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Elaine Vilar Madruga: «Cada país tiene su propia forma de tiranía»

Entrevistamos a la autora cubana Elaine Vilar Madruga, autora de 'La tiranía de las moscas' (Editorial Barrett, 2021), sobre libertad, placer, perseverancia e imaginación, entre otros muchos asuntos.

Elaine Vilar Madruga (La Habana, 1989) y Cristina Morales (Granada, 1985) se conocieron en Cuba a lo largo de un verano caluroso, zumbante y tropical. Fue entonces cuando nació La tiranía de las moscas (Editorial Barrett, 2021), una idea que terminaría eclosionando y deviniendo en una novela extraordinariamente curiosa y particular, con Elaine como autora y con Cristina como editora invitada dentro del magnífico proyecto editorial que Barrett lleva a cabo cada año. En ella, tres niños deciden enfrentarse al statu quo sexual, político y familiar, y terminan por cambiarlo todo. Al fin y al cabo, «las canciones de las moscas no se apagan ni siquiera cuando cierro los ojos», ¿y quién quiere tenerlos cerrados cuando podemos usarlos para leer a Elaine Vilar Madruga un poco más?

PREGUNTA: Hace años, el escritor gallego Juan Tallón tenía una sección en su página web titulada ‘Biografía de una mosca’. En ella, daba cuenta del enorme protagonismo literario que era capaz de cosechar un insecto a veces molesto, a veces tirano, que suele estar siempre asociado a la distracción. Siendo así, ¿cómo un ser vivo de estas características puede llamarle tanto la atención a los escritores?

RESPUESTA: Es que las moscas son iguales a nosotros: muy molestos. Cuando los autores escribimos y contamos verdades solemos ser siempre muy incómodos, y cuando tratamos de capturar esas verdades por medio de la literatura lo que hacemos es, además, revolotear sobre la vida, tratar de captar todos los ángulos de la realidad, y eso no es algo que le guste a todo el mundo. Desde luego, si hay algún animalito o algún insecto que se parezca al escritor es la mosca. Además, nosotros también somos seres diminutos, al menos en apariencia, que no determinamos nada en el mundo y de quienes la gente piensa que estamos ahí sólo para unir palabras y hacer un poquito del mal llamado arte; sin embargo, lo que tiene un escritor es la fuerza, a través de la palabra -que también es una mosca muy peligrosa-, de cambiar realidades. Quizá no las realidades de un planeta o de un país o de una colectividad, pero sí esas otras realidades de carácter particular o la propia manera que tenemos de entenderlas. Yo, por ejemplo, cuando escribí La tiranía de las moscas sabía que esos insectos serían testigos de todo, y, en el fondo, son los verdaderos narradores de la historia, la voz principal que lo conoce todo y que está presente en todo momento. Lo he dicho ya en alguna que otra ocasión: las moscas funcionan como el coro griego, como esa presencia teatral -visible o invisible- que forma parte de la acción y emite sus propios juicios y valores; y así ocurre también con mis bichitos, que siempre están ahí, más allá del bien y del mal, manejando los hilos.

P: Uno de los grandes personajes de la novela, junto a las moscas, es el padre-tirano, alguien que «tenía siempre las palabras precisas en la boca e intentó que esas palabras no se le escaparan, que sobrevivieran como el mejor testigo del éxito de su trabajo si alguna vez las medallas le fallaban o enmudecían». Al final, ¿toda contienda es, en el fondo, una batalla por el control de las palabras?

R: Toda contienda es una batalla por el poder, y las palabras tienen un poder tremendo. Eso que dicen de que las palabras se las lleva el viento, de que las palabras no tienen ningún peso en la historia es completamente falso. Todo está compuesto por ellas, y la Historia sólo es capaz de contarse con una serie de palabras unidas coherentemente, por mucho que luego sean pronunciadas por los vencedores. O sea, si hay algo importante en el mundo es, precisamente, el modo en que nos llegan las ideas, las palabras ancestrales, las palabras cotidianas. Las palabras son memoria almacenada y luego transmitida de generación en generación.

