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Nerea Pérez de las Heras y Olga Iglesias: «El humor es la forma que tenemos de encontrar la grieta que habita en nosotras mismas y en los demás»

A partir de la historia personal de una de ellas, en 'Cómo hemos llegado hasta aquí' Olga y Nerea consiguen abordar problemáticas mucho más complejas y genéricas que, por desgracia, a todos nos afectan. Charlamos con las dos sobre política, teatro y estética.

Tras todo un año representando Cómo hemos llegado hasta aquí en el Teatro del Barrio, Nerea Pérez de las Heras y Olga Iglesias nos reciben para hablar del camino recorrido -que, aunque similar en cada show, nunca es el mismo-, de la importancia de aspirar a según qué cosas encima de un escenario, de justicia, verdad y belleza, política, tolerancia y otros ingredientes del gazpacho que cocinan para dar un paso atrás, entender y luchar contra el contexto, la herencia y la(s) violencia(s) cotidiana(s).

PREGUNTA: Esta semana representáis la última función de la temporada, y es un buen momento, supongo, para hacer memoria, balance y preguntaros cómo llegaron Olga y Nerea a plantearse, primero, una obra de teatro; y segundo, una obra así: «un título que oscila entre el talk show, la autoficción, el panfleto político y el análisis social y el viaje del héroe mitológico clásico, que contiene desafíos y emociones universales, solo que, aquí, el héroe es una bollera de Plasencia obsesionada con su madre, que ha cumplido cuarenta (o más) sumida en la precariedad», tal y como reza su sinopsis.

NEREA: Bueno, pues ya hace un tiempo que Olga y yo somos amigas, y también que colaboramos, inventamos y trabajamos juntas. Resulta, además, que ella quería contar su historia, pero no sabía muy bien en qué formato hacerlo; y a mí me apetecía montar algo distinto a lo de Feminismo para torpes, cogiendo un ejemplo de vida concreto y aprovechándolo para explicar asuntos íntimos y estructurales.

OLGA: Lo cierto es que Nerea y yo habíamos hablado mucho de nuestros proyectos individuales, y yo llevaba tiempo dándole vueltas a una historia autobiográfica, pero que no acababa de tomar forma en ningún soporte escrito. Y, de pronto, el teatro se reveló como la mejor forma de hacerlo y de darle sentido.

Sobre cómo hemos llegado hasta aquí, pues como hemos podido [risas]. La verdad es que el texto no ha cambiado desde la primera función, pero sí la energía y nosotras mismas, que, creemos, hemos mejorado. Estamos en un punto en que entendemos mucho mejor a nuestros propios personajes, así como la relación que establecemos, tanto entre nosotras como con el público.

N: La obra podría resumirse en que Olga trata de explicarme a mí algo que yo no conozco, y, mientras, yo también intento explicarle a ella cosas que no sabe, y esto es algo que sigue pasando día a día, ¡da igual las funciones que llevemos! Siempre tiene que haber un poco de: «¡ay, Dios mío, ¿y ahora qué viene? ¿Esto qué era?», como empezando de cero, siendo consciente de que hay días buenos, días malos y días en que te olvidas por completo de a qué venías; pero todos son apasionantes.

O: Es una obra que seguimos explicando y entendiendo con total honestidad en cada función.

P: Al comienzo del espectáculo, cuando se presenta al personaje de Olga, se dice que el teatro es el lugar ideal para llevar a cabo determinados actos de reafirmación personal, corporal o incluso terapias -de las que ya hablaremos más adelante-, pues en él se devuelve «con el cuerpo lo que al cuerpo le quitaron». Frente a las ideas, la teoría, la reflexión, la política, ¿por qué conviene recordar que los humanos somos seres corporales?

O: Bueno, es algo que tiene muchísima vida, ¿no? Efectivamente, la idea de «devolverle al cuerpo lo que al cuerpo le quitaron» tiene una parte literal, vinculada a mi propia historia como mujer, y vinculada a las mutilaciones y agresiones concretas que he ido sufrido por tener un cuerpo; pero, a la vez, es un lugar de experiencia compartida, y no solamente de onanismo intelectual, como dices. El teatro no es un espacio teórico, sino donde los cuerpos se juntan y hacen de la experiencia algo más trascendente y realmente compartido.

N: Además, Olga siempre dice que para acceder a la gente, y para liberarla, hay que animarla a moverse, a hacer acciones concretas, a montar una fiesta; porque el movimiento genera una serie de efectos muy poderosos.

O: ¡Exacto! Más aún cuando nos damos cuenta de que en la sociedad actual estamos perdiendo esa corporalidad. Y es que es en el cuerpo donde está la vida, no en la cabeza.

