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Lana Corujo: «Mi pasión por la literatura viene de las anécdotas que me contaba mi abuela»

Conocer a Lana Corujo (Lanzarote, 1995) ha sido un privilegio. Sus ganas de hacer cosas como ilustradora, autora, editora y promotora cultural se contagian del mismo modo en que contagia su amabilidad y su inteligencia a través de esta entrevista.

El domingo en que abrí por primera vez las páginas de Ropavieja (Editorial Dieciséis, 2021), de Lana Corujo (Lanzarote, 1995) -Lana Neble en las solapas del poemario-, era consciente de que su lectura se iba a tener que interrumpir. Por un lado, porque los domingos son días de precepto religioso y, tras conocer a Caraperro y constatar que el sufrimiento -tanto ajeno como propio- se articula como la peor de las premoniciones, convenía rendir culto y recordar a los enfermos. Por el otro, porque los domingos son jornadas familiares y hay costumbres que ni el desconsuelo ni la pena son capaces de enterrar. La memoria sí, pero esa es otra historia, como la que cuenta Rodrigo García Marina en Desear la casa (Cántico, 2021), cuando la voz poética protagonista confiesa que «la última vez» que vio a su abuela «podar los rosales, se pinchó hasta hacerse sangre. Chupaba su dedo de demente-niña como quien chupa un caramelo» y «la piedad de los insectos la volvía infinita». Sin embargo, y aunque Ropavieja pueda estar también relacionada con esa suerte de misericordia -ya saben: bienaventurados los que cuidan-, es, más bien, una obra que «transita» prematuramente por el «duelo», que, como apuntaba la propia autora hace unos días a través de Twitter, es algo que tiene que ver con la «paciencia» y con la constante revisión de «la mirada». Y qué quieren que les diga: ¡qué bien domina Lana Corujo el arte de observar!

PREGUNTA: En Ropavieja hablas de cuidados y enfermedad. ¿Detrás de los poemas se esconde una experiencia real?

RESPUESTA: No del todo, pero a la vez sí. Al fin y al cabo, las expresiones artísticas no tienen por qué ser siempre autobiográficas, y en este caso en concreto, a pesar de no contar mi propia historia, sí que comparto al menos una parte de mí. Lo cierto es que cuando vivía en Madrid, hace unos años, me tocó pasar por una época de baja y fue a mí a quien tuvieron que cuidar. También fue cuando me di cuenta de lo duro que resultaba todo el proceso, es decir, me hice consciente por primera vez de todos los esfuerzos que alguien -concretamente mi pareja- tenía que hacer para tirar de mí, para levantarme de la cama, para darme la medicación; y decía: «jolín, yo tengo el apoyo médico y todo el mundo me pregunta qué tal estoy, pero ¿y a él? ¿Y al resto de las personas que también se involucran en cuidarme?». Era una situación que, por otro lado, ya había visto en casa de mi abuela cuando estaba enferma cáncer y era mi tía quien la cuidaba. O lo mismo que todos hemos sentido en alguna ocasión cuando nos ha tocado estar pendientes de nuestros mayores, de nuestros padres, y hemos tenido que enfrentar el horror. Fue así -a partir de las preguntas que colocaban a la figura invisibilizada del cuidador en el centro de la diana-, también, como surgió el personaje de Caraperro.

A mí me sucede que escribo mucho por imágenes, y en este caso tenía tan clara la suya -la de Caraperro- que supe desde el primer momento cómo simbolizaría la enfermedad: de un modo que pesara y estallara. Sin embargo, en vez de articular la historia desde el punto de vista de quien la padece, decidí darle la vuelta al relato y colocar como protagonista -como voz narrativa- a la persona encargada de los cuidados, que es algo que a mí me parecía que aún no estaba lo suficientemente explorado.

P: Uno de tus textos empieza así: «Comienzo a interiorizar el abandono, / me pincha la idea, / de conocer el momento en el que Caraperro ya no esté». ¿Hasta qué punto te ha venido bien poner en palabras -y prever- tragedias futuras?

