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Remedios Zafra: «La solidaridad es el motor de un cambio»

Una charla con Remedios Zafra supone el despertar de la consciencia aletargada sobre lo cultural y el trabajo precario. Inevitablemente es así. Nosotros tenemos la prueba.

Interpelada por el libro de memorias de Jeanette Winterson, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, me sentí muy tentada a titular esta entrevista como ¿Por qué decir sí cuando quieres decir no? Me lo planteaba no solo por tener el mismo ritmo sintáctico y la fuerza necesaria para pararte en seco y preguntarte, algo perdida, qué diablos querrá decir con eso, sino también por la sacudida inmediata que propicia su lectura y el sabor agridulce del después. Voy a explicarme. Remedios Zafra comienza su último ensayo, Frágiles (Anagrama, 2021), precisamente con una metáfora sobre por qué decimos sí cuando queremos decir no; expone cómo lo que una vez toleramos por querer ser, en parte, amables y, en parte, aceptados dentro del sistema termina siendo terriblemente pesado y agotador apenas unos síes más tarde.

Remedios Zafra supone el despertar inevitable de la conciencia. Al leerla, de repente, todo el malestar, nuestro malestar, el de todas las personas inmersas en trabajos creativos y precarios, se hace evidente y aflora como una herida que no para de sangrar. Es inútil intentarlo, la realidad es la que es. La toma de conciencia es ya la única vía de percibir las dinámicas que nos hacen daño e intentar frenarlas. De algún modo, leerla es revelador y necesario. Así que esta, como la de Winterson, es también una manera de elegir ser felices –o mejor dicho, conscientes- antes que ser normales –o mejor dicho, antes que ser engullidos por las leyes de la rivalidad y el malestar crónico-. Un revulsivo infinitamente liberador.

El pasado mes de junio, la autora puso el broche final a los encuentros organizados por Giselle Etcheverry Walker para el área de Pensamiento del Centro de Cultura Contemporánea Condeduque, y lo hizo junto a Brigitte Vasallo, Mar Abad y Santiago Alba Rico hablando sobre «la intimidad». Aprovechamos el momento para conocerla y quedarnos, definitivamente, prendados de ella.

PREGUNTA. La primera vez que supe de tu trabajo fue cuando, mientras realizaba el máster en gestión cultural, un profesor nos recomendó que si queríamos seguir hablando de cultura con el mismo ánimo que aquella vez no leyéramos El entusiasmo (Anagrama, 2017). Con esta presentación, tuve que comprarlo y lejos de querer abandonar, aprendí, eso sí, a ser más crítica con las dinámicas del sistema y a detectar los primeros síntomas del malestar derivados del trabajo precario. Pero, aun sabiéndolo, ¿es posible escapar de ello?

RESPUESTA. Conforme leía esta pregunta, me di cuenta de que ella misma encerraba la contestación que yo daría. Creo que para las personas que valoran su trabajo y valoran también la libertad de ejercerlo es fundamental la conciencia. Si tú no eres consciente de manera crítica del contexto en el que estás, terminarás docilizado, haciendo lo que crees que deberías hacer, pero sin una visión crítica ni libre.

Con esto, me acordaba también del papel que jugó El entusiasmo. Algunos han entendido su lectura como un zarandeo que nos permite ver lo que estábamos haciendo de otra manera, y aunque lo que nos gusta y nos apasiona persista, el contexto difiere. Esa patina de malestar es algo que, al principio, siempre incomoda, pero resulta esencial para llegar a una toma de conciencia y a un posicionamiento consciente en el que también puedes quedarte, pero ya sabiendo a qué te enfrentas, sin llevarse a engaño. Puedes irte; es otra opción. O puedes transformarlo y compartir ese intento de transformación con otras personas que albergan las mismas sensaciones. Esto último es realmente movilizador. Con frecuencia, sentimos ese malestar de que no hay alternativa y nos vemos desarticulados, porque el sistema incentiva la desarticulación mediante la rivalidad entre compañeros. Sin embargo, cuando esos compañeros ejercen también esa toma de conciencia, dejamos de entender el trabajo de manera mecánica para mirar a los de al lado y decirnos: «algo tenemos que hacer». Cuando la movilización es colectiva entonces es capaz de crear contagio y de cambiar una realidad.

