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Bruno Patino: «La verdadera privacidad es aquella que nos permite la libertad de pensamiento, acción y aislamiento»

Nos acercamos al periodista Bruno Patino para descubrir por qué la sociedad actual está tan enganchada al ciberespacio.

Entrevista realizada por Alfonso Mareschal y Victoria Ocaña

Bruno Patino, periodista francés, escritor y actual presidente del canal franco-alemán ARTE, publicó, hace unos años, su brillante ensayo La civilización de la memoria de pez (Alianza, 2020) acerca de las consecuencias y peligros de vivir con una capacidad de atención cada vez más limitada. El pasado mes de junio, Patino visitó España y tuvimos la suerte de escucharle -y posteriormente hablar con él- en la IV edición del Festival de Filosofía, ‘Embaucadores contra Perplejos’, organizado por la Universidad Complutense de Madrid y el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque. Todo su testimonio está amparado por la valiosa experiencia que le supuso haber sido testigo del nacimiento de Internet y participar en los primeros pasos del periodismo digital, así que pocos mejor que él para conocer el impacto -a menudo, subrepticio- de las tecnologías, no solo en lo personal, sino también en lo político y económico. ¿Omnipotencia tecnológica? No por tanto tiempo.

PREGUNTA: En La felicidad de los pececillos, Simon Leys escribe lo siguiente: «Zhuang Zi y el maestro de lógica Hui Zi se paseaban por el puente del río Hao. Zhuang Zi observó: “¡Mira lo felices que son los pececillos que se agitan ágiles y libres!”. Hui Zi objetó: “Si no eres un pez, ¿de dónde sacas que los peces son felices?” (…). “Si quieres saber de dónde lo sé, pues bien, lo sé desde lo alto del puente”». Precisamente, tu último libro se llama La civilización de la memoria pez, pero, más allá de la memoria, ¿no seremos peces por completo? Seres que no son conscientes de su propia condición -de adictos a la tecnología- hasta que no llega alguien -como usted- y los observa desde la distancia, desde el puente… ¿Hasta qué punto tienen que ser siempre otros los que vengan y nos hagan conscientes de nuestra condición?

RESPUESTA: En realidad, yo creo que es importante resaltar que el libro fue escrito desde un principio sin distancia alguna entre lo que se contaba y quién lo contaba, que era yo. O, bueno, mejor dicho, el libro nació con la vocación de tomar cierta distancia entre la realidad global y la realidad particular de lo que a mí me sucedía, porque yo, como tantas y tantos otros, soy uno de esos peces. En ningún momento quise alejarme de mi condición, de la condición que todos tenemos, y ese puede ser uno de los motivos de su éxito: que el ensayo no pretende observar a los peces desde la lejanía, sino que yo mismo asumo que soy uno de ellos y trato de entender, así, lo que está pasando a nuestro alrededor. ¿Y qué es lo que nos está sucediendo? Pues que nuestra conexión con las pantallas ha ido cambiando poco a poco y se ha alejado de la normalidad, rozando incluso la adicción.

Creemos que podemos parar cuando queramos, que podemos controlar nuestros impulsos tecnológicos, que no tenemos ninguna clase de problema; y, cuando te quieres dar cuenta, descubres que no, que no puedes dejarlo. A mí me pasa, a mis amigos les pasa, a mis compañeros de trabajo también… ¡A casi todo el mundo! Y partiendo de ahí, de lo que se trata es de comprender por qué tenemos esta clase de relaciones con las pantallas, con los móviles, con el ordenador. Lo primero es lo primero: si estamos en este punto es porque desde un principio no tuvimos reparo en probar. A mí nadie me ha forzado nunca a tener un teléfono conectado a internet las veinticuatro horas del día, nadie me dio una orden, y estoy hasta contento de tener en mi vida unas herramientas como estas; pero hay que preguntarse ciertas cosas: ¿Cómo han logrado convertirnos en seres tan dependientes? ¿Esa dependencia va a desaparecer en algún momento, va a parar de manera natural o necesita de algunas acciones determinadas por nuestra parte? Yo, al menos, creo que si no hacemos algo concreto todas estas adicciones van a mantenerse, y es esto lo primero que trato de decir en la obra: que nuestro comportamiento frente a la pantalla no es natural, que no se debe a la novedad que despiertan los juguetes nuevos, sino que bebe de un modelo tecnoeconómico que hace todo lo posible para que no podamos despegarnos de esta clase de instrumentos.

P: El asunto, por tanto, es más serio de lo que parece, ¿no?

