Entrevistas Literatura

Juan Gallego Benot y Pablo Caldera: «Si no me imagino no escribiendo, es porque no me imagino sin él»

¿Cómo le afecta a la escritura el amor? ¿Y el amor a la escritura? Acudimos a la pareja de autores Juan Gallego Benot (Sevilla, 1997) y Pablo Caldera (Madrid, 1997), primero, para planteárselo, y ya luego, para descubrirlo y corroborarlo.

Pablo Caldera (Madrid, 1997) y Juan Gallego Benot (Sevilla, 1997) son la pareja de autores –matrimonio, de hecho– cuyas dedicatorias cruzadas más han podido entusiasmarme a lo largo de la historia. Al comienzo de El fracaso de lo bello (La Caja Books, 2021), sin ir más lejos, el primero anotó: «A Benot, que me dio el título y lo contradice». Mientras que el segundo, en La ciudad sin imágenes (La Caja Books, 2023), igualaba la apuesta y devolvía el cumplido: «Para Pablo, que conoce mejor los caminos –y a pesar de ello acompaña mis desvíos–». Por eso, cuando quise armar un relato coral acerca de lo que une –¿o separa?– a una relación atravesada por la escritura –¿o a la escritura atravesada por una relación?–, no tuve la más mínima duda: quería preguntarles.

Por suerte, pude hacerlo. Es la segunda vez que hablo con ambos y, de verdad, no merezco todo el cariño –compartido– que me han brindado. Fijaos, lo único que he sido capaz de ofrecerles a cambio ha sido gestionar sus respuestas por separado, para que, al celebrar San Valentín, puedan encontrar, en las palabras del otro, un bonito regalo.

Eso sí: Benot me ha puesto sobre aviso, por si acaso, y me ha confesado que, justo antes de casarse, les hicieron una encuesta en el notario –como la de hoy– y casi no logran superarla, pues, debido a su «memoria horrible», la mitad de las respuestas no coincidieron («y las preguntas eran del tipo: «¿cuál fue el último sitio que visitasteis juntos?»). Sea como sea, la de hoy será mucho más fácil –y, si no, yo mismo me encargaré de volver a casarles–.

PREGUNTA: ¿Cómo afecta la escritura a vuestra relación?

Juan: Hay una serie de obsesiones que se despliegan en la escritura y que permean en la convivencia, aunque siento que Pablo es mucho menos acaparador en ese sentido. Cuando escribo / leo / veo algo que me emociona, puedo ser pesadísimo y reduzco todo a esa experiencia transformadora. Pablo es mucho más racional y entra con naturalidad en el mundo después de cerrar el libro o de ver los créditos de la película. En ocasiones (pocas) noto que introduce un nuevo argumento o tema porque está escribiendo algo y se apoya en ello, pero suele ser algo bastante sutil. Sin embargo, si a mí me ha maravillado una película de, no sé, Rossellini, voy a escribir veinte poemas de amores imposibles en la Italia de la posguerra y a plantear todos mis conflictos de las siguientes dos semanas a partir de «qué haría Ingrid Bergman en esta situación». Reconozco que puede ser algo insoportable, por inconstante.

Pablo: En nuestra relación, afecta la escritura, pero también la lectura –aunque la una está engarzada en la otra…–. Si bien odio la visión romántica (del cine francés) de la relación amorosa como paratexto, el historial de lecturas de cada uno habla por sí mismo: yo puedo acercarme a saber algo del otro a partir de lo que está leyendo, del género, del ritmo de lectura, del tiempo que le dedica… Quizás porque entra el juego el gusto, la lectura es más sintomática que la escritura. Para mí las lecturas del otro pertenecen al terreno de lo conocido pero incierto, mientras que su escritura se encajaría en lo incierto conocido. Por supuesto, me ilusiona más saber qué está escribiendo él que saber lo que lee, pero en la concurrencia entre ambas, lectura y escritura, se articula toda una poética íntima de lo ‘no–dicho’: lo sugerido, lo sublimado, lo callado… que mantiene tensionado el deseo (¡como debe ser!)

P: ¿Cómo afecta vuestra relación a la escritura?

Juan: Tengo muy mala memoria, pero los libros son útiles para atender a la evolución de la escritura. Oración en el huerto (Ediciones Hiperión, 2020) lo escribí antes de estar con Pablo (aunque lo publiqué iniciada ya nuestra relación, y uno de los poemas ¡escrito antes de conocerlo! se lo dediqué al publicarlo, porque Pablo completó su significado al entrar en mi vida). Los otros dos libros están muy marcados por una atención a la política que bebe directamente de nuestra relación; mi evolución ideológica desde una defensa estética del comunismo burgués gay —muy Oscar Wilde— hacia una atención más realista, poscolonial y antirracista tiene como fuente primera la figura de Pablo. Lo mismo sucede con mi interés por las artes visuales y, sobre todo, por el cine, que me tomo muy en serio sólo desde que lo conozco. En la escritura está todo esto: Las cañadas oscuras (Letraversal, 2023) no sería un libro tan político con sus condiciones estéticas y sobre el lugar de su enunciación, y La ciudad sin imágenes habría prestado bastante menos atención a la noción de habitar en común. En general, mi escritura desde que estoy con Pablo es menos solipsista, más generosa y menos conservadora. También tiene menos interés por los recursos populistas y estoy mucho más tranquilo si otras personas que querrían cosas más clásicas no me entienden o si no les gusta lo que hago ahora. Tengo a un lector enfrente del que me fío muchísimo, no me importa escribir principalmente para él.

