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Marta Jiménez Serrano: «La literatura es un prisma desde el cual observamos y enfocamos la vida»

Gracias a 'Los nombres propios' (Sexto Piso, 2021), tuvimos la ocasión de charlar con Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) sobre la infancia, la escritura y la identidad.

Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) confiesa que en su primera novela, Los nombres propios (Sexto Piso, 2021), le ha hecho un homenaje explícito a su abuela materna, pero, en el fondo, también nos ha homenajeado al resto. No en vano, el modo en que se acerca a esos primeros años en que uno toma las riendas y empieza a forjar su identidad nos invita a recordar aspectos de nosotros mismos que creíamos olvidados en la universidad, en el instituto e incluso en la escuela. Porque «lo bueno de no tener quince años es que […]», y «lo malo de no tener quince años es que […]»; y aunque Marta lo confiese de un modo hermoso -y honesto- en las páginas finales de la obra, cada cual tiene que hacer su tarea. Por suerte, y en palabras de la narradora de esta obra excepcional y tierna -que es, de igual modo, tierna y excepcional-, «cuando se tiene la libertad de responder cualquier cosa, ninguna pregunta sienta mal»; y nosotros sólo esperamos haber estado a la altura de su estela.

PREGUNTA: Según la voz protagonista de Los nombres propios, «la vida es una sucesión de poner y quitar la mesa, de hacer y deshacer la cama». Del mismo modo, la escritura juega un papel importante, pues -también en palabras del personaje principal- nos ayuda a ser conscientes de nuestra presencia en ella, a ubicarnos -a ubicarla- e incluso a retenerla. Concretamente, ¿cuál es la relación que mantiene la literatura con la vida cotidiana?

RESPUESTA: Yo no sé si puede escribirse de otra cosa, la verdad; creo que hasta cuando escribimos sobre dragones y sobre mundos distópicos en el fondo seguimos escribiendo sobre lo mismo. Siendo así, la literatura es un prisma desde el cual observamos y enfocamos la vida.

A mí hay una frase que me gusta mucho de la historietista Lynda Barry que dice algo así como que ella no lee libros para huir de la realidad -que es lo que suele decirse en muchas ocasiones-, sino para enfrentarla y entenderla. A mi modo de ver, tanto leer como escribir son, efectivamente, modos de estar en el mundo. Luego es verdad que se puede escribir desde múltiples lugares, y, en cierto sentido, hacerlo nos ayuda a capturarlos, a digerirlos, a ordenarlos. En el fondo, es imposible retener las cosas por completo, pero la literatura implica un gran intento, como la fotografía o las radiografías, pero de un modo mucho más sensible y menos visual.

P: Ana María Matute sostenía que «una siempre tiene más recuerdos de la niñez que de la adultez. La infancia es más larga que la vida». En tu caso, ¿has conseguido alargar la tuya un poquito más mediante la construcción de la novela?

R: Yo creo que lo que tiene Los nombres propios es, precisamente, un enfoque muy psicológico acerca de las cosas que nos pasan, de las consecuencias que tienen en nuestro carácter o de cómo se relacionan entre sí. Solemos tener la idea de que la vida es secuencial y de que todas nuestras acciones, llegadas al final, se extinguen; pero yo creo que todo lo que hacemos tiene consecuencias, y que es en la infancia donde se encuentra el germen de todo lo demás. Al fin y al cabo, en la infancia ya somos nosotros mismos y todo lo que nos ocurra entonces empezará a producir efectos.

Esto no quiere decir que una quede determinada de por vida, o que más tarde no pueda despegarse de lo que un día fue, pero sí que es verdad que la niñez es el auténtico punto de partida. De este modo, yo creo que mi novela es una reflexión sobre la identidad, y la identidad es algo que empieza a configurarse necesariamente en la infancia.

P: En uno de los capítulos centrales de la obra explicas que «para ti el mundo lo han inventado tus padres y, definitivamente, lo han inventado mal». Evidentemente, el mundo se levanta en la niñez, pero se derriba un poco más tarde, en la adolescencia. ¿Es entonces cuando realmente empezamos a ser conscientes de quiénes somos y de lo que hay a nuestro alrededor?

