Entrevistas Literatura

Javier Rodríguez: «Por más que uno intente disfrazarse entre párrafos, tarde o temprano asoma la cabeza»

En 'No todo lo que vuela es pájaro' (Barbarie editora, 2024), Javier Rodríguez (Santiago de Chile, 1989) nos presenta, gracias a una bandada compuesta por 8 relatos, lo humanas que pueden llegar a ser las aves. Aquí, por supuesto, también lo hace, tras darle al pico –y al teclado– en una charla que sobrevuela conceptos literarios como el riesgo, la libertad, el instinto o la mirada.

En el texto que da título a No todo lo que vuela es pájaro (Barbarie editora, 2024), el autor chileno Javier Rodríguez (Santiago de Chile, 1989) nos presenta a un personaje singular que, «cuando era chico y no podía dormir, (…) hacía preguntas que no admitían más de una respuesta. Por ejemplo, si prefería el cielo o el mar», la cual, dentro de esta colección de relatos sobre aves en las que fácilmente, y a pesar de ser humanos, nos reconocemos, no termina de encajar. Por un lado, debido a lo evidente: teniendo el cielo aún por descubrir, ¿quién escogería el mar? Y, por el otro, bueno: en un mundo plagado de matices –y vértices–, ¿a quiénes les siguen apeteciendo las preguntas unívocas, rotundas y carentes de ambigüedad? Al propio Javier no, desde luego, y por eso nos regala esta charla: tan llena de posibilidades –y desvíos– como la ruta que siguen las golondrinas, los vencejos o los chorlitejos patinegros al migrar.

PREGUNTA: Para descubrir por qué ‘no todo lo que vuela es pájaro’, uno tiene que acercarse al relato final de tu obra; pero, como es de mal gusto no seguir un orden, aprovecho y te pregunto, de primeras: si ‘no todo lo que vuela es pájaro’, entonces, Javier, ¿qué otras cosas son capaces de volar?

RESPUESTA: Creo que la mejor respuesta no es mía, sino de Elvira Hernández, autora del poema que da título al libro:

«No todo lo que vuela
es pájaro.
A veces lo que piensas
alcanza una pequeña altura».

El libro invita a levantar la vista del suelo –o del propio ombligo– y a mirar alrededor, no como un observador superior, sino como parte del mismo tejido vivo que componen los animales, las plantas, el viento. Y, por encima de todo, a mirar el cielo: buscar entre las bandadas aquellas ideas que, por un instante, nos permiten unirnos a su vuelo. A veces, esas ideas son pensamientos, otras, recuerdos, y otras, impulsos que no sabemos de dónde vienen, pero que nos sacan de la inercia.

P: Cada uno de los ocho textos que componen ‘No todo lo que vuela es pájaro’ está dedicado a una especie de ave concreta –y, a veces, a un individuo específico dentro de ella–. El primero, por ejemplo, está dedicado a los queltehues, sobre los que sólo había escuchado hablar una vez, en el pódcast ‘Participantes para un delirio’, de Coco Dávez, cuando el periodista argentino Joaquín Sánchez Mariño explicó que si le gusta «viajar y meterse en lugares que le den miedo» es, precisamente, gracias a ellos; a cuando pasaba los veranos en casa de su abuela, de pequeño, y descubrió que, si cruzaba el campo cerca de donde los queltehues ­–o teros– ponían sus huevos, podía llevarse unos cuantos picotazos, es verdad, pero llegaría a su destino mucho antes, sin rodeos.

«Metafóricamente, era como el primer obstáculo, ¿no? (…) Por miedo, estoy haciendo un montón de rodeos (…), y me acuerdo que un día tomé coraje y dije: bueno, voy a ir en línea recta. Y lo hice (…). Después seguí teniendo miedo, pero descubrí que había una posibilidad, y cierta adrenalina, y cierto vértigo, apasionante, en el hecho de [cruzar] esos cien metros en los que estaba el tero en el medio. O sea, aquello que más me espantaba en la vida también, de repente, resultó ser lo más fascinante», explicó Sánchez Mariño.

