El pasado 29 de mayo se publicó Micropolítica del amor. Deseo, capitalismo y patriarcado (Punto de Vista editores, 2024), un libro al que hemos dedicado más de cuatro años de estudio y trabajo. Después de la publicación, empiezan los trajines editoriales propios: organizar presentaciones, firmas, promoción del libro… Dentro de este trajín literario, una a veces se descubre yendo de un lado para otro demasiado rápido y a veces se sorprende entrando directamente al meollo del asunto sin pasar por los asuntos preliminares. Esto fue lo que nos pasó cuando, al salir de un encuentro informal, una amiga se acercó y nos dijo: «Me ha quedado todo bastante claro, y creo que estoy más o menos de acuerdo con vuestra tesis, pero ¿por qué hablar de ‘micropolítica del amor’ cuando hablamos de amor?» Tenía toda la razón: habíamos pasado demasiado rápido por las tesis principales del libro y nos habíamos olvidado de justificar el propio título. Con este artículo pretendemos saldar esta deuda y responder a por qué creemos necesario un estudio micropolítico sobre el amor y qué es esto de la micropolítica.
¿Qué es la micropolítica?
El término micropolítica se ha entendido tradicionalmente dentro de la teoría política de una forma etimológica (es decir, como micro-política). Entendida de esta manera, la micropolítica sería la política que se da a pequeña escala (en la escuela, en tal o cual grupo de personas, etc.). Es así, por ejemplo, cómo define el diccionario de Oxford el término micropolítica:
Política a pequeña escala o local; especialmente (el estudio de) los principios políticos que gobiernan o las cuestiones que surgen de las interacciones de un grupo social relativamente pequeño, un aspecto limitado de la conducta, etc., en lugar de la sociedad en su conjunto.
Según el mismo diccionario, la aparición de la palabra data de los años 50 del siglo pasado y se sitúa en la academia occidental. Sin embargo, en los años 70 y principios de los 80 —y después de la sedimentación del convulso y revulsivo mayo francés— empieza a manejarse otra acepción a este término. En esta nueva acepción, la micropolítica no se entiende como una mera reducción de la escala, sino como el estudio de todo un conjunto de dimensiones en las que lo político se juega de una forma distinta a los símbolos clásicos de la macropolítica (parlamento, gobierno, sindicato etc.). El Abecedario anagramático del Reina Sofía define el nuevo uso de la palabra de la siguiente forma:
Si la macropolítica hace referencia a la política que se produce en y desde los parlamentos, los gobiernos, los tribunales y la prensa; esta noción [micropolítica] hace referencia a cómo lo político también se produce en toda una serie de contextos, que teóricamente hasta finales de los años sesenta, habían sido excluidos de la política, por su exclusiva y supuesta pertenencia a la esfera privada: las relaciones sexuales, familiares, laborales, institucionales, clínicas o escolares. Muchos movimientos sociales y políticos, convencidos de que desde los contextos macropolíticos se carecía de poder real para la transformación social, empezaron a definir y a poner en práctica estrategias en intervenciones de carácter micropolítico en las prisiones, en los manicomios, en los hospitales, en las escuelas y en las familias.
Así, y desde esta nueva perspectiva, los lugares privilegiados clásicamente para hacer política (parlamento, instituciones, medios de comunicación, etc.) en realidad son un espejismo de relaciones de poder que fluyen por el resto de nuestra vida cotidiana. No es que no haya política en los parlamentos o en los periódicos, sino que su efecto político, su poder real, viene dado por toda una trama de subtexto, de dimensiones consideradas típicamente como privadas o a-políticas (como los deseos, la escuela, la familia, etc.) que, en realidad, sostienen lo visible de la política (el parlamento, el gobierno, la ley). Íñigo Errejón lo explicaba de esta forma en su entrevista con el filósofo Ernesto Castro:
Los Trump, los Bolsonaro, los Abascal, los Espinosa de los Monteros, las Le Pen no son outsiders, son personajes previamente legitimados —por ejemplo, en el mundo de la economía privada— que traen las mismas reglas de «Sálvese quien pueda», «El mundo es una jungla», «O pisas o te pisan»… La traen al campo de la política […]. Sus razones son razonables en la política (su forma de hablar, de comportarse) porque previamente el neoliberalismo las ha hecho razonables en todos los aspectos de la vida […]. La hegemonía neoliberal es hegemonía porque produce su propia subjetividad, produce sus propios seres humanos. Por eso, antes de que se abran las urnas ellos ya van ganando. Porque sólo tienen que pedirte que votes de acuerdo con los mismos valores con los que te comportas cuando vas por la autopista, cuando estás en el trabajo o cuando abres cualquier aplicación en el móvil.
