Llueve en Madrid, la calle empedrada brilla y huele a café caliente. Carmen [Peña] (Almería, 1994) es la primera en llegar. Lo hace con unos apuntes bajo el brazo y mirando el reloj. Está terminando la carrera de Psicología y el tiempo le apremia para estudiar. Nos sentamos en un rinconcito y esperamos hablando sobre los edificios que rodean los jardines de Las Vistillas. Tras el cristal, a los pocos minutos, Héctor [Juezas] (Valencia, 1994) sonríe con sus ojos claros desde la esquina. Llega directo desde Valencia con la mochila y la ilusión a cuestas por el nuevo proyecto que ha comenzado. Las paredes de ladrillo visto, cubiertas de pinturas y láminas del Sistema Café, parecen crear una burbuja en este día gris de enero. Con algo de retraso, y nervioso con su bicicleta y la gorra mojada, aparece Juanpe [Avomo] (Alicante, 1999). Nos abraza con su habitual energía, y en voz baja confiesa que esta noche tiene una cita importante con el director y el reparto de su última serie.
Nos sentamos en un rincón. Héctor revisa en su abrigo que no ha olvidado nada en Valencia y Carmen aparta los apuntes como para aliviarse de ellos durante un rato. Sonríen al verse, comparten ilusiones por un camino que llevan recorriendo desde hace años, por una vocación que coinciden en describir como un «impulso para continuar, a pesar de las dificultades y las malas épocas». Carmen da un sorbo a la taza y empieza a hablarnos de cuando era niña, de sus juegos creando personajes para meterse en otra realidad. De cómo con apenas diez años quedó prendada con Kate Winslet en Titanic y algo en su interior cambió. En su casa siempre había estado presente el cine, ya que su padre trabajaba como cámara de Canal Sur. Apunta que, cuando llegó el momento de decantarse por la profesión, su madre la animó a que se formara para tener unos pilares sobre los que emprender «el viaje», y, tal vez —apunta mirando de reojo y con media sonrisa—, ahora es posible que se arrepienta de aquella conversación.

Marrano, un cuento de la Inquisición (La Percha teatro).
Cantante en La Peña Jazz.
Centro Dramático Nacional, Tres sombreros de copa.
Mi abuelo y yo (Carmen Peña).
Profesora en laboratorio Layton.
Diversos cortos, videoclips y publicidad.
Juanpe se coloca la gorra y confiesa que él quería ser futbolista, como la mayoría de los niños de su barrio alicantino. Le gustaba llamar la atención, ser inquieto y buscar otros personajes en los que meterse, como las grandes estrellas del momento. Sin embargo, dice que su etapa en Granada lo cambia todo. Aquella ciudad mágica transformó su manera de ver el mundo y le hizo encontrarse a sí mismo. Allí percibe, quizás sin saberlo del todo, que quiere ser actor.
Héctor observa pensativo, tocándose el cabello teñido por exigencias de un papel. Desde niño se ha dedicado al mundo de la interpretación, ha realizado anuncios, ha hecho teatro con apenas seis años y se ha sumergido en platós y escenarios. Nunca fue bueno en los estudios, por lo que aquellos primeros acercamientos de infancia le transportaban a otro universo, donde vive, en primera persona, todo lo que, además, también absorbe en un hogar donde el cine y los grandes clásicos estuvieron siempre presentes.
Por un momento, el silencio llega a nuestro rincón; a pesar del ajetreo que se percibe en el café. La infancia siempre produce ese viaje a uno mismo, donde los sueños siguen siendo inalterados. «Cuando eres adulto todo cambia», apunta Héctor, haciendo que los demás regresen a la mesa; es entonces cuando la realidad se pone de frente. La «lucha constante», que dice Carmen, la capacidad para cultivar la paciencia y coger impulso cuando los buenos momentos aparecen. «Si alguna vez llegara el amargo punto de dejarlo, quisiera ser libre para tomar esa decisión tan rotunda». Héctor la contradice: cree que es imposible dejarlo porque va más allá; es un carácter, un estilo de vida. Cuando tu personalidad te impide estar siempre en un mismo lugar, con unas mismas rutinas, la pena te carcome. «Ser actor», dice con firmeza mirando al frente, «es perfecto para mi manera de entender el mundo».

