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‘Panza de burro’, de Andrea Abreu: el verdadero acento está en la infancia

La tinerfeña Andrea Abreu (Icod de los Vinos, 1995) ha publicado uno de los libros del año, 'Panza de burro' (Editorial Barrett, 2020), editado particularmente, además, por Sabina Urraca. Los medios de comunicación convencionales han alabado la forma en que cuenta las cosas; nosotros también, pero de otra manera.

Hace ya unos cuantos años, el columnista gallego Julio Camba (Pontevedra, 1884 – Madrid, 1962) publicaba un breve artículo titulado El acento en su periódico de siempre. Tiempo después, el texto aparecería recogido en su propia antología personal de artículos selectos, Mis páginas mejores (Gredos, 1956), y pasaría a la historia del periodismo patrio por frases como éstas: «No se le autorizaba a nadie acento ninguno. Una marquesa con dejo gallego o catalán, andaluz o madrileño, les resultaba inadmisible, como si las marquesas no nacieran en ninguna parte. Y la pobrecita muda no podría romper a hablar hasta que hubiera desnaturalizado su voz por completo y lograra expresarse como un fonógrafo (…). Pero yo no quiero hacer comentarios sobre el acento gallego. En esto de los acentos tengo una experiencia algo desagradable y no desearía repetirla con mis propios paisanos».

El artículo en cuestión trataba sobre una ilustre compañía actoral española y sobre dos de sus más jóvenes y prometedoras representantes, que, por cuestiones de la edad, sólo interpretaban papeles secundarios y mudos, a raíz de un fuerte acento gallego que las limitaba a la hora de pronunciar correctamente algunas de las frases del guion. A lo largo de la columna, por tanto, el lector se indigna y se estremece por las particularidades derivadas de este asunto: los usos del idioma y la preponderancia del dialecto frente a las limitaciones de una lengua común; sin embargo, se olvida siempre de lo más importante: que estamos hablando de la forma que tienen de hablar dos niñas pequeñas, de una manera de contar las cosas propia de la infancia que es, incluso, capaz de esconder más verdad, más personalidad y más significado que el gallego, que el canario, que el andaluz o que el mismísimo castellano neutro de la Meseta Central.

Normalmente, cuando un par de niñas -y más aún en un contexto literario, o periodístico- hablan de una manera diferente a la habitual o, al menos, distinta a la que de ellas se espera, los demás solemos prestarles tanta atención a los detalles que terminamos olvidándonos del resto: de lo que dicen, de cómo lo dicen, de hasta qué punto sienten lo que dicen; por el contrario, nos fijamos en lo desconocido, en lo anecdótico, en lo novedoso y perdemos de vista todo lo que no suponga, en el momento, una brutal dosis de originalidad.

Sin ir más lejos, esto es lo que ha sucedido recientemente con Panza de burro (Editorial Barrett, 2020), el debut narrativo de la tinerfeña Andrea Abreu (Icod de los Vinos, 1995), autora de una de las novelas más celebradas de los últimos tiempos; especialmente, gracias al uso de canarismos y de expresiones locales que han logrado cruzar el océano Atlántico y fascinar al lector peninsular, aunque éste no termine de entenderlas del todo. En palabras de su editora, Sabina Urraca, lo que pretendían era clamar «por que la literatura sea un fluido que se cuele en el cerebro de forma compacta, sin detenerse en un eventual tropezón lingüístico. Que se lea como se escucha una canción, una canción en un idioma extraño que el cerebro, a fuerza de escucharla, vaya desentrañando. Además, casi nadie quiere viajar a un lugar donde lo entienda todo perfectamente», pero no siempre ha salido como ellas mismas esperaban, sino que, a veces, los lectores se quedan atascados en la superficie, atrapados en esa palabra extraña que no logran descifrar (como «machango», «mujo» o «abobito»), y se pierden lo mejor. Todo, por no leer como se escucha una canción extranjera, que diría Urraca.

