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‘La bola negra’: una esfera de nieve en el centro de nuestras gargantas

'La bola negra' tiene razón: «este país tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos». Contribuya esta crítica —y la brutal acogida de la cinta— a su redención —y exhumación— definitiva.

El atardecer de la pantalla se viene a negro y algo en el estómago parece salir de un vaivén. Los aplausos de un público que abarrota la sala se escuchan con la contundencia de un despertador. Parece insólito, y a su vez esperanzador, pero es difícil encontrar entradas en los cines de Madrid. Antes de levantarme miro a mi alrededor y veo los rostros, en su mayoría jóvenes, que se limpian las lágrimas, se sonríen o, agarrados al asiento, dudan entre seguir mirando la pantalla donde se vierten los créditos o salir a la calle. Hemos pasado más de dos horas sumergidos en una historia que te duele y te embauca como si agarraras con fuerza una rosa.

Ya estoy fuera, y en la Plaza de España retumba el sonido festivo de las comparsas por el Día de la Hispanidad. Sin embargo, la sensación es la de caminar a solas flotando sobre los adoquines, con el cuerpo aún conmovido por la Granada de Federico García Lorca, por esa nieve silenciosa, por los quejíos del Sacromonte y por la fuerza transformadora de la poesía. La bola negra ha conseguido algo extraordinario; que el público vuelva a creer en la sala de cine, que se levante del sillón, entierre el mando a distancia y acuda a la taquilla a comprar una entrada. Pero, más allá de la taquilla, ha logrado agitar a esta nueva generación —a la que con tanta ligereza hemos etiquetado «de cristal»— impulsándola a apretar los puños en su empeño por demostrarnos lo contrario. Por cambiar el contexto en el que se encuentra y por arrancar de una vez esa vergüenza que se representa en la película como una bola pesada y dura.

La bola negra no es una película perfecta, pero consigue situarnos con valentía frente al espejo de lo que fuimos y, sobre todo, de lo que somos. Retrata con maestría esa oscuridad tan nuestra: la misma que sube a los tablaos entre gargantas rotas de flamenco y la que deambula en el silencio de las esquinas más conservadoras. Es la sombra que llora después de haber negado el perdón, la imposibilidad de abrirse ante el miedo al juicio ajeno, pero también la determinación colectiva de recordar a un poeta por encima del paso de las décadas. Es una obra intrínsecamente nuestra porque Lorca encarna la España que fue y la que pudo ser, y el film asume la delicada tarea de recomponer esos pedazos dispersos.

A través de tres historias que se entrelazan con hilos de plata, la película exhuma los arañazos de un país desgarrado por su propio odio. No lo hace desde el rencor, sino con una voluntad sanadora, desplegando una venda sobre las heridas del presente. Cada plano revela un trabajo de artesanía visual, donde la puesta en escena juega con claroscuros casi pictóricos, contrapuestos al paisaje sonoro del llanto y el canto. Es una narrativa diseñada para remover las tripas, ahogar por momentos al espectador y, acto seguido, permitirle respirar con la máxima capacidad de sus pulmones.

En última instancia, la película nos propone un recorrido por nuestra propia esencia: una naturaleza dubitativa, orgullosa por momentos y cargada de una belleza tan trágica que a veces parece condenada a su propia ruina. La bola negra cae sobre nuestro tiempo como una esfera de nieve, compacta y fría, destinada a sofocar los incendios antiguos y a liberar las gargantas atascadas en el silencio.


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Acerca de Manuel Molina

Manuel Molina (Daimiel, 1984) es graduado en Relaciones Laborales y Recursos Humanos. Ha publicado las novelas 'Arena en la garganta' y 'Pan con Chocolate' (Acen editorial). Además, varios de sus relatos y cuentos han sido premiados en diferentes certámenes. En la actualidad trabaja en su siguiente proyecto literario y colabora con artículos de cultura y opinión.

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