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Azahara Alonso: «La escritura lleva una gran carga de intemperie»

'Gozo' (Siruela, 2023), de Azahara Alonso, es una obra que, sin duda, se merece el título que lleva, pues nos invita a los lectores a gozar mientras nos cuestionamos acerca de la vida en la ciudad, la autenticidad, el turismo, el tiempo, su uso y las palabras, que «tienen y contienen el mundo», tal y como la propia Azahara nos enseña.

Con Gozo (Siruela, 2023), de Azahara Alonso (Oviedo, 1988), uno recuerda -y entiende, ¡al fin!- la máxima de Hemingway que nos invitaba a distinguir entre acción y movimiento. No en vano, comprendemos que avanzar no está reñido con los viajes de ida y vuelta, ni con los años sabáticos, ¡y mucho menos con la idea de vivir en una isla y aislarse de orillas ajenas! También contradecimos a Richard Ford, cuando, en El periodista deportivo (Anagrama, 2003), escribía que «a veces, si las cosas no mejoran parece que empeoren», porque, tal vez, en esa quietud, en esa tranquilidad -aparente-, sea, precisamente, donde más cosas sucedan.

Sobre su experiencia viviendo en el archipiélago de Malta -y sobre experiencias parecidas-, Alonso nos previene:

«Produce beneficios: se resuelven cosas pendientes (nunca laborales, véase punto 2), se ve con más claridad, la respiración termina por llegar al diafragma sin esfuerzo y lavar los platos no es un sacrificio tres veces repetido cada día, sino la oportunidad de aprender qué verdad física mueve las burbujas o quién y cuándo inventó el estropajo. Se aprende a pasear, o, mejor dicho, se desaprende a andar con prisa (…). No se vuelve igual a la vida de antes. Por supuesto, nadie es la misma persona dos días diferentes, pero tras esta experiencia la agenda es un ente más ajeno, viscoso, sin sentido. Un año sabático es lo contrario de un año entre rejas, lo opuesto a una condena. De este modo, la reinserción es esencialmente una pérdida de libertad».

Del mismo modo, añade: «Tantas veces he tenido que explicar por qué me fui allí aquel tiempo que ya no sé si las razones que repito de memoria son ciertas o se han convertido en una ficción que me divierte». Por suerte, ilumina la escena al confesar: «las preguntas me dan una oportunidad para ordenarme»; y nosotros, acompañándola, tampoco las íbamos a desaprovechar.

PREGUNTA: A Gozo, la isla mediterránea, uno llega después de «atravesar tierra, mar y aire, aunque en otro orden», explicas al detalle; pero, para adentrarnos en Gozo -tu obra-, que está «a medio camino entre el ensayo, la crónica y el diario», tal y como la definió Elvira Navarro, ¿cuál es el itinerario? ¿Dónde comienza -y dónde acaba- el viaje?

RESPUESTA: El camino se hace a sí mismo al leer el libro. Creo que gran parte del disfrute de los libros de género híbrido (o no demasiado puros en el suyo) es acceder a ellos sin una expectativa que esté por encima del placer de leer y de generar en ese proceso un diálogo con lo que se cuenta. Que sea exactamente o no una novela, que sea exactamente o no un ensayo, una crónica… es lo de menos, o así me dejo llevar yo por libros de este tipo.

P: Sostiene Laura Ferrero en Qué vas a hacer con el resto de tu vida (Alfaguara, 2017) que «una isla no es solo un territorio rodeado de agua (…). También lo es por su cultura, distinta a la continental, y por lo que los habitantes se consideran a sí mismos». En tu caso, que viviste en una «isla de verdad» hace no tanto, y que, ahora, padeces «el síndrome de la isla en plena meseta», ¿hasta qué punto dirías que la insularidad es capaz de absorber -o convivir- con el resto de facetas?

R: Yo soy de un lugar que no es una isla, pero al que muchos vecinos/as se refieren como tal. No es la primera vez ni la décima que oigo que Asturias es una especie de isla. Creo que hay algo de estado de excepción en ello, y la insularidad es un concepto que en ese sentido me interesa sobremanera: hoy en día nada está completamente aislado, pero desde su casi-aislamiento se dan formas diferentes de relación con lo que está afuera. Una suerte de deseo de mantener el carácter y fascinación por lo que está al otro lado.

P: «En la ciudad, también, un avión puede llevarme casi directamente a cualquier parte del mundo. Pero desde donde escribo, dentro de su apretado laberinto, el pie al salir de casa suele iniciar un recorrido habitual no por rutina, sino por acceso: me muevo en una lógica muy básica, me imagino en un videojuego en el que un joystick gigante determina mis paseos, siempre iguales. Estiro una finísima e invisible cuerda que me ata a casa. Voy y vuelvo. Nadie sabe qué sumará puntos en ese tablero de regularidad». A la hora de escribir, ¿te sucede lo mismo? ¿Cuáles son los temas sobre los que siempre vas y vuelves, Azahara? ¿Dónde te consideras extranjera? ¿Con cuáles te sientes como en casa?