«Y por eso siempre, después de pasar todo el día jugando a las barbis y hacer como que las barbis eran personajes de las novelas y los ken eran Juan, Franco y Gato y las barbis eran Gimena, Sarita y Norma y los ken eran brutos y morenos y las barbies eran flacas, muy flacas, más flacas, y bailaban bien y besaban bien y se tumbaban encima de los ken y los ken se tumbaban encima de ellas y piquipiquipiqui, machacábamos sus cuerpitos de plástico uno contra el otro y decíamos que estaban queriéndose […]». Fragmento de ‘Panza de burro’ ilustrado por Paola Ascanio.

En el fondo, descubrir Panza de burro es como descubrir el reguetón, como les pasaba a las dos niñas protagonistas de la novela cuando, a las puertas de la adolescencia, descubrieron a la banda dominicana Aventura: si uno se limita a escuchar la melodía o el acento caribeño de sus componentes se perderá, seguramente, lo mejor: la letra. Del mismo modo, si uno se queda en los canarismos y en las expresiones locales de Abreu, seguramente, también se pierda lo mejor: la manera de vivir y de comunicarse que tiene la juventud, que magistralmente -más aún, incluso, que las expresiones canarias y los localismos- refleja Andrea Abreu a lo largo de su obra. A mitad de la novela, de hecho, la autora se pone a describir la «tristeza extraña» de Isora, una de las dos protagonistas, e incide en ella en los siguientes términos: «así como un martilleo era su tristeza, como un picapinos perforando la madera piquipiquipiqui y repetía me quiero quitar la vida, me quiero morir. Y lo decía así, con esas palabras, como si tuviera cincuenta años y no diez». El quid de la cuestión, por tanto, está en hablar acorde a la niñez; y no en hacerlo de un modo más o menos canario, que, en el fondo, es lo de menos.

A este respecto, contaba Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes (Acantilado, 2002) que «en la infancia, (…) las palabras que se cambian los adultos entre sí no las comprendemos ni nos interesan; al contrario, nos aburren infinitamente. Nos interesan, sin embargo, sus decisiones, que pueden cambiar el curso de nuestras jornadas, los malhumores, que ensombrecen las comidas y las cenas (…). Entramos en la adolescencia cuando las palabras que se cambian los adultos entre sí se nos hacen inteligibles; inteligibles pero sin importancia para nosotros, porque nos ha llegado a ser indiferente el que en nuestra casa reine o no la paz». Así, Isora y su mejor amiga (la voz en primera persona que se dedica a narrar) huyen de la manera que tienen los adultos para comunicarse con los demás, pero, al mismo tiempo, empiezan a entenderlas: las palabras «responsabilidad», «trabajo» o «amor» cobran sentido, de pronto; y otras como «pepe», «cuca» o «foquin bitch» comienzan a diluirse. Mientras tanto, las niñas tontean con el inicio de la adolescencia, con esa etapa en la que, según Ginzburg, «sentimos que no podemos ser felices si en la escuela los otros muchachos nos han despreciado un poco. Haremos cualquier cosa para salvarnos de este desprecio: y hacemos cualquier cosa», aunque sea perseguir a Isora por los montes y las huertas, o seguirla a pies juntillas por entre las lajas rotas del canal.

Huyendo de las palabras graves y profundas, de las palabras adultas, de hecho, es como se define la relación de amistad que surge entre las dos protagonistas de la historia: «Me repetí que nosotras no éramos como esas amigas que se tocaban y se decían te quiero»; y también es como acaba la novela: con un término horrible, inenarrable, tan adulto que si nadie en todo el pueblo suele ser capaz de enunciarlo delante de una persona de cincuenta o de sesenta años, ¡¡imagínense de diez!!