De algún modo, creo que La tiranía de las moscas representa la lucha de todos esos personajes, que viven en un ámbito cerrado, por querer contar su propia historia. No por gusto es Casandra la narradora principal, la narradora vencedora. De hecho, lo es porque no se mide en lo que piensa, dice lo primero que se le viene a la cabeza, y por eso se constituye como la criatura más liberada de todas.

P: En su última obra, Eterno Amor (Páginas de espuma, 2021), Pilar Adón sostiene que «lo salvaje vive en nosotros», que «todos tenemos comportamientos feroces de vez en cuando» y que son estos, precisamente, los que nos ayudan a ser más fuertes, más sabios y más humanos. Teniendo en cuenta que La tiranía de las moscas se desarrolla fundamentalmente entre cuatro paredes, en un «pequeño país llamado casa», te pregunto: ¿cómo de salvaje puede llegar a resultar lo cotidiano?

R: Para mí, dentro de la novela, la casa es la representación del país y el país es la representación de la casa. Mi intención con esto era, más o menos, ver lo micro dentro de lo macro y lo macro dentro de lo micro; o sea, que de alguna forma el lector pudiera ver ambas esferas conectadas, la esencia de las cosas en su generalidad, y viceversa.

Respecto a lo salvaje, qué decir; pues que está en la esencia misma del ser humano: es el tuétano que nos acompaña, nuestro cerebro primitivo, lo que rige nuestras funciones vitales. De alguna forma, la civilización -el concepto que han acuñado para referirse a la civilización, al menos- ha tratado de asentar siempre ciertas barreras para alejarnos de conceptos como este, pero en el fondo se trata de una influencia de la que no podemos escapar. Basta con que a la olla se le vaya un poco la presión para que salte: en los pequeños y en los grandes actos, en los privados y en los públicos. El ser humano es un ser potencialmente salvaje de por sí, y sólo basta con darnos un poquito con el dedo para caer en el abismo. Y puede sonar como una fábula distópica frente a la realidad, pero yo creo que, más bien, se trata de una mirada realista, valga la redundancia. Y más a día de hoy, donde vivimos en un mundo en que las fronteras entre la realidad y la ficción están tan difuminadas. Entre unas cosas y otras, se nos está quedando un mundo apocalíptico; y se han visto muchas señales que nos indican hasta dónde somos capaces de llegar como especie, desde lo mejor hasta lo peor, y las muestras de salvajismo -o de barbarie- cada día son más notables. En mi mundo particular, y sobre todo a partir de la pandemia, estas cosas ocurren de manera constante, por eso sentí que debía de escribir sobre este tema.

P: Al comienzo de la novela, por medio del personaje de Casandra, escribes: «es difícil hablar en primera persona y contar tu propia historia». ¿Es esto verdad?

R: Yo creo que sí que es verdad, y que es un hecho que sucede porque solemos tener miedo a ser nosotros mismos frente al resto. Creo que por eso mismo, además, solemos construirnos personajes, máscaras, la performance de nuestras vidas, tanto en el ámbito público -en el caso de los artistas- como en el ámbito privado, dentro de nuestra atmósfera familiar. Así, en vez de compartir una imagen a nuestra medida, lo que hacemos es proyectar una idea del bien ser o de lo que debe ser -de nuevo- lo civilizatorio: dentro de un hogar, dentro de un país, dentro de una colectividad de cualquier tipo. Sea como sea, hablar de uno mismo siempre es difícil. Es como mirarte profundamente en el espejo, pero en ese espejo que no es otra cosa sino abismo; porque uno es también siempre quien mejor se conoce, ¿no? Y quien mejor puede ejercer de crítico de sí mismo: de tu propio modo de escribir, de tu propia capacidad de sacrificio, de tus propios secretos… y ventilar de vez en cuando ese conocimiento, abrir las puertas de tu casa interior, renunciar a la claustrofobia, cuesta trabajo. Exhibir la suciedad que se esconde bajo los muebles y entre las cortinas es un acto de libertad, sí, pero también entraña mucho riesgo. No obstante, no hay acto más zumbador y hermoso que ese.

