Opinión

Más vale pájaro en mano: Apología de la presencia

Pretender respetar al otro en todas sus diferencias, al igual que pretender imponer tus expectativas, son formas de contacto que no dan cuenta de lo que supone relacionarse con los demás, pues toman su modelo de interacción de las redes sociales.

Se nos enseña desde niños, a través de aquel «más vale pájaro en mano que ciento volando», que es preferible la sobriedad de las cosas seguras a la opulencia de los palacios en el aire. Lo mismo viene a contarnos el cuento de la lechera: mejor ese jarrón lleno de leche que las mil empresas por venir desde las nubes.

Estas historias no pretenden defender la propiedad, pretenden defender la seguridad que ella nos reporta. Confundir propiedad y dominio nos lleva a admitir que la única forma de trato con las cosas es el consumo, y que después de su uso sólo cabe tirarlas o cambiarlas por otra novedad. Santiago Alba Rico suele diferenciar entre cosas para comer, que tienen necesariamente un uso, y que perecen si este uso no se produce en poco tiempo; cosas para usar, cuya constitución permite utilizarlas una cantidad indefinida de veces, como es el caso de las herramientas; y cosas para mirar, como el arte, que ni se usa ni se consume, pero también dura. Termina sentenciando: «Hoy sólo hay cosas para comer.» Si decimos que propiedad es disponer de ese único bocado, admitimos entonces que sólo hay ese bocado, cayendo ya en la trampa. La lechera no sueña con la propiedad de ningún objeto, sino con el constante intercambio de unos objetos homogéneos por otros que aumenten sus pertenencias. Ésta es una noción muy pobre de propiedad.

El imperio de la forma-mercancía hoy no se restringe a los objetos, también se extiende sobre las personas; de ahí el miedo generalizado a que nos abandonen de pronto. Ante esto, ¿podemos solamente resignarnos al hecho de que «esa persona puede ser feliz sin mí»? De ninguna manera. Eso sería aceptar que las personas no pueden durar más que los yogures, es tomar el mundo como algo que puede escapársenos de la vista repentinamente en cuanto lo descuidemos. Es, en definitiva, conformarse con su caducidad, renunciar a que quepa hacer algo para que la otra persona quiera quedarse.

El artículo al que éste contesta nos pone en este punto en una disyuntiva muy injusta: Si «cuanto más quiero conocer a alguien, más le quito lo que le hace único» entonces la única forma de acercarme a los demás es mediante una imposición agresiva de mis ideales. La alternativa que se nos da es dejar sin trabas que los demás den rienda suelta a su propia subjetividad, «amarle en su otredad»; pero esto es siempre de entrada imposible. Si no, podríamos ser amigos sin problema de cualquiera. Solemos llamar «pánfilo» a aquel ingenuo que todo lo admite por cierto; y «pánfilo» etimológicamente significa «el amigo de todos» (del griego «pan» -todo-, y «philia» -amistad-). En toda relación hay una extrañeza primera que hay que superar, y sólo por superación de la cual puede haber verdadera y duradera relación.

Ambas alternativas son nefastas porque ninguna se enfrenta a esa extrañeza inicial. Toman el modelo de interacción de las redes sociales, que tienen por función el que todos desarrollemos, en su máxima amplitud y extensión, nuestro propio y genuino yo interior. No hay ningún contacto real; por eso sólo nos ofrecen una subjetividad u otra. En las redes sociales lo más complicado se vuelve sencillo: la diferencia puede ser ignorada, y el diferente bloqueado; eluden toda necesidad de conciliación y evitan al usuario todo esfuerzo por la convivencia. Pero así no corrigen el problema, sólo empobrecen la relación con otros que en ellas puede establecerse.

No buscar atajar la diferencia con el otro supone considerar el mundo como una realidad en la que no podemos encajar. Ni le podemos exigir nada, ni ella a nosotros; sólo cabe que nos miremos desde lejos, cada uno en su soledad propia. Superar esa soledad inicial es lidiar con esas diferencias: encontrar algo común en que apoyarnos. Lo hacemos porque la vecindad real, la proximidad física, exige el entendimiento de ambos. De lo que se trata en toda relación es de hacerse al otro: No traer de casa una apetencia que demandarle, sino mirarlo con cuidado y ver qué en él ha sido amable y agradable y -por ello- queremos esperarlo del otro. Después de varios encuentros, y a causa de la repetición, la expectativa será legítima al estar fundada en la experiencia, y no en pretensiones abstractas. Y si así sucede, se fragua entre ambos una complicidad que haremos lo posible por preservar, y en la cual cada uno puede refugiarse.

«Habitar» quiere decir eso: hacer mío un lugar y sus personas, a través también del «hacerme a ellas». Por eso contestamos sobre nuestra procedencia con un «yo soy de». Chesterton lo ha sabido decir mejor que nadie: «El placer del hombre, por tanto, es poseer condiciones, pero también estar parcialmente poseído por ellas; estar medio controlado por la flauta que toca o el campo que ara. La emoción consiste en sacar el máximo de unas condiciones determinadas; las condiciones se estirarán, pero no indefinidamente.» Eso es tratar al otro en su dignidad: No esperar de él más de lo que hemos visto que puede darnos, a sabiendas de que no podemos dejar de albergar alguna expectativa. Y lo mismo de su recíproco (nuestra humildad): inspeccionar aquello en nosotros que dificulta el encaje del otro. No se ama lo que es propio y particular del otro, su «otredad», sino cuanto hemos logrado compartir ambos.

Sólo con esfuerzo se puede habitar un espacio. Construir un lugar propio con cuyas murallas negarle al tiempo la posibilidad de arrancarte lo querido de súbito es el esfuerzo que merece la pena más que ningún otro, porque parte de la conciencia de nuestra propia fragilidad. Somos seres biológicos, y tenemos momentos más fuertes y momentos más débiles; por eso hay que dar lo mejor en levantar un lugar seguro al que volver cuando una piedra se nos cruce en el camino y se nos desparrame el cántaro de leche. Si fuera, además, está aconteciendo el peor de los inviernos, el constante marchitarse y resurgir de la realidad, nuestras relaciones deben de ser las más perennes de las cabañas en que cobijarnos. Cuando la novedad se esfuma con un soplo, algunos preferimos seguir diciendo, como siempre, «más vale amigo en la cena, que ciento en Facebook».

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