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Rubén Pozo: «El concierto del que tú te acuerdas toda la vida es ese en que público y artista han ido a la par»

Tras un concierto sobresaliente en la sala La Bowie (San Cristóbal de La Laguna), nos citamos con Rubén Pozo (Barcelona, 1975) para hablar sobre actuaciones prodigiosas, poesía y rock & roll.

Antes de cantar Madrid, Rubén Pozo (Barcelona, 1975) siempre suelta la misma muletilla: «no es la ciudad, es la compañía», e imagino que también declara sus principios a quienes tienen la oportunidad de compartir un rato con él. Sin ir más lejos, fue lo que dijo el pasado 6 de agosto en su concierto de la sala La Bowie, en San Cristóbal de La Laguna (Tenerife), y es lo mismo que uno siente cuando apura una cerveza mañanera -o dos- con el músico que salió de Alameda de Osuna hace ya un par de décadas. Es curioso, porque sostiene que se expresa mejor en sus canciones que en charlas como ésta, pero, qué diantres, Rubén es como el Rock de pueblo que compuso Lichis en Mesa para dos, el disco a dúo que lanzaron conjuntamente en 2020: «sincero, curioso, torpe, calimochero. / Con algo que contar, / con pelos en los huevos»; y un auténtico maestro, como McEnroe -pero sin romper raquetas en partidos de exhibición ni pataletas-.

PREGUNTA: Acabas de cumplir 46 años. En tu canción Tonto de Tanto (R’n’R), que salió en 2015, ya decías aquello de «a los 27 no me morí, desde entonces, desubicado». ¿Cómo te sientes a día de hoy: sigues perdido o poco a poco nos vamos encontrando?

RESPUESTA: Bueno, pues me sigo sintiendo desubicado pero sin trauma, sin problema, como diciendo «sí, continúo como siempre, ¿y qué?» [risas]. También iba a decirte que estoy feliz, pero como realmente estoy es tranquilo, porque creo que la tranquilidad es la mayor fuente de felicidad que existe, y seguramente sea el resultado de hacerme mayor. No sé, estoy con mis altibajos, como todo el mundo, pero me considero bastante en paz y muchísimo más en calma que con 27. En aquella canción lo dije un poco por hacer la gracia, por aludir a la mítica edad maldita del rock & roll, que cuando la cumples te sorprendes a ti mismo por seguir estando vivo y te preguntas «joder, ¿y ahora qué? Ya no puedo dejar ni un bonito cadáver» [risas]; pero la vida continúa y aquí aguantamos todavía.

P: Hace tiempo, subiste un vídeo a YouTube en el que explicabas que de adolescente una de las primeras cosas que te asombraron en el mundo del rock & roll fue ver a The Who tocando en el documental de Woodstock: 3 días de paz y música, que viste por la tele. Dijiste, concretamente, que te sorprendieron porque eran a la vez «bonitos y contundentes». En tu opinión, ¿así es como tiene que sonar siempre una canción?

R: Una canción buena es aquella que te crees y que de alguna manera te toca adentro, por cualquier razón que sea. Y ésta puede ser Killing in the name, de Rage Against the Machine, o Behind Blue Eyes de los Who, y a estos últimos lo que les pasa es, efectivamente, lo que contaba hace unos años: que son muy contundentes, pero luego vocalmente son muy armónicos y hacen voces muy bonitas por encima de esa contundencia. También tienen muchos contrastes, incursiones muy curiosas en géneros como la ópera rock, piezas largas con un desarrollo bastante original… no sé, eran siempre como una de cal y otra de arena, algo muy salvaje que terminaba convirtiéndose en armónico, o incluso las dos cosas a la vez. Y los tres eran así, contundentes y con muy buenas voces: el Roger Daltrey, Pete Townshend y el John Entwistle, que tenía un agudo increíble. Qué te voy a decir al respecto, pues que a mí me gustan mucho.

