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La otra información: formas de control y medidas de satisfacción en el nuevo siglo

Ya lo dejó escrito Valle-Inclán en 'Luces de bohemia': «El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios», y, por supuesto, más allá del periodismo, es aplicable a cualquier proceso informativo / comunicativo (donde lo político juega, sin lugar a dudas, un papel determinante).

Aunque vayamos a tratar de evitar cualquier tipo de conspiranoia, por mucho que el título de este artículo se preste a ello y abramos con una cita liminar del combativo colectivo Wu Ming, que desde principios de los años 90 ha puesto en el centro de la mesa la posibilidad de la reutilización libertaria y no alienante de los mitos desde una suerte de «guerrilla de comunicación», pues firman de forma anónima sus libros y manifiestos, digo que no caeremos en la fácil dación de las culpas a los que se sitúan en vertical a nosotros para intentar diagnosticar algunas de las formas ―más o menos sutiles, más o menos visibles― con que los mass media, y, en general, la política, rigen nuestro tiempo.

En este sentido, toda la bibliografía posible para abordar este tema adolece de lo que pasa con los electrodomésticos: una obsolescencia programada, debido, ya lo sabemos de sobra, a la velocidad con que todo acaece en nuestro presente. Por eso, es tierno leer el trabajo de filósofos (y, en general, ensayistas) a la hora de enfrentarse a estos temas, como Hans Magnus Enzensberger, que en Mediocridad y delirio (1991), en unas coordenadas históricas similares a las del inicio del trabajo del colectivo Wu Ming, que no por nada traemos a la vez aquí, aborda, de una manera muy personal, hasta emparentarse con nosotros o nuestra forma de escribir, la crítica de aquella sociedad desde una perspectiva entonces actual, «evitando caer en la retórica de la contestación global», tal como se lee en la contraportada de Anagrama de ese volumen de ensayos:

Es claro, leyendo estas notas de Enzensberger, que en los años 80-90 del siglo XX todavía había cierto poder de decisión sobre nuestra relación con la tecnología y el tiempo que ésta requería, pero es claro que eso ha cambiado drásticamente, y que ya no está tan en nuestras manos ese mando a distancia, o, directamente, esa volición; sobremanera debido al carácter personalizado e individualizado que se nos ofrece haciendo scroll down en nuestros dispositivos digitales entre 3 y 6 horas al día ―o al menos esos son los datos que se registran en nuestro país al sumar el tiempo de las pantallas de teléfonos móviles al de los ordenadores personales, como demuestra un estudio de la compañía Orange de 2024, que cifra una media de 5 horas y 45 minutos―, las más de las veces sin ser nuestras herramientas de trabajo sino las puertas a una perfecta pérdida de tiempo que nos hace estar enganchados como pez al cebo; generando además una microficción del presente, pues, como cuando vemos un programa de televisión, por volver al fragmento del pensador alemán, creemos retener datos e imágenes que pronto serán pasto del olvido.

Sobre estas ideas, que implican un posicionamiento de los sujetos en la sociedad donde conviven, hoy es común sentirnos políticamente activos a través del consumo, decidiendo qué comprar y dónde, esto es, si un libro por Amazon (paradojas de la vida, Amazon comenzó vendiendo libros) o por todostuslibros; o si la carne en cooperativas a las afueras de las grandes ciudades o en Mercadona, con la pelea de sus proveedores; así como la fruta y la verdura procedentes de huertas ecológicas. Vaya, que es como si el Capitalismo nos ofreciera un margen de elección, y paradójicamente difícil de lograr, porque estas opciones o bien son más caras (y, por tanto, el acceso a las mismas no está enfocado a la clase obrera o media) o no son fácilmente accesibles, ya sea por el volumen de ventas de uno frente a otro o lo más determinante: el precio neto del producto y su geolocalización, convirtiéndose básicamente ir a comprar pollo como ir a un vivero, tomando coche y carretera con el tiempo que eso conlleva en el día-a-día. Es decir, el aparente margen de libertad en el que nos movemos dentro del Capitalismo es una forma sutil y mentirosa de tenernos engañados, ya que todo se rige por intereses privados, de los mass media a nuestra relación con la tecnología, o al menos en la mayoría de los casos. Y esto nos pone «contentos», porque creemos estar eligiendo, aunque sea una falsedad.

