En su último libro de relatos, No todo el mundo (Sexto Piso, 2023), a Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) le faltaron muy pocas situaciones amorosas por reconstruir, pero, de hacer una segunda parte, la intrahistoria que se esconde tras la confección de esta serie de entrevistas sobre literatura y relaciones podría resultarle inspiradora. Al fin y al cabo, mientras tanteaba el escenario, me he encontrado con: parejas que llevan su relación en secreto; otras, a las que San Valentín les ha dado siempre «un poco repelús»; y otras, incluso, a quienes el capitalismo salvaje –y las obligaciones laborales que acarrea– no les han dejado el tiempo suficiente como para atendernos y promulgar, así, las bondades de su amor.
Afortunadamente, Marta, que en No todo el mundo ideó a una protagonista que sabía que una relación «es una tarea diaria, que no solo hay que echar combustible al tren y dirigirlo, sino que poco menos que hay que construir los raíles, alzar puentes, horadar montañas», sí pudo hacerlo, y, además, presentarnos a su pareja –marido, de hecho–, Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), que también es escritor –como ella– y ducho en el amor. No en vano, uno de los personajes de su novela El cielo de Lima (Salto de Página, 2014) creía en lo siguiente: «el amor es un discurso, amigo mío, es un folletín, una novela, y si no se escribe en la cabeza, o en el papel, o donde sea, no existe, se queda a medias; no pasa de ser una sensación que se creyó sentimiento…»; y eso, amigos míos, sólo puede saberlo –o pensarlo, más bien– alguien a quien le gusta abandonarse al cariño, a la ternura y al placer de los enamorados. Así que allá vamos: a intentar plasmarlo todo en el papel, para que la «sensación» termine dando paso al «sentimiento».
PREGUNTA: ¿Cómo afecta la escritura a vuestra relación? Y viceversa: ¿cómo afecta vuestra relación a la escritura?
Marta: Creo que somos dos escritores para los que la escritura es algo muy importante e identitario, de modo que la escritura y la relación son vasos comunicantes que dialogan todo el tiempo. La escritura afecta a la relación porque, cuando sale bien, estamos más contentos, y cuando no sale, estamos más tristes y acudimos al otro a llorarle las desdichas de nuestro texto. Y la relación afecta en la escritura porque… dos que duermen sobre el mismo colchón se vuelven de la misma condición. Se nos pegan ideas, frases o cosas del otro sin ni siquiera ser muy conscientes de ello, creo. Y hay muchas ideas de autoría conjunta: surgieron en una conversación y ya no sabemos muy bien de quién son.
Juan: Por supuesto, todo cuanto la literatura tiene de gremial atraviesa nuestras conversaciones -«¿te has enterado de quién publica en mayo?»; «¿has visto quién ha ganado el Herralde?»; «¿a ti en el festival de Logroño cuánto te pagaron?»-, pero más importante aún es el modo en que la literatura empapa nuestra manera de ver el mundo, por separado y también como pareja. Sólo Marta y yo podemos decirnos, durante una mala experiencia, «si alguna vez escribes sobre esto, aprovecha este detalle». Y sólo el otro puede entender que tu estado de ánimo dependa de algo tan absurdo como si hoy lograste escribir o no.
P: ¿Escribís en pareja? ¿Tenéis en cuenta al otro a la hora de escribir –desde la petición de consejos, lecturas, hasta el respeto de ciertas rutinas ajenas, etc.–?
Marta: Si escribimos en pareja, rotundamente no. Cada uno escribe en su cuarto y, a menudo, en horas muy distintas del día. Juan se queda por la noche escribiendo y yo cada día madrugo más para escribir, las mañanas son mías y las noches son suyas (y no, no nos cruzamos de madrugada, jaja). Tenemos en cuenta al otro a la hora de escribir en todo, yo creo. Compartimos lecturas, nos pedimos consejos, le pedimos al otro que escuche la obsesión incesante y estéril en la que estamos sumergidos… y por supuesto, respetamos espacios y tiempos, y en esto creo que sí es útil que ambos seamos escritores. Sabemos muy bien lo que significa «hoy tengo que escribir» o «hoy quiero escribir» o, en un grado aún mayor, «hoy quiero encerrarme a escribir», y eso se respeta siempre.