R: Cuando escribí el poemario, a pesar de haberlo hecho muy rápidamente -el primer borrador, el que le presenté a la editorial, lo tuve listo en dos días-, lo que conseguí fue desahogar muchísima tralla, muchísimos sentimientos personales; porque aunque a mí me hayan cuidado yo también lo he hecho, he tenido que soportarlo y he descubierto lo que significa. Como todos, he aguantado los dos pesos, y aunque no haya perdido a mi madre -de hecho, ahora mismo está en la cocina [risas]- pude entender mejor cuáles son los miedos que residen en nosotros y hasta qué punto nos afecta la soledad cuando debemos ocuparnos del resto.

Yo soy una persona muy observadora. Hablo poco cuando estoy rodeada de gente, pero estoy atenta a todo lo que ocurre alrededor. Fue lo que me pasó, por ejemplo, cuando mi tía estuvo cuidando de mi abuela, y aún hoy recuerdo lo mucho que me marcó la soledad y el silencio que las rodeaba, lo mucho que me sorprendió cómo todos tenían ojos para mi abuela -a la que le preguntaban cómo se encontraba, cómo se sentía- mientras que a mi tía la dejaban al margen, preparando café, revisando la medicación y ocupándose de todos los detalles que requería la visita; y ese silenciamiento me parecía muy injusto. Luego, cuando mi abuela falleció mi tía se quedó sola y experimentó el vacío que sobrevino tras un largo tiempo aguantando la carga y la pesadumbre. Como digo, esas situaciones a mí me golpearon y fueron las que me animaron a escribir y a ficcionar un poco el hecho de: «si esto le ocurriera a mi madre, ¿cómo lo contaría todo? ¿Cómo me afectaría?», tratando de ahondar, a su vez, en esa especie de alivio que supone el dejar de cuidar, a pesar de que suene muy feo -o muy crudo- el hecho de recuperar -o creer recuperar- una vida anterior a esos mismos cuidados -que puede, incluso, que ni siquiera recuerdes cuándo ni cómo se perdió-. Estas son las contradicciones que hay en Ropavieja.

Además, el poemario lo escribí en primera persona, precisamente, porque también me parecía muy importante definir esa clase de contradicciones desde el punto de vista del yo poético, aunque muchas personas hayan podido llegar a confundirse y a interpretar que lo escrito coincidía en mi caso con lo vivido. Pero, al final, la primera persona es un recurso narrativo más. Si hubiese escrito Ropavieja en tercera persona quizás se hubiese entendido como un juicio egoísta -y un poco niñato- hacia las actitudes del cuidador; pero emplear la primera persona fue lo que me permitió poner el foco en las incongruencias que nos conforman como personas y que conforman la realidad. El miedo, el egoísmo, la dulzura… todo eso aparece en los momentos difíciles, y yo quería que la protagonista, que realmente está muy enfadada con el mundo -hasta que llega un poema en el que dice que por fin se ha reconciliado con la idea de que su madre no fue la que decidió ponerse enferma-, reflejase de un modo auténtico todo ese vaivén de sensaciones.

P: ¿Y por qué hacerlo en forma de poemario?

R: Fíjate que al principio yo pensaba en Ropavieja como en una especie de cómic, porque, como te comentaba, tenía la imagen de Caraperro muy definida. Sin embargo, tengo un problema: y es que aunque me guste mucho contar cosas así, creo que mi ilustración está demasiado encorsetada, es demasiado infantil y no terminaba de lograr con ella el punto de lectura que quería que se consiguiese con la historia. Por otro lado, y a pesar de que donde más cómoda me siento escribiendo es en el ámbito de la novela, al tratarse de un tema tan pesado y complicado sentía que el resultado iba a quedar demasiado oscuro y rimbombante. Entonces, pensé: ¿por qué no cojo todos los estilos de la narrativa -como el hecho de que hayan personajes, elipsis y una historia más o menos lineal- y los llevo a la poesía? Así surgió un poco mi experimento [risas]. Para mí, de hecho, Ropavieja es como un buchito de café: fuerte, pero no hace falta más. Es intenso y suficiente.

Ilustración realizada por Lana Corujo ©.

P: En otra de las composiciones de la obra escribes que te gustaría «que las casas fuesen de cristal, / translúcidas, / dejándonos ver todo (…) / porque cuando algo toca también sobre los demás / los prejuicios se arrugan». ¿En qué dirías que se parecen todas las enfermedades? ¿En qué se diferencian?