Este tipo de «posturas», tal como las denominarían los estudios autoriales si habláramos de escritores en el campo literario, como ya hizo Pierre Bourdieu, conducen a otra figura interesante para analizar nuestro presente, según esa máxima que adivinamos de que, quien se queda fuera del sistema, no se queda fuera «un poco», sino «mucho» o «del todo»: el ludita, cuyo origen se remonta a los trabajadores del textil de la Inglaterra de principios del siglo XIX, y para mí, de creciente interés. Y es que, aunque puedan tacharse a los luditas de reaccionarios, tal vez escondan la clave de bóveda de un humanismo de carácter más o menos conservador, vale, pero que todavía confía en el aprendizaje y la investigación de cara a un conocimiento profundo ―no superficial, que es a lo que apuntan las tecnologías― sobre el saber humano. Sería, digámoslo con un ejemplo claro, como si le quitaran los años de investigación sobre el mundo heleno a Carlos García Gual (1943-) o el cervantismo a Martín de Riquer (1914-2013) con una rápida búsqueda en Google (y ya no digamos si comparamos este «modelo» actual con los copistas medievales, cuya estampa más directa es la icónica El nombre de la rosa [1986], protagonizada por Sean Connery y que tiene por personaje al joven Adso).

Negarse a participar del sistema conlleva también dejar de satisfacerse de las bondades que lo asolan, por muy bien decoradas que estén, pero que son nuestro humilde asidero a un tipo de sociedad, al menos en Europa, cada vez más cóncavo, en tanto que fetichiza los posibles márgenes para reconvertirlos en centros, algo que sabían bien los situacionistas y que también conocen a fondo los anarquistas y el Comunismo de bases. El denominado como «fetichismo de la mercancía» agrupa a filas las posibilidades remotas de resistencia que puedan existir frente al sistema imperante, y si se distancian lo suficiente dichas fórmulas antisistema, tendremos como mucho un mundo interior no lo suficientemente educado, porque la brecha Interior-Exterior es cada vez más pronunciada; y los cuerpos ―y las mentes―, esto es evidente, sufrirán, para, probablemente, terminar retornando a una lógica social de la que no quieren participar, pero a la que se ven obligados a participar porque no hay espacio para dicha negativa.

Estas «medidas de satisfacción» van de la hiperestimulación al consumo de experiencias, donde éstas ya no son acontecimientos, sino equis en una lista que ir rellenando y completando, como la lista de la compra en mitad del mercado, bolígrafo rojo. Peligrosas porque configuran una visión del presente como inmediatez y solamente, sin un pasado a revisar y un futuro que quiera ser conquistado, esto es, proponiendo un presente que aprenda del pasado y ostente un futuro, su existencia y presencia no sólo está asegurada, sino que es creciente; y de lo que son testigos los padres de los adolescentes con trastornos por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), diagnosticados por centenares mientras escribo estas líneas; o la comunicación interfamiliar, basada en secretos que nacen de las RR.SS. en noches a oscuras por parte de esos niños y niñas de 12 o 14 años, muchos de ellos llorando a escondidas por problemas que esos padres y esas madres no pueden siquiera ni imaginar, porque es «un lenguaje otro» sobre el que no saben ni la mitad de lo que saben sus hijos e hijas, ya connoisseurs.