Lo que quiero decir es que solo es posible escapar de ello si lo hacemos intencionadamente. Si escapas sin más, entrarás en otras dinámicas parecidas a la lógica que caracteriza hoy la cultura creativa. Esa conciencia ayuda a estar alerta y forma parte de la incomodidad de la madurez revolucionaria: solo podemos transformar si hay algo que nos ha resultado incómodo previamente.

P. En algunas ocasiones has expresado que se nos educa haciéndonos creer que el trabajo y la carrera es algo elegido y, por lo tanto, positivo, liberador, con implicaciones de que todo tiene que ir bien. Yo, a menudo, me encuentro con conocidos que no saben gestionar la decepción o la frustración, que también es parte de la vida, porque, de algún modo, es algo que no esperaban sentir. ¿Se puede relacionar esto también con lo que denominas «la nobleza del adolescente»?

R. Me ha gustado mucho que preguntes sobre la «nobleza del adolescente» porque vivimos en una época donde se estigmatiza a los adolescentes y a los jóvenes por muchas razones. En la educación, pública o privada, da igual, se les dice que tienen un futuro difícil pero que si ellos quieren, pueden. Se les repiten mantras de motivación, reforzados por el contexto capitalista; se les refuerza la idea de la autosuperación, pensando siempre en la realización de uno mismo, no tanto en la cooperación, en transformar, en afrontar los cambios, en habitar la complejidad. Es aquí donde creo que radica una de las claves del contexto de los adolescentes en la actualidad: la de entender la educación no como una educación apoyada en contenidos o en experiencias que después abrirán puertas, sino como una educación donde se prime ayudar a las personas y crear condiciones de libertad, de librepensamiento para ayudarles a afrontar la complejidad que conlleva la vida. Cuando se miente a los adolescentes sobre la muerte, sobre el desempleo, sobre lo que sea, se les infantiliza y se les genera una falsa expectativa.

Desde los años 70, se ha producido una gran revolución social en la que todo el mundo tiene acceso a la educación; sin embargo, no hemos transformado aún el contexto laboral y social para poder dar cabida a todas aquellas formas de trabajo que aun están por inventar. Hay que mejorar los sistemas de investigación y ciencia, los sistemas culturales, las empresas e instituciones para que se puedan moldear los imaginarios y dar cabida a los trabajadores culturales. El futuro emancipador que imaginamos requiere de trabajadores formados y que quieran dar sentido a lo que hacen. Cuando somos adolescentes, creemos en el estudio, en la educación y en mejorar el mundo. El no abordar los problemas tal y como son no solo genera frustración, sino también resentimiento. Esto les viene muy bien a quienes tienen tendencia a mercantilizar todo pero la verdad es que es terrible. Entonces, lo que deberíamos preservar es la visión positiva de la adolescencia como momento en el que todavía las personas quieren hacer las cosas bien y creen que la sociedad les puede ayudar.

P. ¿Cómo es posible que se sostenga la sociedad con esta ansiedad «normalizada, crónica y paralizante»?

R. La ansiedad se está haciendo crónica y se está normalizando. Cuando algo se normaliza es preocupante porque llega a pasar desapercibido. Pero yo creo que si bien es crónica, no es paralizante en tanto que la base de la ansiedad contemporánea en relación con los trabajos actuales se basa en seguir un bucle, en repetirse. Esta idea que caracteriza a muchos de los trabajos que personas como tú, como yo y como quienes nos leen tienen son trabajos divididos en multitud de pequeñas tareas y actividades que a la vez requieren otras tareas y actividades pero que se van repitiendo: realización, publicación, difusión, réplicas de un trabajo. Hay como círculos de repetición que mantienen esa ansiedad, y como respuesta, se proponen pequeños descansos para seguir trabajando –que no descansos para descansar o no hacer nada-; descansos pensando en la productividad. Y cuando lo tratamos como un tema de salud, se intenta resolver con medicación que realmente no cura, sino que aplaza los síntomas para seguir trabajando, y, en contraposición a todo esto, lo que se consigue es generar nuevas adicciones. Es una ansiedad que se apoya en el movimiento, en el no parar, en el seguir activos pero no paralizados.

P. ¿Y en qué lugar situamos la autoexigencia? ¿No es acaso otro de los factores –o señal de que algo falla- que nos llevan a la frustración, a la sensación de que nunca nada es suficiente?

