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Elizabeth Duval: «Si no sabemos qué es lo que nos limita somos menos libres»

Elizabeth Duval (Alcalá de Henares, 2000), que fue nuestra primera entrevistada, se convierte también en la primera persona a la que hemos vuelto a entrevistar. Esta vez, por su ensayo 'Después de lo trans' (La Caja Books, 2021).

«¿Quién escribe libros para hacer amigos?», se pregunta Elizabeth Duval (Alcalá de Henares, 2000) en las primeras páginas de su interesantísimo ensayo Después de lo trans. Sexo y género entre la izquierda y lo identitario (La Caja Books, 2021), y nosotros, al leerla, nos preguntamos lo siguiente: hoy por hoy, ¿a quién diablos se le ocurre tratar un asunto como el presente con la intención de fomentar un debate crítico, sosegado y enriquecedor? Tal y como están las cosas, uno ya lo daba todo por perdido, y encontrar palabras al respecto que no exploten -o salpiquen- termina resultando adictivo, instructivo y muy inspirador. Con ese mismo pretexto hemos elaborado nosotros esta entrevista, por ejemplo; y, como la propia Elizabeth nos proponía, te animamos a leerla con la dosis justa de sosiego. «Vamos a relajarnos un rato (otra vez; sí, sí, insisto, porque aspiro a tu comodidad); sírvete un té o una copa» y déjate seducir, como (casi) todos a su alrededor.

PREGUNTA: En primer lugar, ¿de qué hablamos cuando hablamos de lo trans?

RESPUESTA: Bueno, yo creo que últimamente cuando hablamos de lo trans estamos hablando mal de lo trans, eso lo primero. Ahora mismo, lo que está sucediendo con todos los debates en torno a la nueva ley es que, en lugar de fomentarse las discusiones genuinas sobre el tema, todo se termina reduciendo a un amasijo de tópicos, fantasmas y miedos sobrevenidos, y así ni se habla de grandes cuestiones ni se generan grandes conversaciones en torno al género mismo. Además, nos han mentido a la cara en muchas ocasiones, cuando desde alguna de las posturas han intentado hacernos creer que querían dialogar y lo han usado como excusa para batallar, hacer la guerra y discutir sobre asuntos más bien irracionales.

En el fondo, yo creo que la mayoría de la gente no tiene una idea muy clara sobre qué se está hablando cuando se habla de lo trans, y, así, lo que se demuestra es que no tenemos muy claras nuestras prioridades, que deberían pasar, precisamente, por discutir sobre qué se debería hablar cuando se habla de lo trans. De la función que va más allá del género, por ejemplo, se podría hablar de un montón de cosas; no en balde, el prefijo «-trans» ha sido utilizado más allá de lo transgénero, pero dentro del ensayo lo trans es esa modificación adjetival al género que no funciona como categoría autónoma -o como categoría sustantiva- , sino que implica un movimiento dentro de ese espectro, con todas las consecuencias y con todos los análisis que de él, efectivamente, se puedan derivar.

P: A priori, a mucha gente le resulta un tema complicado, ¿no? ¿Tú crees que es un asunto tan complejo de entender -o de tratar- como parece?

R: De entender, depende. De una manera superficial yo no creo que sea un asunto complicado, no creo que el acercamiento a debates jurídicos tenga que venir por parte de la complicación, no creo que para debatir sobre qué respuestas jurídicas debe dar lo trans haga falta un máster en estudios de género ni tampoco una formación en biología o en psicoanálisis; pero, luego, a través de lo trans sí que se puede llegar a esos debates. Es decir: es un asunto que sí que se puede llegar a convertir en una discusión teórica más o menos complicada, pero, como decíamos antes, los temas que se dan en la actualidad más bien se reducen a cuestiones vitales de una simpleza más o menos flagrante, y las respuestas que se dan son bastante simples también. Si luego intentamos analizar el asunto como fenómeno social nos daremos cuenta de que todo es más complejo de lo que parecía a simple vista o de lo primero que pudimos percibir. Las respuestas, por tanto, son bastante simples; pero las preguntas son complejas y, para algunos, muy difíciles de distinguir.

