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Alicia Kozameh: «Lengua y libertad son una sola cosa»

Aprovechando la reciente publicación en España de '259 saltos, uno inmortal' (Barbarie editora, 2022), conversamos con la autora argentina Alicia Kozameh (Rosario, 1953) sobre el exilio, la heroicidad, la patria y la ironía -entre otras muchas cosas-.

Afrontamos esta entrevista con Alicia Kozameh (Rosario, 1953) con el máximo respeto posible: a su persona, a su obra -que en España ha rescatado la fantástica Barbarie editora, tras la publicación en marzo de 259 saltos, uno inmortal– y, por supuesto, al ejercicio mismo de interrogar(la). Porque ya nos había dejado una advertencia en su salto número 48: «Cuidado. El que pregunta debe atenerse al rigor, a la acidez de la respuesta», y qué menos que acercarnos con esa predisposición a su Historia -o al menos a esa parte de su Historia vinculada a la protagonista de 259 saltos, a su «experiencia carcelaria», a «la oscura realidad de vivir vigilada en plena dictadura militar argentina» y a «la narración de su exilio»-. ¿El resultado? Riguroso y ácido, por supuesto, pero también un poco dulce, nada empalagoso y extremadamente inspirador.

PREGUNTA: La novela comienza de la siguiente manera: «Se absorbe no exactamente a medias. Menos. Menos. Se va absorbiendo una sexta parte de lo que acontece», y, por tanto, en nuestra historia siempre quedan huecos vacíos: o bien para llenar a posteriori, cuando se haya reposado la experiencia, o bien para resignarse y contemplarlos. En tu caso, ¿cómo fueron los huecos que surgieron del exilio? ¿Lograste ocuparlos de nuevo o hay elementos que, por mucho que se intente, jamás volverán a ocupar su lugar?

RESPUESTA: Estoy segura de que no hay forma de llenar todos los huecos que aparecen en momentos en los que las emociones priman. Priman y atacan, invaden y se sientan, cómodas, en los espacios de la racionalidad. Pero la vida y sus novedades, si en algo satisfacen los deseos propios, van construyendo pequeños cuerpos que pueden ser aceptados. Eso ha pasado en mi caso. No todo ha vuelto a ocupar su lugar, pero las nuevas experiencias tomaron posesión de lo que de pronto había sido un vacío y lo habitaron. Nada es completo nunca. El exilio es un experto en producir modificaciones. Tener un tronco –como la escritura– en medio del océano del exilio es una enorme ventaja. En mi caso es claramente así. La escritura es una necesidad y una práctica que viene conmigo desde los inicios, cuando empezaban a darse un orden en mí los elementos que uno prioriza o desecha, o pone en segundo, tercero, último lugar. Como se asoman en la primera niñez, uno no racionaliza. A posteriori se analizan las razones, y en general es posible entenderlas. Y si ese orden se mantiene intocable, si la prioridad sigue siendo la misma, uno, entonces, cuenta con un salvavidas que ocupa siempre el mismo lugar. Quizá el resto puede desordenarse, pero ese espacio ocupado sin cambios puede, incluso, ayudar a que lo que sí se ha movido no se desordene completamente.

P: ¿La literatura ayuda a cubrir el precipicio -o, más bien, te invita a saltar sobre él-?

R: La escritura –si es esa la parte de la literatura a la que te referís– en mi caso no cubre absolutamente nada. No me facilita nada. Más bien me expone, y mucho, con el efecto de estar dentro de un cuarto con las cuatro paredes cubiertas de espejos. Un múltiple precipicio. Lo que sí hace es tentarme a enfrentar todas las imágenes, a tirarme a todos los precipicios. Entonces salto. Pero no llego al otro lado habiendo evitado la caída, ilesa, sino que caigo constantemente y vuelvo a saltar para recuperarme a mí misma y, así, estar en condiciones de producir el nuevo salto al vacío. Pero tengo que adquirir, cada vez, la práctica de superar el descenso. A veces pareciera que puedo perderme y no regresar a la superficie, pero hasta ahora siempre el entusiasmo por el siguiente salto me empuja a buscar la manera de encontrar la salida. Ojalá uno siempre pudiera estar convencido de que ese camino de salida está siempre allí, a disposición, para ser usado.

