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Bob Pop: «Cuando escribo lo hago con todo mi cuerpo, pero jamás con la parte dolorida»

Roberto Enríquez, más conocido como Bob Pop (Madrid, 1971) está de celebración estos días por el estreno de su monólogo 'Los Días Ajenos de Bob Pop' en el Teatro del Barrio. Y nosotros, cómo no, hemos querido llamarle, charlar con él y felicitarlo.

En su primera obra publicada, Mansos, reeditada por Alfaguara en junio de este mismo año, Bob Pop (Madrid, 1971) admitía que sus libros no eran novelas, «sino refritos de libros ajenos con alguna contribución propia», y tiene toda la razón. Lo que sucede, sin embargo, es que sus contribuciones suelen ser igual de luminosas y reveladoras que lo que algún día él mismo le leyó a sus referentes literarios. Para muestra, lo que está haciendo estos días con su monólogo Los Días Ajenos de Bob Pop en el Teatro del Barrio de Madrid (en escena del 27 al 30 de julio). O lo que ha querido mostrarnos en su maravillosa serie Maricón perdido, que es uno de los grandes estrenos televisivos del año. O la propia recopilación de sus diarios, de sus intervenciones radiofónicas, del resto de sus espectáculos… Porque en Bob todo es alegría, literatura y entusiasmo; y no hay mejor manera de conocerlo que leerlo y escucharlo.

PREGUNTA: Vuelves al Teatro del Barrio a reencontrarte con tus experiencias, y lo haces subiéndote al escenario tú solo. ¿Hablar con uno mismo sin la mediación del exterior es, quizá, la mejor manera que tenemos de conocernos? Ya sea actuando, escribiendo unos diarios, creando una serie de televisión…

RESPUESTA: Pues sí y no. Es decir, al volver al teatro, al subir de nuevo a un escenario te das cuenta de que nunca estás solo. A este respecto, Stanislavski decía que el público era siempre un elemento más de la obra y que sin la presencia del público la obra jamás estaría del todo acabada, y eso es verdad. Puede que yo esté solo, sí, pero a la vez estoy conversando -aunque sea a través de un monólogo- con un público que reacciona, que me retroalimenta y que es lo que me permite celebrar cuando hago bien las cosas, marcar los silencios, incluso marcarme el ritmo cuando ya llevo un rato actuando, al percibir la respiración de los espectadores y al ver cómo el espectáculo va siendo asimilando. Entonces, sí, es una buena forma de conocerme, pero sobre todo es una buena forma de mostrarme, porque sé que siempre hay alguien que me está observando y tengo que medir muy bien mi manera de actuar y de comportarme. Esto es algo que no sucede cuando escribo, por ejemplo, porque la escritura es un ejercicio solitario; pero cuando hago teatro, dirijo o monto una serie como Maricón perdido sí que me expongo, y eso es algo que está muy bien, pues, como te decía, me ayuda a marcar el ritmo de todo cuanto hago.

P: A uno de los personajes de Los mares del sur, de Manuel Vázquez Montalbán, de hecho, le daba igual que hubiera una segunda persona en la conversación, pues «una comida entre dos personas termina siendo un doble monólogo. Una tercera persona es la que establece realmente una conversación». En Los Días Ajenos de Bob Pop estás tú, está el público y están todos los autores que te han ido ayudando -poco a poco- a edificar tu propia vida. Entonces, ¿es monólogo o conversación?

R: Yo creo que es una conversación: con mis autores, con mis autoras y con el público en general. Y es verdad que el público habla poco, pero también interactúa: respira, se ríe, aplaude, se mueve, se calla, se sorprende… Y estando muy de acuerdo con Vázquez Montalbán, con esa frase suya que me parece muy acertada, sí que creo que esa tercera persona que llega para establecer una verdadera conversación son los propios autores y autoras que de algún modo me miran por encima del hombro y me dicen: muy bien, chaval, lo has pillado.

P: La obra, por cierto, está basada en lo que cuentas en tus diarios, donde aprovechas la intertextualidad, lo que vivieron otros antes que tú, para hablar de ti mismo, ¿pero también para buscar consuelo?

R: En vez de buscar consuelo, lo que hago, más bien, es buscar una guía, una especie de oráculo. Además, da la casualidad de que estos Días Ajenos yo los fui escribiendo cuando empezaba la jornada y no cuando ya se estaba acabando, de modo que era una forma en que mis diaristas de cabecera (Pavese, Umbral, Warhol, Rulfo, Sontag, etc., etc.) me iban diciendo qué iba a ser de mí a lo largo del día, y ya cuando me enfrentaba a mis diarios antiguos y los comparaba con estos que leía se conformaba ante mí un mapa de carretera perfecto que me señalaba el camino adecuado. Más que buscar consuelo, como te decía, leer a los grandes autores que me acompañaban me proporcionaba cierta orientación, ciertas pistas del tesoro que me ayudaban a encontrarme cada día, al menos, con una moneda de euro que alguien había tirado.