P: Un poco como tu libro, entonces, del que Juan Soto Ivars llegó a decir en El Confidencial, alabándolo, que se trataba de «un ensayo de complejidad endiablada».

R: Bueno, yo no creo que sea un ensayo tan complicado. Al fin y al cabo, el público al que está dirigido no es un público selecto ni académico, y la obra tampoco está pensada para alguien que necesite de muchos pruritos teóricos previos. Más bien, lo que le sucede al ensayo es que se trata de un ensayo serio que se acerca a la materia de una manera seria, y acercarse a algo de manera seria -o con un poco de rigor- conlleva ser valiente y no dejarse llevar por esa tendencia maniquea que impera en la actualidad.

En este sentido, opino que existe una gran diferencia entre los ensayos cuya fundamentación bibliográfica reposa, por ejemplo, sobre artículos de prensa o cosas escuchadas de oídas, frente a ensayos que genuinamente tengan una bibliografía científica, una investigación previa y una lectura atenta detrás. Una obra con estas características, o como la mía, no implica que sea inaccesible de por sí, o que sea hermética, o que sea compleja; simplemente es una muestra de cierta integridad intelectual, o de cierta aproximación más o menos seria a la cuestión, y, desde luego, no que sea inaccesible para el común -o el vulgo- de los mortales.

P: A este respecto, Milan Kundera, al que tú misma citas al comienzo de tu capítulo sobre la serie Veneno, solía decir que lo que a él más le gustaba era que sus libros fueran «divertidos, fáciles de leer y difíciles de comprender. Porque detesto los libros difíciles de leer y fáciles de comprender». ¿Te ocurre a ti lo mismo? ¿Cumple con esta premisa Después de lo trans?

R: Quizás haya que desconfiar un poco de las lecturas fáciles. No en el sentido de Cristina Morales, por supuesto, cuya Lectura fácil (Anagrama, 2018) no era necesariamente sencilla de leer, pero sí que hay que dudar de cierto estilo fácil, heredero de los códigos periodísticos contemporáneo, o de cierto estilo de literatura actual que se fundamenta mucho en las frases cortas o, incluso, en las lógicas del clickbait. Así, la tendencia presente no es tanto que haya libros complejos fáciles de entender como que haya una sobreabundancia de libros simples muy fáciles de entender; también, incluso, en la manera en que están escritos. Yo creo que la claridad es importante, qué duda cabe, pero que la claridad no debe llevar a una suspensión del estilo o a una suspensión del intento de hacer algo que esté bien construido en pos de una creación menor. Muchas veces, incluso ahora que estoy colaborando como columnista en Público, a mí me han llegado a decir que mis artículos tenían una sintaxis compleja, y yo creo que eso, más bien, habla de un cierto tipo de pereza a la hora de leer o de querer elaborar una condición lectora particular por parte del sujeto que me criticaba que de mi propia habilidad. No creo, por tanto, que haya que tenerle miedo a usar una sintaxis compleja. Creo, en cualquier caso, que es un ejemplo de riqueza en la construcción misma de los textos; así que yo me colocaría en un punto medio dentro de las consideraciones de Kundera, la verdad. Y opino que lo fácil de leer puede estar en muchas ocasiones sobrevalorado.

P: Según tus propias palabras, «Después de lo trans no es, tampoco, un manual de divulgación o un argumentario para que tú te quedes en casa y descubras qué es lo que tienes que decirle a tus amigos o camaradas sobre el concepto de lo trans». ¿Cuál es, entonces, su finalidad?