R: Son las fases naturales, ¿no? Cuando eres pequeño asumes el mundo de tus padres, en la adolescencia te rebelas contra él y ya más tarde es cuando descubres que en el fondo ellos estaban tan perdidos como tú, que tampoco habían inventado el mundo, sino que también a ellos se lo dieron casi todo hecho. En ese sentido, la identidad se va configurando al mismo tiempo que la aceptación: a lo que hay, a lo que viene, a lo que normalmente debemos asumir. El adolescente, sin embargo, antes de aceptar el statu quo siente la vanidad de pensar que está construyendo el mundo desde cero. Evidentemente, nuestro margen de actuación es importante, pero para muchas cosas debemos de ser conscientes de cuál es nuestro auténtico alcance.

P: Describes la ansiedad, precisamente, como una sensación de «querer controlar el futuro», de «vivir siempre un paso más allá, vivir en ese lugar que aún no ha llegado». La escritora chilena Paulina Flores, por ejemplo, nos contaba que a ella le ayudaba mucho a escribir, pues estar ansiosa la ayudaba a «pensar en un millón de posibilidades distintas para un mismo problema». ¿A ti cómo te afecta?

R: Yo todavía no le he visto las ventajas a la ansiedad, la verdad [risas]. De hecho, si estoy muy ansiosa no puedo escribir. Intento llevarme bien con ella para que me trate del mejor modo posible, pero resulta que para mí escribir implica encontrarme con el momento presente, estar absolutamente concentrada en la escritura; y como la ansiedad supone vivir un paso por delante, más allá, a mí no me sirve de nada: al contrario, me disocia, hace que me cueste mucho elaborar un párrafo. Sí que me ocurre un poco al revés: si consigo ponerme, la escritura me ayuda a huir de esa ansiedad, pero en el fondo no le encuentro nada positivo.

P: En Los nombres propios se tratan muchos asuntos que son entendidos como problemas generacionales. ¿Sería la ansiedad uno de ellos?

R: Pues, fíjate, yo creo que no. Sin lugar a dudas es un problema que nos afecta actualmente, que viene derivado de muchas de las dinámicas de la vida moderna, pero no me parece que sea generacional. Lo que ocurre es que muchas personas de mi generación la están asumiendo, la están nombrando y la están tratando, y por eso parece que sea un asunto de ahora. Sin embargo, yo conozco a mucha gente de otras generaciones que tiene una ansiedad de caballo, lo que pasa es que quizá nunca lo han llamado así o nunca antes habían intentado resolverla. Sí que creo que es algo que está muy vinculado al mundo de hoy, a los muchos estímulos que recibimos, pero no creo que sea exclusivo de esta generación.

P: ¿Y la precariedad laboral? En tu novela la sufren algunos de los personajes, tras graduarse en la universidad y tener problemas para conseguir un empleo medianamente acorde a sus aspiraciones…

R: El problema -y esto sí que es generacional- es que la precariedad ha tocado todos los campos, no sólo el artístico. Yo he tenido muchísimos trabajos precarios, muchas falsas becas, muchas falsas prácticas y mil historias similares; y como yo, todos mis amigos. Porque los trabajos artísticos llevan siendo precarios mucho tiempo, pero el problema es que ahora lo sufrimos en todas partes.

Yo creo que gratis no he trabajado nunca, por suerte; pero lo que sí que me ha pasado ha sido tener que trabajar por poquísimo dinero -y que por consiguiente éste no me diera para nada-, y lo que recuerdo es que todo esto se empezó a agravar con el paso del tiempo. Al fin y al cabo, cuando uno acaba de salir de la carrera no le importa coger un trabajo que sea un poquito peor de lo esperado, pues entiende que no al no tener experiencia es un precio a pagar; lo que pasa luego es que con veintiocho o veintinueve años te das cuenta de que sigues trabajando como becaria, y de que en realidad los becarios son un tercio de la plantilla, están más formados que sus jefes y además están haciendo el grueso del trabajo, y eso no puede ser… El problema de la precariedad es que mejorar las cosas no depende sólo de ti; de repente tienes que tener suerte, aguantar… y es lo que nos ha tocado vivir a muchos.