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Elaine Vilar Madruga, fotografiada por Umar Timol.

P: Hablas en la novela del placer como uno de los elementos revolucionarios más importantes, del «orgasmo como golpe de estado», por ejemplo. ¿Es, acaso, la libertad sexual el primer paso para ser completamente libres?

R: El cuerpo, en cierta medida, también es un país, o -más bien- la metáfora de un país; y, por lo tanto, tiene libertad y tiene opresión, tiene salvajismo y tiene civilización. De este modo, mi cuerpo, y tu cuerpo, y el cuerpo de todos aquellos que nos lean se convierte en el elemento más político del mundo. Y antes de ponernos a discutir acerca de las políticas de los espacios públicos -o de los jardines y los parques- deberíamos discutir acerca de la política de los espacios privados, ¿y qué hay más privado -y a la vez más público- que un cuerpo? ¿Y qué cosa es, a la vez, más hermosa y más sucia que un cuerpo cuando experimenta el placer?

En la novela, por supuesto, quería tratar esas cuestiones. Además del tránsito de Casandra de la niñez a la adolescencia de una manera muy poco marcada por los convencionalismos, buscaba reflejar de algún modo cómo Casandra ya sabía lo que le gustaba desde mucho antes de que le gustara -o de que descubriera que le gustaba-. Ella, de hecho, sabía desde niña que sus inclinaciones sexuales no eran las habituales, pero no es hasta este punto en que decide convertirse premeditadamente en una disidente: de las normas familiares, sociales, políticas y hasta de la tradición más enquistada. Es verdad que a mí me interesaba muchísimo que en la novela hubiera un elemento erótico, pero no quería que surgiese de la típica historia de chico conoce chica, chico conoce chico o chica conoce chica; yo quería que fuera, hasta cierto punto, algo que atrajera por igual al lector y que lo violentara, que le pusiera delante una señal de stop. Y de ahí surgió la idea de Casandra como heroína fuera de los márgenes, poco convencional, y también la intención troyana de su nombre: el hecho mismo de que ella fuera quien defendiera o quien proclamara esa suerte de rebelión infantil contra los padres, y que también puede leerse como una rebelión del cuerpo contra la opresión que cada día siente. O, también, contra nuestros propios deseos e identidades. Al final, la novela funciona un poco como una matrioshka: puede dividirse en pequeñas fracciones que cuentan diferentes cosas; y a Casandra le tocó ser la defensora de ese derecho que tenemos todos a elegir políticamente, públicamente y también de manera privada sobre nuestros cuerpos.

P: En innumerables ocasiones, la madre de Calia, Caleb y Casandra trata de mediar entre ellos y sus particulares obsesiones, haciéndoles una especie de terapia casera. Cada una de las entrevistas psicológicas -y sus malogrados resultados- a mí me han recordado a unas palabras de Paulina Flores en el relato Olvidar a Freddy, donde decía lo siguiente: «La primera y última vez que visitó un terapeuta se sintió aburrida toda la sesión. Al final, cuando el médico le explicó el tratamiento que debía seguir, ella levantó una ceja despectiva y estuvo a punto de soltar: “Ya, ¿pero cuál fue el último libro que leyó?”. No, ella no recibiría consejos de cualquiera». En tu opinión, y como norma general, ¿qué es lo que suele fallar a la hora de admitir frente a los demás nuestras limitaciones, nuestros problemas?