P: Aparte de una historia personal -ficción mediante-, 259 saltos, uno inmortal habla de una historia colectiva, así como de unos acontecimientos que «se contraponen» a ella, la confunden y en ocasiones hasta la sodomizan. ¿Qué son y dónde se ubican esos acontecimientos -como tú misma te preguntas en la obra-? Y más importante: antes de un incendio, como bien pudo ser la dictadura militar argentina, ¿son agua o gasolina?

R: Los «acontecimientos», esos hechos que en Argentina mi generación producía por toneladas durante los años que duró el intento de cambiar lo que considerábamos injusto, de pronto dejaron de rodearnos, dejaron de ser parte de nuestra vida cotidiana. La represión política avanzó con todas sus fuerzas, y quedamos paralizados por varias razones: los exilios, los arrestos de los que quedamos por años en la cárcel, la tortura y los asesinatos. A eso me refiero. Estos son los acontecimientos que se contrapusieron a la historia. A nuestra historia. Los producidos por la represión dejaron todo devastado. El genocidio no tuvo límites. Con lo cual yo diría que aparecieron como incendio, como maremoto, como lava.

P: En Mapocho (editorial minúscula, 2020), la gran Nona Fernández apuntaba que «la Historia nunca se detiene (…). La Historia no acaba. Hay que ir contándola a diario. Todos los días ocurre un suceso inédito que dejar escrito y archivado», pero también decía que «la basura se regenera rápido. Se regenera en el papelero del wáter, sale de nuestros cuerpos, de nuestras máquinas de escribir». ¿Cuál es la responsabilidad de quien trata de aportar su pequeño grano de arena -sus propias palabras, vaya- a esta narración interminable, bien sea desde los canales oficiales -ese raído mantra de que la Historia la escriben siempre los que ganan- o bien desde los márgenes?

R: La responsabilidad es mucha. No estamos hablando de un chismecito. Estamos hablando de lo que van a leer las generaciones presentes y futuras. Podrá ser cierto, y seguramente lo es, que el planeta se vaya a extinguir nos guste o no, pero no sabemos cuándo –esto dicho en tono de broma liviana–. Mientras tanto hay que vivir como si eso nunca fuera a suceder. Quizá la tecnología y todos sus monumentales adelantos impidan la extinción. Es necesario que tengamos en cuenta al lector, no para seleccionar los temas, sino para tratar los temas sobre lo que nos interesa escribir de una manera sabia, dentro de lo posible, dándole a la calidad la importancia que tiene, honrando la literatura, la creatividad, haciéndolas protagonistas. El mantra de que a la Historia la escriben los que ganan no está tan raído. Habrá excepciones, pero el poder tiene inmensos privilegios y manda. Hay que aprender a sortearlo, esquivar los golpes, entrenarse en lograr vías de publicación que trasciendan las fronteras del país en el que el poder es adverso, hacer de la escritura un arte inteligente y de alta calidad para que subsista, para que se perpetúe. Los márgenes son muy importantes y necesarios. Quizá podamos hacer que salven la historia para resguardar la Historia.

P: Contradiciendo lo expuesto anteriormente -al citar a Nona Fernández-, en 259 saltos, uno inmortal hay un momento en que la voz protagonista muestra cierta altanería y se revela diciendo «que nos espere, la Historia. Que nos espere». ¿Podemos, acaso, sacarle esa ventaja a los hechos? De ser así, ¿por qué querríamos hacerlo? ¿De qué nos serviría ir unos pasos por delante?