Yo, por ejemplo, soy más de hacer armonías a dos voces, a lo Jagger/Richards: un poco deslavazadas, donde no esté todo tan pegado. A mí me gustan las cosas más guarreras, pero sobre gustos no hay nada escrito. Yo, con dos voces, con dos cantantes ya estoy satisfecho, y me parece lo suficientemente armonizado.

P: Años después de esa revelación woodstockiana a quien le tocó seguir con su destino fue a ti. En la entrevista que Leiva le concedió a Jot Down en enero de 2019, él mismo admitía que con diecinueve o veinte años ya eras considerado como un «héroe de barrio» en Alameda de Osuna, uno «de los elegidos» por haber grabado un primer disco. ¿Cómo fueron tus inicios? Para ti, ¿cuáles fueron esos «héroes de barrio»?

R: Pues mira, había un chaval que se llamaba David Montanchez que tocaba la guitarra de un modo increíble, como si fuera el guitarrista de Deep Purple. También había otro tipo que se llamaba Norberto y que tocaba todo lo de Mark Knopfler y Dire Straits. Si tuviera que nombrarte a alguien, sería a ellos.

En este caso, Leiva se refería a la época de Buenas noches Rose, donde había miembros que eran mucho más héroes que yo, la verdad [risas], pero sí que es cierto que éramos un grupo de barrio. Él era de una generación anterior y nosotros tuvimos la suerte de ser de los primeros en grabar un disco en una época en que para hacerlo tenías que tener financiación, gente detrás dispuesta a pagarte un estudio, no como ahora, que cualquiera que esté interesado tiene en su casa un ordenador con algún programa especializado y puede hacer sus grabaciones caseras de una forma bastante digna. En aquella época, sin embargo, todavía tenía que aparecer la figura del cazatalentos, que una noche te llegaba y te decía que le habías gustado y que quería pagarte una maqueta para pasarla por discográficas y demás. Entonces, bueno, quizás sí que fuimos algo pioneros en eso de grabar; al menos en Alameda de Osuna.

P: Y al margen de las historias de cazatalentos, garitos, héroes y maquetas, ¿qué implicó la figura del barrio en esos primeros compases de tu aventura musical? ¿Qué otros recuerdos guardas de aquellos años? Especialmente ahora, que tanto han cambiado las ciudades…

R: Estamos hablando de los años noventa del siglo XX: sin internet, sin teléfonos móviles, sin WhatsApp… La vida social consistía en bajar al bar de tu barrio sin hora, porque siempre había gente -o, si no, es porque tú eras el primero y los demás serían los siguientes en llegar-, ir al puente o bajar a la plaza. Mi adolescencia y mi juventud fueron, básicamente, de guitarras en el parque.

Se ha hablado mucho de estos ambientes en aquellas épocas: que si los porros, que si los litros… pues sí, todo eso estaba, pero también había guitarras. Yo muchas veces me bajaba a tocar, ya ni siquiera a tomar algo, y siempre me encontraba con otro que estaba haciendo lo mismo. Luego los colegas se acercaban y me decían: «ey, Rubén, vamos a echar un litro», pero yo me quedaba tocando. No es que haya sido un gran borrachuzo en ese sentido, la verdad. Que tampoco soy la Virgen, eh [risas], pero sí que me gustaba bajarme con mi guitarra al parque y ponerme a practicar con los demás. En una época en que no tenías los tutoriales que te encuentras ahora en YouYube, con gente que te enseña a tocar Sultan of Swing de Dire Straits, había de repente uno que había conseguido sacar una parte, luego tú te aprendías otro cachito y así terminabas tocándola entera. Así era la música de antaño, que funcionaba como pegamento social y que necesariamente se hacía con más gente. Tú ya luego ibas progresando y tirando para adelante en la soledad de tu cuarto, pero también lo compartías. No teníamos la pantalla delante ni veíamos a un profesional que te explicaba dónde poner los dedos; pero a cada época lo suyo, por supuesto.

