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Pensar la muerte, escribir la vida

Si pensar (en) la muerte y tenerla más presente es algo que debemos promover –incluso el suicidio como realidad–, hacerlo por escrito puede ser el modo más coherente. Porque, en un última instancia, ¿acaso no se parecen?

¿Qué es el deseo de escribir? ¿De dónde viene esta necesidad de producir palabras y ponerlas en un texto para que un desconocido alcance a leerlo? Se ha escrito que quizá sea solo el deseo de trascendencia humano. El caso es que yo, que en mis ratos libres me dedico a comer libros, prometí un día escribir sobre el suicidio en un intento de comprometerme, por fin, a escribir. En parte por este sentimiento mío de vitalismo algo ingenuo, un concepto que me desconcertó en su día fue descubrir que la idea de autodestrucción está embebida en nuestros genes. Las células disponen de un mecanismo de suicidio al que se ha otorgado un nombre griego precioso: apoptosis o muerte celular programada. Este fenómeno es indispensable para posibilitar la diferenciación de los tejidos del organismo y hacer viable la vida tal y como la conocemos. Todos sabemos que estamos hechos de células por lo que, de alguna forma, estamos muriendo continuamente. Como dijo Eva Meijer:

«La muerte ya está en el cuerpo, mientras vivimos».

Leyendo, me obsesioné sin quererlo mientras me maravillaba aún más con el tema. Me he despertado pensando en la muerte y no he dejado de hacerlo hasta dormirme. He imaginado cómo sería mi suicidio, de qué forma acometería la tarea, si lo plantearía a mi familia y amigos, y cómo lo haría. ¿Dejaría nota final? Así, en compañía del creciente desconcierto que me producía lo que parecía una ―¿inútil?― fijación con la muerte, me acordé de unos versos de Charles Bukowski

«A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas».

Entonces pensé que, loca o muerta, al menos estaba en el buen camino ―aunque solo fuera para Bukowski―, pues era perentorio escribir. Y escribiendo estoy. Sin embargo, es bien sabido por los que invierten esfuerzo en estudiar lo tanatológico, que siendo médico o escritor tienes más posibilidades de suicidarte. Y que, siendo mujer, lo intentas más. Parece, sin embargo, paradójico ese deseo de trascendencia del escritor en contraposición a la angustia que los lleva a su destrucción, a darse muerte. ¿No estaban, destruyéndose antes de tiempo, limitando ese anhelo de proyección? ¿Por qué? Haciendo un ejercicio de abstracción en el sentido clínico, es decir, obviando la eutanasia por enfermedad psicofísica y el suicidio por enfermedad mental, ¿qué razón última impulsa a los escritores y, en última instancia a las personas, a la muerte voluntaria? ¿Podemos preguntarnos algo así? ¿Se puede hablar realmente de muerte voluntaria o debe remitirse todo a la enajenación?

Desde la Antigüedad, el suicidio ha ocupado innumerables páginas en el debate filosófico como una opción que el individuo ―siempre de facto, eso sí― podía elegir, si bien durante la Edad Media y, condicionado por un riguroso control social desde lo religioso, se asumía una omnipresente condena eterna que no encontró réplica hasta bien entrado el Siglo de las Luces. Ya en el siglo XIX, Emil Durkheim traslada el debate al campo sociológico que, con la tecnificación de las ciencias, terminará monopolizado por la religión del Occidente actual: la Medicina y, en definitiva, la Psiquiatría. Según esta disciplina científica, el 90 % de los suicidios se deben a causas médico-psiquiátricas ―se asume que la persona se ha dado muerte porque está enferma― pero ¿qué pasa con ese nada desdeñable 10 % restante? ¿Es realmente un 10 %? Como médicos, contamos con el deber de prevenir el suicidio, de disminuir las muertes, pero ese invisibilizado 10 % se nos difumina bajo la obligación sanitaria y social ―y el miedo legal― de “salvarlos” a todos

Siguiendo la estela de esas cifras, es obvio que la Psiquiatría no puede asumir que un 100 % de los suicidas son enfermos mentales ―por una mera cuestión estadística, ya que sería un disparate asegurar que se pueden identificar todos los casos―, y esto es algo que los clásicos ya pusieron en evidencia hace más de un siglo, cuando el suicidio dejó de lado lo social para formar parte de los dominios de la Medicina. Ramón Andrés cita a Karl Jaspers para aclarar este punto:

«Lo más sencillo parece ser admitir una enfermedad mental; (…) considerar loco a todo suicida. Entonces cesa la pregunta por los motivos; el problema del suicidio queda despachado poniéndolo fuera del mundo cuerdo».

El problema es que el texto tiene más de un siglo, y resulta llamativo cómo esa llamada a la reflexión mantiene su coherencia en un presente en el que la solución de continuidad de la Psiquiatría con la Filosofía está desangrando a la especialidad, ¿de verdad no hemos avanzado nada?

En un intento por reconducir el debate, Andrés insiste en que la predominancia de la patologización refuerza la idea de omnipotencia de la Medicina ―y yo añadiría, de los psiquiatras― dándose a entender que absolutamente todos los suicidios pueden ―y deben― evitarse. El deber es, cuando menos, cuestionable; mientras que la posibilidad es, siendo benévolos, incongruente. Por no hablar de la sensación un tanto desoladora de muchos psiquiatras en las maltrechas y deshumanizadas urgencias de los grandes hospitales, donde brilla por su ausencia el paciente como individuo y todo se reduce a programas de prevención vacíos, que pueden llegar a deshumanizar el cuidado hasta el punto de convertir la atención en un trámite, cuyo único objetivo consiste en evitar la muerte. Del sufrimiento hablamos luego. Así, cuando los argumentos de las personas no se pueden abordar desde lo médico, cuando no se da espacio al sufrimiento moral disculpable y cuando la defensa de la vida biológica se produce por encima de todas las formas, nos enfrentamos a contrasentidos sin alternativas que tenga sentido abordar clínicamente.