R: Esta pregunta es muy interesante, sobre todo teniendo en cuenta que en un principio la enfermedad iba a estar muy definida en el libro -iba a ser un cáncer-. Sin embargo, llegué a la conclusión de que cualquier enfermedad real dolía, y que si lo acotaba y lo concretaba tanto quizás el resto podían llegar a perder su importancia o interés. Me gusta mucho que los lectores interpreten y saquen sus propias conclusiones, como cuando me dicen que creen que estoy hablando de la demencia senil o del párkinson o de cualquier otra afección, porque es posible empatizar con muchas de ellas. Ese es, para mí, el punto que tienen en común todas las enfermedades -las enfermedades graves, al menos-: que todas nos preparan para la marcha. Sea un cáncer o sea alzhéimer, todas nos avisan de que la vida corre peligro y te empiezan a preparar para el fin. Suena muy duro, pero es verdad: en algún momento vamos a tener que soltarle la mano al ser querido. Ese miedo a la pérdida, esa incertidumbre es, en mi opinión, lo que vincula a todas las enfermedades.

Por otro lado, lo que las aleja es que todas suelen vivirse de un modo distinto: unas son más físicas, otras son más emocionales, pero la mayoría confluyen en esa voluntad de prepararnos para el dolor.

P: «Ahora sé que la adultez / también consiste en aceptar / la vejez de mis padres» o «Sé que por las noches, cuando no puedes dormir / te levantas abatida / y buscas a tu madre sin encender las luces, / porque no olvidas cuando tú también / fuiste hija». Está claro que en Ropavieja exploras la inversión de roles que supone dejar de cuidar para empezar a ser cuidada…

R: Sí. Otra de mis intenciones dentro del poemario era desmitificar la idea que tenemos de los padres -y sobre todo de las madres- en tanto dioses y diosas todopoderosas que ni van a sufrir ni se van a tambalear pase lo que pase. En el fondo, esta no deja de ser tampoco una idea injusta, pues en cualquier momento va a llegar la vida y nos va a dar una torta de realidad, como le ocurre a esos niños o niñas que tienen la desgracia de perder a sus progenitores a edades muy tempranas. Y, dime, ¿cómo vamos a lograr prepararnos para una situación así si la única idea que nos venden es que las madres tienen que estar ahí como piedras: eternas e inmutables? Las madres, de hecho, antes de nada son humanas, y a mí me da mucha pena ver cómo una mujer al tener hijos parece que va perdiendo su identidad en pos de un único atributo: la maternidad. A partir de ahí, da igual lo que hayas sido antes: ahora mismo eres -y vas a ser para siempre- madre. Como digo, esto es muy injusto, y por eso la protagonista es también injusta consigo misma: porque quiere a su madre y quiere que sea ella misma la que la proteja; pero es que, si te fijas, quien realmente lo está pasando mal es su mamá, que es la que está enferma.

Otra cosa que suele olvidarse es que los padres fueron niños en su momento, hijos e hijas de otros padres, y cómo esa etapa fue también la que los construyó como personas. Por eso la madre enferma de Ropavieja llega un punto en que busca a la suya: porque ¿a quién buscamos hasta el fin de los días si no es a nuestros padres -que son nuestro nido, nuestro espacio seguro-? Y al igual que nosotros los buscamos a ellos, ellos buscan a los suyos. Es una cadena que no termina nunca.

P: Hablando de «adultez»: tienes un verso donde hablas de la «tristeza adulta» -«me encontraba bajo una cáscara de pollo menudo / demasiado blanda para la tristeza adulta»-. ¿Cómo es esa tristeza? ¿Qué la diferencia de la tristeza infantil?

R: Que la tristeza adulta está más cerca de encontrarse con aquello para lo que nadie nos prepara. De todos modos, en el poemario quise que no salieran reflejadas explícitamente ni las edades de los personajes ni los lugares por donde transitan. Tampoco hay referencias a redes sociales o a objetos genuinamente modernos. Lo que perseguía con ello era dejar claro que lo que se cuenta en Ropavieja lleva sucediendo desde hace mucho tiempo: ocurre en el día de hoy y seguirá ocurriendo, de ahí la atemporalidad con la que quise dotarlo y el motivo por el que en muchos poemas el lector no termina de saber si la niña sigue siendo niña, si ya es adolescente o si ya se ha convertido en adulta, porque en el fondo puede tener cualquier edad.