R. Hay muchas formas de autoexigencia, y efectivamente puede ser uno de los factores, pero no debemos olvidar que la autoexigencia, al igual que todas las palabras que estamos abordando -la vocación, el entusiasmo, etc.- también pueden ser palabras positivas. Esta, en concreto, tiene que ver con exigir lo mejor de nosotros mismos. No obstante, cuando las contextualizamos en entornos de explotación tienen una carga negativa porque quien contrata se beneficia o se lucra a través de la autoexigiencia de esos trabajadores; trabajan sobre ese prurito de tener que dar lo mejor de sí mismos para hacerlo bien y prosperar.

A mí, hay dos perfiles de autoexigencia que me interesan especialmente. Por una parte, el de las mujeres, que nos incorporamos de manera normalizada al mercado laboral hace muy poco tiempo. Y por la otra, los pobres y los hijos de pobres, que antes no podían estudiar y ahora sí. Tienen la exigencia añadida de hacer bien su trabajo y va a acompañada del pensamiento de «mis padres no tuvieron esa oportunidad, yo sí y, por ello, tengo que esforzarme más». Por supuesto, no te digo nada de cuando ambos perfiles coinciden. En los dos contextos hay una carga añadida que pesa como una singular mochila en muchos trabajadores contemporáneos.

P. «El entusiasmo, cuando viene de la pasión intima, requiere tiempo y espacio» escribes, y por lo tanto, lo creativo también necesita tiempo y espacio. En el ámbito cultural, ¿crees que la calidad de las obras, de lo producido actualmente se ha visto afectado por la prisa capitalista o esto no tiene nada que ver con que haya calidad o no?

R. La prisa capitalista tiene mucho que ver con lo que está aconteciendo en el mundo laboral. Cuando hablamos de precariedad en los trabajos actuales, no hay que acercarse tanto a la cuestión laboral y económica pensando en qué tipo de trabajo son los que están predominando, sino, más bien, en que esos tipos de trabajo favorecen una producción apoyada en sucedáneos, pastiches, entrégame-lo-que-tengas, hazlo-de-cualquier-manera, lo-importante-es-participar. Predomina el llegar a tiempo y presentar algo con un titular sobre el sentido, el significado de la obra, pero no del valor que realmente tiene, de lo que ha supuesto para quien lo ha hecho o para quien pueda leerlo.

Además, la prisa favorece la producción precaria porque tiene como base la falta de tiempo. Precisamente sin tiempo para pensar, no podemos distanciarnos, mirar las cosas con distancia, de otra manera o realizar una aportación nueva, porque eso sí que requiere un posicionamiento subjetivo. Y todo esto no es casual, acontece en contextos que quieren operacionalizar los contenidos para producir, para obtener más contenidos, más likes; para que la máquina siga activa y continúe con el espejismo de «estoy activo, estoy vivo», siempre renunciando a la posibilidad de profundizar, del pensamiento lento y de la práctica artística más comprometida.

P. «El hombre fotocopiado», aquel que se dejó su inconformidad en casa, ¿es el enemigo o solo la distracción del verdadero enemigo?

R. Al hombre fotocopiado lo entiendo como la mutación de cada uno de nosotros cuando nos resignamos y entramos a formar parte de un sistema que nos dociliza para poder repetirse. Ese hombre fotocopiado es como ese hombre que apaga algo interior, su conciencia, su indignación, su curiosidad, y se hace estratégico. Esto le viene muy bien al sistema porque así es siempre productivo. Y puede que haya mujeres y hombres fotocopiados dentro de cada uno de nosotros. Es, de hecho, lo que más sorprende de un personaje como este: que nosotros mismos podamos convertirnos en él muy fácilmente, porque, ante esa precariedad mantenida en el tiempo, la única alternativa para conseguir un trabajo pasa por blindarte y renunciar a todo aquello que te subjetiva. Este es el gran fracaso del sujeto libre y del sujeto humanista como motor de las cosas que tienen sentido para uno y para la colectividad, pero no deja de ser inquietante, y merece la pena observarlo porque refleja cambios que están sucediendo en la sociedad.

Yo siempre lo relaciono con el ejemplo que escribo al principio de Frágiles, cuando, en el proceso de conversión de lobos a perros, la domesticación tuvo mucho que ver con la pérdida de la solidaridad. Ese vínculo directo entre domesticarnos, es decir, docilizarnos, y ser hombres fotocopiados, es decir, sujetos fácilmente operacionalizados por el contexto tecnológico, está relacionado con la pérdida de solidaridad. Cuando hay solidaridad, hay resistencia; hay sindicato; hay reivindicación; hay una colectividad posicionada ante una injusticia. La solidaridad es corazón de un cambio.

