Hay un personaje en Leche de pantera (Editorial Dieciséis, 2024), de Alexis Sellés (Cocentaina, 1992), que, al preguntar ‘¿Qué tal estás?’, «no me deja responder», pero porque «le interesa hacer la pregunta, no escuchar la respuesta». Contradiciéndolo –era, además, un pijazo de los que da gusto mandar a la m*erda–, afrontamos esta conversación a la inversa: prestando atención a las palabras que nos ofrece Álex cuando le abordamos para cuestionarle acerca de su primera novela.
PREGUNTA: La obra empieza con una mala noticia –«la iaia se moría»–, y, a partir de ahí, todo se complica. «Nunca antes vi a mi padre hablar sin levantar la mirada del suelo. Diría que conocí a mi padre por primera vez antes de entender sus silencios», admite, al respecto, su protagonista, y a mí me recuerda al poema ‘113’ de la Poesía vertical de Roberto Juarroz, donde el autor argentino escribe: «Sin embargo, / tal vez quede en alguna parte una pregunta. / El silencio es también una pregunta (…). / Hemos encontrado una pregunta. / ¿Será el silencio también una respuesta?». ¿Tú por qué apostarías?
RESPUESTA: Creo que el silencio puede ser muchas cosas. A veces, una pregunta; otras, una respuesta; y lo que define cuál de las dos es a menudo es la interacción. En la novela los personajes callan por muchas razones: el silencio de Alba es consecuencia de la distancia que marca con el resto para alejar el dolor, en cambio, el silencio del padre en esa frase que comentas está ligada más a la imposibilidad masculina para expresar emociones.
En la literatura me interesa el silencio como pregunta en la que entran en juego muchas cuestiones no verbales y la interpretación a cosas no del todo dichas que suelen pasar desapercibidas cuando alguien habla. Cuando un libro consigue abrirse un hueco en ese silencio y desgranarlo, como ocurre con todo lo que escribe Jane Smiley, me tiene completamente dentro.
Si me preguntas a mí, fuera de la literatura, a menudo el silencio es una forma de privilegio.
P: En realidad, la obra –o gran parte de la obra, más bien– se sustenta en «el dolor de la familia como apéndice», que es algo que la voz narradora admite sin tapujos, pero de lo que, a priori, no se arrepiente. ¿Mejor unidos por la desgracia, acaso, que aislados por la –buena– suerte? Y otra duda relacionada: ¿qué te une a ti a la escritura, precisamente?
R: Creo que la desgracia no une, sino que separa. Al menos en familias de la clase social como la mía o la de mis amigos, sin los recursos económicos ni el tiempo suficientes como para convertir el cuidado en trabajo asalariado. El dolor hace que aparezcan rencillas entre personas cercanas, la ansiedad por el trabajo hace que pegues malas contestaciones o hasta un problema económico rompe familias. La familia es una cosa que te es dada y, normalmente, cargamos con traumas heredados de padres a hijos. Rencores e historias que no son tuyas, pero con las que cargas. Y, aunque no duelan en el día a día -como el apéndice-, sí molestan y pueden condicionar el futuro. Supongo que, de una u otra manera, estás ligado a ellas.
Por otro lado, lo que me une a mí a la escritura es el tiempo en la novela. El tiempo que transcurre dentro de la novela es un tiempo Ajeno, que existe solo ahí y avanza a otra velocidad diferente al tiempo real. Estoy algo saturado de los ritmos diarios, cansado de que muchas obligaciones sean para ayer y de que todo sea reacción, que no se pueda planificar nada por las condiciones de precariedad en las que vivo. En esta situación, escribir es una consecuencia de la saturación de mi día a día: me permite ralentizar el tiempo y construir despacio, tener tiempo para profundizar en las cosas que me interesen, borrar, volver a empezar, equivocarme sin consecuencias, jugar sin un fin productivo y observar con calma.