R: Así es. Y lo es desde un aspecto individual, que afecta a nuestra salud y a nuestras nociones de dependencia -sobre todo en las personas más frágiles-, y también desde un aspecto social, pues puede llegar a afectar a nuestras relaciones de amistad, de pareja o de trabajo. Sé que hay expertos que sostienen en diversos estudios que las cosas no son tan malas como parecen. Yo mismo trato de expresar en la obra que lo digital tiene infinidad de cosas buenas, sin ir más lejos; pero cuando observamos los trabajos de un neurólogo como Oliver Sacks nos damos cuenta de que hay que tomárselo en serio. Tampoco estamos hablando de una droga muy, muy dura, pero sí que tiene consecuencias en el cerebro, sobre todo cuando uno mismo es incapaz de gobernar su relación con el medio.

Respecto a las consecuencias colectivas, la peor de todas es la polarización general del espacio público. Como bien dije en la charla de Condeduque, no creo que esta polarización la hayan inventado las redes sociales, pues depende también de otra serie de condicionantes económicos, políticos, climáticos… aunque sí que es verdad que las redes sociales actúan como un acelerador de la misma, y quizás ahora mismo lo que necesitemos sea justo lo contrario: herramientas que frenen los extremismos y la división.

Mi argumento, por tanto, se basa en que estos dos efectos, la dependencia y la polarización, no dependen en exclusiva del uso que nosotros le damos a la tecnología, sino de un matrimonio mucho más complejo conformado por la propia tecnología y el modelo económico. Y aún así he tratado de escribir un libro en cierto sentido optimista sobre el asunto, pues no aboga por el abandono total de la tecnología como medio para reconquistar el equilibrio, sino que se centra en advertir los peligros -por llamarlos de alguna manera- del aspecto económico de ciertas tendencias. De este modo, creo que es mucho más fácil actuar si nos centramos en ese binomio que tratando de acabar definitivamente con esas herramientas tecnológicas.

P: Sartre, cuando era pequeño, pensaba lo siguiente sobre el cine: «éramos de la misma edad mental, yo tenía siete años y sabía leer, él tenía doce y no sabía hablar». Nosotros, por ejemplo, no hemos sido conscientes del tránsito entre la etapa pre-internet y la etapa de internet en sí misma. ¿No es más difícil para los jóvenes, quizá, entender el problema si ya lo traemos interiorizado?

R: A mi modo de ver, lo que hay por todas partes es un sentimiento generalizado de cansancio, incluso en los jóvenes. Por supuesto que vuestra generación y generaciones posteriores han nacido con esos instrumentos al alcance de la mano, y por eso mismo no tenéis esa sensación de perdida, de fin de ciclo, pero sí que empezáis a estar también un poco agotados del asunto.

Lo cierto es que la dificultad nunca radicó en es adaptarse a lo nuevo, ni en lo tecnológico ni en cualquier otro ámbito de la realidad; por el contrario, lo complicado es convivir con la idea de que algo se ha perdido para siempre. Claro, a las personas de mi generación esto les afecta de una manera mucho más directa que a las de la vuestra, pero ¿cuántas cosas no habremos perdido ya a lo largo de la historia? Y por eso hablo de hartazgo, porque no se puede echar de menos aquello que no se conoce. En Francia, de hecho, la obra tiene el título de La sociedad del cansancio, pero en España no pudo llamarse así por la traducción de otro ensayo alemán que se parecía demasiado. Sea como sea, sigo absolutamente convencido de que todos, hayamos perdido o no hayamos perdido algo, tenemos esa sensación de agotamiento. Al fin y al cabo, todo es culpa de la economía de la atención, que es anterior a internet, pero que ha encontrado en él a su mayor aliado para hacer de las suyas: robarnos el tiempo a cambio de cierta información. Lo que pasa es que muy pocas veces nos paramos a pensar si este intercambio es justo o no, si merece verdaderamente la pena. Yo, particularmente, estoy seguro de que no. Quizás al principio sí que lo fue, cuando a cambio de información se nos pedía a nosotros que compartiéramos una serie de datos; pero ahora que la moneda de cambio es el tiempo, la balanza se ha desequilibrado, y la consecuencia natural de ese desequilibrio es el cansancio. ¿La solución? Pues para reajustar un poco todas estas diferencias yo creo que valdría con pasar un poco menos de tiempo navegando en internet, chateando con el móvil o entrando a Facebook a través de una pantalla. Ahora bien, ¿vamos a pasar de usar nuestro teléfono nueve horas al día a hacerlo sólo dos de forma natural o hay que hacer algún esfuerzo? Pues yo creo que lo segundo, porque hay herramientas que se han desarrollado para que esto no suceda tan fácilmente, y si no actuamos nosotros para terminar limitando nuestra exposición no vamos a lograrlo.