R: En primer lugar, el mayor inconveniente que encuentro en todo esto es nuestro propio afán por dividir y estratificar la vida; y, en sentido general, solemos hacerlo siempre partiendo de dos categorías distintas: los que saben y los que no saben, los que aparentemente saben y los que aparentemente no saben nada. Una cosa es evidente: nos encanta explicar los conceptos de sabiduría y de ignorancia, y eso es algo profundamente aburrido. Definir es aburrido, y, si no, que le pregunten a cualquiera de los personajes adultos de La tiranía de las moscas, que tratan de definirlo todo. En la novela, si te fijas, los padres no paran de clasificar a sus hijos, y eso es algo que muy fácilmente podemos extrapolar a nuestras propias vidas, ¿verdad? A cómo nuestros padres ya se empeñan en colocarnos determinadas etiquetas desde que nacemos, como es el caso del género, de la cunita de un color o de otro, de los juguetes para niños y de los juguetes para niñas… y así empiezan a colocarnos las primeras estratificaciones, que parten, ni más ni menos, de esos conceptos que acabamos de comentar: el del saber y el de la ignorancia. Los progenitores hacen todo esto porque ellos creen saber qué es lo mejor para ti. En la escuela también te dicen que ellos saben qué es lo mejor para ti. Y en la clínica. Y en el psicólogo. Y en el psiquiatra. ¡Hasta tu esposa y tus hijos, más adelante, van a determinar qué es lo que está bien para ti y qué es lo que no! Y, al final, tú nunca vas a poder determinarlo. Poco a poco nos están quitando la posibilidad de decisión, y cuando te pones a hacer recuento descubres que eres la suma de la decisiones que un montón de seres humanos han tomado por ti.

Si hablamos del mundo del arte, además, donde hay tanta inconcreción, el asunto se vuelve aún más peliagudo. Sea como sea, lo maravilloso sería que dejasen de haber definiciones, y que lo que importara de verdad fuera aquello que a ti mismo te saliera de dentro: como ser humano, como artista, como lo que sea. Y esta es también una idea disidente, aunque no signifique en absoluto que debamos enfrentarnos contra todo lo establecido por el mero hecho de empezar una confrontación. Conocer ha sido bueno siempre, pero conocer para evitar aplicar los mismos conceptos estancos de sabiduría y desconocimiento al resto de los seres humanos. Evidentemente, es algo complicado, pues implica enfrentarnos a las ideas tradicionales y a un sistema educativo que lleva imperando durante años; pero la vida, más que una definición, es una suerte de work in progress. Tú eres hoy quien eres por determinadas cuestiones: los libros que has leído, la gente que has conocido, los lugares que has visitado; pero dentro de diez minutos vas a ser otra persona completamente distinta. Somos constructos que se van haciendo segundo a segundo, somos la cosa más indeterminada del mundo, aunque, por suerte, la pluralidad y el eclecticismo es suficiente. Si somos libres, yo me conformo con crecer torcida, como la torre de Pisa.

P: En una de esas entrevistas terapéuticas la madre le dice a Casandra que es «una niña con mucha imaginación y eso no es malo. Al contrario, (…) puede ser muy útil para la vida. Pero a veces, si la imaginación es excesiva…», puede llegar a convertirse en algo malo. ¿Es la imaginación, también, un elemento disidente?

R: Sí, yo creo que sí, que gracias a la imaginación hemos llegado hasta aquí, de hecho. Y no sólo gracias a la imaginación que entendemos como bella, sino también a aquellas otras imaginaciones más macabras, más perturbadoras, que nos han convertido en los seres políticos que somos hoy. Por su parte, el lado bueno, el lado más angelical es aquel que nos ha hecho progresar más allá de los límites impuestos. El acto imaginativo fue el primer paso en pos del progreso, de la libertad, y nuestro primer acercamiento a la ruptura con lo divino: desde que a Eva, en la Biblia, se le ocurrió tomar el fruto prohibido y ofrecérselo a Adán. Así, Eva fue la primera disidente de la historia, en mi opinión; y de alguna forma la imaginación nos viene construyendo desde entonces. Si hay algo bueno en el ser humano, y eso que cada día pongo más en duda que exista algo así, es nuestra capacidad para idear aquellos elementos que son capaces de ayudarnos como especie. Qué sé yo, es como si ahora mismo decidiéramos romper todos los muros y acabar con todas las fronteras que nos hemos ido colocando: la lengua, la raza, la identidad, el gusto, el pensamiento, los países mismos… esas fronteras tan terribles que nos obligan a solicitar visados para viajar, y que te miden, te valoran, te juzgan. En el fondo, todo gran movimiento revolucionario comienza con la imaginación.