P: Otro de los grandes temas de Leche de pantera es el paso del tiempo, y cómo, de la niñez, o de la adolescencia, muy pocas cosas se mantienen. Dicho de otra forma: de «aquella época» donde la vida «transcurría entre las cosas que no se saben y las cosas que no se dicen». Y yo me pregunto: ¿no sería ésa, también, una –muy– buena definición para la «literatura», en tanto que: lo que no se sabe, se lee; y lo que no se dice, se escribe?
R: Más que el paso del tiempo, yo te diría que la concepción del tiempo en nuestra memoria. Ese saltar el tiempo más que pasar el tiempo, no sé si me explico. Me obsesiona la memoria y la concatenación de momentos; cómo nos inventamos una falsa cronología a posteriori en función de lo que es socialmente aceptable para nosotros y de cómo nos gustaría que fuesen nuestros actos.
En cuanto a la literatura, se escribe todo; lo que no se sabe y lo que se sabe. Al menos para mí, la literatura tiene mucho de descubrimiento. En cuanto a la lectura, últimamente, con la influencia masiva de los algoritmos de redes sociales y el boom de estímulos y novedades creo que se lee lo que se sabe. O al menos es lo que yo veo a mi alrededor. Cada vez veo a más gente leyendo libros que refuerzan lo que uno piensa o sobre temas que uno ya conoce (y le interesan). Es difícil encontrar libros desconocidos o que traten temas que no te llamen la atención a priori o te saquen de tu zona de confort.
P: «Todos los problemas que teníamos de adolescentes han quedado lo suficientemente lejos para ya no parecerme problemas. La distancia entre ellos y yo los apaga, pero cuando los tenía cerca quemaban tanto como los actuales», escribes. Y es cierto que, al crecer, al conocer la realidad, parece que ya no podamos volver a quejarnos –¡jamás!– de asuntos triviales. Igual sucede en literatura, ¿verdad? Como si la madurez de un autor estuviera íntimiamente ligada a lo trascendente, a lo importante o a lo grave, pero ¿qué espacio le resta a las «pequeñas virtudes», de las que Natalia Ginzburg –a quien referencias en un par de pies de página, por cierto– nos hablaba?
R: Gracias a dios creo que esa visión de la Literatura como algo trascendente va desapareciendo. O al menos hay un canon menos fijo y ortodoxo de hombres escribiendo sobre la Verdad, el Tiempo y la Memoria, y cada vez se reconocen más esas pequeñas parcelas de la vida ligadas al ámbito privado y que antes no tenían hueco en la literatura. Me hace gracia cuando algunos hombres citan a autores como Dostoievski o Proust para hablar de ejemplos de temas solemnes, olvidándose de que esas grandes obras se construyen sobre una acumulación de pequeños temas que forman toda la estructura de la novela. Y es que, bueno, Por la parte de Swann podría ser una telenovela de Televisa, por todos los salseos, cuernos y falsedades que tienen sus páginas [risas].
Además, es que esos temas me son mucho más cercanos y me parecen más divertidos. No entiendo el rechazo a los asuntos más mundanos ¡si eso mismo es la vida!

P: Sobre algo tan grave como la muerte, anotas: «morirse es muy duro, ¿sabes? Morirse es como cuando saltan los plomos de casa y te quedas a oscuras, mejor que te pase con alguien». O: «morirse es como pulsar un botón; pasa rápido como una mañana». Ahora, dime: ¿qué es, entonces, la vida? –además de sus asuntos «mundanos» [risas]–.
R: ¿No habíamos quedado en que esos grandes temas son una mierda? [risas].
Ahora en serio, para mí la vida es lo que hacemos cuando recuperamos el control de ese tiempo que ya no nos pertenece. Cuando dejamos de convertir nuestro cuerpo en una herramienta para enriquecer a una empresa y llegamos a nuestra casa. Ahí empieza la vida, con esas pequeñas cosas de las que hablábamos antes, en ese ralentizar el tiempo como se pueda y en el estar presente.
