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‘Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach’, en el Teatro María Guerrero: el género dramático como rehén

La última obra de Nao Albet y Marcel Borràs, en la que también actúa Irene Escolar, es pura adrenalina: un atraco a mano armada, una pieza teatral que va construyéndose a sí misma y una reflexión en torno al género dramático. Estará en el Teatro María Guerrero hasta el próximo domingo 21 de marzo.

«Mi vida saltó por los aires el día que conseguí escribir la palabra Nietzsche de un tirón», escribía el maestro Luis Reguero en un artículo al que conviene regresar de tanto en tanto. Porque, en el fondo, ¿sabemos todos cuándo le dio a nuestras vidas por saltar por los aires y recobrar a duras penas su sentido? Además, al igual que Reguero lo sintió cuando escribió correctamente -y de un tirón- la palabra «Nietzsche», yo creo que es lo que muchos hemos llegado a sentir estas semanas, cuando descubrimos -y nos grabamos a conciencia- la palabra «Agbanäspach».

Cuentan los personajes de Nao Albet y Marcel Borràs en la obra que le da nombre a esta obsesión colectiva que Agbanäspach alude, precisamente, a la sensación de creerte amo y señor del universo cuando en realidad no habitas más que una minúscula cáscara de nuez; aunque es verdad que no deja de ser un buen lugar, un cascarón, para sentirnos vivos y seguros. También ocurre en un teatro, por supuesto; y puede que hasta en un atraco, cuando tienes el control de la situación y te imaginas a ti mismo huyendo con éxito de la policía y disfrutando en las Bahamas del botín. Desde luego, en Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach, escrita y dirigida por los propios Albet y Borràs, sucede algo parecido.

La premisa de la obra, que ha sido producida por el Centro Dramático Nacional y que estará en escena hasta el próximo 21 de marzo en el Teatro María Guerrero, es la siguiente: «Dos jóvenes dramaturgos de suburbio reciben su primer gran encargo: estrenar un espectáculo en el Centro Dramático Nacional de Boris Kaczynski. El único requisito que el magnate les impone es el de escribir una obra sobre un atraco a un banco. Convencidos de haber encontrado un buen argumento, los autores dedican todos sus esfuerzos a escribir una buena función, pero hay algo en la pieza que les resulta postizo». Así, y tal y como nos avisa el programa de mano de la obra, las primeras escenas transcurren entre discusiones y alboroto, y terminan con una gran revelación: el problema principal es que no hay un plan bien definido, no hay una motivación, y ya no sabemos si los personajes se refieren al atraco, al teatro o a la vida. Acto seguido, los protagonistas agarran una cinta y se graban mientras hablan de las posibles causalidades que podrían desencadenar que sus personajes cometieran el robo, y se les ocurren cinco o seis bastante buenas: 1) porque los ladrones tienen fe, 2) porque nunca antes los han cogido, 3) porque ya no tienen fe o 4) porque saben que ya nunca más los volverán a coger con vida; y, de nuevo, no sabemos si nos hablan de un atraco, del teatro o de la realidad, que de repente un día salta por los aires y aterriza en Agbanäspach -o en cualquier otro lugar impronunciable-.

Escena de ‘Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach’, con Marcel Borràs (izq.), Irene Escolar (centro) y Nao Albet (dcha.). Imagen tomada por Luz Soria y cedida por el Centro Dramático Nacional.

¡Todo el mundo al suelo!

Tal y como dice Claire Spooner en el prólogo de la antología teatral de Juan Mayorga, Teatro 1989-2014 (La uÑa RoTa, 2014), una pieza como la de Albet y Borràs nos recuerda que el hecho escénico puede llegar a configurarse como un «espacio crítico con la realidad, como escuela de la sospecha, como ring de boxeo del que nadie sale indemne», ni siquiera el propio teatro -y mucho menos los demás-. No en balde, y con la excusa de una obra que acaba en atraco -o de un atraco del que termina saliendo una obra, no sé muy bien-, la tríada compuesta por los dos jóvenes dramaturgos catalanes e Irene Escolar, que ya había colaborado con ellos en Mammón (2015), resulta apoteósica.