Fue Félix Guattari el que teorizó principalmente sobre esta nueva concepción de la micropolítica. Reconoce el pensador francés que empezar un curso de Farmacia durante su juventud le dio a conocer la distinción molar/molecular tan usada en las ciencias biológicas. Guattari pensó que esa distinción podía ser tremendamente útil para analizar los fenómenos políticos. Así, típicamente hemos pensado que la política se jugaba en términos molares, en términos de grandes conjuntos de cosas, tales como la clase social (entendida como el conjunto de una multitud de obreros), el Estado (entendido como el conjunto de una multitud de ciudadanos) o la Ley (entendida como el conjunto de toda la legislación). Sin embargo, y esto es lo interesante para Guattari, también hay toda una dimensión política que recorre elementos moleculares; es decir, elementos tales como los flujos o las singularidades, elementos como los individuos mismos. Como reconocía Errejón, hay multitud de elementos individuales (valores, deseos y flujos) que están impregnados de política: la forma en la que conducimos o nuestros patrones de compra. Así todo, para Guattari pensar la política en términos únicamente molares (a partir de conceptos como el Estado o la Ley) no sólo es incompleto, sino que puede ser tremendamente confuso y equívoco porque desprecia todo un campo molecular atravesado igualmente por lo político y que tiene que ver con elementos individuales, como las relaciones en la escuela, en la fábrica, en el hospital o la formación del individuo mismo (subjetividad).
En conclusión, la micropolítica es el estudio del entrelazamiento entre lo molar y lo molecular. Es el estudio sobre cómo los sistemas políticos de dominación u otras categorías molares se insertan en la formación de la subjetividad de los distintos individuos, de los flujos que nos atraviesan, de los deseos que producen.
¿Y por qué el amor?
¿Por qué estudiar el amor? ¿Por qué hacer del amor un objeto de análisis? En primer lugar, creemos que es importante abordar reflexivamente el amor porque este, de una u otra manera, es central en nuestra experiencia cotidiana. En la sociedad en la que vivimos, el amor es una fuerza semi-divina a la que se apela constantemente para dar sentido a la existencia, para superar los mayores obstáculos o para equipararlo, incluso, con la felicidad. En palabras de bell hooks al principio de Todo sobre el amor (Paidós, 2021): «De niña tenía muy claro que la vida no valía la pena si el amor brillaba por su ausencia […]. Sin embargo, fue precisamente la falta de amor lo que me llevó a comprender lo importante que era».
Pero no solo el amor, sino que la pareja como estructura afectiva hegemónica ocupa hoy el escalón más alto dentro de la jerarquía social (y, por ende, personal). Por un lado, estar soltera se considera signo de fracaso y la vida adulta —con sus proyectos y ambiciones— está socialmente dibujada como un camino hacia la pareja y su ulterior desarrollo: la familia nuclear. Respecto a esta jerarquía relacional, nos parece muy elocuente la anécdota que cuenta Mari Luz Esteban en su libro Crítica del pensamiento amoroso (Bellaterra, 2011):
Escuché al otro lado del teléfono. Se celebraba el cumpleaños de una de la cuadrilla de la que me llamaba y esta había decidido, sin consultar previamente con la anfitriona, llevar a una amiga suya que se había presentado de improviso en su casa para pasar el fin de semana. Otra de las invitadas la había reprendido por no haberlo consultado antes. Mi amiga estaba indignada porque, argumentaba, si se hubiera tratado de una novia o un simple ligue, a nadie le hubiera parecido mal que apareciera acompañada.
De hecho, incluso dentro de movimientos disidentes con las formas clásicas de amar —y con la heterosexualidad vigente— la pareja ocupa todavía un lugar central. Como dice Javier Sáez en El amor es heterosexual:
Por el contrario, los bollos, las maricas e incluso los trans son mucho mejor digeridos y aceptados cuando tienen pareja […] y sobre todo cuando proclaman «su amor» […]. Como decía Foucault, lo que molesta al poder no son las relaciones homosexuales, sino la amistad […] Es decir, la posibilidad de crear redes de amigos, apoyos, afectos, solidaridades, difíciles de localizar, que escapan al control social y que van más allá del modelo binario individualista o liberal: «pareja-amor-matrimonio».