P: Son tres los motivos que llevan a Olga -y, por tanto, a Nerea, que la apoya- a atreverse a subir a un escenario: la verdad, la justicia y la belleza. ¿Sois de las que piensan que la política, además de ética, debe ser estética?

N: Sí, bueno, lo hemos visto súper claro ahora en las últimas elecciones, donde no triunfaron ni las propuestas, ni los datos, ni los programas. Ha doblado sus votos un partido que llevaba el mismo programa para Madrid que para Teruel; pues eso es estética, eso es relato, eslogan, emoción… cosas a las que no se acceden a través de la razón, precisamente.

O: Así es: el punto de partida platónico de verdad, justicia, belleza es utópico, pero es un horizonte al que deberíamos tender como sociedad, y es al que nosotras aspiramos en la obra.

P: ¿Son las tablas, entonces, un buen espacio para pelear por esos valores?

O: Es que es uno de los pocos lugares donde aún podemos llevar a cabo prácticas ritualizadas, con todo el poder que tiene el ritual, precisamente. Por eso Nerea trata -muy convenientemente- el tema de los mitos, que también consiguen generar un relato compartido. Al fin y al cabo, el teatro es un lugar donde se puede suceder; y ojalá se pudiera suceder en otros muchos lados, como en la política, ¿no? Ojalá los mitos compartidos pudieran ayudarnos a conformar una comunidad.

N: Por si fuera poco, el teatro tiene algo único, mágico, y es que lo que sucede, sucede ahí y ya no se repite más. Cada día es distinto, cada día estamos distintas nosotras, cada día está distinto el público; lo que pasa solo se puede ver ahí. Y la gente está de verdad, está pendiente de todo lo que ocurre. Ni pegada al móvil, ni pensando en lo que va a pasar después, o en lo que ha pasado antes: están en el presente. Claro, eso es un ritual. O sea, están en el presente, compartiendo algo que están llevando a cabo otras personas, físicamente, delante de ellas y de un modo irreversible.

Cartel de ‘Cómo hemos llegado hasta aquí’.

P: Volviendo al símil entre política y teatro: ambas son cuestiones emocionales y colectivas, ¿verdad? No en balde, en un momento de la obra Nerea comenta que su objetivo es «emocionar para movilizar» a los demás, a quienes describe, por cierto, como su «hábitat natural». En la sinopsis de la que antes hablábamos también se menciona un objetivo comunitario, que pasa por dejar de preguntarse «¿Cómo he llegado hasta aquí?» para empezar a conjugar la pregunta de un modo inclusivo, plural: «¿Cómo hemos llegado […]?». En este sentido, ¿cuál es la importancia de abandonar el individualismo y las luchas por separado? Y, claro, ¿cómo lograrlo?

N: Nosotras lo intentamos cada una a su manera. Y por lo menos somos dos personas que lo intentan. Yo, dando la charla, y Olga, buscando justicia y abriéndose por completo al público, tomando el control cuando yo me rindo y poniéndonos a todos a bailar, a cantar, a querernos y a abrazarnos.

O: Lo que al final queremos las dos, y lo que quiere la obra, en general, es una apertura al otro. Y no podemos lograr esa colectivización si no empezamos por abrirnos nosotros. Una manera de hacerlo es la emoción, otra es discursiva, otra, los mitos, y otra es cantar, o bailar; pero, en el fondo, la única solución pasa por abrir una grieta en la que entre algo de luz, por mucho que duela. Nosotras lo decimos, que hay mucho odio, mucho miedo; pero, aun así, la única manera es abrirse a los demás y buscar un objetivo común.

N: De hecho, a mí la parte que más me gusta de la obra, y en la que siempre me río aunque la haya escuchado mil veces, es cuando Olga dice: yo soy la primera a la que vosotros me dais muchísimo miedo, y a la mitad probablemente os odie. Joder… Es que nos caemos fatal, a lo mejor, pero aquí estamos, así que vamos a hacer algo; porque ahora mismo estamos compartiendo espacio y sois mi responsabilidad.

P: Lo que está claro es que existen problemas que nos afectan a (casi) todos por igual, y uno de los más grandes es el que tiene que ver con el trabajo, la precariedad y la doble -e interminable- jornada laboral que nos divide el día en aquellas actividades que realizamos para ganarnos el sustento, pero sin ganas; y aquellas otras que hacemos gratis en pos de nuestra realización personal, que son las que terminan originando canas, ojeras y ansiedad. ¿En qué momento permitimos que el trabajo ocupara el centro de nuestras vidas?