P: Es decir, que la imaginación nos ayudaría a revertir tanta distopía y a empezar a convertir el mundo en un lugar mejor, en una especie de utopía, ¿no?

R: Bueno, no sé si a mí me gustaría vivir en una utopía, la verdad, porque a priori me parece la cosa más aburrida del mundo. Dentro de lo utópico también tendríamos que establecer una serie de matices, porque si no estaríamos en las mismas. La idea de una perfección plena terminaría convirtiendo al concepto mismo de perfección en una cosa vacua. Somos una especie de contrastes, y, aunque todo pueda llenarse luego de matices, lo importante es que tengamos bastantes márgenes para mejorar.

P: En la novela, además de romper una lanza en favor de la libertad sexual, rompes una lanza en contra de la maternidad. «Hay que ser muy hembra para admitir que los sueños de la maternidad son una utopía (…). Hay que ser muy hembra para llegar a una conclusión semejante: amar a los hijos no es una condición biológica, sino un proceso de aprendizaje que puede verse frustrado ante cualquier circunstancia», escribes. ¿Consideras que ya ha llegado el momento de dejar de romantizar el hecho de ser madre?

R: Ese momento llegó hace bastante ya, porque es verdad que la maternidad no tiene nada de romántico. O sea, creo que es bueno que las mujeres digamos que tener hijos duele. Y yo no soy madre, eh, pero sé que tanto mi abuela como mi mamá podrían contar historias espeluznantes sobre el parto o sobre el embarazo, casi como si estuviéramos en alguna de las películas de Saw. El embarazo es una saga de terror: duele, y no es que cuando el bebé salga todo se detenga, no; luego son otros tantos meses amamantando, criando y viviendo las secuelas de la maternidad, de la violencia obstétrica que te practican. Este es otro claro ejemplo de personas que deciden sobre tu cuerpo, más allá de tu propio deseo, y que se quedan atados a él, de por vida. Además, el hecho de considerar buenas madres sólo a aquellas que no se quejan y que no hablan del dolor o de la miseria que implica un parto hace que me lleve las manos a la cabeza, pero qué bueno que poco a poco todo eso se esté aireando, y que podamos hacerlo a través del arte, a través de las mujeres artistas y de la mirada que llevan años dirigiendo hacia sus propios cuerpos y hacia los cuerpos de las demás.

P: Luego, por otro lado, está la juventud, «la sabiduría de la juventud que pretende encontrar palabritas rebuscadas y escupir a la cara de los padres». Ahora que sabemos que las madres tienen derecho a odiar a sus hijos, ¿sigue siendo igual de lícito que esos hijos odien a sus padres?

R: Es absolutamente normal que una nueva generación quiera anteponerse -y se anteponga- a la que viene detrás, que lo nuevo busque una ruptura con lo viejo, y si potenciamos esta teoría y la extrapolamos a una relación familiar pues también es lógico decir que los hijos somos siempre disidentes de los conceptos impuestos por nuestros padres, y que estamos de alguna manera destinados a convertirnos en una válvula de escape dentro del hogar. Esa confrontación generacional es, para mí, una lucha como otra cualquiera, y es algo que imagino que lleva sucediendo desde el tiempo de las cavernas. Dicho esto, los jóvenes quizás no estemos destinados a cambiar el mundo, pero desde luego sí que lo estamos para intentarlo; y, en muchas ocasiones, el acto mismo de intentar es mucho más inspirador que el propio hecho de lograrlo. Así, las nuevas generaciones estamos abocadas a defender aquello en lo que creemos, aunque sea estando en contra de todo lo que viene detrás. ¿Es esto una reacción patológica, de odio? Yo creo que no. Y en una familia, bien sea la mejor familia de todas o la peor, siempre se van a mezclar todos estos elementos: el amor y el odio, el rencor y la memoria; y no es bueno edulcorar ninguna de esas reacciones.