P: Hombre, es que eso de terminar sacándote una canción por tu cuenta tiene que dar un gusto que flipas…

R: Además, yo creo que se aprende más sacándotela tú mal que teniendo a alguien que te la enseñe por completo. De este modo podrás conseguir imitar a tus referentes, tocar igual que ellos, pero pierdes algo por el camino… Yo, por ejemplo, años después digo: «¡Anda, que esto que llevo años practicando se toca de otra manera!», pero en aquellos tiempos se hacía lo que se podía, y con sus más y sus menos algo terminaba saliendo. Te digo, yo hay canciones de los Rolling que hasta bien entrado el siglo XXI no he sabido tocar bien. Me salían cosas parecidas, pero no idénticas, y es lo que me ayudaba verdaderamente a progresar.

Rubén Pozo en la sala ‘La Bowie’, en Tenerife, fotografiado por Richy Flowing.

P: Alguna vez te leímos en la Rolling Stone, que, para ser sinceros, siempre fue un ejemplo para nosotros en esto de difundir la cultura y animarnos a escribir. No en balde, Jann Wenner la fundó con apenas 21 años, buscando hacer algo diferente, queriendo publicar sobre aquellas cosas que le entusiasmaban y que, por aquel entonces, tenían que ver con el rock & roll. A la hora de perseguir nuestras ambiciones, ¿hasta dónde hay que arriesgar?

R: Pues sí, estuve dos años con una columnita mensual en la Rolling. Bueno, empecé así y luego me ampliaron el espacio a una página entera. Parecía que a la gente le molaba, tenía feedback y tal, y comenzó cuando Pereza colaboró por primera vez con Joaquín Sabina, cuando participamos en la grabación de Vinagre y rosas. Ahí, Leiva le hizo la música de Tiramisú de limón y yo le hice la música de Embustera, y un poco valiéndose de ese pretexto me llamaron desde la revista y me preguntaron si podía escribirles algo. Al final, de ese algo salió un artículo bastante extenso, que me publicaron entero, y aproveché para lanzarles una caña y decirles que había sido todo un placer publicar con ellos y demás [risas]. A partir de ahí, me ofrecieron seguir escribiendo una vez al mes, y así duré dos años; primero con un espacio llamado La Canción del Mes y luego La Columna Mutante. En el camerino del concierto de La Bowie, por ejemplo, tenían varios textitos míos pegados a las paredes.

Respecto a los sueños, lo que no puede sucederte nunca es que pasen los años y te arrepientas de ni siquiera haberlos perseguido, de ni siquiera haberlos intentado. Al contrario, siempre hay que intentar las cosas: pueden acabar bien o mal, pero al menos hay que probar. Al fin y al cabo, el día de mañana vas a lamentarte por aquellos planes que no hiciste, no por los no salieron o por los que salieron regular. Y siempre hay que tener confianza en uno mismo, porque todos hacemos las cosas de la mejor manera que sabemos.

P: Sin embargo, las cosas también pueden truncarse… Le pasó a Jann Wenner cuando tuvo que vender la Rolling Stone; le pasó a la propia revista, de la que muchos dicen que no ha vuelto a tener la calidad que tenía en sus inicios; hasta lo cantas tú con Lichis en Loquillo: «mis fans me acusan de haberlo perdido». Aún así, ¿sigue mereciendo la pena?

R: Hombre, son cosas distintas, pero sí, siempre merece la pena. Lo que le sucede a la versión española de la Rolling Stone es que ya no existe, por ejemplo; los contenidos de la versión americana ya no pueden seguir siendo los mismos que en los años setenta porque, básicamente, el papel de la música se ha ido transformando. Antes, todos los chavales querían ser estrellas del rock. Nos llamaba más la atención aquello que convertirnos en millonarios. Se dice que ahora mismo la música no tiene ese poder, pero, bueno, ahí sigue, ¿no?

