores tiene su catálogo en común con el texto que se presenta.
P: ¿Llegará el día en que la poesía entre en las agencias literarias? A mí esto de los agentes se me antojaba como lo de las estancias largas en hoteles por parte de escritores a lo largo del siglo XX, siendo hoy una cosa casi desaparecida, pero me doy cuenta de que no, y no sólo eso, sino que en ellas lo que proliferan son narradores y ensayistas; y casos de figuras públicas que pueden permitirse estar a «géneros menores». Bueno, hay esperanza: tenéis a Luis Eduardo Aute y a Fernando Beltrán.
R: Ojalá. A ver, la poesía en las agencias literarias existe, pero como sabemos, es uno de los géneros peor tratados y más minoritarios. Igualmente cuando ves el catálogo de Wylie o Balcells ves que hay muchísimos poetas, pero claro, la mayoría grandes del siglo XX que se venden solos. Pero sí, no es sorpresa que los poetas actuales también se lancen a escribir prosa, ya sea ficción o no ficción, pues la poesía, incluso en las más altas esferas, tristemente no vende. Lógicamente deseo que eso cambie, que haya hueco en el mercado para una poesía de calidad contemporánea, aunque mira lo que ha pasado con Un estallido, la antología de Cátedra en la que además figuras: se agotó la primera edición en qué, ¿una semana? Recuerdo pasearme tres o cuatro librerías el viernes por la tarde antes de la primera presentación de la antología y no lo tenían en ninguna. Creo que la forma en la que se enseña poesía en el instituto tiene mucho que ver con ese respeto o pereza que la gente le tiene, a veces genera rechazo solo por imaginar que será inaccesible. Aunque lo que te digo, siento que eso está mutando: hay editoriales como Letraversal o Ultramarinos que tienen un catálogo espectacular, con libros y poetas especialísimos, y creo que poco a poco la gente se está animando a perderle el miedo a la poesía y a leerla más. Eso igual es una impresión mía, porque al final estamos cada uno en nuestra cámara de eco, pero ojalá. Sin embargo, para que triunfe en el mundo de las agencias, ese fenómeno y ensanche debería suceder también a nivel internacional, para que los diferentes mercados se interesen también por los poetas.
P: ¿Cómo es un día habitual en Dos Passos? A excepción de Miguel Munárriz, socio fundador junto a Palmira Márquez, directora, ¿tus compañeras y tú trabajáis individualmente, separadas por autores, o vais a todas a una, Fuenteovejuna, para resolver lo que vaya surgiendo?
R: Ningún día es igual, aunque muchos se terminan pareciendo, claro… Tenemos la oficina como base pero también solemos teletrabajar, pues leemos mucho. Aparte también están las reuniones con autores, editores, productores, que pueden ser en la misma agencia o fuera.
Nosotras tres, Olga Jiménez, Flor Amarilla y yo solemos trabajar muy concatenadas, sí, pero también llevamos cada una lo suyo. De hecho, en la oficina, están nuestras mesas juntas y nos viene siempre bien consultarnos alguna cosa. Algunos autores los tenemos divididos, sí, algunos los llevamos a medias, y otros requieren el apoyo de todas, cada una en una faceta o gestión particular.

P: Luego está la agenda, imagino, colmada y a colores varios. Actos, lecturas, presentaciones, ponencias… Existir y ser, en ese orden, para, una vez pasado el tiempo, ser y existir. Ya con tu experiencia y tu trayectoria, eres y luego existes, como siempre ha sido desde que te conocí, generando a tu alrededor cosas tan buenas. ¿Cómo llevas esa parte social a la que obliga este oficio? ¿Es un poco como ver Mad Men y entender por qué son tan importantes las sobremesas con los clientes?
R: Jajaja, parece que has tenido acceso a nuestro calendario y agenda, porque has acertado con lo de los colores. Tenemos un calendario común donde utilizamos esto del código de colores: dependiendo del tipo de evento va de un color o de otro. Dependiendo de la temporada, tenemos la agenda más llena o más aliviada. Ya sabes cómo va esto y sus picos: la rentrée, la campaña de navidad, Sant Jordi, Feria del Libro, ferias internacionales…
La parte social es fundamental en un puesto así. Y creo que es una de las partes que más me gustan de este trabajo: trabar relaciones con gente, ir a eventos, escuchar a gente brillante hablar sobre libros y sobre literatura, tomarte algún vino… También en las reuniones y en las comidas, no es que sea indispensable, pero siempre que hay afinidad y una relación más personal todo va mucho más fluido.
P: ¿Dónde te imaginas en 10 años? ¿Cuáles son los sueños de Daniela Forero, alumna sobresaliente, amiga salvavidas y mujer increíble? Sé que sientes nostalgia cuando tu autobús pasa por la Universidad Complutense (¿un doctorado?) y que eres decidida, inquieta y curiosa. ¿Tal vez trabajando en alguna de las líneas que ofrece este paraguas que es la agencia literaria, o creando algo tú, como ya has hecho con tu propio club de lectura itinerante, o ahora dar clases? ¿Hay proyecto? Dínoslo.
R: Pues mira, sí, esto te lo confesé, además, de camino a recoger el título del Máster en el Edificio A. Me entró una nostalgia hasta peligrosa, jaja, siempre hay que desconfiar de lo que idealizamos. Pero aun así nunca me canso de repetir que mañana mismo volvería a hacer la carrera, ahora desde un lugar más consciente. Quiero volver a la universidad como sea: hacer un máster de investigación, tal vez un doctorado que quizá me lleve a dar un par de clases en la uni… Quién sabe, la academia es otra de las cosas que me negué a mí misma desde el principio porque no me daba el tiempo para currar, sacar buenas notas y encima preocuparme por ir a congresos y escribir papers. Me encantaría, en algún momento, hacer una estancia de investigación o de docencia en el extranjero. Volver a Latinoamérica, quizá, ir a Italia. No lo sé, pero es algo que aún tengo muy despierto, esa vocación docente y esa vena de curiosidad incansable.
*Imagen de cabecera tomada y cedida por Isabel Wagemann.

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