En esto de la literatura, ¿a qué clase de miedos te has enfrentado tú, sin ir más lejos?

R: A la comodidad, a repetirme, a encontrar una fórmula y quedarme ahí. A que me interese más la figura del escritor que la literatura misma. A no tener proyecto. A las expectativas ajenas.

En ese sentido, para mí los queltehues –esos pájaros que defienden su territorio a puro grito y picotazo– son la extrañeza, pero también el miedo movilizador. El que te obliga a avanzar en línea recta, aunque las voces a los lados te digan que no. El problema es cuando uno empieza a creerles demasiado, y deja que decidan por ti hacia dónde caminar.

P: En su libro ‘Biografía del fuego’ (Libros del Asteroide, 2023), Carlota Gurt tiene un relato titulado ‘Un pie es un pie es un pie’ en el que anota lo siguiente: «Nos gustan demasiado los paralelismos entre humanos y pájaros –la libertad, volar, etcétera–, pero nos parecemos más a los insectos que a los pájaros. Colonias de individuos indistinguibles entre sí, insignificantes. (…) Criaturas que proliferan en la putrefacción y no hay forma de exterminarlas». Dime, ¿serías capaz de llevarle la contraria? Porque, para ti, ¿en qué se parecen los humanos, en general, y los autores, en particular, a esos mismos pájaros?

R: Coincido con la idea de que nos parecemos mucho a los insectos: basta tomar perspectiva para ver lo pequeños y prescindibles que somos. Pero eso no significa que no haya algo de pájaro en nosotros. Las conductas se repiten: hay carroñeros y hay aves solitarias, hay migratorios que vuelven siempre al mismo lugar, hay pingüinos que se emparejan de por vida. Todos tenemos un ala más desarrollada que la otra.

Portada de ‘No todo lo que vuela es pájaro’ (Barbarie editora, 2024), de Javier Rodríguez.

P: En tu obra, conviven especies aviares y avícolas reales –de las que personas como tú y como yo podemos encontrarnos en el bosque, por la calle o en el parque– con otras que no lo son tanto, como podría ser Articuno, el Pokémon legendario. Si la imaginación, tal y como sugiere un viejo dicho castellano, consiste en ir acumulando pájaros en la cabeza, a ti, exactamente, ¿cuántos te caben? Y más importante: ¿cómo se comportan? ¿Los tienes controlados?

R: Espero –y sospecho– que muchos, casi infinitos. Lo que es un problema, porque no tengo ningún control sobre ellos. Vuelan libres, se cruzan, se pelean, se empujan fuera del nido. El trabajo es aprender a escuchar el batir de alas que vale la pena seguir y, al mismo tiempo, tener la paciencia de dejar que los otros se alejen hasta desaparecer en el horizonte.

 P: Sara Mesa, en su novela ‘Cara de pan’ (Anagrama, 2018), nos presenta a un personaje obsesionado con la ornitología que con «veintipocos años» se pasaba la jornada entera observando a un loro enorme de colores llamativos.

«Él está en contra de aprisionar a los animales en jaulas, y menos aún a las especies tropicales, pero Ruper era fascinante, él lo observaba a diario, estudiaba su comportamiento y así aprendió otro buen montón de cosas sobre aves; él, como ella —como Casi—, cree en las virtudes del autodidactismo, ¿para qué ir a la escuela a que alguien te cuente lo que hay en un libro? ¿No es mejor apartarse, echarse a un lado y mirar?», escribió la autora.

Y yo te pregunto: en tu caso, que, por si fuera poco, has escrito uno de esos libros capaces de ayudarte a comprender –o, al menos, a observar– la realidad, ¿qué opinas: son suficientes, o conviene, más bien, eso de «apartarse, echarse a un lado y mirar»?

R: Mi formación como periodista me enseñó a escuchar antes de hablar, a observar antes de intervenir. Creo que con la naturaleza –y con las personas– tenemos que aprender a dejar de ponernos siempre por delante. Mirar, aprender, escuchar. Eso no es pasivo; al contrario, es un acto activo y exigente, parecido al del lector que, al interpretar un texto, lo completa y lo transforma.