Pablo: Como he caído en abstracciones difusas en mi anterior respuesta, intentaré ser prosaico: agradezco que la relación sea el catalizador de la escritura, y no al revés. Porque nunca colocaré a la escritura por encima de las relaciones humanas. Y porque en toda relación humana hay mucho de escritura. Empecé a escribir (o a creerme lo que escribía) por Juan y, si no me imagino no escribiendo, es porque no me imagino sin él. Luego está la cuestión de la confianza y la honestidad, esa elección del ‘primer lector’ que es tan importante y que sí está íntimamente vinculada a la relación. Un dramaturgo europeo podría imaginar conflictos increíblemente burgueses que orbitasen alrededor de la cuestión del celo en la escritura dentro de una relación de escritores, y razones históricas (patriarcales) no faltan para hacer de ello un tropo, pero en mi caso la franqueza es importante, y no supone grandes dramas (más allá de la decepción con uno mismo). Tampoco soy muy metódico en la rutina, así que la escritura no rompe ninguna expectativa común.

P: ¿Escribís en pareja? ¿Tenéis en cuenta al otro a la hora de escribir –desde la petición de consejos, lecturas, hasta el respeto de ciertas rutinas ajenas, etc.–?

Juan: Pobre Pablo, no creo que sea capaz de escribir una sola línea a mi lado. Soy inconstante, charlatán y no tengo la capacidad de estar más de veinte minutos sentado. Suelo dejarlo en casa, o a veces se va a cafés, y yo me voy a bibliotecas, donde me impongo cierta rutina y cierto orden con muchísimo esfuerzo. Gracias a eso, no me estresa llevar veinte asuntos a la vez e intento ayudarlo a no agobiarse (sé maximizar los pequeños momentos de concentración que me permite mi cabeza, puedo hacer mucho en poco tiempo y gestiono muy bien los picos de estrés). Pablo, por otro lado, se lo ha leído todo y lo ha visto todo (¡y se acuerda!) y a veces lo utilizo de ChatGPT: «¿cómo se llamaba esa película que vimos que me encantó y que luego comimos unos tortellini en el bar que está cerca del Reina Sofía?»; «¿Dónde dice Mark Fisher lo del fin del mundo y el capitalismo?»; «te dije que ya tenía final para el poema que estaba escribiendo: ¿cuál era que se me ha olvidado?». Sé que él necesita mucho tiempo para escribir e intento inventarme actividades silenciosas para dejarlo tranquilo, aunque a veces se me olvida en el proceso y tiene que suplicarme que deje de cantar por Amalia Rodrigues en el salón.

Juan y Pablo.

P: ¿Qué pensáis de la escritura de vuestra pareja? ¿Creéis que escribe mejor, creéis que escribe peor…? ¿Estaríais con alguien que lo hiciera mal?

Juan: Pablo es un escritor maravilloso. Es capaz de dar orden a asuntos muy diversos y, tal vez por su formación filosófica, tiene una capacidad asombrosa de superar cualquier contraargumento mientras escribe. En este sentido, sus textos de hace unos años son complejos a veces, porque buscan encapsular y avanzar cualquier crítica en el momento de su enunciación, algo que es imposible, pero requiere de un esfuerzo enorme y mucho autoanálisis. Su memoria enciclopédica y su capacidad de relación de conceptos le permiten hacer conexiones muy inteligentes y, algo que he ido descubriendo con el tiempo, es también capaz de justificar de forma racional algo que le interesa de forma irracional. Esta cuestión de la pasión, que gracias a Dios es bastante arbitraria, le ha dado un brío estupendo a su prosa en los últimos tiempos. Se puede ver en sus críticas en la revista Kaminker, que son cada vez más populares en el mejor sentido del término, y en las ideas que comenta sobre la novela que está escribiendo (y de la que aún no he leído ni una frase). Creo que la tesis doctoral tiene algo que ver con esto: el lenguaje académico es el mayor horror que se ha inventado y, cuando se termina la tesis, puedes haber quedado atrofiado para siempre por esas frases insulsas y atrapado en ese lenguaje ridículo o, por el contrario, puedes encontrarte totalmente liberado de la impostura. Creo que en la escritura reciente de Pablo se observa con facilidad esto último; y encima, su tesis es de las mejores cosas que se pueden hacer con el formato.