P: ¿Y, de entre todos ellos, hay algún autor -o algún fragmento- que te haya sabido marcar el rumbo de una manera especial?

R: Pues, mira, te voy a decir dos: uno en que Alejandra Pizarnik escribe en sus diarios «mi humor, ese gran encubridor», que me hizo entenderla a ella perfectamente y que también me ayudó mucho a entenderme a mí. Y luego hay otro momento en los diarios de Kafka en que él mismo admite que su estado físico es lo que le incapacita para hacer algo en la vida, y leerlo me hizo recordar la cantidad de veces en que yo me he tenido que enfrentar conmigo mismo o con una situación así… O sea, hay muchos momentos donde me siento profundamente identificado o busco esa identificación, en efecto.

P: En tu primera novela, Mansos (Alfaguara, 2021), reeditada hace unos meses a colación del estreno de tu serie Maricón perdido, donde hablas precisamente de su proceso de escritura y publicación, decías que comenzaste a entender «tu homosexualidad en libros ajenos, en películas» y en «fantasías pajurientas». Sin embargo, a veces sentimos que la buena literatura queer es algo muy difícil de encontrar, al igual que sucede con las voces como la tuya, que se atreven a gritar lo que tantos y tantas necesitábamos oír. ¿Cómo y dónde encontraste tú esas referencias?

R: Yo siempre he considerado que tuve la enorme suerte de tener a un abuelo como el mío, que se olía la tostada y sin querer hablar del asunto expresamente fue dándome esos primeros libros que más tarde me ayudarían a no sentirme solo. Fue él quien me acercó a mi primer Capote, a Oscar Wilde, a la poesía y al teatro de Lorca… y así fue como yo empecé a sentirme acompañado, a no sentirme monstruoso ni raro ni tan perdido como estaba. Y probablemente me los dio antes de tiempo, pero esas primeras lecturas me fueron llevando a muchas otras más, y me dieron la posibilidad de sentirme comprendido; porque yo sabía que no era como los demás, y en obras como Otras voces, otros ámbitos fui aprendiendo qué era ser un bicho raro, y, sobre todo, qué era encontrarse con otro como tú. Tener un prescriptor literario tan maravilloso como mi abuelo fue una auténtica suerte, desde luego, y lo que vino después ya tiene que ver con ese hilo mágico que es la literatura y que nos lleva de un libro a otro sin descanso.

P: Si ahora mismo el prescriptor fueras tú, ¿por dónde le recomendarías empezar a un chaval como el Roberto de hace más de treinta años?

R: Siempre diría que Otras voces, otros ámbitos, de Truman Capote, que es un libro que parece muy barroco y al principio puede costar, pero que define de un modo maravilloso la extrañeza. Además, en ningún momento se menciona en él abiertamente la homosexualidad, pero sí que hay una sensación constante que a ti te deja, como lector o como lectora, con ganas de más y que se te queda grabada para siempre. También recomendaría leer los relatos de David Leavitt, que, aunque se hayan quedado un poco anticuados, siguen teniendo una fuerza muy bonita. Una novela que a mí me parece fundamental, por ejemplo, es La historia particular de un muchacho, de Edmund White, así como toda la poesía para adultos de Gloria Fuertes, además de la biografía que hicieron de ella en Blackie Books. A partir de ahí, que cada cual se deje llevar por los lugares por donde esas lecturas le vayan guiando.

P: «Jamás se es único, jamás se es uno más. Se está siempre solo. Y solos no sabemos nada del resto como para averiguar quiénes somos únicos ni idénticos», escribías en el segundo capítulo de esa ópera prima literaria que antes mencionábamos. ¿Hasta qué punto es el contacto con el resto lo que nos define de verdad?

R: Ese punto es absoluto, y ya no sólo porque queramos emular de vez en cuando lo que son los otros, sino también porque queremos evitarlo. En mi opinión, es a través de ese juego de espejos cóncavos y convexos donde somos capaces de encontrarnos. Desde luego, es imposible que acabemos conformándonos a nosotros mismos sin tener en cuenta a los demás; sin embargo, lo que es fundamental es aprender a darle el valor justo a esas realidades. Es decir, que no vivamos de la validación ajena para construirnos, pero que entendamos que somos seres sociales, que vivimos en comunidad y que es rotundamente imposible construir nuestra identidad sin enfrentarla previamente a otro montón de identidades diferentes. Además, lo que nos conforma no es tanto nuestra propia identidad como lo que tenemos en común con nuestros semejantes.