El amor es tan determinante en nuestra existencia que incluso en discursos que buscan rechazar la centralidad de la pareja y que buscan «normalizar» la soltería la respuesta sigue dentro del marco del amor. En esta línea, no es infrecuente escuchar en el debate público y cotidiano que, frente a la necesidad del amor del otro, por lo que tenemos que apostar es por amarnos nosotros mismos, es decir, cada uno a sí mismo.
Amor, amor y más amor. Si no es amor a otro, amor a uno y, si no, de vuelta con el amor al otro. Siempre amor, porque el amor es una dimensión central de nuestra existencia y nuestra sociedad se ha configurado alrededor de ella. Así es y así ha sido desde hace siglos en nuestra cultura occidental. Esta centralidad Esteban la llama «pensamiento amoroso» y se define, según ella, como «un conjunto articulado de símbolos, nociones y teorías en torno al amor, que permea todos los espacios sociales, también los institucionales, e influye directamente en las prácticas de la gente».
El aparente abandono reflexivo por parte de la teoría crítica con respecto al amor se conjuga en nuestra época con el auge de los estudios que buscan reducir el amor a fenómenos biológicos. Así, un estudio de Wallum y otros (publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences y citado por medio millar de científicos) sostiene que el gen avpr1a, receptor de la vasopresina, podría ser el «gen del amor». Según este estudio, habría una asociación significativa (en varones) entre las distintas variantes de ese gen y el grado de satisfacción marital (que ellos llaman partner bonding scale).
Mientras que los estudios científicos tratan al amor como un fenómeno natural, mensurable, biológico, nuestra socialización afectiva se lleva a cabo mediante infinidad de imágenes que pueblan nuestro imaginario colectivo provenientes de la industria cultural. Este sentido común sobre el tema se nos ha ido inoculando desde el cine, las series, la literatura del best-seller, el mundo de la música etc. Este imaginario social, alimentado por la industria cultural, dictamina —además de la naturaleza verdadera del amor— las bases de la idealización de la pareja como el único espacio donde es posible la construcción de la felicidad. Así, la pareja se erige como el nuevo sentido de nuestras vidas: la búsqueda de la felicidad solo se encuentra en la pareja (heterosexual), que desbanca toda religión o espiritualidad como donantes de sentido. La pareja como la nueva religión. Pero… ¿Qué pareja? la pareja monógama, por supuesto.
La micropolítica del amor
Dicho todo esto, la micropolítica del amor será, entonces, el estudio de la relación existente entre lógicas molares (capitalismo y patriarcado) y una lógica molecular determinada, en este caso del amor: las subjetividades amorosas, las relaciones de amor, cómo nos comportamos en el amor, qué expectativas hay, cómo nos configuramos como sujetos amantes o amados, deseantes o deseados, cómo se construyen nuestros flujos de deseo, etc.
Será el estudio crítico por el cuál las lógicas patriarcales y capitalistas configuran los cuerpos de las amantes. Si el capitalismo es un sistema biopolítico (no hablemos ya, por supuesto, del patriarcado), un sistema no meramente económico, sino también productivo, es decir, un sistema que crea los cuerpos consumistas que luego reprime en el mercado, entonces el estudio de la micropolítica del amor consistirá en el estudio crítico sobre las formas de amor que nos imponen estos cuerpos capitalistas y patriarcales. Porque no queremos solo el pan, sino también las rosas, no queremos acabar con el amor, sino ser capaces de imaginar otras formas de amar aquí y ahora. Formas que adelanten el reloj del tiempo y que nos acerquen más a la promesa que siente todo amante en algún momento de su enamoramiento: que el mundo podría ser un poco mejor y que merece la pena luchar por ello.
Micropolítica del amor (Punto de Vista editores, 2024)
El objetivo de este ensayo es examinar la imbricación entre el capitalismo, el patriarcado y el amor para culminar con la identificación de nuevas formas de relación y afecto entre las personas. Los autores, de forma lúcida, amena y documentada, nos proponen un recorrido histórico por los distintos tipos amorosos subrayando los cambios motivados por la situación sociopolítica de cada momento […].


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