Yo, por ejemplo, que cumplo 27 años en este 2022, a veces me sigo sintiendo súper pequeña, y en ese poema que mencionas lo que quería era dejar reflejada esa sensación; porque quizás la voz protagonista tenga 35 años -por decir algo-, pero junto a su madre ella se sigue sintiendo como cuando tenía 10 -¡o 5!-, y lo que esto constata es que, quizá, al lado de nuestros padres no terminamos nunca de crecer, sino que preferiremos seguir siendo pequeños. Queremos que nos sigan protegiendo, vaya. Y creo que nunca dejamos de estar lo suficientemente preparados como para salir del nido y enfrentarnos solos a la realidad.

P: A nivel particular, me gustan mucho los versos en que tratas el asunto de las vacaciones en sitios pequeños. «Nunca fuimos a lugares demasiado alejados, / siempre el pueblo de al lado, / pero nos bastaba la tregua que nos entregaba un espacio diferente», afirma tu protagonista. Y es que en el fondo no es necesario recorrer el mundo para descubrir otras posibilidades, ¿verdad?

R: Imagino que en Tenerife ocurrirá algo similar, pero desde luego en Lanzarote lo más habitual era veranear en los pueblitos costeros de los municipios vecinos. Es gracioso, porque cuando vivía en Madrid no lo entendían: ¿cómo es que vives y veraneas en el mismo lugar? Pero es que no eran los mismos sitios. Por ejemplo, yo soy de San Bartolomé y veraneaba en La Santa, cuando mis mejores amigas lo hacían en Caleta de Caballo o en Famara. Los campamentos también los hacíamos en el norte de la Isla. No sé, será una mentalidad más de aquí, pero a veces no hace falta irse muy lejos para vivir grandes experiencias.

Esto choca, sin embargo, con las ganas que parecen invadirnos a todos de salir de aquí llegado el momento. Fue mi caso con 18 años, sin ir más lejos, cuando salí corriendo rumbo a Madrid gracias al enorme sacrificio de mis padres y a un privilegio del que no puedo ni quiero olvidarme, pues no todo el mundo tiene acceso a él. En su época no lo vi, pero poco a poco fui siendo consciente de que la diferencia de oportunidades dentro de una misma isla es un asunto inmerecido y preocupante. Hace poquito, de hecho, pude inaugurar una exposición en el instituto donde estudié que trataba estos asuntos: la necesidad de querer irse, la oportunidad de poder hacerlo -que siempre está genial para formarse, por ejemplo-, pero con la idea de fondo de que realmente Lanzarote no está tan mal ni da tanto asco como nosotros mismos pensamos a veces. A los jóvenes y adolescentes se les escucha mucho quejarse, y es algo que llego a comprender porque es cierto que Lanzarote es una isla que hasta su paisaje influye en ello; pero poco a poco van surgiendo cosas y, a pesar de que sigan faltándonos muchísimas, estoy segura de que iremos llenándonos de vida. En realidad todos amamos la Isla y sé que podemos sembrar muchas cosas por aquí. Llega un punto en que querer volar se vuelve inevitable, pero que eso no sea una consecuencia de que las instituciones se hayan olvidado de nosotros. A mí, por ejemplo, me da muchísima pena que no haya más facultades -aquí o en Fuerteventura-, o al menos un organismo universitario mejor hecho; porque, al final, quien no se puede marchar porque no tiene dinero ¿a qué se aboca? ¿A sentirse fracasado con 18 años? Me parece súper injusto. Tendría que haber alguien que les dijese: «vale, quizás no te puedas ir ahora, pero puedes hacer muchísimas cosas en la Isla». Por desgracia, esta sigue siendo nuestra asignatura pendiente.

P: Estos días presentas tu próximo poemario, que se llama nueve dos ocho, como el prefijo telefónico de la provincia de Las Palmas, que además se publica junto a la obra Escribir?, de Aida González Rossi. Me parece curioso, porque dentro del panorama musical de las Islas hay un movimiento denominado 922/928 que aboga precisamente por la unión de las diferentes propuestas artísticas de Canarias. ¿También se refuerzan estos vínculos a través de la escritura?