La Ruta (Atresplayer).
Valenciana (Atresplayer).
Capitanes (Inaudita Films).
Vestidas de azul (Atresplayer).
Juanpe ha estado callado. Escucha a sus compañeros con la mano sobre el mentón, bebiendo café para solventar el frío del trayecto en bicicleta. Piensa que ahora está cambiando el panorama: las plataformas han dado nuevas oportunidades a nuevas caras. La razón no tarda en dársela Héctor, que compara las plataformas —y el cine en general— con el fútbol. No todos los jugadores llegan a primera división o a jugar un Mundial, pero hay muchos equipos que también dan trabajo y desarrollan carreras. La réplica la pone Carmen, que opina que no hay tantas oportunidades, que, por ejemplo, el Teatro Nacional sigue sin hacer audiciones abiertas, y que a muchos colectivos se les siguen cerrando las puertas. «Cuando sales de la escuela de interpretación te enfrentas a la incertidumbre, y es la vocación lo que te salva, lo que te empuja hacia un panorama desconocido; incluso por encima de la presión familiar». «La familia», continúa Juanpe, «siempre está ahí, aunque es una balanza continua sobre tus hombros. Quieren lo mejor para ti, algo estable donde labrar un futuro». «¿Por qué no otra cosa?», ha oído decenas de veces entre los tabiques de su hogar. Pero, a pesar de ello, describe con viveza en sus ojos la emoción de su padre al verlo presentar la serie La ley del mar (RTVE), rodeado de actores de primer orden.
«A las nuevas generaciones, o a aquellos que busquen un hueco en esta carrera hay que advertirles de que van a sufrir», dice Héctor. Vuelve a comparar la profesión con el deporte, incluso con un animal doméstico que, sin saberlo, aparece en mitad de la selva: o lucha por sobrevivir o caerá. «Se necesita trabajar la fuerza mental», le dice Juanpe. Es algo que se aprende en el proceso. «Cuando llegan los proyectos tras una mala racha, lo anterior se olvida», comenta Carmen; «por eso es esencial cultivar la paciencia, la espera». «A veces he pasado por situaciones en las que no quería ver ni una sola película, olvidar el cine, la televisión», lamenta Héctor; «pero son etapas, hay que tener muy claro que la inestabilidad forma parte de esto».
La guitarra de Carlos Santana suena de fondo. Parece que la lluvia empieza a parar y Juanpe toma aire para hablar de los éxitos, que también llegan, incluso de forma inesperada. Tal vez lamenta no haber sido más precavido con las recompensas salariales, pero eso también lo enseñan los años. Pretende que su trabajo mejore y ser «reconocido, no famoso», apunta. Héctor vuelve a hablar del proyecto, de poder irse tranquilo a casa tras vaciarse. A veces, confiesa despeinándose el flequillo rubio, ha trabajado y no se ha ido tranquilo. El éxito, para él, es liberarse mientras actúa, «sea el papel que sea».
Carmen es concisa en este aspecto. El éxito, para ella, es poder dedicarse por entero a su vocación. Sus compañeros la miran y reflexionan, ¿quién tiene ese privilegio? ¿quién –o quiénes– pueden decir que no a los proyectos que le llegan? «Este trabajo no depende solo de ti», dice Héctor. «No somos pintores frente a un lienzo, lo compone un conglomerado de gente». «Hay veces que el proyecto no me gusta», dice; pero sigue siendo su pasión. En otras ocasiones, como en Capitanes (Inaudita Films), se conecta tanto que vuela. Carmen peina con los dedos su largo cabello y habla de que ella elige los proyectos, aunque sean sin retribución. Necesita «sentirlo». Si no, coincide con Héctor, se dedica a hacer otras cosas; escribe sus obras, visualiza escenas o trabaja ensayando en soledad. Juanpe habla de cultivar su fortaleza mental, de visualizar y llamar a la energía positiva. «Debes tener siempre claro que tras una extensa y amarga sequía siempre llega la tormenta, y hay que estar preparado». Carmen coge su mano y coincide con él. En las malas rachas, la creatividad florece. En la pandemia, nos explica, escribió sus propias obras y las estrenó en Almería con éxito.

La ley del mar (RTVE).
Zorras (Atresplayer).
Valeria (Netflix).
La sonrisa de Carmen cambia la dinámica. Incluso un tímido rayo de sol entra por la ventana alargando nuestras sombras en el suelo de la cafetería. Se habla de Madrid, de una ciudad que ofrece todo, pero que también castiga. De lo que supone abandonar las raíces por un «viaje», una vocación que late dentro. «En mi tierra», apunta Héctor –y los demás asienten–, «todo sigue igual. Hay gente que parece petrificada con el paso de los años. Todos hemos trabajado en muchos oficios diferentes, pero es que, además, somos –y lo dice despacio– actores». Los tres aman su tierra natal. Hablan de la infancia y la primera juventud. Carmen nos enseña una foto de su referente, su tía abuela Rafaela, y nos escribe en una servilleta lo que siempre le dice: «hagas lo que hagas, diviértete». No tienen intención de volver, aunque en sus lugares de origen son más reconocidos; pero saben que el sueño se cumple –o se difumina– entre las calles de Madrid.
Hablamos de cine, «del buen momento», indica Carmen, «que atraviesan las directoras españolas», como Carla Simón, Estibaliz Urresola o Elena Martín Gimeno. «Es una buena época para las historias de mujeres, y, a pesar de ello –dice entre risas– sigo buscando representante…». «El cine parece atravesar una buena etapa a nivel industria», apunta Héctor, «pero a nivel creativo ha bajado en los últimos años. Se escribe sobre cosas que se han visto, pero no vivido». «A pesar de ello, es una máquina enorme, con muchas –y nuevas posibilidades–», apunta Juanpe. «Antes era muy complicado trabajar, y ahora se han abierto otras ventanas».
La tarde se echa encima y comienza a oscurecer. Hablando de cine han ido pasando los minutos, y el gerente de la cafetería nos observa desde la barra. Somos los últimos, por lo que, tras dar por concluida la reunión, surge de forma espontánea una certeza de la buena energía que se ha creado, de lo que sienten cuando hablan de su vocación, de los éxitos y los fracasos, de los sueños que quedan y que obligan a seguir pedaleando a pesar de la niebla del camino. De pie, se abrazan y comentan los nuevos proyectos, los ensayos para casting y el trabajo para afrontar el día a día. Juanpe aparta su bicicleta y coloca un sillón junto a la pared. Se hacen unas fotografías para recordar que siempre, y a pesar de los diversos contextos, son actores.

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