Pablo: Por suerte yo no sé escribir poesía, ni tengo interés en intentarlo después de varias ridículas incursiones adolescentes, y como la buena poesía requiere una pulcritud, una conciencia de la musicalidad y materialidad del lenguaje, un impulso lúdico y un despliegue léxico que yo no soy capaz de articular, no tengo ningún problema en defender que Juan escribe mucho mejor que yo.

P: En caso de que vuestra pareja escribiera algo regular –tirando a malo–, pero él se mostrara entusiasmado, ¿se lo diríais? ¿Ha pasado?

Juan: Cuando una persona escribe muy bien, y Pablo lo hace, es muy fácil leerlo y plantearle las dudas que te generan sus textos. Claro que mi principal motivación para leer algo de Pablo es porque lo ha escrito él y porque me gusta hablar con él de ese texto; al fin y al cabo los textos son también conversaciones, pero casi siempre suelo encontrarme con que el texto me gusta genuinamente y que esa conversación no es difícil, sino que pide ir mucho más lejos. Esto solo sucede cuando el escritor es bueno. Y cuando algo no me ha convencido (me sucede más en algunos textos de ficción suyos, como cuentos, en los que tengo una mirada más de editor), se lo digo y lo hablamos, claro. Tenemos un visión de la escritura bastante procesual, hacemos mil borradores y no nos cuesta nada corregir y revisarlos juntos —ese proceso sí lo hacemos a la par—. Desde muy pronto nos enviamos textos con el control de cambios activado, a mí me parece bastante romántico recibir un texto tuyo corregido por el otro. Tampoco se circunscribe a la pareja, claro, tanto él como yo enviamos nuestros textos a personas a las que admiramos y queremos para que nos los corrijan, y también esperamos recibir los suyos. Es cierto que en todos estos casos partimos de que los textos son generalmente buenos o, al menos, son de buenos escritores. También es cierto que Pablo no es muy duro corrigiendo, siempre termino mandándoles mis textos también a otros amigos que sí son capaces de destrozármelos o de indicarme que los mande a la papelera.

Pablo: Jamás destrozaría el entusiasmo de alguien. Sí lo matizaría, intentando no enturbiar demasiado el sentimiento. Hay algunos que creen que la demolición es el pretexto de las obras maestras. Puede que tengan razón, pero prefiero no hacer daño. No me he visto jamás en el caso de que mi pareja me presente algo absurdo o ilegible. Si sucediera, y al leerlo yo profetizase una suerte de fracaso social del texto, quizás sí se lo diría. Pero en la propia gestualidad de las reacciones al leer algo uno puede comprobar si eso produce entusiasmo o indiferencia: vuelvo a defender la intimidad como el espacio de lo no-dicho.

P: Y por último, y escribiendo lo bien que escribís ambos, creéis, como decía Umbral, que «[si el amante] escribe bien es una maravilla, porque lo que uno está deseando en esta vida es acostarse con otro escritor»? -«acostarse» podría sustituirse por cualquier otro término asociado al deseo, aunque me interesa más esa idea de que sea, para vosotros, una «maravilla», y saber por qué–.

Juan: En principio, no tengo ningún interés de acostarme con un escritor por escritor. Lo que sucede es que la seducción tiene muchas vías y, bueno, termina siendo inevitable que te guste alguien con quien compartes una serie de intereses o deseos. Tengo amigos a los que quiero mucho y a los que conocí, en primer lugar, por sus libros. La admiración es un elemento muy recurrente en mi forma de desear, con todo lo bueno y lo malo que implica. Y tengo que confesar que se me estropea un poco el romance si la persona que me gusta escribe muy mal, pero supongo que suele ir acompañado de otras cuestiones… Para mí, estar con Pablo es una maravilla, y claro que tendrá que ver con que escriba, pero no sé, que sea escritor no me parece que sea causa suficiente. También es una maravilla que piense muy bien y que sepa tanto de películas, pero tampoco lo quiero en primer lugar por cinéfilo ni por filósofo. No sé si lo quiero por las cosas que hace ni por sus cualidades, me suena un poco a lista de la compra querer así, ¿no? El amor es bastante más desordenado ¡y menos mal!

Pablo: Para mí es una maravilla poder conversar y discutir en torno a lecturas, eventos o cosas que nos pasan, y supongo que eso está asociado al escribir bien. Pero no sabría muy bien decirte qué viene antes (tampoco sé si es preciso establecer jerarquías así). No me atraen particularmente los escritores, y la historia de violencia que inherentemente arrastra el género masculino se desvela cuando un escritor se hace el sexy o no concibe separación entre su propia obra y su deseo sexual. Supongo que eso le pasaba Umbral y, aunque yo no me caracterice por el intento de desarrollar una «escritura gay», sí que creo que el escritor homosexual ha de evitar todo lo posible vincularse con el escritor macho.

Pablo y Juan.

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