Fíjense ustedes, entonces, hasta qué punto llegaba la amistad entre Isora y la voz principal que, cuando ambas se enfadaban entre sí, ésta dejaba, incluso, de hablar: «ese día estuve yo muy callada, como todo el resto de días en los que no había sido amiga de Isora, cantando para mis adentros una canción de Aventura». Ya ven, así, hasta dónde es capaz de llegar el poder de las palabras a edades tempranas; y, claro, también eso tan cursi -y necesario- que algunos han llamado el poder de la amistad. «Porque si algo yo sabía era que Isora y yo estábamos hechas como estaban hechas las cosas que nacen para vivir y morir juntas»; y crecer, por descontado, entraba dentro del plan: ir a la playa solas -¡por fin!-, darse sus primeros besos «de novios», escapar de una vez por todas de la eterna panza de burro y del barrio de El Amparo y, quizás, no volver jamás; como si estuviesen huyendo de una de las erupciones del vulcán, dejando atrás todos los bártulos y todos los enseres de la niñez, sólo acordándose de los creyones del colegio, de «todas las cajas de regalices y los paquetes de papas con tazos dentro y las gomitas y los chicles de güevo de camello (…), los sacos llenos de gatos y los paquetes de munchitos y los kilos y kilos de latas de canvaca, y veíamos la tierra vuelta puro fuego. La lava del vulcán cubriéndolo todo (…) como si en ese sitio nunca hubiera habido nada, ni una isla, ni un barrio, ni una niña dentro de ese barrio estregándose sola hasta sacarse la sangre».

«Subí la cuesta y ya por la mitad del camino me puse triste y miré al cielo y ya sí se había hecho de noche de verdad y ya las ranitas del estanque en el que ya nadie nadaba empezaban a cantar y parecía como una canción antigua, una canción que venía de siglos atrás, de cuando Isora y yo todavía no éramos amigas pero estábamos predestinadas a serlo, porque si algo yo sabía era que Isora y yo estábamos hechas como estaban hechas las cosas que nacen para vivir y morir juntas y me di la vuelta y le dije shit, acompáñame aunque sea hasta cas los homosecsuales, acompáñame, chacho, que yo siempre te acompaño». Fragmento de ‘Panza de burro’ ilustrado por Paola Ascanio.

Decía el poeta Rainer Maria Rilke, allá por el siglo XX, que «la verdadera patria del hombre es la infancia»; y nosotros no entendemos, a estas alturas, por qué algunos se empeñan en buscar patrias ajenas, inventadas o modernas si, luego, el exilio es lo único que encuentran; el exilio que supone hacerse mayores y fijarnos más en lo anecdótico -como es el acento, el uso del idioma o el léxico- que en lo que verdaderamente importa. Con todo, también estamos del lado de Sabina Urraca, inteligentísima editora de este texto: «huyamos de los lugares comunes fácilmente explotables por los medios: Panza de burro no es una historia que refleje el habla canaria, porque es solo el habla de un lugar concreto, de un barrio concreto, de dos niñas concretas (…). En el proceso de edición, he sentido una identificación con su habla, ciertos momentos de comunión absoluta, pero también la extrañeza excitada de quien mira un animal desconocido —de nuevo la bestia salvaje siendo adoptada— pues la infancia de Andrea —o quizás debería decir la infancia de Isora y la protagonista— transcurrió a una hora y media en guagua de la mía». De nuevo, la niñez exaltada, desatada y salvaje frente a aquellos que se niegan a detenerse y a admirarla y, por el contrario, se quedan simplemente de pie: oyendo hablar, oyendo pronunciar de un modo curioso o raro, pero sin atender demasiado a la conversación o a las palabras.

La primera novela de Andrea Abreu es, por tanto, más que una novela sobre el habla de Canarias y sus particularidades, una grandísima novela sobre la infancia y sus salidas abruptas; es como la Malaherba de Jabois o el Otras voces, otros ámbitos de Capote, un poco por la trama y otro poco por el lenguaje onírico-poético que emplea Abreu en algunos fragmentos. Sea como sea, es una novela redonda donde dos niñas, sin importarles demasiado hablar canario, gallego o portugués, hablan como niñas, precisamente; y lo hacen, además, para tratar aquellos temas que no entienden, que se les escapan de las manos y que no son capaces de afrontar. A ver si, al final, van a ser más complicados de entender los adultos -o los niños, dependiendo de la proximidad- que las expresiones canarias… En cualquier caso, lean Panza de burro como si estuvieran escuchando una canción. Quién sabe: igual terminan animándose y bailando las canciones de su infancia, y para eso no hace falta saber qué significan «chacho», «jediondo» o «jarrapa»; simplemente, dejarse llevar y afinar la jugada.

*Ilustraciones realizadas por Paola Ascanio, a quien queremos agradecer públicamente su dedicación, sus ideas y su talento.

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