R: En ese fragmento trataba de poner de manifiesto cómo la vida en la ciudad grande (que durante todo el libro contrasta con el pasado en la vida en la isla) era asfixiante en el presente, y la escritura para mí desde luego que no lo es. En parte, precisamente, porque no hay unos temas sobre los que voy y vuelvo a conciencia o por una especie de obligación. Al contrario, la lectura y la escritura me permiten casi disfrutar de mis obsesiones, que son continuas pero también muy variadas, y eso me da una sensación de libertad personal placentera en ese último reducto que es el literario. Me siento extranjera con casi todo, la escritura lleva una gran carga de intemperie, y ahí está parte de la gracia de escribir, en no hacer siempre pie, pero intentarlo. Los temas que más me obsesionan son el tiempo, el espacio (casi nada, estos dos), lo metaliterario, el turismo, el trabajo, la culpa, lo poético.

P: «Quizá la escritura es también un tipo de paisaje», anotas. Pero, además de la posibilidad -¿o no?- de «contarse una historia con palabras hiladas por otros», ¿a qué te refieres? ¿Cómo describirías, entonces, su composición, su técnica, y el resto de elementos que la conforman?

R: Con imágenes como esa pretendo siempre -y me refiero aquí especialmente a Gestar un tópico (RIL Editorial, 2020)- no explicarlas, sino generar una propuesta que pueda decir algo a algunos/as lectores/as, y también a mí como forma literaria. Explicarlas es como explicar un chiste, y temo mucho eso. En cualquier caso, con la posibilidad de contar una historia con palabras hiladas por otros me refería a lo que cuento aquí: unir todas las G que anoté en los márgenes de libros ajenos. En cuanto a la composición y la técnica, para mí escribir es reescribir y corregir, darle una forma final desde ahí a lo que tenemos.

P: Hablando de paisajes: en Gozo subrayas una idea muy interesante, tomada del sociólogo Dean MacCannell, cuando, al presentarnos Xiapu -«un pueblo al sur de China que se ha reinventado como decorado para que los visitantes hagan allí fotos y las compartan a través de Instagram»-, nombras el concepto de «autenticidad escenificada». En estos momentos, en que nuestras experiencias -casi- siempre están mediadas por relatos -ajenos-, filtros y pantallas, ¿cómo podemos acercarnos a la realidad de un modo directo? ¿De qué forma la escritura -ese «tipo de paisaje»- nos ayuda o nos dificulta el proceso?

R: No creo que nunca haya existido tal cosa como una experiencia de la realidad sin mediación, siempre estamos mediados por la cultura y sus dispositivos, y no creo que sea algo negativo. Lo que sí me preocupa es un discurso de la autenticidad como el que vende la industria turística, en el que se nos invita de continuo a consumir escenarios pretendidamente genuinos, al tiempo que eso mismo destroza el lugar para sus habitantes. Es tremendo, la verdad. Me parece que la escritura puede ser un proceso de reconocimiento de la propia posición, algo así como desvelarnos a nosotras mismas qué pensamos cuando le dedicamos tiempo y espacio a una tarea como la de percibir escribiendo. Algo, sobre todo, revelador y divertido.

Portada de ‘Gozo’ (Siruela, 2023).

P: Dices que, «durante mucho tiempo, las palabras compuestas de mi lengua materna me confundieron porque creía firmemente en su unidad (…). La textura de mi lenguaje infantil tenía la rugosidad de lo arbitrario». En la obra, sin embargo, lucen varios términos compuestos -como el de «autenticidad escenificada», sin ir más lejos- que, en vez de guardar un sentido unitario, lo lleva al extremo, ampliándolo -y contradiciéndolo-. Es el caso, por ejemplo, de «curiosidad adiestrada», «el deber del ocio», «la sorpresa silenciosa» o «la tiranía de lo uniformemente bello». ¿Puede, acaso, de una confrontación de conceptos, surgir nuevos significados? ¿Qué relación guardaría esto con los aforismos, por cierto -género con el que también te hemos disfrutado-?

R: Al escribir esas líneas pensaba en eso, literalmente palabras compuestas de mi lengua, ejemplos como tajalápiz (o sacapuntas, en su versión más castellana), paraguas, etcétera. Son palabras que nos llegan en la infancia con su forma unitaria, aparentemente arbitraria, y que solo cuando las miramos con intención lúcida se abren un poco. En cuanto a la combinación de términos que señalas en la pregunta, considero que la labor del pensamiento y de la literatura es nombrar con más o nueva precisión, y ahí creo que lo arbitrario es una categoría muy lejana. Así que sí, por supuesto, pueden surgir nuevos significados, y me parece que esto guarda relación también con lo poético, que une realidades o impresiones, como aquella célebre idea de Lautréamont o como las greguerías de Ramón Gómez de la Serna.