P: De todos modos, y por suerte, algo de cariño nos queda. En La tiranía de las moscas, sin ir más lejos, sostienes que «para hablar de amor es preciso haberlo visto desde una tercera persona imparcial, omnisciente, omnisapiente, omnipensante o quizás omnignorante». ¿Por qué se desvirtúa el concepto si somos nosotros mismos, los implicados, quienes hablamos directamente desde el corazón?

R: En el momento en que experimentamos el amor lo que tenemos es, más bien, la idea que nos habíamos hecho en su momento del proceso del enamoramiento, de cómo el caldo hormonal se estaría revolviendo dentro de nosotros. Y creo que la distancia es lo único que nos permite mirar a ese amor como recuerdo, como hecho consumado, tal y como realmente sucedió. En mi caso, las veces en que yo misma he logrado experimentar el enamoramiento, reconozco que lo que he sentido más vivo han sido los momentos de memoria, y no tanto los momentos de experiencia. Incluso cuando he terminado acercándome al amor a través de una mirada ajena, de la otredad, de la imparcialidad he visto mejor cómo se desarrolla el concepto que viviéndolo desde dentro. Por eso te digo: el amor tiene que ver mucho con el componente de la memoria y de cómo lo recordamos, mucho más que el modo en que lo vivimos, que está plagado de hormonas y de felicidad, pero no de un razonamiento objetivo. En este caso, si la imparcialidad existe, es en el reposo y en el ejercicio de la memoria donde único seremos capaces de encontrarla.

P: En un momento dado ligas todo esto a una sensación bien distinta: «el ejercicio del amor siempre va acompañado del miedo. Amamos a lo que tememos, y viceversa», afirmas. ¿Qué tienen en común ambos sentimientos?

R: Bueno, los conceptos de amor y de miedo están profundamente vinculados. El eros y el fobos, que dirían los griegos. Y es que también hay algo terrible en el amor, en el hecho de amar profundamente. Como en la maternidad, no son todo lucecitas o confeti, sino que hay partes muy oscuras dentro de él.

Por otro lado, dentro del miedo no me atrevería a decir que haya algo amoroso, pero sí que, quizás, éste pueda definirse como la ausencia total del propio amor. Sin duda, los dos son elementos que no se difuminan ni en la vida ni en el arte, y aunque pasen los años, los siglos, las eras, todo va a seguir así. Habría que analizarlo bien, y quizás no sea yo la persona más indicada para ello [risas], pero creo que podemos estar hablando de las dos caras de una misma moneda, del auténtico motivo por el que, quizás, los hijos amamos y tememos a la vez a nuestros padres, volviendo al punto anterior.

P: Entre el amor y el miedo se mueve, precisamente, el mundillo cultural: amor por lo que hacemos, y miedo a la precariedad. De todo el libro, una de las frases que más me entusiasmó fue la siguiente: «la precariedad es un ejercicio de paciencia». ¿Cuán de pacientes dirías que debemos ser si aspiramos a vivir del arte, de la música, de la literatura o de la creación?

R: Sin duda: el mundo cultural es un mundo de pacientes. No por gusto hay un refrán que afirma que determinadas situaciones implican una carrera de resistencia, no de velocidad; y eso es lo que nos pasa a todos los que queremos ser escritores, pintores, músicos, creadores en general. Yo, por ejemplo, opino que hay que sumarle muchísimas cosas al oficio del escritor, además de escribir; pero, desde luego, la paciencia es una de las más importantes. Hay que saber esperar por el buen tiempo, cuando las cosas se dan, y, entre tanto, continuar escribiendo, porque de nada vale que nos sentemos a esperar a que llegue el momento o el representante o la editorial perfecta si uno no se sienta y se pone a trabajar. Y al final, mira, los que amamos la literatura no sabemos vivir sin escribir. Nos marchitaríamos sólo de pensar en el hecho de lograr un resultado a corto plazo o de inmediato. Y yo creo que hay que saber tanto esperar como florecer mientras se espera; y, sobre todo, crear mientras se espera.

P: Y en este sentido, ¿qué cuesta más: alcanzar los éxitos o mantenerlos?