P: Además de ornitología, en ‘No todo lo que vuela es pájaro’ se aprenden datos, tradiciones, anécdotas y expresiones chilenas –aunque sea a través de las notas al pie de página–, tal y como sucede con el dicho popular protagonizado por el «padre Gatica, que predica pero no practica». ¿No sería un poco así, también, la literatura: ladradora, pero poco mordedora? ¿O es al revés, precisamente? En cuanto a sus autores, ¿qué es lo que más ves?

R: Defiendo el español de Chile, con sus giros, sus rarezas, su música. Se nos acusa de hablar mal, y yo creo que simplemente hablamos distinto. El modo de hablar de un país, de un barrio, de una clase social, dice mucho sobre cómo mira el mundo. Esa lengua es una herramienta narrativa potentísima, tanto como el canto de las aves: hay llamados de alerta, cantos de apareamiento, silencios que significan más que cualquier palabra.

Javier Rodríguez (Santiago de Chile, 1989), autor de ‘No todo lo que vuelva es pájaro’ (Barbarie editora, 2024).

P: «Para mí, el arte era casi sinónimo de libertad», admite uno de los personajes de tu relato ‘Pingüino de penacho amarillo’, para quien, por otro lado, «la libertad implica riesgo» y se sitúa «justo en el espacio entre la vida y la muerte. Y no sé si vale la pena». Al escribir, ¿cuáles son los riesgos que se corren, Javier? Para quienes no se atrevan, todavía, ¿dirías que valen la pena?

R: El riesgo real es íntimo: exponer tu mirada, tus obsesiones, tus heridas. Lo demás es mínimo. Soy un cobarde que escribe, y también que lee, para vivir vidas que no se atrevería a probar en carne propia. Pero sí, vale la pena, porque esa exposición –esa pequeña intemperie– es lo que puede darle verdad a un texto.

P: Voy a traerte otra cita a colación, aunque, esta vez, de otro de tus cuentos, el que le da título a la obra, donde apuntas: «No era que no quisiera tener hijos. Solo estaba convencido de que los dañaría, de que terminaría siendo una mala copia de mi padre y les traspasaría mi inseguridad, les heredaría mi adicción a la comida chatarra, la compulsión por comerme las uñas. Mis miedos, mis fracasos, la tristeza permanente. Tampoco se atreverían a meterse al mar y escogerían el consuelo de soñar con volar». ¿Ocurre lo mismo con los libros? Es decir, ¿son capaces de heredar, de un autor, sus prejuicios, cuitas y manías?

R: Siempre. Por más que uno intente disfrazarse entre párrafos, tarde o temprano asoma la cabeza. Las fobias, los miedos, los vicios… todo se cuela. Un libro es, entre otras cosas, un autor tratando de pasar desapercibido sin conseguirlo del todo.

P: Por último, me gustaría acabar con el veredicto que te dedicas a ti mismo, o a un alter ego, quizá, en una de las diez páginas finales de ‘No todo lo que vuela es pájaro’:

«En la Villa de Madrid, a nueve de mayo de dos mil veintidós.

            Evitando la cháchara y la performance que tanto gusta a mis ególatras colegas, condeno al acusado, el señor Javier Rodríguez Álvarez, nacido en 1989, representado en este juzgado por sí mismo, a quince años de cárcel efectiva por los delitos de falta de talento, envidia, ensoñaciones diarias, escasez de atrevimiento y valentía, impotencia, exceso de amor por el fútbol y los perros, y suicidio frustrado».

¿Son estos, de verdad, los mayores crímenes en los que puede incurrir un literato? –Y si no, ¿cuáles?–.

R: Para mí, el principal crimen es no seguir el propio instinto y escribir pensando en cómo se verá desde afuera. El segundo es creer que la experiencia personal es una ley general. Y el tercero, muy chileno: darse color, impostar una voz que no es la tuya, disfrazarte de algo que no eres.

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