R: Se trata de que cuando se está en una situación de desventaja, o cuando toda tu generación, o todo tu país o el continente del que tu país es parte lo está (por ejemplo, encerrado en una cárcel o en un campo de concentración, atrapado en la inactividad de la espera a que esa situación cambie), pedís con desesperación que la Historia te espere. Más que altanería es desesperación de comprobar que uno ha sido dejado fuera del movimiento de la Historia. Uno ha sido suprimido del mundo y dejado sin la más mínima posibilidad de contraponerse, oponerse a lo impuesto. Se está allí, atrapado e inmóvil, mientras acabás de escuchar la voz que te dijo que a tu hermano lo arrestaron y parece que lo mataron en tortura, o que a tu madre la violaron hasta matarla en un campo de concentración. Uno necesita que todo se detenga, que la Historia tenga la paciencia necesaria para esperarnos hasta que sea posible volver a la actividad. Uno no pide, en ese momento, ir unos pasos adelante. Uno grita, se desgañita gritando para que el tren se detenga hasta que sea posible subir y avanzar con el resto de los que están en otra situación o en la misma situación que vos.

P: Cuando el exilio se produce en un país extranjero, que, además, cuenta con un idioma ajeno y desconocido, se hace patente la urgencia -y la necesidad- del «todopoderoso diccionario», como tú misma lo llamas en el salto número 77. Siendo así, ¿hasta qué punto están ligadas lengua y libertad?

R: Lengua y libertad son una sola cosa. El inglés nunca había sido mi idioma preferido después del castellano (o español: ya evito las discusiones en torno a ese tema). Era el francés, y lo había estudiado desde chica. En el momento de salir al exilio mi horizonte mental estaba en Francia, pero no era ese el horizonte real. Francia tenía el cupo de argentinos exiliados ya completo, al menos en ese momento. Tenía un grupo de amigos exiliados en Los Ángeles, y debía salir inmediatamente. No había tiempo para exquisiteces. Y claro, el idioma fue el primer obstáculo. La imposibilidad de expresarme en una conversación me colocó en posición de combate constante. Hasta hoy lucho con algunas expresiones, pero, a lo largo de las décadas, y después de haber enseñado por muchos años en el Departamento de Inglés de una universidad algo como escritura creativa a alumnos graduados y subgraduados, mi espectro de libertades se muestra mucho más amplio. Sin embargo no escribo en inglés nada relacionado con mi propia producción literaria. Nunca lo he hecho. No me doy esa «libertad». Sí me doy la libertad de decirles a mis estudiantes que si dudo con alguna palabra les voy a pedir ayuda a ellos. Eso les da un orden a las cosas y a la relación entre ellos y yo que es muy beneficiosa para ellos y para mí. Corrijo, con eso, los niveles habituales de confianza, y su proceso de aprendizaje termina siendo muy fluido. O sea que eso también es posible cuando uno avanza en el camino hacia el desprendimiento de las ataduras.

P: La desdicha de sentirse fuera de sitio tiene que ser un estímulo constante para la melancolía, ¿verdad? Sin embargo, y tal y como aclaraba Marta Sanz en La lección de anatomía (Anagrama, 2014), «la nostalgia es un lugar paralizante». ¿Cómo se vive en el exilio esa batalla perpetua entre la ilusión por el futuro, el presente y la añoranza? Sobre todo para no caer en esa parálisis que comentaba Marta…