Una cosa está clara: para los demás, tu chispa empieza a perderse desde el inicio. En mi caso, cuando mis fans me acusan de haberlo perdido, por seguir con la frase de la canción de Loquillo, cada vez pienso que se están retrotrayendo más atrás en el tiempo, y que ya deben de estarse refiriendo a la época en que sólo sabía poner dos acordes en la guitarra. Siempre va a haber gente a la que le dejes de gustar, y es algo completamente normal y respetable; pero también aparece gente que se engancha y que antes no se había enganchado. En fin, tú vas haciendo las cosas y esperas que con ellas sigas manteniendo a los que tienes alrededor, y sólo con eso yo ya soy feliz: manteniendo y tocándole la fibra a los de siempre. Y, bueno, lo otro tampoco es tan terrible, ¿no? Si hay alguna canción que no gusta tanto como otras yo no considero que sea motivo para cortarle el cuello a nadie o para mandarlo todo a la mierda. Habrá que ver qué tal sale la siguiente. Y si todavía te siguen saliendo canciones de manera natural, y esas canciones encima te gustan, ¿por qué ibas a parar?

P: A lo largo de tu carrera, efectivamente, te ha tocado reinventarte muchas veces. Has tocado en una banda, has cantado a dúo, te has subido a un escenario innumerables veces solo… ¿En qué vertiente o en qué etapa te has sentido más cómodo?

R: Ahora es cuando me siento más cómodo, la verdad. Con mis cancioncitas, con mis conciertitos a modo cantautor, a voz y guitarra, en sitios pequeñitos y con gente sentada, escuchando, participando del show… Así me siento muy pleno y personalmente estoy disfrutando de esa tranquilidad de la que antes hablábamos. Ya tengo mis años, y por suerte pude vivir todos mis sueños de juventud: cantando en La Bombonera con Pereza, haciendo las cosas más a lo grande… pero me sigue encantando mi curro y me siento muy agradecido al ver que el público fiel, chiquitito, me sigue acompañando. Y eso es algo que nadie hace por caridad, sino porque les gusta mi trabajo, que es algo que se nota y se disfruta.

Esto no quiere decir que no haya disfrutado de mis otras épocas, eh; pero quizás por haber tenido la enorme suerte de vivir lo masivo ya no tengo esa espinita clavada ni ninguna otra clase de remordimientos. Sí que es verdad que al comienzo de mi carrera en solitario sufría un poco más por culpa de la comparación, por culpa de tener muy presente de dónde venía, pero llegó un momento en que me dije: «a ver, tío, cada vez que vienes de dar un concierto te sientes que te cagas», y ya me empezó a dar igual que hubiera sido en un estadio o en un garito pequeño; sólo me importaba que tanto el público como yo nos lo hubiéramos pasado en grande. Desde entonces, esa es mi mentalidad, y es la que me sigue acompañando. Ya te digo, si no hubiera vivido lo masivo hace unos años tal vez tendría todavía ese fuego queriendo salir y estaría expectante a ver si sucedía, pero no. Y en cierto sentido prefiero quedarme como estoy a que aquello hubiera crecido y se me hubiera ido de las manos. Lo que tengo ahora es muy manejable, tanto a nivel artístico como a nivel personal, y es precisamente lo que quiero: salir a tocar con mi bagaje de canciones, ver cómo el público las disfruta y vivir unas noches tan encantadoras como las que vivo.

P: En tus letras, a veces hablas como si fueras una canción, como si fueras una guitarra española, como si fueras un hombre-orquesta. Sin embargo, si esos elementos pudieran tomar la palabra y hablar por sí solos, ¿qué crees que dirían acerca de Rubén Pozo? Porque supongo que estarás orgulloso de todas tus composiciones, pero, ¿crees que el sentimiento es recíproco, que ellas también están orgullosas de ti?