P: Un elemento primordial dentro de la trama de Mansos, y luego dentro de la trama de Maricón perdido, son las saunas de amateurs. De ellas dices que «son al sexo lo mismo que son a la lectura las bibliotecas», y que «conocer a alguien en un bar y llevármelo a casa es al sexo lo mismo que las librerías». Sobre sexo y literatura, por ejemplo, ya escribió Bolaño en Los detectives salvajes, cuando dijo sobre uno de sus personajes que «después de coger (…) le gustaba salir al patio a fumarse su cigarro y a pensar en la tristeza poscoito, en la pinche tristeza de la carne, en todos los libros que no había leído». ¿A ti qué tristeza te duele más: la de la carne o la de los libros perdidos?

R: Creo que la de la carne, la verdad; y no sabría especificarte exactamente por qué, pero sí que creo que la tristeza asociada al cuerpo, a lo que dejamos de ser, a lo que a la carne le queda por hacer y por encontrar, me genera una ansiedad que afortunadamente no me dan los libros que no he leído. Cada libro que leo es, de hecho, un auténtico descubrimiento, porque además tengo buenísima suerte y es muy raro que un libro me horrorice -también porque me dejo aconsejar muy bien-; sin embargo, con el asunto del cuerpo, y esto ya puede estar vinculado con una determinada edad, sí que he desarrollado una cierta nostalgia: por lo que fui, por lo que mi cuerpo sintió e hizo sentir, por lo que muy pronto voy a dejar de ser e, incluso, por aquellas otras cosas que ya van a dejar de apetecerme.

Los libros, para mí, son un motivo de alegría, y nunca siento tristeza o ansiedad por aquellos que no he leído. Al contrario, lo que siento es una inmensa felicidad por aquellas obras que sí que he disfrutado, que siguen conmigo y que me han conformado como lector y como persona, y que ya forman parte de mi biografía particular. De hecho, yo no podría explicarme sin una especie de anexo bibliográfico, que es más o menos también de donde surgen los Días Ajenos. ¿Que es posible que me esté perdiendo muchas maravillas? Pues puede ser, pero mientras me las estaba perdiendo estaba disfrutando de otras, y no tengo ni el más mínimo remordimiento.

P: Hablando de esta distinción, tú mismo has definido tu existencia bajo la locución de mens sana in corpore in sepulto, a raíz del padecimiento de una esclerosis múltiple, ni más ni menos. A lo largo de todos estos años, ¿cómo has logrado canalizar ese dolor?

R: Haciendo que todo lo demás esté muy bien. Es decir: teniendo un entorno de afectos y de amor maravilloso, teniendo la suerte de poder vivir de un trabajo que me encanta, recibiendo el cariño de la gente ante las cosas que hago, disfrutando de una vida lo más cómoda y lo más adaptada posible a mi realidad… de tal modo que, al final, he rodeado a ese dolor y no le he permitido que se regodee. Cada vez que el sufrimiento se cree capaz de ocupar otros espacios, por tanto, se topa con que esos otros espacios ya están ocupados por elementos que me procuran el bien y me hacen muy feliz, y así se da cuenta de que no le queda terreno donde expandirse y arder. Pretendo que todos esos lugares estén tan rebosantes de agua limpia y cristalina que quemarlos resulte imposible.

P: Audre Lorde, por ejemplo, dijo en su momento que «había conocido el dolor y lo había sobrevivido. Sólo me quedaba darle voz, compartirlo para usarlo, para que el dolor no fuera malgastado». ¿Has escrito alguna vez con esa pretensión? ¿Has llegado a usar el dolor como fuente literaria?

R: En primer lugar, yo no creo que el dolor sirva para nada; lo que sí sirve es lo que luego nosotros hagamos con él. También es verdad que yo a la hora de escribir lo uso todo: lo que he hecho con el dolor, cómo lo he combatido, cómo me ha combatido él a mí, pero el dolor en sí mismo a mí me parece bastante inútil y muy poco productivo. Así que yo no creo que el dolor me sirva para escribir, pero sí que me sirve conocer los mecanismos que he empleado para contenerlo, cercarlo y destruirlo. Porque yo cuando escribo lo hago con todo mi cuerpo, pero jamás con la parte dolorida.

P: En Maricón perdido admites también que tú escribes, al final, para quitarte los miedos. Es decir, que los miedos no se evitan: se enfrentan, ¿verdad?

R: Claro, los miedos se enfrentan, y además se van perdiendo con los años. Lo mejor para perder el miedo es pensar en la muerte, la verdad; y no haciéndolo de manera temerosa, sino natural, racional y lógica. Porque la vida es un código binario: 0 ó 1, y ya llegará el día en que todos nos horroricemos y digamos: ¿tanto rollo para esto?