R: En el exilio no necesariamente cabe la añoranza. Por empezar, si el exilio llega después de haber pasado por cárceles y todo lo que eso arrastra, como por ejemplo vivir día a día sin saber cuándo pueden sacarte de esa cárcel para matarte, implica, desde ya, un enorme contraste. Ese contraste se traduce en algo similar a «llegué de la muerte a la vida». El exilio es un mundo nuevo que estimula a luchar por lo necesario para esa nueva forma de supervivencia. Si una persona tiene a su alcance aquel tronco en medio del océano que mencionábamos antes, el exilio resulta en la posibilidad de hacer que de ese tronco crezcan hojas y hasta flores. Depende de la personalidad y de los recursos de cada persona que atraviese la experiencia. Y, sí, la nostalgia y la melancolía son lo opuesto a estas formas, pero hay ciertas situaciones que se necesitan y no se tienen. Yo estaba en Los Ángeles luchando por sobrevivir, trabajando, escribiendo, pero mi compañero estaba todavía en la cárcel. Hasta que él pudo llegar a donde yo estaba no estaba todo completo. Pero mi necesidad de escribir era tal (otra situación de contraste: en la cárcel era imposible escribir seriamente: aunque se pudiera tener un cuaderno, la mente no estaba en condiciones de expresar lo que uno verdaderamente sentía, y ni hablar de la censura, muy concreta y muy paralizante) que otra vez la posibilidad de escribir equiparaba la anterior imposibilidad a «llegué de la muerte a la vida». Se vive todo de a trozos. Se atraviesa un inmenso campo minado de fragmentos que uno empuja con los pies, entre los cuales brillan los que uno elige para reconstruirse. Se vive de a saltos. Zancadas, a veces. Y la realidad es que, una vez que se llegó a donde se supone que la vida está «garantizada», y cuando uno ha empezado a rearmar la cotidianidad, los agujeros siguen apareciendo y los mecanismos de defensa siguen produciendo recursos para habitar esos huecos con lo que le es a uno indispensable. Quiero decir: del exilio y sus efectos, al margen de que físicamente regreses a tu lugar natural, no se vuelve.

P: Situaciones como las que se relatan en la obra son siempre una invitación para hablar de heroicidad, heroínas y héroes. Tienes, de hecho, una frase bellísima que condensa bastante bien esta idea: «seremos héroes o correremos a escondernos a llorar, como los héroes», y quería preguntarte precisamente por ella. No en balde, y hablando de los últimos momentos de Salvador Allende en Chile, en Soldados de Salamina (Literatura Random House, 2015) Javier Cercas reproduce una conversación que mantuvo con Roberto Bolaño en la que debatían acerca del asunto, y lo tildaban de un comportamiento en  el que casi siempre hay «algo ciego, irracional, instintivo, algo que está en su naturaleza y a lo que no puede escapar. Además, se puede ser una persona decente durante toda una vida, pero no se puede ser sublime sin interrupción». Siendo así, ¿por qué lloran los héroes?

R: Los héroes han estado implicados en una lucha. No se es héroe por ninguna razón. Pero, además, todas las luchas, las ganes o las pierdas, implican pérdidas irreparables e irreversibles. Todos hemos sido muy –pero muy– fuertes, sólidos, pero también todos lloramos las pérdidas, las faltas. Los héroes son seres grandemente humanos. El comentario mío que citás está allí en sentido figurado. Lo uso de una manera pintoresca, porque ninguno de nosotros se considera un héroe en un sentido literal. Hemos sido jóvenes y no tan jóvenes luchando por lo que considerábamos necesario, y eso existe en el mundo entero. Es una manera bastante sencilla de decir que todos hemos entregado muchísimo de nosotros mismos, y todos sufrimos las pérdidas y vamos a llorar esas pérdidas hasta el último instante de nuestras vidas. Justamente estoy tratando de equilibrar, de humanizar, el concepto de héroe, porque crecimos con una idea muy equívoca de lo que es, en realidad, un ser normal con sentido de la justicia, como hay muchos. Estoy diciendo que no hay héroes. Hay, precisamente, ironía en lo que expreso. En este libro hay ironía en cada página.

P: Al comienzo de Los girasoles ciegos (Anagrama, 2004), Alberto Méndez hacía una maravillosa distinción entre las expresiones «Me rindo» y «Soy un rendido». Concretamente -y para uno de sus protagonistas-, la primera expresión «respondería a algo congelado en un instante»; mientras que la segunda refleja una situación paulatina en la que alguien, y no necesariamente un cobarde, «se había ido rindiendo poco a poco». En este sentido, ¿el exilio es un no-lugar para gente que se rinde (en un momento preciso) o para rendidos?