P: En la novela afirmas que «escribir y limpiar se parecen mucho: ambas consisten en sacar la mierda» y «se hacen por una mezcla rara de inercia y de necesidad». Realmente, ¿hasta dónde es capaz de llegar el paralelismo?

R: Era un modo de vincular las dos tareas principales de la abuela y de la nieta que aparecen en la obra. En ella, la abuela se ha dedicado a lo doméstico toda la vida, que es una tarea que ha acometido sola, cuando ha podido y que nadie ha valorado; al contrario: a todo el mundo le parecía una tarea muy sencilla, pero muy pocos la ayudaban. En el caso de la nieta, que es más urbana e intelectual, lo que realmente le sucede es algo parecido: al fin y al cabo, la escritura tampoco está muy bien valorada socialmente, ni bien remunerada ni tiene a multitudes detrás, ¿no?

P: Y hablando de la abuela de la protagonista… «Vejez, divino tesoro». Porque, como apuntas en Los nombres propios, «la juventud la tiene cualquiera». ¿Hasta qué punto la confección de la obra te ha ayudado a afrontar esta clase de dilemas?

R: Cuando escribo «vejez, divino tesoro» lo que pretendo es poner el foco en lo difícil que resulta la mayoría de las veces llegar a ella, sobre todo el hecho de tener una vejez buena, saludable y plena. Porque ir cumpliendo años puede que te ayude a adquirir seguridad, conocimientos y adueñarte de ti misma, pero yo no creo que sea sólo eso: uno tiene que afrontar de forma activa el procedimiento. Al fin y al cabo, dejar que el tiempo pase no soluciona mágicamente los problemas. Sucede que tenemos totalmente idealizada la juventud, pero en realidad no es mejor o peor que otras épocas.

A mí, la novela me enseñó muchas cosas. Porque yo creo, además, que la escritura es un proceso de descubrimiento, y según uno va escribiendo se va dando cuenta de cómo son verdaderamente las cosas, ¿no? En ese sentido, la abuela de mi novela es una abuela muy concreta que tampoco creo que sea símbolo del resto de abuelos del mundo, no creo que represente a la abuelidad [risas]. Es un homenaje explícito a mi abuela materna, y quizá por eso escribir sobre ella era lo que más claro tenía. Realmente, aprendí mucho más de los temas transversales, como la soledad, la identidad o las relaciones humanas.

P: ¿Qué te llevó a escribir la historia en segunda persona?

R: Bueno, yo quería simbolizar justamente ese diálogo interno que solemos tener de vez en cuando con nosotros mismos y, al final, Belaundia Fu -que primero es una amiga invisible y luego se transforma en una especie de voz de la conciencia- representa ese monólogo interior perfectamente. Este recurso también me ayudaba a reflejar los cambios que experimentaba Marta como personaje, para poder mostrar que, efectivamente, siempre llega un momento en que nos adueñamos de nuestra propia voz. Así, la segunda persona era útil porque me permitía establecer a un narrador que conocía el futuro; y en general siento que para todo esto la primera persona me hubiera limitado. He leído muchísimos libros de autoficción que me han gustado mucho, pero cuando me senté a escribir tampoco le veía interés al hecho de que una chica contase su vida en primera persona. Siendo así, quise proponer algo distinto, que tratara de ir un poco más allá en el nivel formal y que de algún modo fuese de la mano con el contenido; y así fue como surgió la narración en segunda persona, que en mi caso aparece siempre en boca de Belaundia Fu.

P: Desde luego, no es algo común. ¿Cuáles fueron tus referencias?