Si tú te fijas en cómo se ha venido desarrollando la economía de la atención en otros medios distintos a las redes sociales hasta ahora, como pueden ser la radio o la televisión, te darás cuenta de que siempre, para limitarla, ha tenido que llegar el legislador o el educador y enseñarnos a actuar de una manera determinada. Por ejemplo, es evidente que nadie puede conducir a 150 km/h. por la ciudad, y esto lo sabemos porque hay normas que nos han obligado a ello desde siempre; pero resulta que esas normas externas surgieron por nuestro bien, y son, precisamente, las que nos han ayudado a seguir avanzando.

P: A pesar de defender una postura optimista con la tecnología y de pronosticar que, en unos años, habrá leyes que nos permitan utilizarla mejor, también es inevitable sentir cierta preocupación por la manera en que ella nos controla, ya sea despertándonos por la noche a mirar el teléfono como a través de las aplicaciones que nos escuchan con el fin de enviarnos mensajes publicitarios, ¿por qué lo permitimos?

R: Son dos cosas muy importantes, la verdad; diferentes pero muy importantes. Sobre el control, en el libro, esbozo cómo se han utilizado las neurociencias para que las personas sientan ese empuje o esa necesidad de usar sus teléfonos, incluso cuando no quieres hacerlo en la mayoría de ocasiones. Fíjate hasta dónde llega la situación que el otro día, leyendo un sondeo, veía el dato de que el 18% de las parejas miran sus móviles cuando están manteniendo relaciones sexuales; y, hombre, no estamos hablando del 100% de los casos, gracias a Dios, pero sí que se trata de un porcentaje elevado, sobre todo cuando se supone que en ese momento no hay nada más importante. Mucho menos una notificación.

Es curioso, porque aún recuerdo el momento histórico en que se nos dio la oportunidad tecnológica de enviar notificaciones. Antes de todo eso, antes de la llegada misma del Smartphone al mercado en 2006, hubo un momento muy importante en nuestras vidas, que fue el 11 de septiembre de 2001. En aquella época yo me encontraba, además, trabajando ya en los usos informativos de internet para el diario Le Monde, que hasta entonces estaba relegado a un segundo o tercer plano, pues nadie lo miraba, nadie lo entendía, más allá de funcionar como incentivo para incrementar las ventas en papel o favorecer su distribución; pero con el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, todo cambia. Ese día, además de la catástrofe, sucedió un hecho nunca antes visto, que fue la caída global de la red debido a las continuas consultas informativas, a que todo el mundo quería saber qué estaba sucediendo y acudían a internet -a la versión digital de periódicos como The New York Times, Le Monde, The Guardian o El País– para averiguarlo. Fue entonces cuando descubrimos que la gente quería tener acceso inmediato a la información, que no era lo mismo el mero hecho de poder leer las noticias a través de una pantalla; y eso fue lo que cambió el modelo para siempre, lo que nos obligo, además de a informar, a publicar esas informaciones justo cuando pasaban. Recuerdo, de hecho, que ese año vino un técnico a decirnos que las notificaciones eran el futuro, pero, claro, no acertó del todo, pues nos dijo que sólo servían para resaltar las cosas urgentes e importantes, como el 11 de Septiembre, y que no convenía mandar más de una notificación semanal porque, si no, la gente acabaría harta. ¿Se lo pueden creer? No, ¿verdad? Y menos ahora, cuando el promedio -al menos en Francia- es de 46 notificaciones diarias…

Desde luego, poco a poco, hemos ido acostumbrándonos a cosas que en un principio parecían improbables, y lo hacemos porque nuestro cerebro se ha acostumbrado a responder automáticamente a determinados estímulos mentales; y, además, cuando estos estímulos se confunden con los sentimientos, ¡por supuesto que vas a reaccionar! En el libro yo lo asocio con la bulimia, por ejemplo, con ese impulso descontrolado por comer sin disfrutar apenas de la comida que te zampas; y creo que así estamos un poco todos, especialmente cuando miramos nuestras pantallas a las tres de la mañana a sabiendas de que es algo que no nos va a reportar ni la más mínima satisfacción ni nos va a servir para nada.