R: Hay muchos libros, sobre todo relacionados con el feminismo, que más que plantear debates reales o interrogantes, o discutir sobre ciertos temas candentes, parece que construyan argumentarios para que tú luego puedas tenerlos, beberlos y, por último, repetirlos; casi como una cuestión dogmática. A mí, por ejemplo, me encanta descubrir a gente que, tras haber leído Después de lo trans, no está del todo de acuerdo con lo que digo; o cuando, investigando reseñitas en GoodReads, me encuentro a alguien que me dice: «pues yo no estoy de acuerdo, pero tampoco sabría rebatirlo. No sabría decirte cómo contestaría a esto de una manera distinta a lo que se transmite ya dentro del libro» [risas]. A mí me gusta provocar esa sensación de extrañeza en lector, hacer que esté de acuerdo con algunas cosas y en completo desacuerdo con otras, hacer surgir determinadas opiniones que no sean ni blancas ni negras. Eso está presente en el capítulo dedicado a La Veneno, por ejemplo, donde ni yo hacía una crítica completamente destructiva de la serie ni tampoco hacía un elogio desmesurado, que era lo que se venía haciendo hasta el momento. Creo que ese terreno de la complejidad es mucho más interesante, la verdad; y que también permite incitar al lector para que piense, que es algo importante. El lector de un ensayo debe de ser capaz de pensar por su cuenta. Si tú le haces todo el trabajo y le das el contenido bien masticadito no merece la pena.

Elizabeth Duval. Foto tomada y cedida por Hannah Waheed.

P: Tú misma defiendes que, «paradójicamente, una de las claves para devolvernos a las subjetividades marcadas por la diferencia (a los subalternos que deseamos hablar) la posibilidad de la palabra y el discurso es permitir a aquellos que no comparten esta misma diferencia hablar sobre ella». ¿La capacidad de diálogo pasa siempre, también, por la diferencia?

R: El hecho de permitir hablar no tiene necesariamente que ver con cómo valoricemos o con qué valor le otorguemos a cada una de las palabras que se den. El hecho de impedir hablar, sin embargo, sí que representa algo nocivo para el debate, y hace que ese debate no se pueda dar de forma lo suficientemente rica o lo suficientemente extensa. Evidentemente, si luego nos ponemos a analizar las intervenciones de cada cual pues seguramente muchas aportaciones interesantes vayan a venir de personas que están viviendo o que tienen algo que ver con aquello sobre lo que se está debatiendo, pero eso no implica que la palabra de los otros no tenga algún tipo de valor. Yo siempre digo que, para mí, haber experimentado lo trans es también un sesgo a la hora de ponerme a debatir; igual que el hecho de no haberlo experimentado es un sesgo para otro. Desde ahí, luego, podremos analizar qué palabras tienen más o menos valor, pero yo estoy segura de que hay una gran cantidad de intervenciones sobre lo trans que, viniendo de lo trans, son absolutamente banales; y de que también hay otras que, sin venir del colectivo, pueden aportar también algo interesante. Esta prohibición de dejar hablar, que tiene que ver un poco con el fantasma de la política identitaria, me parece que es profundamente nociva, pues limita cómo se pueden dar esos debates.

Por ejemplo, cuando se dio el debate sobre la ley trans en GenPlayz, donde yo misma participaba, mucha gente trans se quejó porque consideraban que sólo tendrían que haber participado personas trans; y eso, realmente, hubiera sido un error. Así, lo único que habría sucedido es que se habría limitado el alcance, su trascendencia y, en el fondo, no habría habido debate como tal. Porque, ¿a quién le interesa ver a seis personas trans que están más o menos de acuerdo en todo? A nadie. Sin una postura contraria a partir de la cual elaborar un argumento lo único que se consigue es limitar este tipo de participaciones, en cuanto al contenido y al alcance, en general.

P: En el prefacio a la segunda edición admites que no te arrepientes de nada de lo que dices en el libro ni en los debates ni discusiones que sueles mantener. No obstante, sí que te da algo de miedo el hecho de cómo puedan llegar a interpretarse tus palabras. ¿Te preocupa que las cosas que dices sean usadas, precisamente, para defender lo contrario a lo que defiendes, para manipular?

R: Haciendo la promoción del libro de lo que me di mucha cuenta fue de que algunas entrevistas que hacía se utilizaban para defender cosas de las que yo estaba alejadísima. Hubo entrevistas, de hecho, en las que yo planteaba algo sobre cómo analizaba la posición del PSOE en relación a la ley trans -por ejemplo- y que luego el medio en cuestión tomaba para colocarme a mí en la misma posición del PSOE, cuando lo que yo pretendía hacer era, simple y llanamente, una labor descriptiva.