R: Qué buena pregunta. Pues, fíjate, creo que son dos cosas muy distintas, pero que también se encuentran en un punto común, que es la dificultad: lo difícil que es llegar y lo difícil que es mantenerse, ¿no? Sobre todo en el camino artístico. En mi caso, alcanzar a los lectores o llegar a interesarle a las editoriales ha sido extremadamente complejo, sobre todo viniendo de una realidad como la mía, que vivo en una isla como Cuba, rodeada de mar por todos lados, donde salir de mi contexto regional y llegar al mundo ha resultado ser bastante complicado y ha costado mucho. Luego, la lucha por mantenerse no viene tanto influenciada por los demás sino por uno mismo, por las dudas que te asaltan acerca de cómo contar nuevas historias, cómo narrar desde una óptica distinta.

Yo, por ejemplo, me siento mucho más satisfecha cuando me enorgullezco de lo que escribo a título personal que cuando me lo dicen los lectores, y esa es una parte importantísima de mi método de escritura. Puede que se trate de una trampa, de una encerrona, pero hasta ahora ha sido una de las normas que más me he empeñado en mantener. Es una muestra de respeto hacia mi propio trabajo. Por fortuna, he podido compaginarlo con el inmenso privilegio de que los lectores hayan disfrutado de mi obra, aunque, como te decía, todo ha sido muy difícil. Y no hay que olvidar nunca el concepto de fatalismo geográfico, por favor; porque negar que condicionantes así existen es como poner un dedo delante del sol y pretender que la luz no pase.

Elaine Vilar Madruga, fotografiada por Umar Timol.

P: Hablando del fatalismo geográfico… En La tiranía de las moscas, que sucede, como tú bien has dicho, en una casa que es un país, y en un país que es una casa, «las circunstancias ayudaban a que todos fueran iguales si se esforzaban, iguales botas, iguales vestidos, iguales uniformes, iguales ideas, igual calor, igual verano que tocaba a partes iguales». ¿Cómo nos afectan, en el sentido vital y literario, a los seres humanos esta clase de imposiciones?

R: Yo, como escritora y como ser humano, estoy muy a favor de la igualdad, pero estoy muy en contra del igualitarismo y de la falsa homogeneización. Me molesta mucho, por ejemplo, que nos coloquen a todos bajo un mismo molde, y que luego pensemos que ese mismo molde nos va a servir a cada uno por igual. Todos somos entes políticos, entes sociales, entes económicos, personas capaces de pensar más allá de un automatismo. La mecanización de las ideas también es algo que me molesta, pues el pensamiento crítico no nació para ser encapsulado. Ya lo decíamos antes: si las ideas se enquistan se convierten en tumores, y a mí lo que me ha gustado siempre es que las mías, ya sean literarias o de otra índole, viajen libremente y sin censura. Por eso cuando escribí La tiranía de las moscas me fijé en los elementos de mi cotidianeidad, pero también pensé en la realidad que otros muchos seres humanos estaban viviendo ahora, día a día, porque creo que cada país tiene su propia forma de tiranía. Al fin y al cabo, todos los gobiernos tienen su propia forma de determinar cuáles son aquellas personas que pueden ser libres según qué contextos y cuáles no; y eso es algo que, desafortunadamente, nos ha tocado vivir a todos los habitantes del planeta, de punta a cabo.

Por otra parte, también me fijé un poco en la Historia, que tiene la rutina de ser cíclica y, aún así, no aprendemos de ella. Somos capaces de ver cómo los acontecimientos históricos tienden a repetirse, pero todavía se nos resisten. Por ejemplo: las dictaduras, que llevan afectándonos desde hace siglos -sobre todo en el continente latinoamericano-, y que tienen como elemento catalizador el hecho de intentar homogeneizarnos a todos. Y ese era un poco mi punto de partida: hacer una novela que hiciera referencia, primero, a la tiranía de los padres sobre los hijos; y segundo, a la casa como país y al país como casa. Desde luego, la falsa homogeneidad no ayuda a nadie, pero por suerte ya se están previendo cambios, y yo confío en ellos: en las ideas que se mueven, que se niegan a permanecer muertas, y que son las que ponen en funcionamiento los verdaderos motores de la humanidad; tanto en lo político como en lo literario.