Supongo que eso implica que la vida es un vínculo común, ¿no? Un vínculo con la gente y una red de apoyo para estar. Como cuando se caen los plomos, la vida también es mejor no vivirla solo. Quiero mucho a mis amigas, a mi novia, quiero mucho a mi familia y verdaderamente disfruto el tiempo con ellas. Así que supongo que la vida es eso: el vínculo. El estar con alguien. Ese cúmulo de pequeñas cosas que van formando una red para un montón de cosas más grandes.
P: ¿Y la escritura?
R: La escritura es un juego. Es jugar, probar cosas, saciar la curiosidad y disfrutar de lo que se está haciendo sin ser muchas veces consciente de qué se está haciendo. Escribir es adentrarte en esas cosas que no sabes o reafirmar las que sabes, parar por un momento el tiempo real y eternizar el de la frase que estás escribiendo. En definitiva, disfrutar jugando sin más pretensión que esa.
Yo disfruto mucho escribiendo, no concibo la escritura como algo tormentoso. No es algo que me desgarre ni que me ayude si estoy mal. Es un juego, algo ligero y despojado de todo ese peso que normalmente se le atribuye al texto. Es como un juego de niños. Además, lo que me gusta es que si no sale bien, se vuelve a empezar. Porque eso es algo bueno que tiene la escritura, que te da otra oportunidad. Si te matan, vuelves a empezar desde el checkpoint, como en el Crash Bandicoot, y listo.
Publicar es otra cosa (peor).
P: ¿E imaginar? Porque en Leche de pantera dejas caer que la imaginación «se parece a predecir cosas que no se cumplen», pero, si sólo fuera eso, sería muy, pero que muy aburrida, ¿no?
R: Para alguien tímido, la imaginación es maravillosa, es lo mejor que hay. Es una puerta a muchas cosas, una oportunidad. Muchas veces peco de estar pensando en otras cosas en vez de estar más presente en el mundo real, pero hay algo en ese condicional que me encanta. Me gusta jugar a escoger una situación de mi vida e imaginar qué hubiera hecho en mi lugar alguna amiga y cómo se habría desarrollado ese mismo día si fuese otra persona la que tomara las decisiones. También lo hago con las fotos que encuentro en casa y no recuerdo, me invento el contexto, un poco como Annie Ernaux en sus libros. Y la verdad es que puedo pasarme horas con esto.
En Leche de pantera tiene mucha importancia la relación entre imaginación y memoria. Con todo el tema de la narrativa fragmentada, relacionada con la desgana del protagonista y el alzheimer del abuelo. Y está ese paralelismo de que imaginar y recordar son cosas muy parecidas, que al final ambas son ficción.
En relación a esto, la dedicatoria del libro iba a ser otra pero al final la acorté porque no me atreví a ponerla, así que te la escribo aquí porque creo que explica bien esta relación: «A Aday y a mi abuelo, por enseñarme que a veces es mejor inventarse una palabra que recordarla».

P: Volvamos por un momento, y si te apetece, a la «iaia» del protagonista. Concretamente, a esa escena en la que «amasa la Mona de Pascua con las mismas manos con las que acariciaba a su nieto», y de la que tú mismo nos dices: «Se santigua al acabar. Las manos de mi abuela, con los dedos ya finísimos y llenos de arrugas, han moldeado cuatro generaciones de la familia. Casi noventa años amasando, hacia delante y atrás, sin dejar de apretar con ambas manos en ningún momento. Aferrada a la tradición (…), hay restos que mi abuela no se saca (…). Se aferra a una obligación para sentirse parte de algo». Exactamente, eso de la literatura, ¿cómo se amasa? ¿Podrías compartirnos tu receta, explicar el «paso a paso»?
R: Sería algo así: Escribir, borrar, escribir, borrar, dejarlo un tiempo y pensar que no se me da muy bien, escribir, jugar al The Last of Us, probar a copiar algún texto que me gusta, volver a escribir, salir a tomar una cerveza y aprovechar para imprimir, leer, borrar, borrar, borrar, escribir, borrar, reescribir y mandárselo a algunas personas para que lo lean. Después repito el proceso hasta que me quede contento con la novela o hasta que me pase el The Last of Us.