R: Uf, pues no estoy muy seguro [risas], pero te puedo asegurar que yo siempre las he hecho como mejor he sabido. Lo que también sucede es que la meta-canción suele aparecer cuando ya no tienes otra cosa sobre la que cantar [risas], e igual se sienten ofendidas por eso mismo.

Yo a ellas, por ejemplo, les pediría perdón por no haber sido mejor músico y por no haber sabido hacerlas más bonitas aún; aunque en el fondo realmente creo que soy mejor compositor que intérprete. Tengo mi estilillo, y yo creo que me dirían algo así como «bueno, no eres George Clooney pero no estás mal. Eres nuestro padre y te queremos» [risas].

P: Hace un año, por ejemplo, Enrique Bunbury fue acusado de plagiar experiencias ajenas en sus canciones bajo lo que algunos decidieron bautizar como ‘método Bunbury‘. En Twitter, saliste en su defensa y admitiste que tú también tenías tu propio ‘método Rubén Pozo’, y que por supuesto que un artista podía utilizar historias y canciones ajenas para escribir. En esto de la creación, ¿hasta dónde llega la experiencia personal y hasta dónde llegan las referencias?

R: En mi caso, si te fijas, el estribillo de La Chica de la Curva está cogido de la canción Good Times, de Eric Burdon & The Animals, y sin adulterar, vaya [risas]. Resulta que me gusta mucho esa canción y un día, componiendo, empecé a cantar las cosas que escribía con esa misma melodía, y yo pensaba: «bueno, pues ya lo cambiaré», y mientras tanto aprovechaba para seguir escribiendo y no perder la inspiración del momento; pero lo que sucedió, evidentemente, es que se fue quedando, se fue quedando y cuando me quise dar cuenta ya la había grabado así. Lo que quiero explicar con esto, y lo que quise explicar entonces en Twitter, es que todo sale de algo. Son muy raras las ocasiones en que alguien llega y descubre la pólvora. De Nirvana, por ejemplo, cualquiera podría haber llegado y afirmar: «pero si estos son los Pixies» [risas]. Es decir, que uno siempre termina recogiendo el testigo de quienes estaban antes que él, y luego a nosotros nos tocará dárselo a los siguientes, y así continuamente: cogiendo una frase o una idea o un giro melódico o la forma en que alguien ha decidido afrontar una canción. Ya después está el plagio: hacer algo exactamente igual, no ya coger una referencia y usarla como apoyo para no caerte, sino construir la misma torre que otro ya había construido, y eso sí que no está bien. O sea, puedes hacerlo, pero acredítalo, como Robe Iniesta, que coge frases de poetas y luego lo especifica diciendo «esto es de Machado, esto es de Neruda, esto es de Marcos Ana y esto es de Cervantes». Repito, que cada cual haga las cosas como considere, pero lo que yo quiero dejar claro es que nada sale nunca de la nada. Y que hasta de los habitantes de Atapuerca han ido pillado todos los pintores, por decirlo de otro modo [risas].

P: Para solidarizarme contigo después de esta cuestión, voy a coger una pregunta que Lorena G. Maldonado le hizo a Leiva hace unos años y voy a lanzártela a modo de homenaje, para que la gente sepa que en esto del periodismo también existen los referentes y que las cosas tampoco salen de la nada: «¿Te fuerzas a vivir cosas sólo para poder contarlas?».

R: Hombre, claro, uno siempre busca vivir cosas. Por eso a mí me fue tan difícil escribir durante el confinamiento, porque no podíamos ser tan aventureros. Para escribir siempre te tienen que pasar cosas. Hay veces, incluso, en que quieres componer una canción determinada y te dices a ti mismo «joder, a ver si vivo algo parecido y así puedo reflejarlo a partir de mi experiencia y transmitirlo de primera mano». Creo que es algo normal, sobre todo en el mundo del arte.

Rubén Pozo en la sala ‘La Bowie’, en Tenerife, fotografiado por Richy Flowing.