Sobre esta peligrosa filiación hablé también con el propio Soto Ivars, que no es alguien que salga indemne, y decía que, cuando desde un colectivo no recuperan tus palabras, lo que sucede es que tus palabras se prestan a una contrarrecuperación por parte de lo contrario que tú misma defendías. Todo puede ser utilizado en tu contra, digas lo que digas o hagas lo que hagas -y más si criticas cosas tan abiertamente como yo-, y eso no es algo agradable. Sin embargo, el ejercicio de honestidad intelectual implica eso, precisamente: que, aunque lo que digas pueda llegar a ser manipulado, no hay que dejar de escribir por miedo la recuperación ajena. Ya lo dejó escrito Pasolini en un fragmento de sus Cartas luteranas: «quien escribe no debe temer cuál vaya a ser la recuperación de sus palabras». Dicho de otro modo: uno es responsable de lo que dice, sí, pero no de lo que los demás entiendan.

P: Si no recuerdo mal, ya hubo algún malentendido con lo que tú decías acerca de los requisitos para llevar a cabo el cambio registral del nombre y del sexo en las personas trans y algunos titulares o debates tendenciosos. ¿Tan embarrada está la situación que hasta en ciertas ocasiones determinados colectivos ven con malos ojos una serie de medidas que reducirían ampliamente el riesgo de ideaciones suicidas, depresiones y otros problemas de salud mental, entre otras muchas cosas?

R: Ya no es sólo eso sino que también existe una especie de trampa en ciertos discursos que, a la vez que dicen sostenerse en posiciones auténticamente científicas o auténticamente biológicas, lo que hacen es negar lo que está diciendo la ciencia -o las ciencias sociales-, o negar cualesquiera que sean los datos reales sobre estos temas en cuestión. Y es por eso por lo que a mí me parece bastante lamentable el hecho de querer argumentar desde posiciones racionales lo que realmente son posicionamientos morales -o de un miedo originario- como si estuviera sustentado por la realidad. ¿Tan mal están las cosas en el debate actual? Pues yo creo que sí, y que se trata, a su vez, de un debate completamente enturbiado y falaz.

En algunas de las presentaciones del libro, como la que ocurrió en Vitoria-Gasteiz, había gente que en la ronda de preguntas aprovechaba para soltar su discurso y decir burradas, como que si a mí no me preocupaba que desde 2015 hubiesen bajado las búsquedas de la anorexia -como si ésta hubiera desaparecido- y subido las de lo trans, o el hecho de que en Estados Unidos se esuviesen practicando vasectomías en masa a chicas jóvenes. Yo, claro, preguntaba: «¿De dónde sacas esta información?», y la única respuesta que obtenía era «ni idea». A ver, si semanas antes había salido en las noticias que en Arkansas se había prohibido todo tratamiento médico relacionado con lo trans, lo que me dijeron en Vitoria era completamente imposible. Pero estos dogmas o estos argumentos fáciles que caben en un tuit son los que se expanden, se repiten, y, luego, son tan difíciles de parar.

P: Pues porque estamos hablando de lo trans, que si no pensaría que estábamos hablando de antivacunas negacionistas o de terraplanismo…

R: Sí, hay un pensamiento muy conspiranoico, por desgracia.

P: Hablábamos antes de nombres y de la importancia de elegirlos. En La tiranía de las moscas (Editorial Barrett, 2021), por ejemplo, Elaine Vilar Madruga escribe que «cuando se escoge el nombre de un hijo se da también una muestra de carácter», y que, en el fondo, «somos lo que nombramos». Cuando a una persona trans se le da la oportunidad de empezar de nuevo, de escoger su propio nombre y darle un uso efectivo, ¿cómo se constata su carácter? ¿Cómo lo llegaste a constatar tú misma, por ejemplo?