P: Encima tú lo has hecho siempre de una manera irónica, acerada, mordaz. «Que lo petardo no nos quite lo político», vaya, tal y como acertó a decir Brigitte Vasallo hace un par de años, a propósito del festival de Eurovisión de 2019, celebrado en Israel.

R: Estoy totalmente de acuerdo con esa frase de Vasallo, efectivamente. Y es que yo creo, también, que a estas alturas no hay nada más revolucionario que la felicidad, que estar contentos, que el hecho de no permitir que nos amarguen o de reírnos de lo que nos duele, nos ofende o nos castiga. Al contrario: lo mejor que podemos hacer es encontrar la manera de disfrutar de todas estas cosas y, sobre todo, de no quejarnos innecesariamente cuando podríamos estar generando alegría o haciendo otras cosas para que nuestras quejas y denuncias se escuchen de un modo mucho más claro y luminoso. Y eso que yo respeto muchísimo a la gente que lo hace de otro modo, de una manera mucho más seria y directa, pero es que a mí en particular me parece que es una manera de sucumbir ante aquellos que desean que sucumbamos, con lo cual me seguirá pareciendo una muestra de rebeldía absoluta seguir pasándomelo bien, a pesar de todo lo demás.

P: Lo cierto es que a ti es bastante complicado eso de preguntarte «si pudieras volver al pasado, ¿qué cosas cambiarías?», porque has tenido la suerte de volver a cada rato, con la publicación de tus diarios, con el estreno de una serie inspirada en tu juventud, con este monólogo de ahora en el Teatro del Barrio… Siendo así, seamos honestos: cuando has tenido la oportunidad, ¿has cambiado algo?

R: Sí, absolutamente, aunque más que una oportunidad yo lo consideraría un enorme privilegio, una fortuna. Es algo que pensaba constantemente cuando escribía el cuarto capítulo de Maricón perdido, por ejemplo, donde el guion me dio la oportunidad de cambiar el final de mi primera novela publicada -entre otras cosas-, y tuve que aprovecharlo. Fíjate en una cosa: yo no desprecio a la gente con privilegios, pero sí que desprecio a la gente que no sabe aprovecharlos. Tampoco soporto a la gente que no es consciente de ellos, pero por todo lo demás considero que los privilegios, si están ahí, hay que utilizarlos; y ojalá viviéramos un mundo mucho más justo, pero si eres un privilegiado al menos sé consciente de ello y úsalo para cambiar las cosas a mejor.

P: Y ahora que has vivido muchas otras cosas, y que incluso has alcanzado alguno de tus sueños, ¿cambiarías ese deseo primigenio de convertirte en escritor o sigues persiguiéndolo?

R: Pues yo no sé si es porque he estado toda la vida preparándome para esto y deseándolo, pero realmente me parece lo único para lo que soy capaz y para lo que estoy hecho. Sin ir más lejos, cuando tú me dices que he vivido muchas otras cosas yo creo que no, que sólo he sido escritor, lo que pasa es que he sido escritor en formatos diferentes: en televisión, en una serie, en un escenario… pero todo lo hago como escritor, claro, con esa mirada particular sobre las cosas que luego me permite transformarlas. Así que yo siento que sólo he sido escritor y que sólo sabría ser eso; y además estoy muy contento, porque creo que gracias a esta manera de habitar el mundo he logrado evitar mucho dolor y, sobre todo, muchísimo aburrimiento.

P: Ya por último, ¿crees que esta conversación podría acabar en tus próximos diarios? Cuando acaba una jornada, cuando acaba una entrevista o cualquier otra actividad, ¿qué es lo que te mueve a querer recordarla para siempre y a apuntarla? Porque no creo que seas igual que uno de los personajes de Paulina Flores en Qué vergüenza, que admitió: «estoy tan triste que podría empezar un diario de vida».

R: Lo primero que me mueve es la voluntad misma de recordar, de que no se me olvide lo que estoy aprendiendo, y ya luego vienen otros motivos, como comprender o entender mejor las cosas que, por si acaso, yo voy apuntando por si el día de mañana me vuelvo más inteligente y las enfrento. Para mí, además, es muy importante escribir desde cierta felicidad, y esa idea de que sólo se puede escribir desde la melancolía me da mucha pereza y me parece algo muy falso.

Y sí, ya sólo por la cita que me has dado de Manuel Vázquez Montalbán y por lo mucho que he disfrutado con las preguntas que me has hecho, una conversación así merecería entrar de lleno en mis diarios, por supuesto [risas].

*Imagen de cabecera tomada por Valero Rioja y cedida por El Terrat.

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