R: Sí, yo creo que sí. En esta ocasión, el poemario lo publico con la Fundación Mapfre Guanarteme, que desde hace ya un tiempo, cada año, con motivo del Día de las letras canarias, selecciona a dos autores o autoras emergentes para que escriban un poemario que luego editan en conjunto, y del que inequívocamente surge un diálogo. Justo este año escogieron a Aida [González Rossi] y me escogieron a mí, y fue súper bonito porque justo coincide con un momento en que tanto ella como yo hemos creado un vínculo muy especial. Claro, siendo ella de Tenerife y yo de Lanzarote me parece muy guay el hecho de haber usado el prefijo 928, porque encima tenía muy claro lo que quería contar, que trata esencialmente sobre el recuerdo, sobre todos esos momentos de mi infancia en que, sin haber móviles, me sabía de memoria -y a día de hoy todavía me acuerdo, a pesar de olvidarme a cada rato de la contraseña de Facebook o de Netflix- el número fijo de mi casa y de la casa de una de mis mejores amigas, que es algo que aún hoy me sigue pareciendo precioso.

Esta vez sí que he escrito una obra un poco más autobiográfica. Hay un poema, por ejemplo, que trata sobre cuando me quedaba en casa de mi abuela, llegaba la hora de la novela y todo el mundo se quedaba en su sala de estar calladito, sin rechistar. Vamos, ¡es que ni siquiera sonaba el teléfono! [risas], la gente se esperaba a los anuncios que salían después de un par de capítulos, que era cuando Lanzarote recuperaba su ritmo. Todos los poemas tienen que ver un poco con eso y están ligados a un teléfono fijo, que no es que haya dejado de existir, sino que ya lo tenemos muy poco presente -sobre todo cuando antes se pasaba el día entero sonando-.

Respecto a los vínculos que teje la literatura, yo creo que lo mejor para todos es actuar como si fuéramos una piña. Es algo de lo que me di cuenta cuando estudiaba Ilustración en Madrid: que mi gremio era un gremio súper unido, y eso es algo que mí me gusta mucho. Porque entiendo los motivos que llevan a las personas a competir, pero a su vez es algo que no termina de ir conmigo y que me hace sentir mal; entonces, cuando encuentro a gente dentro del mundo cultural que piensa igual que yo y lleva a cabo el lema de «hoy por ti, mañana por mí» como que lo siento todo en comunión con mis ideas. A mí me apena bastante sentir que estamos en un mundo cada vez más individualista, porque ¿acaso no pretendemos hacer con la cultura lo contrario? Debemos unirnos, en vez de pasarnos el día entero peleando. Y con la literatura canaria pasa lo mismo: nuestro objetivo común debería ser el de visibilizarla y ponerla en el foco, y por suerte me he encontrado con bastante gente que persigue lo mismo.

P: ¿Esto es lo que pretendes hacer también con el festival literario Verbena, no? Lograr fomentar el talento canario desde Canarias.

R: Exacto. Yo planteé Verbena un poco también porque quería romper con la idea tan triste y oscura que se tiene sobre la literatura en Canarias, sobre todo en Lanzarote. Aquí, lees a cualquier autor -y digo autor porque hay muchísimos más autores lanzaroteños que autoras- y casi todo son penas. Y lo entiendo, porque de nuevo influye el paisaje tan negro que tenemos, pero, claro, lo que yo quería era fomentar un espacio literario de festejo, aunque en él se traten temas dolorosos, como el desarraigo o la periferia. Lo que hay que hacer es volver estos asuntos atractivos, reivindicativos y que sirvan para llevar a cabo una serie de cambios. En este sentido, ¿qué mejor analogía que las verbenas? El pueblo que se une, que baila junto, los ventorrillos, la alegría… no sé, de ahí surgió el concepto, y al ser algo un poco distinto a lo que venía celebrándose hasta la fecha -al menos en cuestiones literarias- ha llamado la atención. Lo malo es que por cuestiones sanitarias y de aforo se ha tenido que trasladar a la última semana de marzo, pero es verdad que todos preferimos hacer las cosas bien, aunque esto suponga un poquito más de tiempo. Mejor hacer las cosas sin prisa y cuando se pueda que hacerlo a trompicones, ¿no? Y decirle a la gente de la Isla que quiera venir a disfrutar de Aida, Tayri, Oriana, Daniela y Sofía que demanden más actividades como esta: no por mí, sino para que sigan teniendo cabida; porque una puede tener toda la ilusión del mundo en hacer algo, pero son los demás quienes tienen que consumirlo y apoyarlo. Afortunadamente, el Cabildo de Lanzarote está muy abierto a escuchar nuevas propuestas y a luchar porque la literatura isleña sea cada vez más popular y valorada.