R: Hay muchas historias en relación con eso, o en relación con este tipo de filiaciones, pero a mí, en el fondo, me recuerda a cómo los hombres, los escritores, eligen sus seudónimos o el nombre con el que van a publicar. Por ejemplo, leía hace no mucho en un ensayo francés sobre cómo ciertos autores escogían sus seudónimos, el apellido con el cual firmaban o su identidad editorial basándose, por ejemplo, en el nombre de algún familiar, de algún abuelo o de algún otro pariente más o menos lejano; y de cómo escogían esa vía de filiación como una vía sustitutiva. Es, entre otros muchos, el caso de Michel Houellebecq o de Louis-Ferdinand Céline, que no se apellidaban así de forma inmediata sino que escogieron el nombre de un familiar lejano y reivindicaron, así, su figura y su tradición. En mi caso, tanto Elizabeth como Duval vienen de nombres que había dentro de mi familia, más o menos modificados: ‘Isabel’ y ‘del Valle’, que hacen honor a mi bisabuela y a mi abuela.

P: Del mismo modo, y aunque lo trans implique algunas cotas de decisión, «el encuentro de una identidad no es una elección», como tú misma sostienes. Al fin y al cabo, «el sujeto no tiene la libertad de ser quien quiera ser, sino solamente la libertad de reconocerse y encontrarse, de comprender quién es y, si acaso, aunque no sea la regla, qué lo ha llevado a ser aquello que es». ¿Estamos destinados socialmente a la imposición?

R: Bueno, yo creo que se nos imponen una buena cantidad de cosas, sí, pero, más bien, y atendiendo a la diferencia que establecía Foucault entre la ley y la norma, de lo que hay que ser conscientes es de que, simplemente por el hecho de participar en un sistema social determinado, ya estamos construidos a través de una serie de normas cuyo proceso de elección no es algo que se elabore contando con nosotros o de forma tan libre como cuando escoges -por poner algún ejemplo- entre un bachillerato de ciencias o uno de artes, aunque luego habría que ver cuán libremente se lleva a cabo esta elección. Al final, todas nuestras elecciones, incluso las que parecen más libres y sencillas, están mediadas por una serie de estructuras preexistentes. ¿Esto implica que no exista ningún tipo de libertad en nuestras decisiones? En absoluto. De hecho, lo que indica es somos capaces de tener consciencia de cuáles pueden llegar a ser esos sistemas que determinan que los seres humanos estemos más o menos predispuestos a escoger unas cosas y no otras; y yo creo que es bastante liberador el hecho de reconocer que hay menos libertad de la que uno se piensa, en el hecho de saberse más o menos determinado, más o menos prescrito por una serie de normas. Saber esto puede liberar bastante y permitir luego que se den un tipo de acciones que no serían posibles si no se tuviera esa consciencia de aquello que se nos ha impuesto en contra de nuestra voluntad. Dicho de otro modo: si no sabemos qué es lo que nos limita somos menos libres.

P: Y todo esto, en cuestiones de género, ¿cómo se aplica? En Después de lo trans hablabas de los preceptos que establecía Judith Lorber en su Paradoxes of Gender (Yale Univerity Press, 1994), donde aseguraba que el género se consolida según determinados preceptos individuales y colectivos, por ejemplo.

R: Claro, todo esto afecta radicalmente a las cuestiones de género; y esto no es algo que digan las feministas constructivistas de los años ochenta o noventa en los Estados Unidos, a partir de las cuales se ha intentado hacer toda una caricatura de la situación, sino que mismamente aparecería en el seno de la familia y vendría dado, en el fondo, de un aprendizaje directo de los padres. Se trata de un sistema, éste, que para su sustento es necesario que sea aprendido de generación en generación, y que requiere de una serie de aprendizajes sociales, y no de una serie de determinantes biológicos, aunque estos contribuyan, evidentemente. Si la construcción de la identidad fuera algo puramente libre sería muy difícil elegir ser mujer -y esto es algo que también sostengo en el ensayo-, a menos que hubiera en nosotros mismos una tendencia puramente sadomasoquista que nos animara a colocarnos automáticamente en una situación de desventaja frente al hombre, ¿no? Si se fuera libre para escoger esto, y esa identidad no estuviera en buena parte determinada, desde luego que no se escogería voluntariamente ocupar el lugar de quien tiene más trabas en el camino, de quien tiene más obstáculos, de quien tiene más impedimentos. De ser así, todo el mundo escogería aquello que le fuera a permitir una mayor realización, el hecho de ser valorado de una forma más elevada; y, sin embargo, esto no es lo que sucede.