R: No. No lo veo así de ningún modo. Ni para gente que se rinde ni para rendidos. La gran mayoría salió al exilio con metas muy claras: explicar, en cada lugar al que se llegaba, la situación argentina que, desde ya, la dictadura trataba de disfrazar y ocultar en el exterior. Mucha gente salió con la llamada opción. Las opciones eran: te vas a otro país directamente de la cárcel al avión (transportado al aeropuerto por los militares y sin poder regresar hasta que levantemos el estado de sitio) o te quedás en la cárcel. O bajo amenazas: te vas del país o aparecés muerto en una zanja. Salimos y denunciamos, dimos charlas en universidades, contamos todo en los medios, diarios, TV, y otros escribimos, publicamos, hicimos todo lo posible para difundir la realidad. Siempre como forma de lucha. Y en eso cambió la manera de militar, claro. Pero hasta hoy todos los que hemos sobrevivido mantenemos alguna forma efectiva de activismo político, en distintos grados. Muchos expresos volvieron al país al comienzo de la democracia y se reincorporaron a la militancia. Yo volví a Buenos Aires y estuve cuatro años, en los que se publicó mi primer libro sobre la cárcel, la novela Pasos bajo el agua. Me amenazaron (e incluyeron en la amenaza a mi hijita de cuatro años), y volví a Los Ángeles, donde ella había nacido. Todos mantuvimos de algún modo la actividad política. Nunca conocí a un «vencido», en realidad. Hubo nuevas maneras de lucha porque los tiempos habían cambiado, eso por supuesto.

P: Volviendo a Soldados de Salamina: en ella, Cercas anota que «bueno, la patria no se sabe lo que es, o es simplemente una excusa de la pillería o de la pereza». Dinos, ¿qué es para ti? ¿Has pensado siempre lo mismo o vivirla en la distancia llegó a modificar -o a confirmar- tus creencias?

R: No hace mucho contesté una pregunta similar, aunque formulada de manera algo diferente. La respuesta para mí es clara: crecí con el concepto, muy arraigado en sectores protagonistas de las luchas de los años setenta, de internacionalismo. La idea de «patria» aparecía egoísta, limitadísima, ideológicamente estrecha, y aspirábamos a algo mucho más abierto y compartido. Frente a la evidencia de que no había, por mi parte, ninguna posibilidad de eludir la escritura, ninguna forma de sustituirla por otra ocupación, y viendo que me sentía muy cómoda escribiendo en cualquier lugar o momento en que apareciera la ocasión, entendí que mi patria está en cualquier país, provincia, ciudad o pueblo o casa o departamento o café o banco de plaza en el que me pueda sentar a escribir, en el que pueda desarrollar una idea nueva para una novela, en el que pueda terminar un poema. Me satisface haber encontrado una patria que quizá nunca me abandone. Como mucho yo tendré que abandonar esa patria cuando me toque morir o enfermarme tanto que me sea imposible continuar con la producción de textos. Esta es una patria que es arrastrada con uno hasta que se pierden las fuerzas reales, concretas, para acarrear el peso de la vida.

P: Por último, no queríamos dejar de compartir este fragmento, que es, quizás, nuestro favorito: «Es saludable escribir en los cafés en los que se reúnen los amigos, porque extrañarlos desde la propia casa no ayuda a la producción, y ser interrumpido por sus llegadas en serie mantiene activas las pulsaciones de la sangre, y sin sangre no se escribe». Has dicho en alguna ocasión que apuestas por «la originalidad, por una creatividad lo más salvaje posible, lo menos contenida posible», ¿es éste su precio (la sangre -o la falta de sangre, más bien-)?

R: De algún modo, te diría, sí. Lo escrito con toda la sangre te deja detenido frente a las últimas palabras. Vacío, te deja, exhausto, con las emociones en suspenso, perplejo por esa oquedad temblorosa que es algo así como el borde de un abismo. Y con la sensación de que después de eso no habrá nada más. Te deja pálido, enfermo, y te obliga a cerrar los ojos. Y a dormir. A esto le sigue un despertar confuso, difuso, y después va apareciendo esa necesidad algo violenta de caminar por la casa y de acercarse a cada frasco con lápices y lapiceras para empezar a seleccionar los que serán usados al comienzo del próximo proyecto. Aun si no hay demasiados indicios de qué proyecto será ese que ya empezó a movilizarte.  

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