Especialmente en Europa occidental y América del Norte, hemos alcanzado un nivel de tecnificación y conocimientos médicos sin precedentes cuyos daños colaterales remiten a la preponderancia del sufrimiento mental en lo que al bienestar genérico de las personas se refiere. Dicho de otro modo, la salud mental está de moda, la hemos convertido en estandarte de la riqueza y la plenitud. Si la ciencia es ahora nuestro refugio, el lugar al que acudimos buscando respuestas ―nuestro Dios―, es lícito que el afligido, ante la perspectiva de adelantar su propia muerte, acuda al Psiquiatra para que se dictamine el grado de su locura. ¿Quién, sino el loco, contemplaría tal cosa? Pues bien, al contrario de lo que pudiera pensarse, la función del psiquiatra es continuar hablando de la muerte, porque, si algo ha quedado claro, es que el suicidio está embebido en nuestra humanidad. Sin dejar de lado la investigación clínica de calidad, la bioética y la reflexión filosófica ―indispensables para cualquier ejercicio médico, pero especialmente para el psiquiátrico― deben plantear formas de integrar los casos para no caer en el absurdo, a saber: ingresar, medicar y solucionar el pensamiento ―o evitar que el paciente hable de él, a base de convencerle de que pensarlo es patológico. Cuando se da cabida a un vitalismo a cualquier precio que condena a las personas a una realidad que no desean, cuestiono el valor de la vida en sí misma y los motivos por los cuales parece que ese debate está cerrado a discusión desde hace ya mucho tiempo. Marc Caellas, en su texto Notas de suicidio, refleja más crudamente lo que estoy intentando expresar:

«Al poder político, económico y religioso le interesa el miedo a la muerte, es una manera retorcida de atornillarte a una vida de mierda. Debería haber una asignatura sobre la muerte, ya desde la infancia. Aprender a vivir es aprender a morir».

Cuando se nos recuerda veladamente la pandemia de suicidios sin ofrecer alternativas aceptables y cuando se hacen más evidentes las desigualdades sociales que terminan siendo el detonante de muchas de esas muertes, me asombra lo poco que se habla del tema en los bares. Pensar, escribir y hablar sobre el asunto puede resultar vergonzoso o incluso tedioso, sobre todo si se plantea como una forma de reflexión sobre el ahora.

Pero ahora estamos muy ocupados con los reels. La línea filosófica retomada en la segunda mitad del siglo XX, con los existencialistas a la cabeza, parece haber quedado para el público general en un conjunto de frases que poner en las totebags de los modernos. El suicidio genera rechazo y miedo, y reconocer el absurdo en su sentido camuseano es desolador, pero revitaliza y alumbra, incluso aunque todo sigan siendo preguntas. La reflexión ayuda a vivir mejor y escribir es reflexionar, por lo que, volviendo la vista a las preguntas del principio, pienso que quizá sea esa la clave, pues también lo fue de otros muchos. Escribir para poder vivir o, como decía Emil Cioran, escribir para no golpearse. Escribir para morir mejor. Escribir en un intento de emular la inspiración que Emily Dickinson encontraba en aspectos tan góticos como estos, sobre los que proyectaba luz:

Me gusta un aspecto de Agonía,
Porque sé que es verdad —
Los Hombres no fingen Convulsiones,
Ni simulan Estertores —

Los Ojos se vidrian una vez — y eso es la Muerte —
Es imposible aparentar
Las cuentas de la Frente
Por la Angustia doméstica ensartadas.

Dickinson llama la atención en el poema sobre esa cosa única sobre la que estamos seguros, la certeza sobre la muerte, que nos afectará a todos. Encontraba consuelo en esas notas cosidas a sus faldas blancas que algún día millones leerían con admiración, reflexionando con ella sobre lo insondable. Escribiendo sobre ese abismo metafísico inescrutable ―que constituye una piedra angular de nuestra humanidad― nos obligamos al diálogo con el otro y con nosotros mismos, en lo que podría constituir un vehículo para el fomento de una conexión más fuerte y humana. 

Algunos me acusarán de diablo neoliberal, o de que las conclusiones en este texto brillan por su ausencia. Pretendo que podamos pensar ―nada cómodo para muchos―, poniendo la atención sobre unos interrogantes que forman parte de las personas y de sus circunstancias. No voy a resolverlos y sostengo que tampoco hay pretensión a ello pues, como planteo, la utopía última se constituye sobre la aspiración a un diálogo infinito ―en sus dimensiones formal y de contenido―, para poder vivir mejor en un mundo de progresiva incertidumbre, subjetividad y, por qué no decirlo, cada vez más soledad. Quizá esta sí, puede ser la forma de evitar algunas de esas muertes. Yo, mientras tanto, seguiré escribiendo, aspirando a encontrar respuestas cuando llegue mi óbito. Quizá la tanática creatividad me ayude a vivir mejor, a encontrar alternativas a la mera prolongación del sufrimiento por el miedo a la muerte o a sus maneras, algo que, paradójicamente, ya nos está enterrando en vida. Y tú, ¿piensas morirte?

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