P: En El libro de las lágrimas (Tránsito, 2020), la poeta Heather Christle se pregunta, de hecho, por el modelo patriarcal de la ciencia. Entre otras muchas cosas, se cuestionaba por qué todos los modelos científicos han tomado siempre como referente al género masculino, y qué ocurriría si esto se invirtiese. «¿Qué aspecto tendría entonces la ciencia?», pregunta; «o, mejor aún: ¿y si los investigadores tratasen sexo y género como los conceptos diversos que son?». Si ocurriera lo que dice Christle, por ejemplo, ¿cuánto cambiarían las certezas?

R: Yo creo que, desde un primer momento, nada surge porque los científicos se pongan a conspirar para utilizar al hombre como punto de medida. Simplemente, la ciencia es un reflejo de un cierta reminiscencia política en una sociedad dada; y si esa sociedad está tejida por una estructura patriarcal, por una estructura androcéntrica, evidentemente el mundo en el cual opera va a ser un mundo masculino. Es como cuando Rousseau decía aquello de que las personas con algún tipo de discapacidad no merecían ninguna clase de educación porque supondría un malgasto de dinero: si el saber -o la Ilustración- se hace desde una posición que concibe ciertos cuerpos y estructuras como los correctos, como aquellos a partir de los cuales todo pasa y donde el resto es inferior -incluido el cuerpo de una mujer-, es porque en esa clase de pensamientos se está reflejando cierto parecer político y social; y así habría funcionado la ciencia durante mucho tiempo.

La verdad es que es muy difícil imaginarse cómo sería la ciencia dentro de una sociedad matriarcal o con un modelo radicalmente distinto. Pensar en todo esto sería hacer, más bien, un ejercicio de teoría especulativa, casi cienciaficcionesca, más propio de Ursula K. Le Guin que de lo que yo hago dentro de mis textos. Además, nunca sabremos -porque nunca lo llegaremos a saber- cómo habría sido la ciencia si hubiera surgido en un contexto de preeminencia de la mujer frente a un primer punto de partida masculino. Lo único que podremos llegar a tener, en todo caso, es una corrección de ese primer punto de partida, que seguirá siendo el masculino.

P: Por otro lado, ¿conoces esa frase, atribuida -como tantas- a Oscar Wilde, que afirma que «todo en esta vida tiene que ver con el sexo, salvo el sexo. El sexo tiene que ver con el poder»? En los tiempos que corren, y tal y como están las cosas políticamente, ¿no habrá sido también sustituido el sexo por el género en esa pugna por las relaciones de «poder»?

R: Justo estaba leyendo estos días un libro que va a ser publicado dentro de poco en Francia, de un profesor de literatura especializado en Roland Barthes que se llama Éric Marty, y cuya obra tenía, precisamente, un componente de fondo bastante romántico combinado con un nihilismo esteta que a la hora de tratar cuestiones de género va ligado con un poquito de retintín y con una visión un poco por encima del hombro hacia aquello que están haciendo los teóricos y las teóricas del género en los Estados Unidos. Desde su punto de vista, estos señores y señoras se equivocan al sustituir la noción del sexo por una noción corrupta del género, y además, según él, esta confusión vendría dada por una primera palabra francesa que se exporta a Estados Unidos y que luego ellos vuelven a imponer en Francia desde sus campus universitarios. Yo no sé si, actualmente, en esa pugna por el poder podríamos tener en cuenta todo esto y decir que el sexo ha sido reemplazado por el género. En mi opinión, la dirección en la que van los investigadores del género -como Judith Butler u otras antropólogas de renombre- tiene más que ver con que, en el fondo, eso que nosotros considerábamos como sexo siempre ha sido género, o incluso que no se trata de otra cosa que de esa construcción social o de ese análisis de cuáles son sus dinámicas; y que, por tanto, no podemos acceder a una noción del sexo impoluta que simplemente describa lo biológico o lo material -para ello yo prefiero hablar de cuerpo-, sino que, al hablar de sexo como sinónimo de poder, al igual que Wilde, siempre habríamos hablado de género: un género oculto bajo la mascarada de una legitimación aparentemente biológica.