P: En este sentido, ¿cuándo nos pareció, también, que el fin de la privacidad era aceptable?

R: En la sociedad en que vivimos, existe una grandísima paradoja, la verdad. Algunos sociólogos norteamericanos lo llaman «economía de la extracción», y, al menos en este caso, yo diría que han acertado por completo. Podría decirse, incluso, que hemos pasado de una época en que las empresas para funcionar te extraían tu fuerza de trabajo a otra bien distinta donde la moneda de cambio son los datos, para terminar fomentando el desarrollo y la aceleración de las que ya nos hablaba el filósofo alemán Hartmut Rosa. La pérdida de la privacidad se produce, por tanto, porque el modelo de sociedad en que vivimos se basa en la extracción continuada de información: sobre nosotros mismos, sobre nuestros gustos, sobre nuestros comportamientos; y es un modelo que, desde luego, hemos aceptado sin saberlo y del que ya no nos podemos zafar.

Es evidente que volver atrás en el tiempo y cambiar las cosas también es imposible, pero yo no creo que esa fuera tampoco la solución que merecemos. Al fin y al cabo, la privacidad no se entiende igual ni es la misma en la sociedad contemporánea, en la sociedad de los datos, de lo que lo era en la época industrial, ¿no? Si nos fijamos, la construcción del individuo como entidad sagrada, ajena a la violencia del Estado y a sus injerencias, tenía como elemento fundante esa privacidad; ahora, evidentemente, las cosas no son como antes, y tampoco es que yo sepa decir hacia dónde vamos a llegar, pero es necesario que nos preguntemos hasta dónde llega nuestra autonomía como seres humanos. Y otro de los aspectos de esa paradoja vital de la que antes hablábamos pasa por el control y el cálculo al que nos vemos sometidos a cada rato. Sin embargo, hay que matizar que esa extracción continuada de datos también es limitada, y por mucho que la gente se alarme aún no estamos en Minority Report o en cualquier otra realidad distópica. ¿Que las cosas han cambiado? Por supuesto, pero habría que redefinir todos los conceptos si queremos darnos cuenta de su alcance real.

Para mí, por ejemplo, la verdadera privacidad es aquella que nos permite tener nuestra propia libertad de pensamiento, de acción y de aislamiento; y ahora mismo, más que haberla perdido, lo que hemos hecho ha sido actualizar nuestras ideas y parámetros. Y de la antigua distinción que había entra la vida pública y la vida privada en el siglo XX ya no quedan ni los restos.

P: En el libro hablas de la economía de la atención… ¿Pero no es, más bien, una economía de la distracción? Normalmente la atención se asocia con cualidades positivas, y mira… Por otro lado, la distracción como algo negativo, aunque también existe el caso de no pocas personas que la tienen como un elemento fundamental en su vida, dentro de su proceso creativo, como lo que sostiene Maria van Rysselberghe en su libro A favor de la distracción. ¿Qué tienen de malo y de bueno ambos conceptos?

R: Pues esa es una distinción muy acertada, efectivamente. Si fuéramos más allá, de hecho, yo la llamaría la economía del impulso, porque ni siquiera estamos hablando de una distracción real, cuando la mente puede ponerse a divagar y a transitar nuevos caminos. No estamos ni cerca de esa magnífica frase de T. S. Eliot que decía que nos encontramos «distraídos de la distracción por la distracción», que ojalá, sino que experimentamos, al contrario, el bombardeo fluido de los estímulos. Sea como sea, en el libro me decanté por usar el término «economía de la atención» porque se trataba de un concepto científicamente asentado, y porque su teorización respondía a un artículo fundacional publicado en 1969 por Herbet Simon en el que se ponía a hablar de conejos y de ensaladas, y a partir del cual nos explicaba que un mundo con mucha información era un mundo con la atención desenfocada, pues la segunda, como los conejos y las zanahorias, si abundaba se terminaba comiendo a la primera. También escogí este término para seguir los fundamentos del académico Tim Wu en su ensayo Comerciantes de la atención: la lucha épica por entrar en nuestra cabeza (Capitán Swing, 2020). La idea, por tanto, no la inventé yo, pero sí que sirvió para decir que en el momento digital que atravesamos esta clase de estímulos se han multiplicado, y lo han hecho gracias a un buen número de razones.