P: Volviendo al tema de las polémicas y de Twitter… Una vez comentaste que Baudelaire te parecía «el Gran Poeta antes de que apareciera internet», pero que tenías la impresión de que, por aquel entonces, «la mejor poesía» estaba «en tuits». ¿Sigues creyendo lo mismo?

R: Uf, esa afirmación la dije cuando Twitter estaba empezando, o cuando yo estaba empezando con Twitter, más bien, sobre el 2013 o así. Ahora no diría lo mismo, pero cuando había una limitación mayor de caracteres recuerdo que descubrí a una chica que se llama @AjoMicropoetisa que me fascinó. Creo, de verdad, que es una pionera del tuit como poema, y creo que se adelantó a la plataforma en ese sentido. Una vez la vi en persona, me acerqué y se lo dije: «tía, tú creaste Twitter antes de Twitter». Y de todos los micropoemas que he leído de ella, siempre me acuerdo de uno que me gustaba mucho y que decía «Estoy superada pero con H intercalada». Algo sencillo, con gracia, con chispa, con ingenio y maravilloso… y yo es algo que echo un poco en falta en el Twitter actual.

P: Y hablando de poemas, poetas y micropoesía… ¿Tú relación con la rima cómo es? Porque ahora mismo se me está viniendo a la cabeza aquella estrofa de Backstage en la que decías «Dicen que no hago literatura, / tienen razón, / nunca he pasado de melón con jamón, / de una y de dos. / No sé escribir, / sólo me quito la armadura».

R: Bueno, en las canciones a mí me gusta mucho meterme conmigo mismo, pero es otro recurso más. Y si me viene alguien y me dice «oye, que eres malo porque tú mismo lo dices» yo le contesto: «pues sí, has picado» [risas]. Pero con la rima me llevo bien.  En el rock & roll, de todos modos, las cosas pueden rimar y pueden no rimar. Da un poco igual, ¿sabes? No estamos haciendo sonetos, que tienen que estar medidos y rimados, y que está comprobado que esa rima y esa métrica provocan algo en el cerebro -aunque tú te crees que es en el corazón- que ayuda a despertar determinadas sensaciones; pero nosotros hacemos canciones, no poemas, y eso es algo que debemos de tener siempre muy en cuenta. A veces mola romper la rima en el momento justo o alterar el orden de los versos, y si bien es evidente que a nuestra cabeza le gusta irse agarrando a estos recursos literarios, yo no veo que sea siempre necesaria. Los poemas de Bukowski no son rimados, por ejemplo, y para mí configuran el nacimiento de la poesía moderna, de la considerada poesía del Enter. En fin, que a veces mola no rimar y que otras mola intentarlo, pero, como en todo, que cada cual haga lo que le apetezca.

Sí que es verdad que a veces encuentro algunas similitudes entre la poesía moderna y el mundo de la música cuando me fijo en poetas de la talla de Elvira Sastre, Marcus Versus o Escandar Algeed, que han acercado los versos a las nuevas generaciones y han sido capaces de congregar en estadios a muchísima gente, como si fueran estrellas del rock; e igual es porque el rock & roll está mutando hacia esta clase de movidas, no lo sé. Yo he ido a alguna de estas lecturas y lo cierto es que he visto la misma energía, las mismas drogas, los mismos pedos y el mismo frenesí dentro de los camerinos que en los viejos conciertos. Sea como sea, ¡viva la poesía y vivan las letras! Y que no nos importe tanto si riman o no.

P: Después de un concierto, encima del escenario suelen quedarse muchas cosas que el público ha ido arrojando. Tú coleccionas algunas, según has comentado de vez en cuando, pero, ¿qué os dejáis vosotros, los artistas, en cada actuación?