P: ¿Y cuál es el papel que juega el lenguaje en todo esto?

R: Yo creo que juega un papel bastante importante, pero que no deja de ser un papel secundario, en el sentido de que no dejan de haber muchos más agentes implicados y de que el lenguaje tiene muchas más maneras de manifestarse que no tienen necesariamente que ver ni con la palabra hablada ni con la palabra escrita. La comparación del género en sí mismo como un lenguaje o una tecnología lingüística a lo que se refiere es, más bien, a un sistema de simbolización, a un sistema de interpretación de ciertas maneras de existir que no tendría que ver, como decimos, ni con un lenguaje escrito ni con un lenguaje hablado. Si lo reducimos todo, simplemente, al papel que juega ese lenguaje hablado o escrito podríamos decir que se trata de un papel secundario; pero si extendemos lo que pueden ser las estructuras lingüísticas a muchos más ámbitos, el lenguaje es primordial. Si podemos concebir, como Lacan, que el inconsciente se estructura como un lenguaje, podríamos decir que -en el fondo- el género también. Como tantas otras cosas, el género se estructuraría por sistemas de simbolización o de significado, más bien.

P: Finalmente, y con la intención de remarcar que ya estás «hasta el coño de lo trans», y que dentro de unos pocos meses esperas haberte desvinculado para siempre del asunto, traemos a colación tu justificadísima queja acerca de la etiqueta que tantos años lleva acompañándote, la de activista. «¡Cómo voy a ser yo activista si no hago nada! (…) ¿El activismo trans existe? ¿Existo, en mi cotidianidad, como persona trans? ¿Soy una activista por el mero hecho de existir?», te preguntas, indignada. Pues bien, dejémoslo claro: ¿quién es Elizabeth Duval? En el fondo, ¿qué somos, o qué nos merecemos, «por el mero hecho de existir»?

R: Sobre mí, yo creo que la definición más sensata, y que se refiere a las cosas que hago, sería la de escritora. Soy eso y poco más, y en ese sentido me siento bastante autosuficiente. Luego, por el mero hecho de existir, decir que se es bastantes cosas, ¿no? Dependiendo también de cómo se exista, por supuesto. En este sentido, se puede ser mujer por el hecho de ser mujer existiendo, pero eso no implica que necesariamente tengas que ser una portavoza o el estandarte de la lucha de las mujeres; igual que por el mero hecho de ser trans no implica que seas el estandarte de la lucha trans o que por ser hombre seas el estandarte de la lucha por el derecho de los hombres. Entonces, está claro que por el mero hecho de existir se es ya unas cuantas cosas, pero la politización de la existencia no es algo que tenga tanto que decir. Yo, repito, si tuviera que quedarme con una sola etiqueta me quedaría con la etiqueta de escritora, aunque luego sea muchas otras cosas más. Por ejemplo: también tengo dos gatos, vivo en París, soy fumadora… Son varias categorías que, existinendo, soy; pero no creo que activista trans sea una de ellas. A finales de año, si todo sale bien, saldrán dos nuevas obras: un libro mío de poemitas y una novela, y espero que estos dos ya no sean categorizados como libros escritos por una activista trans.

*Imagen de cabecera tomada y cedida por Hannah Waheed.

Alfonso Mareschal (Santa Cruz de Tenerife, 1995) es graduado en Derecho y Periodismo; un poco por vocación, un poco por vocativo. A pesar de tener estudios jurídicos, prefiere defender sus causas por medio de la palabra y de la literatura. Sus primeros pasos dentro de un medio de comunicación los dio en Esquire, aunque también ha trabajado en la Cadena COPE y El Mundo, entre otros. Además, es autor de la bitácora digital ‘Bloc en blanco’, colaborador en FronteraD y coautor del libro de entrevistas ‘#SoyPeriodista’ (CEU Ediciones, 2019).

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