Por ejemplo, la economía de la atención se fundamenta en la capacidad que tienen determinadas herramientas para conquistar todas las horas de nuestro tiempo. Porque antes uno podía vivir pegado al televisor cuando estaba pasando el rato en el salón de su casa, sí, pero no podía llevárselo al trabajo, tenerlo siempre cerca cuando se marchaba a la cama o cuando se sentaba a almorzar; pero ahora, las capacidades técnicas de la contemporaneidad y de las nuevas pantallas han hecho posible que esa dependencia total sí se haya logrado. Y en el fondo es el resultado natural de una mezcla tan potente como la que combina los fundamentos de la economía de la atención con los fundamentos del conocimiento de los datos individuales por parte de las empresas y las capacidades inmediatas de notificación. Sin embargo, sí que estoy de acuerdo con esa idea de la economía de la distracción entendida en una doble vertiente, que trato de diferenciar en el libro: la de la atención como facultad de concentración y también como factor económico.

P: Mark Fisher explica que el capitalismo se sirve de movimientos anticapitalistas para seguir fomentando sus dinámicas capitalistas. Con la tecnología y en especial, las redes sociales, ¿sucede algo parecido? ¿Hace falta que haya personas que renieguen de ellas para que las grandes plataformas como Facebook se sigan sosteniendo?

R: Antes de nada, he de admitir que esa apreciación de Mark Fisher tiene mucho sentido. En estos momentos, de hecho, lo que nos está pasando con la tecnología y con las redes sociales es que hemos perdido el control de las mismas, y lo hemos hecho desde hace dos o tres años para acá. Fíjate que yo aún recuerdo el nacimiento de Google, cuyo primer eslogan fue el controvertido «don’t be evil» (no seas malvado), y también tuve la suerte de vivir los orígenes de Facebook, que se presentaba en sociedad animando a la gente y a sus propios empleados con el mantra de «move fast and break things» (actúa rápido y rompe cosas); y la verdad es que no hay una frase mejor para definir todo lo que han hecho esta clase de compañías en los últimos tiempos: moverse muy rápido y destrozar muchísimas cosas, hasta el espacio público.

No voy a ser yo quien diga que la elección de Donald Trump, la votación a favor del Brexit y demás asuntos de actualidad hayan sido culpa de multinacionales como Facebook, pero sí que estoy seguro de que, sin querer, en su momento se les fue la mano y pudieron contribuir a ello. Vemos, además, que a raíz de estos excesos Facebook trató de poner las cosas de nuevo en orden, colocarlas otra vez dentro de la botella, pero no parece ser ésta tampoco la solución. Se ha hablado incluso de aplicar nuevas normativas y un marco jurídico donde se defina claramente cuál es su responsabilidad, que es un poco lo que ustedes me comentan acerca de las dinámicas anti-libertarias de la tecnología, y, sin duda, esto es lo que les permitirá no estamparse contra la pared y continuar haciendo su trabajo. De hecho, esos contrapesos son fundamentales para que puedan empezar a construir su nueva realidad.

P: Durante el debate en Condeduque se justificó, precisamente, la bondad de las tecnologías mediante una comparación constante con el pasado. Por ejemplo, se dijo que en épocas anteriores, sin tecnología ni progreso, las tasas de analfabetismo eran más altas o también se explicó que el ser humano, desde siempre, había enloquecido con cada nuevo invento –pongamos la imprenta o el ferrocarril-. Datos que son absolutamente ciertos. Sin embargo, si utilizamos esta comparación para todo, ¿no estamos descuidando de algún modo los problemas de la actualidad?

R: Para empezar, lo primero que debemos saber es que el pasado nunca se duplica. La historia, por su parte, no es una línea recta que avanza en una sola dirección, pero tampoco es el círculo que simboliza el eterno retorno. Si hay algo en lo que yo no creo profundamente es en eso, en la idea que concibe al pasado como todo aquello que pasó y que ya no regresa, y es un poco lo que sucede también en cuestiones como esta. Tal y como decía Shakespeare, la historia está llena de «ruido y furia», de movimientos por todas partes, de luchas y de combates. Cuando yo mismo comparo la situación actual con la sociedad industrial no te digo que la sociedad industrial vaya a empezar de nuevo, porque hay muchas cosas que ahora tenemos y que no existían en aquel momento, y que han cambiado y van a cambiar de nuevo, como los datos o la privacidad; lo que yo creo, no obstante, es que los distintos momentos históricos -este incluido- están formados a partir de diversas capas, y no puedes centrarte sólo en la capa más superficial. Las cosas evolucionan, nuestras creencias evolucionan, la razón y el pensamiento crítico también, y es complicado conocer hasta qué punto se dan en el presente, pero es todo eso lo que nos ayuda a vivir y a convivir juntos.