A este respecto, le preguntaba a mi padre, nacido en el año 1948, hace unos días, a modo de trabajo de campo para un ensayo de más largo alcance, en una comida, si él consideraba que su presente cuando era adolescente o ya joven, con la perspectiva que le ofrecen sus 77 años, es / fue similar al que vivimos / hemos vivido jóvenes como yo, que nací el 5 de junio de 1990, y lo que me respondió fue claro: el presente de 2025 es exponencial, y más veloz que cualquiera, aunque él viviera el Watergate, la crisis de los misiles de Cuba, las guerras de los Balcanes, el auge de las telecomunicaciones, el 11S y ahora las RR.SS. y un mundo que dejar a sus seis hijos (de dos madres, huelga decir). Con cierto pesimismo, sentí en él cierta indefensión, como si estuviera superado, y ya entrado en una vejez en dificultades, por cosas que no alcanza a entender enteramente; y que yo, más o menos o todavía, a mis 35 años, sí logro entender, aunque tampoco del todo del todo, porque mi generación, la de los Millennials, es sinónimo de una generación-bisagra, lo que también puede aportar un valor a mi punto de vista sobre paraísos perdidos y futuros como incógnitas. En cualquier caso, tanto él como mi madre, que llevaba la cartilla al banco para actualizarla a menudo antes de su suicidio en el año 2014, me enseñaron, con tanta libertad como respeto, qué significaba habitar el mundo, y cuáles podrían ser algunas de las maneras bellas de hacerlo. Aunque no fue una gran noticia que eligiera estudiar Letras porque se me daban muy bien las Ciencias en el colegio y los profesores hicieron hincapié en este hecho en conversaciones con mis progenitores, aquí estamos, escribiendo sobre un presente en el que quiero, aún, creer, y desde él, crear. Y quiero asegurar que eso sí pude elegirlo, atreviéndome a considerarme un hombre libre.

Fotograma de ‘Metrópolis’ (1927), de Fritz Lang.

Todas estas huellas se vinculan con la pertenencia, un tema que me toca por muchos motivos y que es uno de los centros temáticos de una novela que mantengo inédita y que escribí de 2020 a 2024 entre Madrid, Salobreña y Praga, y sobre la que me gusta decir que es «esencialmente póstuma». Por esa herida, más común de lo que parece, pensaba en el debate sobre el cruce de culturas hoy tan en auge debido a la migración masiva y la utilización rastrera que la (ultra)derecha está haciendo de esta coyuntura, y me decía a mí mismo: «¡Pero si tú eres un raro, y el vecino de enfrente un maniático, y la de más allá insulta a los camareros, qué derecho tiene nadie a hablar por esa gente, que además la gran mayoría de ella viene en busca de una oportunidad con miras a labrarse un presente, y un futuro, muchas veces huyendo de un horror!». Es importante, esto, porque configura las normas de convivencia y el debate sobre el mundo que se viene, y donde el señalamiento al diferente (al igual) conduce, en último término, a una violencia que muchos migrantes ―y no migrantes― consideran estructural (y con más dolor en un país europeo que parecía haber aprendido de los horrores de la IIGM, con la Declaración Universal de Derechos Humanos [1948] y todas las cicatrices del nazismo, sobre el que este escribiente escupe abierta y profundamente porque considera que fue el momento histórico-político en el que el ser humano llegó a un nivel de crueldad mayor, habiendo aún quien lo respalde). No en vano, Enzensberger analiza la sociedad alemana posterior a este momento fatídico, o trauma para ellos todavía. Es por todo ello por lo que queremos adjuntar aquí, como cierre y metáfora de que el arte también puede servir, aun encriptado, como comunicación, un poema, «Tubinga, enero», de Paul Celan, que padeció la Alemania nazi y que puede servir de contraparte a un presente oscuro, respondiendo el hermetismo de su obra poética, una de las más importantes del siglo XX, a la quiebra de la palabra en Occidente, siendo él de origen judío, hasta la más dolorosa tartamudez:

(1963)

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Álvaro Guijarro (Madrid, 1990) es poeta, escritor y fotógrafo. Estudió Literatura General y Comparada en la UCM, y tiene un máster en Fotografía Editorial y Fotoperiodismo por la Escuela TAI, con estudios aparte de filosofía y cine. Autor de una decena de libros de poemas publicados entre el año 2010 y el año 2023, algunos de ellos con reconocimiento –III Premio de Poesía Joven Antonio Colinas, finalista del 71º Premio Adonáis y 2º Premio en el Certamen de Jóvenes Creadores 2021–, ha reunido su camino en el género de la lírica bajo el título 'Matiz' (Poesía 2008-2020), aún inédito en su conjunto. Igualmente, ha participado en propuestas colectivas como 'Tenían veinte años y estaban locos' (La Bella Varsovia, 2011) o 'Lecturas del desierto' (Kamchatka, UV, 2018), así como en diversas revistas, festivales y recitales. Guarda en su haber una novela, y su archivo fotográfico puede consultarse en: www.alvaroguijarrophotography.com.

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