Juan: Aunque la escritura por supuesto discurre por separado –ambos necesitamos mucha intimidad y soledad para crear–, no pocas veces escribimos espoleados por la crítica del otro, o por una conversación que ha resultado de algún modo fértil para hacer germinar las ideas. En ese sentido, yo soy más verbal que Marta: cada vez que tengo una nueva idea, me encanta discutirla con ella, en una especie de brainstorming que lentamente va transformando mi pensamiento inicial. Diría que Marta requiere de más maduración solitaria antes de llevarla al espacio de la conversación.

P: ¿Qué pensáis de la escritura de vuestra pareja? ¿Creéis que escribe mejor, que escribe peor…? ¿Estaríais con alguien que lo hiciera mal?
Marta: A mí me encanta cómo escribe Juan y no, no podría estar con alguien que me parezca que escribe mal. Pero, en realidad, no hablo en términos de escribir bien o escribir mal, para mí la cuestión es que yo necesito admirar a la persona con la que estoy. Admiro al Juan escritor, pero podría haber admirado a un Juan profesor de Historia, o a un Juan investigador… No es tanto el fetichismo de la escritura como la cuestión de la admiración. Y también vuelvo un poco a lo identitario que decía al principio: si somos, en gran medida, nuestros libros, si sus textos me parecieran simples, pobres o malos… ¿qué me parecería él, su mirada del mundo?
Juan: Para mí, el amor tiene mucho que ver con la admiración. Por supuesto, no tienes que admirar todo de la otra persona, pero me resultaría muy complicado amar a alguien que consagra su vida a algo que no me parece en algún punto admirable. En ese sentido, no sólo admiro los libros de Marta, sino también el proceso, las ideas y las preguntas que le lleva a escribirlos. No me pregunto si escribe mejor o peor que yo, como no me pregunto quién vive mejor de los dos, quién es más feliz o incluso quién disfruta más de un juego. Sé que para ambos la escritura es igualmente esencial en nuestras vidas, y eso es lo que importa.
P: En caso de que vuestra pareja escribiera algo regular –tirando a malo–, pero él / ella se mostrara entusiasmado / a, ¿se lo diríais? ¿Ha pasado?
Marta: Claro, constantemente, cuando algo no funciona nos lo decimos. Es más, yo le comparto los textos para que –tras señalar lo impactado que él ha quedado sin duda por mi brillante literatura–, les saque los errores y me ayude a mejorarlos. Pasa en las dos direcciones, a veces uno se muestra entusiasmado y resulta que lo que ha escrito se cae por todos lados, y a veces uno lo enseña pensando «no sé muy bien yo esto…» y sin embargo es la leche.
Juan: Efectivamente, no hace falta ponerlo en condicional: muy a menudo criticamos un texto del otro. Esos comentarios son expresados con el amor que nos tenemos como pareja, pero también desde el respeto que tenemos a nuestro oficio y lo mucho que esperamos del otro. Creo que exigimos del otro lo mejor, porque sabemos que eso es también lo que el otro se exige a sí mismo. Y es un acto de generosidad decir lo que el otro no desearía escuchar, aunque no siempre sea agradable. Por fortuna, muchas veces eso que tenemos que decir es así, agradable, y entonces el otro duda. «¿Seguro que me estás diciendo la verdad? ¿Seguro que te gusta?».
P: Por último, y escribiendo lo bien que escribís ambos , creéis, como decía Umbral, que «[si el amante] escribe bien es una maravilla, porque lo que uno está deseando en esta vida es acostarse con otro escritor»? -«acostarse» podría sustituirse por cualquier otro término asociado al deseo, aunque me interesa más esa idea de que sea, para vosotros, una «maravilla»–.
Marta y Juan: Creo que esto ya te lo hemos contestado, ¿no? [risa cómplice].

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