P: Cuando llegas a la tercera parte de la novela, te sorprende –y mucho– leer su nota al pie: «1. Historia escrita en tercera persona porque duele menos curar heridas ajenas». Me acuerdo, de hecho, de lo que decía Lucia Berlin en su relato ‘Punto de vista’, en el que, además de justificar la misma técnica narrativa, admitía: «aspiro a que, a fuerza en la minuciosidad del detalle, esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla». ¿Era éste tu objetivo? ¿Qué aspirabas al narrar el desconsuelo –y el dolor– de las mujeres de la familia –y del pueblo– del protagonista?
R: Lo cierto es que durante toda la novela intento jugar con esa concepción de autoficción: curioseando con algunos de los elementos como el uso de la primera persona del singular, las notas a pie de página y viendo dónde están mis límites con este género literario. En este caso, yo tenía el texto escrito en tercera persona porque me parecía mucho más potente, además me parecía que tenía más sentido hacerlo así, ya que esa intimidad de la madre era algo que el narrador no concebía. Quería narrar la intimidad de las mujeres de casa y esa vida que se hace a espaldas de la visión del hombre. Así que esa nota a pie de página es otra justificación más del protagonista, una disculpa tardía por dar la espalda a la vida de su madre. Y por eso esa opinión del protagonista (nota a pie de página) no transcurre en el mismo texto que la historia de la madre (texto).
En cuanto al tema de por qué narrar el desconsuelo de las mujeres de la familia, simplemente no podía hablar del desapego familiar sin centrarme en ellas. Al final, los lazos familiares llevan implícita una violencia muy fuerte para ellas. Es una organización que las invisibiliza y las subordina. No podía contar el desapego familiar del protagonista sin profundizar en su desconsuelo. Son las personas que habitan los cuidados.
P: Por suerte, «todas las historias son mentira», tal y como tú mismo nos enseñas a través del padre de Alba. «El que las cuenta, miente, el que las escribe, miente. Se repiten y se repiten y cambian según quien las cuente. Él decía que la historia no importa, que lo fundamental es saber contarla […]. Una historia bien contada duele, es acero ardiendo y si toca la piel deja marca y pica». Del mismo modo, «las historias no tienen un final concreto, (…) el narrador es un pasajero más de la historia y uno bueno se deja llevar por donde los personajes y el paisaje le dirijan. Una historia es un niño como vosotros, que si le mandas hacer algo, hará lo contrario». A estas alturas, entonces, ¿por qué las seguimos contando?
R: Porque lo importante de las historias no es lo que se cuenta, es el placer que da contarlas y escucharlas. El propio momento en el que se están contando, el gusto que siente el narrador al contarlas y la gente al escucharlas. El ritmo, el impacto de una buena frase o una buena entonación, la sorpresa y el hacer sentir a la gente parte. Por eso lo seguimos contando. Yo envidio mucho a la gente que tiene la capacidad para contar buenas historias y ser interesante. De verdad, hay pocas cosas que me gusten más que escuchar una historia bien contada. Y realmente creo que, en una historia, el virtuosismo es más importante que la verosimilitud. Qué más da que sea mentira si es una buena historia.
P: Y ya para acabar, me gustaría señalar el momento –catártico– en que tu protagonista, hacia el final de la novela, descubre cuál ha sido su auténtico temor desde siempre: «Pensándolo bien, es lo que me duele: no es el sentirme lejos, es el sentirme prescindible». Porque, tras escribir sobre la tradición, la familia, la amistad e, incluso, la vuelta a los orígenes, ¿qué es para ti lo imprescindible, Alexis?
R: Para mí, lo imprescindible es tener tiempo para estar con mi círculo cercano. Tener el suficiente tiempo libre como para poder pasar tiempo con ellas y para poder disfrutar de lo que me gusta. Desde hace un tiempo estoy en un momento en que todo esto lo valoro mucho. Solo quiero habitar el vínculo, con todo lo que implica.


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