R: Pues, verás, los libros que yo conozco escritos de esta manera cuentan con una segunda persona que nada tiene que ver con la mía, la verdad. Me gustó mucho Kanada (Sexto Piso, 2017), de Juan Gómez Bárcena, aunque no lo había leído cuando escribí Los nombres propios. También está Un hombre que duerme (Impedimenta, 2009), de Georges Perec, pero en ambos casos se trata de una segunda persona donde la voluntad o la consciencia del personaje están anuladas, y por eso los protagonistas nunca hablan por sí mismos. En mi caso, tanto la voluntad como la conciencia están duplicadas, y con ello lo que se logra es -más bien- el efecto contrario. Por ejemplo, me ayudó más a encontrar la voz narrativa la obra Metafísica de los tubos (Anagrama, 2000), de Amélie Nothomb, porque, aunque no se estructure en segunda persona como tal, sí que hay en ella un juego similar a lo que yo planteaba. Sea como sea, creo que la persona en que se escribe no condiciona el tono o el contenido de la obra, pues al final todo depende de lo que termines haciendo con ella. Entiendo que el uso de la segunda persona llame más la atención -porque es algo que no se suele ver demasiado-, pero no creo que por ello tenga sentido hablar de la segunda persona como algo que afecte a todo lo demás, pues con ella -y las obras anteriores son el ejemplo perfecto- se pueden hacer cosas muy diferentes.

P: Sin embargo, llega un punto en que la segunda persona se desvanece. ¿Ocurre también así en la vida? Es decir, ¿al principio empiezan contándonosla y luego somos nosotros mismos quienes tomamos la palabra?

R: Lo cierto es que fue un momento de transición difícil, pero esa era la idea, sí: mostrar cómo de repente llega la ocasión en que uno tiene que responsabilizarse de su propia vida, adueñarse de su propia voz. Y, claro, eso es algo que yo no sólo quería relatar, sino también quería que a nivel formal se viese reflejado. Al igual que cuando uno siente que se adueña de su propia vida nota como una especie de cambio -a nivel interno, al menos-, lo que yo pretendía era que el lector también lo sintiese leyendo; y de ahí fue de donde surgió un poco la idea de cambiar de persona narrativa.

En la vida, yo considero que ese cambio suele ser progresivo. Quizás uno se da cuenta de algo en un momento determinado, pero yo creo poco en esa clase de momentos heroicos. En el fondo, casi todo se va gestando poco a poco. Quizás hay un momento en que tú te das cuenta de que ese cambio se ha producido, pero las cosas importantes siempre llegan de un modo gradual.

P: «Pensar siempre en lo mismo es como no pensar en nada», dice Belaundia Fu en una ocasión. ¿Cómo dirías que casa esa idea con la literatura?

R: Bueno, la frase se vincula más a las obsesiones estériles, en un contexto de primeras relaciones amorosas y en ese pensar-todo-el-rato cuánto me gusta la otra persona, que es algo que inevitablemente termina deviniendo en un no-pensar-en-nada, ¿no? A mí la escritura me parece justo lo contrario, porque, claro, yo no pienso nunca en la literatura como tal, lo que hago es pensar en el relato, en la idea, en la trama; siempre en cosas concretas que además son creativas, mientras que la frase anterior, como te decía, está más vinculada a la esterilidad del pensamiento, a volver sobre una misma idea una y otra vez de modos idénticos -y que, por lo tanto, no te van a llevar a resultados diferentes-. Para mí, de hecho, la escritura sería justo lo contrario a esa frase, incluso creyendo que para escribir hace falta mucha obsesión. De algún modo, cuando aquí le damos vueltas a una idea lo hacemos siempre de un modo distinto, tratando de ver si así somos capaces de entenderla.

Luego, en el proceso de escribir -y acercándome a un tema concreto- yo sí que barbecho y rumio las ideas bastante, sobre todo antes de ponerme delante del folio en blanco. A mí es algo que me ayuda y me funciona, y en ese sentido el periodo de cultivar algo sí que me parece muy necesario, especialmente cuando estamos hablando de proyectos específicos. Ahora bien, en cuanto al hecho mismo de escribir, el momento perfecto no existe y no hay que estar constantemente dándole vueltas a las ideas sin tratar de llevarlas a cabo. Hay que hacerlo y ya está, porque, además, ¿a qué clase de señal estás esperando? Uno nunca estará lo suficientemente preparado -y aun así siempre lo hará de la mejor manera posible-.

P: ¿Y cuáles son esas cuestiones en las que tú no dejas de pensar?

R: Creo que hay temas como la identidad, el lenguaje, la comunicación humana o las relaciones familiares que me van a seguir interesando siempre, la verdad. No me imagino la vida sin seguir reflexionando acerca de ellos.

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