R: En primer lugar, nos dejamos los higadillos tratando de emocionar, pero ya es algo distinto a lo que solemos encontrarnos encima de las tarimas. Con esta pregunta me has hecho recordar que hubo una época, con Pereza, en que yo me iba vistiendo con todo lo que me iba encontrando encima del escenario; es decir, que si me cambiaba de camiseta era porque alguien me había tirado una y me molaba, o si me ponía un pañuelo o me enganchaba un pendiente. Es verdad que yo he recogido muchas cosas, y en casa debo de tener alguna caja grande llena de recuerdos, aunque ya hace demasiados años que no la abro para comprobar qué hay. Ahora mismo ya nadie me tira nada, pero sí que se acerca la gente y me regala detalles: libros, dibujos, cosas hechas a mano… porque a uno que hace canciones cuando conecta con la gente le suelen obsequiar, y eso es algo súper chulo. Ya no caen sujetadores, de los que Leiva y yo recogimos unos cuantos [risas], pero siguen sorprendiéndote a diario.

Para un artista, lo más importante es conectar con su público. Y hay veces en que tienes que forzarlo y darlo todo, y hay otras en que te equivocas, das demasiado y terminas revolucionando el motor. Lo fundamental es saber calibrar, y hay noches en que lo consigues y otras en que no, y muchas veces sucede porque quieres dar tanto que te pasas de frenada. En esos casos, échate para atrás, métete hacia adentro… no sé muy bien cómo explicarlo, pero lo fundamental para un cantante es estar en comunión con aquellos que han pagado una entrada y lo han querido acompañar. No en balde, el público es el único protagonista de un concierto y siempre tiene que haber un equilibrio entre lo que pasa encima y lo que pasa debajo de las tablas. El concierto del que tú te acuerdas toda la vida es ese en que público y artista han ido a la par, con el corazón sincronizado.

P: Y a los conciertos, además de a cantar, ¿a qué vamos?

R: Pues no lo sé muy bien, la verdad, pero si pienso en mi caso yo pago una entrada y voy a ver a alguien porque sus canciones han sido especiales -o lo siguen siendo- y quiero estar delante de la persona que ha hecho posibles determinadas emociones a lo largo de los años.

En realidad, a mí me gusta más el trabajo grabado que las interpretaciones en directo. En un concierto se suelen cambiar muchas cosas, que es algo que entiendo perfectamente y que yo mismo hago, porque nadie quiere tocar lo mismo un millón de veces, sino estimularse, hacer giros distintos, probar versiones nuevas… A pesar de todo, a mí me gusta ir a conciertos por lo que te comentaba, por ir a ver a la persona y decirle de forma simbólica «toma esto -mi entrada, mi presencia, mi actitud- por todo lo que me has dado. Y tómalo de verdad». Luego me voy a sentir satisfecho siempre, me haya gustado o no.

A cantar también se va, por supuesto, pero no sólo. Cuando vi a Silvio Rodríguez tocar Ojalá en persona, por ejemplo, me puse a llorar como una magdalena, y me acordé de todas las personas a las que yo mismo les dedicaría mi Ojalá, y sólo por eso Silvio ya se merece que yo le pague una entrada cada vez que venga a tocar a España. Ahí piensas: «que nunca te falte de comer, tío» [risas] y te das cuenta de lo genio de la canción que puede llegar a ser alguien. También me emocioné en uno de los ocho conciertos de despedida de El último de la fila o en uno de Lou Reed en los noventa, en Pirineos, que empezó al ritmo de Sweet Jane y me hizo recordar todos los Sweet Jane que había escuchado a lo largo de mi vida. No es que suela hacerlo muy a menudo, pero cada vez que un espectáculo me devuelve el precio de la entrada en forma de lágrimas considero que ha sido una experiencia valiosa. ¿A qué se va a un concierto, entonces? Pues a escuchar esta clase de canciones. Y a veces no vas a cantar, como me ocurrió a mí cuando fui a ver a AC/DC, pero terminas haciéndolo con el puño en alto y a pleno pulmón. Las canciones de las que te hablo tienen ese poder.


Y para canciones poderosas, todas las que han ido saliendo de manera directa o indirecta a lo largo de la conversación:

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