Como siempre, en una historia donde coexisten los robos a mano armada, los rostros escondidos tras las máscaras y la violencia -y me refiero a la obra dentro de la obra, no precisamente a Agbanäspach- hay un elemento diferencial que lo puede cambiar todo: la actitud de los rehenes. Si estos colaboran, como en la obra dentro de la obra que imaginaron Albet y Borràs, todo sucede sin complicaciones, y la historia, como vino, se puede acabar; sin embargo, cuando los rehenes deciden rebelarse es cuando empieza, en muchas ocasiones, la trama de verdad.

En este caso, y durante el atraco que observamos en el escenario, evidentemente, los rehenes son los personajes que interpretan a los responsables de seguridad de la oficina, a las trabajadoras de la limpieza de la misma, a las clientas y a las banqueras que trabajan a comisión; pero en la obra, realmente, ¿a quién retienen los actores mientras llaman la atención del público con armas de fogueo, luces de colores y una música heavy que provoca el movimiento involuntario de los pies? Pues al género dramático al completo, me temo, del que no dejan títere con cabeza ni subgénero sin matización.

Escena de ‘Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach’, con Irene Escolar interpretando a la artista Maria Kapravof. Imagen tomada por Luz Soria y cedida por el Centro Dramático Nacional.

¿Saben ustedes cuando un criminal, en alguna de sus series favoritas, trata de imitar a la policía y se pone a interrogar a sus víctimas con una linterna, quemando sus retinas, para tratar de descubrir, quizá, como escapar del banco sitiado, cómo avanzar, cómo salir? Pues eso es lo que hacen Albet, Borràs y Escolar durante toda la obra: esposar al género dramático, enfocar todas sus debilidades y preguntarle por sus secretos para sobrevivir; y no hay nada que se quede fuera.

La pieza, que no deja de ser una experiencia metateatral propiamente dicha, explora -además de un atraco- la relación que mantiene el hecho escénico con la realidad, con el público, con el distanciamiento, con el texto -no les vendría mal, llegados a este punto, recordar aquel relato de Cortázar, Continuidad de los parques-, con la música, con el escenario o con la vida. En ella se habla del teatro como una vía para escapar del «tedio», como algo puramente ficticio, como algo puramente real -y ahí entra el (re)productivismo que ellos mismos inventan y el personaje de Escolar, por ejemplo-, e incluso se juega con el papel de los actores y actrices -que pueden ser mudos, de ópera, de método, de raza, etc.-, de los traductores y hasta del apuntador. «¿Cuántas horas ante la página en blanco? Cuánto esfuerzo, cuánto sufrimiento. Y, de pronto, cada palabra puede ser mejorada», escribe Mayorga en El traductor de Blumemberg, y es un poco lo que nos viene a decir Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach: que todos los formatos teatrales, por muy novedosos -o por muy arcaicos- que parezcan, se merecen la oportunidad de mejorar; y todos tienen cabida, hasta el más minoritario. ¿Qué es lo único imprescindible? Lo decíamos al principio: contar con un buen plan.

Sea como sea, de los atracos -y de los programas de protección de testigos- uno nunca sale como entró; tampoco de Agbanäspach. Tras un par de horas muy locas, la conclusión a la que llega el público es que, si hay que robar un banco, la mejor opción es hacerlo con Nao Albet, Marcel Borràs e Irene Escolar, quienes, aparte de ayudarte a sisar un par de millones y de pegar algunos tiros, saben hablarte de Teatro -con mayúsculas- y hacer que te preguntes ciertas cosas; además de disfrutar. De experiencias similares a las que uno tiene cuando acaba de rehén suele decirse que se sale más fuerte, ¿no? Pues no cabe la más mínima duda de que con profesionales como éstos el género dramático seguirá fortaleciéndose a sí mismo; aunque pueda parecer, de vez en cuando, que todo vaya a terminar saltando por los aires.

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