Las verbenas, además, son algo muy nuestro, ¿no? Canarias tiene una cultura muy sociable, muy novelera, donde se disfruta el verano yendo de romería en romería. De hecho, yo creo que de ahí viene mi pasión por la literatura: no de leer a los grandes escritores -que en cierta parte también, por supuesto-, sino de las anécdotas que me contaba mi abuela, de esas historias que iban pasando de boca en boca y te dejaban durante horas pegada al suelo, queriendo escuchar más. Esa es, al menos, la idea de literatura popular que yo tengo, y es también la que quiero trasmitir en nuestras Islas. Además, ¿por qué parece también que los de Lanzarote sólo podemos juntarnos con los de Lanzarote y los de Tenerife con los de Tenerife? Al final somos ocho islas, ¿no? Y cuanto más mezclados estemos, mejor: más cosas podremos ir haciendo juntos.

P: Según el Diccionario histórico del español de Canarias, tu apellido, Corujo, hace mención a un «fantasma que se figura para meter miedo a los niños». Siendo así, y después de haber hablado de enfermedad, ¿a qué dirías que le tiene miedo Lana Corujo?

R: Pues yo creo que mi miedo real es el miedo al abandono. Yo no sé qué me pasó de chica, pero es algo que hablo hasta con el psicólogo. Por otro lado, creo que de ahí también viene mi obsesión por hablar de la comunidad, de las abuelas, de esos momentos en que estamos todas juntas en el salón: esos momentos me rescatan del miedo a que no haya nadie cerca. Pensándolo un poco, también podría encontrar aquí los motivos que me llevan a querer hacer piña, a forjar vínculos; porque me asusta tanto el mundo que se nos está quedando, donde hay tanta individualidad, tanta independencia y tantas falsas creencias de que uno puede hacerle frente a los problemas en solitario que me dan ganas de rebelarme y decir que no, que realmente nos hacen falta las relaciones humanas, los vínculos y la comunidad para salir adelante.

P: ¿Y qué cosas te producen alegría? En uno de los últimos poemas de Ropavieja dices: «Yo reía, porque verla bailar / era como celebrar / lo cotidiano». ¿Es lo cotidiano, acaso, el mejor lugar para buscar la felicidad?

R: Efectivamente, pero dentro de lo cotidiano lo primero que se me ha venido a la mente -y que siento con muchísima fuerza cuando ocurre- es ese momento en que voy en el coche y conduzco por las carreteras secundarias de Lanzarote -que son de dos carriles y parecen mantas negras sobre la tierra-, atardece y veo los volcanes de fondo: tan majestuosos y tan temerosos a la vez. En ese momento te prometo que siento como si estuviese enamorada; y definitivamente lo estoy de mi isla. Por todo lo que es, pero también por todo lo que representa: la familia, los recuerdos de ir a coger olas cuando era pequeña, mi abuela, el sancocho… todas esas cosas son las que me hacen estar presente -siempre- en el paisaje. Y cuando puedo contemplarlo y sentir cómo me conecto con él me doy cuenta de que es aquí donde se encuentran las cosas que más amo.

1 comment on “Lana Corujo: «Mi pasión por la literatura viene de las anécdotas que me contaba mi abuela»

  1. Querido Alfonso, es fantástico leer las preguntas de un lector tan atento como tú. Más lectores y as, así, nos hacen falta.
    Y de las respuestas de Lana y de su libro, qué decir, Me enamoró totalmente cuando la conocí recitando en la Feria del Libro y acaba de reenamorarme profundamente con sus respuestas. Es una creadora con una sensibilidad excepcional. Estoy con su poemario.
    ¡Felicidades a ambos por la labor que realizan!

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