Literatura

Voz de niña

La infancia es una época complicada de leer, pues está llena de contradicciones: querríamos ir a la plaza con nuestros amigos y, a la vez, que nuestros padres nos llevaran a la cama y nos leyesen un cuento antes de dormir. Afortunadamente, existe la literatura y hay determinadas obras que, por cómo hablan, por cómo cuentan y por cómo narran, nos ayudan a crecer.

Estamos sentados en el sofá. Es finales de junio, queda un mundo para volver al colegio. Quizás ni siquiera llegue nunca septiembre. El verano es un estado de ánimo. ¿Qué haremos mañana? Seguramente, nada. Tampoco nos importa demasiado. Ramón García anuncia la salida de Augusta, la vaquilla que más asusta. Ese momento no es nada, pero a la vez lo es todo.

Idealizamos la infancia, en parte porque idealizamos el pasado, en parte porque la felicidad que sentimos con siete años ya no la volvemos a sentir. No diría que de mayores seamos menos felices, pero sí felices de otra forma. De pequeños, cuando en teoría somos más vulnerables, nuestro entorno nos hace invencibles. Con sus mentiras y su protección, los adultos nos hacen creer que la vida es perfecta. Después nos pasa lo que decía Jaime Gil de Biedma: «Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde».

La infancia es uno de los grandes temas de la literatura. Es difícil resistirse a esa mezcla de felicidad y nostalgia. Al fin y al cabo, como dijo Luis Landero en una entrevista para El País, «la infancia es felicidad, la adolescencia es amor y el resto, literatura». El período de madurez física, moral, psicológica y social trasladado a la literatura tiene un término alemán pedantísimo: Bildungsroman. Podría traducirse como novela de formación o de aprendizaje. No es más que el vértigo a hacerse mayor: que te salgan los pelos del bigote, que te baje la regla, que te ofrezcan un cigarro, que te dé miedo decir que no sabes tirarte de cabeza a la piscina. La vida, vamos.

Tras una larga tradición en el romanticismo alemán, una novela icónica española sobre el tema es El lazarillo de Tormes, un niño que madura entre palo y palo de amos abusivos. «Pues sepa vuestra merced ante todas cosas, que a mí me llaman Lázaro de Tormes», arranca la novela anónima. Pero si hay un libro que revitalizó este género fue El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. El lenguaje provocativo de Holden Caufield en todos sus conflictos provocó que uno de los personajes más conocidos de la literatura se convirtiera en un icono de la rebeldía adolescente. Su inicio es una declaración de intenciones: «Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso».

Uno de los grandes debates que suscita este género es si son clasificables en la literatura juvenil. Lo primero que habría que saber es qué es la literatura juvenil exactamente, si libros como La isla del tesoro o Huckleberry Finn lo son, y si el hecho de que lo sean supone algún tipo de demérito. Que un libro parezca sencillo de leer y en realidad sea complejo, ¿no es, por el contrario, un mérito enorme del autor?

Basta con leer Lo peor de todo para llegar a una conclusión. Publicada en 1992, Ray Loriga retrata en su primera novela a Élder Bastidas, un protagonista que recuerda al Meursault de Camus, siendo Bastidas, precisamente, un joven que ya se ha dado de bruces con la vida y que rememora su infancia desde la melancolía y la incomprensión. ¿Qué es, si no, hacerse mayor? «Creo que lo que uno se inventa es más real que lo que a uno le pasa. Al fin y al cabo, lo que uno le pasa no deja de ser un accidente».

Veinticinco años después, Ray Loriga volvió a escribir un libro con lenguaje directo y sencillo. En Sábado, domingo, un adolescente cuenta un episodio del verano anterior y, muchos años después, ese suceso quiere cobrárselo. En la primera parte, el estilo de Loriga recuerda al que utilizó en Lo peor de todo. «Vives como si nada hasta que algo se te clava, y después se trata de sacarse esa espina, más que de seguir viviendo. Sale en todos los cuentos, no es algo que se me haya ocurrido a mí», nos dice Federico, que no sabemos que se llama así hasta la página 159. Y es que, ¿no somos un poco menos niños cuando pasa algo malo en nuestras vidas por primera vez?