Lo que está claro, sin saber muy bien en qué momento estamos, es que ya vivimos en una etapa histórica diferente, y cuando cambias de etapa lo que sueles encontrar es desorden. Ya luego, con el paso de los años, las realidades se irán aclarando y podremos discernir mejor si esos cambios fueron positivos o negativos, pero en el corto plazo esto es lo que sucede, tal y como averiguó la historiadora Elizabeth Eisenstein cuando se puso a investigar el impacto que tuvo el uso de la imprenta en la historia de Occidente y se remontó a los cincuenta primeros años después de su invención, para concluir que durante aquella etapa todo había resultado caótico. Así que sí, después de un cambio rotundo toca vivir un periodo de incertidumbre, donde los distintos elementos que lo conforman discurren por cualquier dirección. Ahora le ha llegado el momento al pensamiento crítico, sin ir más lejos, pero aún no somos capaces de discernir si estamos ante su final, ante su redefinición o ante su transformación definitiva. Y este cambio no puede producirse de manera natural, tal y como ya comentábamos al principio, sino que nos corresponde a nosotros llevarlo a cabo de manera activa.

P: Además de ser autor de La civilización de la memoria de pez y profesor universitario, eres el presidente de Arte, que es un canal de televisión con vocación cultural europea. ¿Qué papel dirías que juega un espacio así en lo que se ha denominado como ‘soft power’ dentro de la diplomacia internacional? ¿Hasta qué punto un canal público y cultural ayuda al fortalecimiento de la Unión Europea?

R: Verás, Arte es el producto de un momento geopolítico muy especial y muy concreto, y por desgracia es algo que la gente parece haber olvidado. Exactamente, el tratado fundacional de la cadena se firmó el día de la víspera de la reunificación alemana, y cuando digo la víspera me estoy refiriendo a la víspera literal, en octubre de 1990. En él, de hecho, aún seguíamos planteándonos la pregunta de si Europa sería capaz de sobrevivir a todo aquello…

A mí, por ejemplo, la reunificación me pilló en Alemania, con 24 años, y la gente -muy pesimista- dudaba si no habría llegado ya el fin del sueño europeo. La preocupación era tal que los presidentes Helmut Kohl y François Mitterrand decidieron adoptar una serie de medidas para reforzar el vínculo franco-alemán que se había construido después de la II Guerra Mundial y, sobre todo, a partir de los años cincuenta. Antes de nada, hay que tener en cuenta que Francia y Alemania son países que siempre han estado enfrentados: en 1870, en 1914, en 1939… tres generaciones de franceses y de alemanes estuvieron combatiendo continuamente durante años, y había que plantearse cómo las generaciones posteriores iban a reconciliarse definitivamente.

Como podrán intuir, una de las medidas para lograrlo fue la creación de un canal común de televisión, un canal puramente franco-alemán y con la convicción de que lo que une verdaderamente a los pueblos es la cultura, la música y el conocimiento del espacio y de la historia compartida. No es casualidad, por tanto, que las primeras grabaciones de Arte tuvieran que ver con la II Guerra Mundial, porque para conocerse y poder vivir en comunidad hace falta conocer nuestro pasado y todo lo que hemos vivido en conjunto, incluso cuando peleábamos y nos declarábamos la guerra. Entonces, sí, siempre ha sido un objeto político en el sentido de que la vocación primigenia del canal es la de dirigirse a dos pueblos en apariencia diferentes, pero también muy parecidos. Y yo ya digo que esta relación no es automática, eh, porque para los franceses no es sencillo trabajar con los alemanes, y viceversa; sin embargo, vale la pena y te das cuenta de que puedes llegar a ser muy amigo de una persona con la que, en apariencia, lo único que haces es discrepar. ¡Se nota hasta en el fútbol! Porque te prometo que yo ya no vivo los partidos Francia – Alemania de la misma manera [risas].

Esa es nuestra pequeña aportación al gran edificio que es Europa, y que esperamos extender muy pronto a otros países de la Unión: la cultura común, los grandes documentales y nuestras ganas de hacer cosas conjuntamente, que es lo que nos acerca a la posibilidad de vivir acompañados y de vivir mucho mejor.

P: Entonces, y ya por acabar, la auténtica utopía no es la del ciberespacio, ¿verdad? La auténtica utopía es cultural…

R: En efecto. La cultura es el primer elemento emancipador del hombre, y siempre lo será.

* Foto de portada: Centro de Cultura Contemporánea Condeduque

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