P. ¿Cómo hablar de solidaridad entre compañeros cuando las dinámicas se basan en las leyes de la competitividad? ¿Y de la vulnerabilidad, cuando el débil se percibe como aquel de quien es más fácil abusar?

R. Todas las lecturas sobre la debilidad en relación al trabajo siempre me hacen poner sobre la mesa la visión patriarcal, porque normalmente la vulnerabilidad está relacionada con la feminidad. Esas lógicas que han predominado en los trabajos de los sistemas jerárquicos, donde los valores relacionados con la amabilidad, el cuidado, la atención al otro o primar lo humano antes que lo cuantitativo se vinculan totalmente con la debilidad y, entonces, adopta ese tono peyorativo por tener relación con lo feminizado. Deberíamos hacer una lectura feminista hacia esos poderes laborales patriarcales.

Respecto a la primera pregunta, es esencial hacerlo desde la educación. No llama la atención que la rivalidad que encontramos en el contexto laboral, la encontramos también en los contextos educativos. Parece que todo lo enfocamos a sacar buenas notas, de forma que se ve siempre al compañero como rival. Yo, que he trabajado muchos años en educación, sé que muchos profesores hacen esfuerzos por convertir a los estudiantes en personas que cooperan y que, cuando ellos tengan que presentar un trabajo evaluable, sepan que ese trabajo es mejorado por todos. Es decir, existen estrategias muy cotidianas de colaboración en las que debemos hacer hincapié para favorecer esa solidaridad. Como he dicho antes, ser consciente de ello, nos pone en la carrera de los cambios.

P. Muchas instituciones culturales van a la carrera por conseguir la mejor estrategia digital, lo que les dará reconocimiento y un supuesto futuro mejor. Sin embargo, conociendo las implicaciones poco éticas que, a veces, conlleva la implementación de la tecnología, ¿no entra esto en conflicto directo con el papel crítico que debe fomentar una institución? O dicho de otra forma, ¿conviven las estrategias digitales con la difusión de la cultura sin dejarse caer en la vorágine del mercado?

R. Ya he dicho antes que la prisa por llegar el primero va en contra de la cultura reflexiva y crítica. La primacía de la visibilidad es el nuevo sistema de valor que se está asentando. Iguala lo más visto a lo más valioso, y ahí, se pierde eso que esperamos del ámbito cultural como un ámbito responsable de crear condiciones de pensamiento libre; condiciones de crítica frente a la presión simbólica de esos imaginarios que ya circulan en el contexto más mercantil; y sobre todo, condiciones de no precariedad. Si la cultura, que es el eje crítico, se construye sobre precariedad entramos en una dinámica sumamente contradictoria.

Por lo tanto, es muy necesario que las propias instituciones se vean por dentro y se enfrenten a sus propias contradicciones. De la otra forma, estaríamos creando una pantalla, denunciando cosas que de puertas para dentro siguen ocurriendo constantemente. La digitalización ayuda a hacer llegar la cultura a más gente, pero las instituciones no siempre se dan cuenta de cómo el mundo está cambiando y cómo el contexto digital puede ser la opción ideal para repensar y deconstruir todo el contenido generado tiempo atrás e incluso también las dinámicas en las que ellos trabajan. Es una oportunidad para mejorar y para evitar esas mentiras consensuadas durante muchos años, pero que ya no son soportables.

P. En tu opinión, ¿se puede triunfar -con todas las comillas que el término merece- sin estar presente en las redes sociales, especialmente si te dedicas al ámbito creativo? ¿Cuál es la manera más sana de acercarse a ellas?

R. Bueno, la idea de triunfo es una idea muy capitalista e individualista. Esa idea de conseguir dinero o reconocimiento normalmente va unida a la visibilidad. Siendo así, a día de hoy, estar en las redes es fundamental, a excepción de que seas rico y/o tengas un linaje con el que, antes de hacer nada, ya se te espere. Ahí cabe pensar, por un lado, en las formas de prestigio y la necesidad de observar, analizar y cambiar los sistemas de valor que predominan en la cultura contemporánea, sustentados por lo cuantificable y por lo tanto, muy hackeables. Quiero decir que si lo que se necesita para triunfar es obtener altos números, en determinadas plataformas, se puede generar fácilmente la máscara e impostura necesarias para lograrlo. De alguna manera, las redes sociales son el escaparate donde los sujetos somos productos. Lo que no debemos hacer es considerar que el debate es lo que acontece en una red social, ni que podemos donar nuestra intimidad a las redes como archivo que finge contingencia y que almacena indefinidamente… Por ello, es importante pensar también que el poder político y ciudadano está por encima del económico para intervenir en estas tendencias.