Con el paso del tiempo también juega Edurne Portela en Mejor la ausencia. Conocemos la historia de Amaya por ella misma, en una casa en la que cada uno «sobrevive como puede». Pasan los años y Amaya cambia, como también cambia la escritura de Portela. Ese debe de ser uno de los mayores retos que se encuentran los escritores y las escritoras al narrar la historia de un niño en primera persona: ¿cómo hablan los niños?

Del envite sale también a la perfección Manuel Jabois en Malaherba. Por su estilo y, sobre todo, por utilizar a favor la figura de un niño, del entrañable Tambu en este caso. «Cuando uno es niño se va enterando de todo mientras no se va enterando de nada», dice el protagonista. Y nosotros, con ese doble juego que domina a la perfección Jabois, nos vamos enterando poco a poco. Es un libro increíble, incluso más por lo que no cuenta que por lo que sí. Presenciamos de primera mano el final de la infancia, la frontera entre un lugar seguro y algo que nadie sabe muy bien qué es, en realidad.

El río baja sucio, de David Trueba, y Vozdevieja, de Elisa Victoria, son de los últimos libros publicados de este género. Ambos recurren de forma acertadísima a las vacaciones, a los momentos más felices de nuestra infancia. El libro de Trueba, contado por un joven de 19 años que mira a sus últimos días de infancia, sucede en Semana Santa. El de la gran Marina, la pequeña de nueve años que inventó Elisa Victoria, en ese páramo que es el verano; concretamente, en el posterior a la Expo de Sevilla del ’92. La niña, a la que llaman Vozdevieja en el colegio, no sabe muy bien si quiere crecer o no, si quiere jugar con muñecas o mirar revistas para adultos. Nos ha pasado a todos: queríamos ir a la plaza con nuestros amigos pero también que nuestros padres nos llevaran a la cama. La voz tierna de Marina, dominada magistralmente por su autora, da la clave: «Aún no comprendo del todo que no siempre voy a estar atrapada en esta cárcel llamada infancia, que en algún momento creceré y tendré que afrontar problemas peores».

Otro recurso que utiliza inteligentemente Elisa Victoria es su abuela, enamorada de Felipe González. Con una sola frase, el libro nos pone delante de nuestros antepasados: «Todas las abuelas dicen colorao en vez de rojo». Y no hay nada que sea más infancia que los abuelos, la verdad. Conforme crecemos, nos vamos quedando sin… Los abuelos son el último lazo con la infancia. Todos los recordamos hablando siempre en pesetas u oliendo a colonia. La Brummel es la madalena de Proust de los millennials.

También aparece, aunque de forma muy distinta, la figura de la abuela en Panza de burro, el último gran fenómeno literario. Y con razón. Andrea Abreu rompe el canon como lo hacen las que saben: conociéndolo y sabiendo por dónde torearlo. A partir de la amistad, de la oralidad y de un lenguaje de un lugar muy concreto, Abreu, sin proponérsele, sienta precedentes en el género.

La tradición de este tipo de novelas es larga y continuará. Nos gusta leer estos libros porque nos llevan a nuestra infancia. Nos sacude que rasquen en la nostalgia, ese momento en el que todo era seguro, en el que parecía que todo iba a ser igual. Luego nos empezamos a dar cuenta de que todo cambia, y nada asusta más que los cambios irreversibles. Quizás todo lo que venga después ya es solo un recuerdo de ese período feliz. En palabras de Louise Glück, «miramos al mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria».

1 comment on “Voz de niña

  1. Pingback: Andrea Abreu: «Intento experimentar con los límites del lenguaje, hacerlo extraño, incómodo, generar un efecto en quien te lee» – Revista Popper

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