P: Ahora que acabamos de empezar a afrontar «la dictadura del verano», tal y como tú misma la denominas a lo largo de la novela, ¿tendrías algún consejo que dejarnos para sobrevivir?

R: Sinceramente, yo siempre creo que lo mejor que podemos hacer en verano es leer. Invito a todo el mundo a hacerlo, a que se busquen el libro más osado que encuentren, a que vayan a las librerías y los compren, a que apoyen a los pequeños negocios y a los escritores: buscando sus libros, compartiendo reseñas, enviándoles cualquier tipo de feedback. Y digo esto, sobre todo, porque leer es el acto que verdaderamente nos va a hacer libres. En primer lugar, de las ataduras del verano; luego, de nosotros mismos y hasta de nuestras propias ideas enquistadas; y, por último, de la realidad. Para ello, no obstante, hay que leer críticamente. No vale con una lectura vacía o leer por leer, para pasar páginas o ir sumando libros en el estante. Hay que leer con criterio, de la forma más ácida posible, con el convencimiento de que cada lectura nos ayuda a quitarnos el polvo que escondíamos bajo el mantel. De alguna forma, yo creo que la lectura es la mejor manera de limpiar nuestras ideas, nuestra mente y nuestro espíritu; y no hay mejor ingrediente para pasar unas buenas vacaciones.

P: Y ya, como recomendación final, ¿cuáles tendrían que ser, según tu criterio, los tres grandes libros del verano?

R: Pues en vez de recomendarte libros lo que voy a hacer es recomendarte a tres autores a quienes adoro, a quienes admiro y a quienes considero capaces de cambiarle la vida a todos los lectores de por aquí, porque a mí me la cambiaron.

En primer lugar, voy a nombrarte a un escritor cubano que es un poco desconocido más allá de nuestras fronteras, pero que gracias a Dios ya ha empezado a romper esa maldición del agua por todas partes que rodea a los isleños. Se llama Evelio Traba Fonseca, y si hay un buen narrador de mi generación, alguien que sepa combinar el registro histórico de la Cuba colonial o republicana y, además, usar un lenguaje contemporáneo, es él, sin ninguna duda. Es un escritor al que hay que leer sí o sí, y por eso sería mi primer recomendado.

En segundo lugar, te sugiero a una latinoamericana que, para mí, es una de las voces más acertadas de la literatura en español de todos los tiempos, que es Samanta Schweblin. Todo lo que escribe Samanta tiene su toque maravilloso. Es, de verdad, una autora con una capacidad para recrear atmósferas y provocar la inversión del terror de lo cotidiano que no va a dejar indiferente a nadie. De ella, voy a citar Distancia de rescate, por ejemplo, que a mi modo de ver es una novela corta fascinante, y la que a mí más pavor me ha provocado nunca.

Y por último voy a mencionar a un autor que, en mi humilde opinión, tendría que ser uno de los autores de cabecera de todo el mundo: Salman Rushdie. Para mí, un auténtico referente del realismo mágico pakistaní mezclado con muchos otros elementos de la contemporaneidad. Y de Salman Rushdie hay que leerlo todo, absolutamente todo. Además, como escritor proscrito refleja perfectamente lo peligroso que puede llegar a resultar nuestro oficio en un mundo como el de hoy.

*Imagen de cabecera tomada y cedida por Umar Timol.

Alfonso Mareschal (Santa Cruz de Tenerife, 1995) es graduado en Derecho y Periodismo; un poco por vocación, un poco por vocativo. A pesar de tener estudios jurídicos, prefiere defender sus causas por medio de la palabra y de la literatura. Sus primeros pasos dentro de un medio de comunicación los dio en Esquire, aunque también ha trabajado en la Cadena COPE y El Mundo, entre otros. Además, es autor de la bitácora digital ‘Bloc en blanco’, colaborador en FronteraD y coautor del libro de entrevistas ‘#SoyPeriodista’ (CEU Ediciones, 2019).

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