P. El debate en Condeduque, por su parte, va a girar sobre la intimidad en este, nuestro mundo de máscaras. Me gusta que lo hayas precisamente definido como «el mundo sin párpados», que constantemente está percibiendo todo lo que sucede, pero ¿cuándo se dejó de valorar nuestra intimidad como uno de nuestros bienes más preciados? Y, ¿hasta qué punto nos han influido las tecnologías?

R. A mí me gusta decir que ahora vivimos en cuartos propios conectados y lo defino como una metáfora de ese espacio conectado en el hogar, ese lugar del que hemos podido disponer de la privacidad y de la intimidad. Sin embargo, creo que, con internet, no solo se erosiona la esfera pública y privada, sino también la esfera íntima, y en ello, han intervenido fuerzas externas y fuerzas internas, siendo importante diferenciarlas. Con Internet hemos normalizado que, en la cotidianidad de la vida en la red, nos reclamen fragmentos de vida íntima. Cuanto más íntimas, más valor, más likes, más seguidores. El sujeto, en el escaparate digital, ha dejado de ser fresco, en ese sentido, para convertirse en estratégico.

Curiosamente Umberto Eco decía que todas las culturas se habían caracterizado por proteger el ámbito de lo privado, y esta cultura justamente se caracteriza por lo contrario: no solo no lo protege, sino que lo incentiva. Queremos que todo el mundo nos vea porque la visibilidad forma parte de este nuevo sistema de valor, en lo afectivo y en lo laboral ante todo. Además, a veces, de manera no intencionada se van dejando huellas y registros sobre qué hacemos, dónde estamos, qué buscamos… Durante un tiempo, llegué a recopilar una lista de preguntas que se hacían a Google cuando pensamos que nadie nos ve, preguntas como, por ejemplo, dónde abortar. Es decir, que el primero que sabe que alguien va a abortar es Google, porque ha sido capaz de crear un lugar minimalista que nos dé la sensación de que se lo podemos contar todo.

Pero, por otro lado, así como existen fuerzas externas que nos incentivan a publicar la intimidad, también hay una lectura propositiva que me parece muy interesante y que yo la he visto especialmente en el feminismo. Pienso en casos como el «Me Too», en los que la intimidad de una persona, de forma voluntaria, se hace pública y se hace política , y crea después contagio con otras personas que se sentían igual. Ahí sí que hay un poder revolucionario y transformador.

P. Para concluir quisiera decirte que nosotros, el equipo de Popper, somos el claro reflejo del entusiasmo y la precariedad; y reflejo a la vez de toda la generación joven. ¿Cómo lo hacemos para que nuestro trabajo cobre sentido y deje de ser una manifestación de ese malestar?

R. Distingo varias partes en la pregunta. Por un lado, el «cómo lo hacemos» nace necesariamente de una cierta impotencia, de saber que algo va mal y querer cambiarlo. Pero antes de interpelar a los demás, debemos preguntárnoslo a nosotros mismos, porque esa libertad de preguntar es algo que nos pertenece y más sabiendo que cada uno de nosotros tenemos un contexto propio. Yo misma, en mi propia experiencia, he sentido mucha presión al hacer cosas que no me gustaban, y tuve que aprender a hacer de «mujer fotocopiada» y aprender a utilizar las máscaras temporales y reversibles para cambiar de estado y pasar a contextos que me permitieran tener una mayor libertad de pensamiento, tiempo y movilización política. Entonces, ante la pregunta de «cómo lo hacemos», hay una parte que debemos contestar individualmente y otra que debe ser respondida colectivamente.

En cuanto a la segunda parte de la pregunta, precisamente fue cuando empecé a primar el trabajo con sentido cuando yo, por fin, noté que recuperaba el control sobre lo que hacía. Preferí no aceptar todas las cosas que me iban llegando, que en los contextos en red cada vez son más y más, sino centrarme en profundizar, conocer, abordar y disfrutar el proceso de hacer. Este se convierte, entonces, en un hacer valioso para el mundo; un hacer que, por supuesto, va precedido de un malestar del que debemos apropiarnos para hacerlo más constructivo.

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