N: Uf, pues en el momento en el que estamos solos y el dinero es lo que media casi todas las relaciones, ¿no? Incluso la propia identidad. Es que el trabajo ya ha perdido la relación con el dinero. Ahora se encuentra mucho más relacionado con lo identitario, de hecho; ¡y por eso hay muchas cosas que hacemos gratis! Para hacernos con un capital que no es económico, sino social; por ganar en puntos de identidad. Y, claro, ya no hay escapatoria: lo hemos dejado entrar hasta el tuétano, y no podemos hacer casi nada para evitarlo.

O: Sí, bueno, tiene que ver con la identidad y con la realización, que es palabra muy antigua y muy bonita, por cierto. Y es que, cuando el trabajo no te está dando ni satisfacción ni felicidad, necesitas encontrar otra manera de sublimar tu esencia como ser humano estableciendo, o bien un tiempo extra, o bien una vida paralela que desempeñe otro tipo de actividad.

P: Sobre el trabajo, también reflexionáis acerca del talento y la mediocridad, y me gustaría preguntaros al respecto. Porque nadie duda de que, a día de hoy, ambos conceptos encuentren un nexo de unión -patriarcal- muy concreto, pero ¿no creéis que estamos poco a poco invirtiendo el proceso? Tal y como defendían Begoña Gómez y Noelia Ramírez en una de sus intervenciones en ‘Amiga date cuenta’, del podcast Tardeo, ¿no será la mediocridad bien entendida -y el goblin mode– la nueva meta? ¿No será peligroso aludir constantemente a la mal entendida zona de confort?

N: Mira, la obra trata, precisamente, de una persona que ha estado fuera de su zona de confort a la fuerza, constantemente; y de otra que también vive exiliada de ahí porque se encuentra en un espacio de espectáculo perpetuo. ¡Y estarían muy bien tranquilas y a gusto, eh! Siempre y cuando la comodidad fuera posible.

Por desgracia, en un sistema tan injusto como el nuestro, o bien estás incómodo, o bien fuera de la zona de confort a cada rato. ¡Si es que basta con pararse a pensar un minuto para sentirse desplazado! Respecto a la mediocridad, diría que es imposible que exista sin un juicio de mediocridad previo, en el que las aspiraciones más locas, incómodas e impuestas cobran vida.

O: Yo estoy muy a favor del fracaso, y el fracaso también está muy a favor de mí [risas]. Y cuando en el mundo se maneja una idea de éxito o de talento como la que tenemos -que es de ciencia ficción, vaya-, el fracaso se vuelve subversivo.

N: Es que vivimos en un mundo de gilipollas, también te digo [risas]. O sea, cuando oyes hablar del triunfo de cierta gente, dices ¡ah, pero cómo va a ser esta mierda que me estás vendiendo de mindfulness, levantarse temprano, hacer un listado de todas las tareas y llamadas que tienes que hacer a lo largo del día, etc. vivir bien! Es que no, es imposible: planteamos un concepto de éxito profundamente anticuado y mal planteado.

O: Y es desde los márgenes desde donde se podrían plantear otras alternativas, precisamente.

Cartel de ‘Cómo hemos llegado hasta aquí’.

P: Desde luego, hay determinados asuntos que es mejor tratar desde el humor y la ironía, ¿no? Por muy graves que luego resulten en nuestra cotidianidad. En la obra, por ejemplo, habláis de la necesidad que tenemos de disfrazarnos y de afrontar cada circunstancia con un traje distinto para sobrevivirlas, permitiendo generar así -y según vuestras propias palabras- «trampantojos de bienestar». ¿Diríais que funciona de este modo la comedia? ¿Qué otros disfraces solemos usar en nuestro día a día?

N: El momento del disfraz, que es un pequeño monólogo dentro de la obra, viene de una anécdota que me contó un amigo, que una vez fue a unas oficinas y le resultó imposible distinguir a las becarias de las jefas, pues todas vestían igual; y yo pensé: hostias, claro, porque hay ropa de cuatro euros -o de siete, si prefieres-, fabricada en condiciones imposibles, sí, que hace que nos camuflemos perfectamente. O sea, que a primera vista tú no sabes quién puede estar bajo unas condiciones de precariedad absolutas -o en el límite de la pobreza, incluso- y quién vive de un modo desahogado. Y eso pasa. O sea, todos estamos disfrazados de clase media, cuando en el fondo hay muchísima gente está a dos sueldos de la pobreza. Para mí, ese es el gran disfraz de nuestro tiempo, sin duda. Luego hay otros muchos, claro. O sea, Olga se hace un drag, se disfraza de chica, de alguna manera, en las fotos que se proyectan por detrás; pasa por el gran disfraz de la cirugía; no sé, es que hay mil maneras de entenderlo, pero la de esa frase, la del «trampantojo de bienestar», tiene que ver con el disfraz de clase media, el disfraz del que yo misma soy parte, eh, tratando de alcanzar, así, la comodidad de la que hablábamos antes. Y es que, además, ¿cómo vamos a evaluar el tamaño de la miseria de un sitio en el que la gente que la padece no lo parece?

O: Y esa proyección constante, siempre hacia fuera, evita que en muchas ocasiones se dé una reflexión adecuada, o que nos concentremos en otras cosas que no están en el disfraz, que no están en lo que proyectamos, queremos ser o parecer.

También hablabas de la comedia. En el fondo, lo que siempre decimos Nerea y yo es que la comedia, el humor es la forma que tenemos de encontrar la grieta que habita en nosotras mismas y en los demás, y que nos permite relajarnos.

P: Recuerdo que en su momento me llamó la atención un estudio publicado por la Revista Clínica Española que abordaba la risa desde una perspectiva de género, y que concluía, entre otras muchas cosas, que las mujeres preferían que las hicieran reír, mientras que los hombres disfrutaban cuando quienes apreciaban su sentido del humor era el resto. ¿No pensáis que esto explica mucha cosas -incluso fuera de contexto-?

O: Bueno, es una conclusión claramente narcisista por parte de los hombres, y que me parece falsa en su planteamiento. Verás, no creo que la risa sea necesariamente un elemento exhibicionista -en exclusiva, al menos-, sino una manera de vulnerabilidad compartida, sobre todo en el momento en que dejas de tomarte demasiado en serio a ti misma -y a los demás-.

N: Eso es. Es que, claro, entender el reír y el hacer reír, ¡guau! Como si fuera la canción de Rosalía: ¿eres de los que pimpean o te pimpean a ti? La risa es algo compartido. Sea como sea, no me extraña nada el dato, la verdad; porque hacer reír es ponerte en una posición de seguridad muy grande. O sea, ser cómica es estar en una situación de comodidad, de juego, de ponerte en ridículo a ti misma; y para eso hace falta estar muy segura. ¿Qué ocurre? Que el acceso a esos lugares ha sido muchísimo más limitado para las mujeres. ¡Y no es que seamos menos graciosas! O que nos apetezca menos hacer reír, sino que para nosotras es un lugar de riesgo. Para los hombres no; para los hombres es otro sitio más de poder.

También ocurre que hay un millón de maneras de reírse, y un millón de maneras de hacer reír. Puedes provocar una carcajada fingiendo que te caes, o estando serio y solemne, como Eugenio. Puedes hacer reír mediante la burla y puedes hacer reír mediante la ternura. No sé, es un asunto complejo; el humor, en general. Y eso es lo más bonito. Y también lo más cruel, ya que a veces sirve para una cosa, pero también para la contraria.

O: Sí, el humor puede significar una forma de coraza o puede significar todo lo contrario, una forma de apertura. En cualquier caso, bien utilizado es una posibilidad de conexión, y una alarde de inteligencia.

P: En la obra habláis de la conocida -y autodenominada- como gente normal, y decís que la normalidad no es algo que esté bien por sí mismo, sino que es algo a lo que nos hemos terminado acostumbrando. A este respecto, Pasolini escribía en sus Cartas Luteranas que «la tolerancia es una forma más refinada de la condena». ¿Estáis de acuerdo?

N: Absolutamente. Tolerar me parece la forma más cutre de convivir, la verdad. De las peores. Es que ni siquiera significa comprender, es acostumbrarse a no haber comprendido. Y es una pena lo extendido que está, tanto en la normalidad como en los discursos normalizadores. Lo que hay que aprender es a convivir.

O: Además, es como una postura inmovilista, ¿no? Como que evita la posibilidad de acción. Como lesbiana te digo que las personas que hemos vivido siempre con esa palabra cerca -tolerancia-, de alguna manera nos hemos sentido frenadas. Porque yo no quiero tolerar, yo quiero cambiar las cosas.

N: ¡Ni quiero que me toleren! [risas].

P: Por último, y haciendo alusión al nombre de la revista, ¿creéis, como planteaba Karl Popper en su famosa paradoja, que hay que tolerar a los intolerantes?

N: No se les puede eliminar, eso está claro; aunque es verdad que les estamos tolerando demasiado.

O: Yo creo que hay que darles popper, la verdad; del que somos muy partidarias [risas]. Quizá si gaseásemos a todos los intolerantes con un poco de popper encontraríamos la solución adecuada.

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