P: Un juego de palabras que he escuchado últimamente, y que, por supuesto, me ha recordado a tus postulados, es el de «turista laboral» -¡casi nada, ¿eh?!-. Porque, estando en contra del turismo de masas y del trabajo -¡¿quién no!?-, ¿en qué aspectos crees que se parecen -y diferencian- un destino vacacional y cualquier ocupación asalariada?

R: Bueno, hay muchas personas a favor del turismo porque creen que el de masas nunca es el suyo [risas]. Pero acerca de esa idea, confieso que he intentado que ocupe un lugar importante en Gozo: el turista es un trabajador ejerciendo su labor de días libres. Esa labor es una actividad, normalmente asociada al viaje o al consumo hostelero, con un trabajo extra, la creación de contenidos en redes al compartir cada detalle del viaje y las localizaciones.

P: Quienes defienden al turista, encuentran en su mirada una serie de valores que, a priori, no parecen malos: apertura de miras, voluntad para dejarse sorprender, curiosidad… ¿Por qué parece que tengamos que tomar distancia para aplicarlos? ¿Eso de ser turistas en la propia ciudad es algo factible, o acaso ya lo somos y no nos hemos enterado?

R: Creo que la mirada del turista no es tan curiosa si necesita viajar a toda costa para ejercerla y permanece ciega en su lugar. Es obvio que en este mundo la perspectiva siempre ayuda al asombro, pero precisamente la filosofía ha hablado desde sus inicios de la capacidad para sorprenderse a través de la actitud y la observación.

Sobre la segunda pregunta, también creo que somos turistas en nuestras propias ciudades, pero en otro sentido, en el de que las ciudades ya no nos pertenecen porque no podemos pagárnoslas, así que hemos empezado a tener la sensación de estar casi de paso o en barrios tan gentrificados que no disponen de una ferretería, una mercería… y sí, en cambio, de decenas de bares, espacios para guardar la maleta, etcétera.

P: En 259 saltos, uno inmortal (Barbarie editora, 2022), Alicia Kozameh crea un personaje curioso, que bien podría haber aparecido entre tus páginas, junto a Józef Wittlin, Rodolphe Christin y, por supuesto, Luis Buñuel: un hombre que «estudió Geografía y logró su título en no más de tres años. Le gustaba su carrera. Se dedicó seriamente. No le fue difícil, al poco tiempo de haber terminado los estudios, conseguir un puesto en la facultad en la que se había recibido. Tuvo oportunidades de viajar por América, incluso por Europa y África, pero no se entusiasmó (…). El resultado fue que a los cuarenta y ocho años nunca había salido de Argentina. Incluso hasta el final de su vida no salió. Nunca salió, en realidad (…). No tenía los pulmones en Estocolmo, el hombro derecho en Sidney, un ojo en Viena y la frente en Tokio. Tenía todos sus miembros en Córdoba (…), permanecía entero». Tras ello, Kozameh concluye: «Sin embargo sigo preguntándome: qué es no estar desmembrado. Qué es la cohesión. Quiénes son, dónde están los que gozan de tan genuina solidez»; y yo te lo traslado: ¿cómo se alcanza la entereza en un mundo (des)articulado?

R: Estaría muy bien saberlo [risas]. A veces también pienso que estaría muy bien ser de una sola pieza, pero creo que es un engaño que nos hacemos, nuevamente ese extraño deseo de ser una misma, sea lo que sea eso. El mundo no está nada desarticulado, en realidad: el capitalismo, que es mucho más que un sistema económico, una ideología, uniformiza casi todo. La gracia quizá está en sentirse en varias partes, de varias formas. Con Alicia Kozameh me pregunto qué es la cohesión, especialmente en este mundo, porque no lo sé.

La escritora Azahara Alonso (Oviedo, 1988).

P: «Empecé a desear estar en otra parte cuando no podía moverme del mismo lugar (…). Entendí entonces que el espacio era una cuestión de tiempo», señalas -casi al final de la obra-. Siendo así, ¿al tiempo -a tener tiempo, sobre todo- qué lo condiciona?

R: ¡Absolutamente todo!

P: «Solía pensar que para escribir el gozo era preciso pausar el resto de la vida. Como cuando una va a contar la mejor anécdota y entonces hace callar a todos sus amigos. Pero para hacer ese paréntesis son necesarias dos circunstancias: la enfermedad o el dinero. Por fortuna, yo no suelo tener demasiado de ninguna de las dos. Hay una tercera opción: hacer de la vida una suerte de tiempo libre con pequeñas interrupciones». ¿Son esas interrupciones -pero del trabajo, de las responsabilidades o del ocio obligado-, tal vez, el auténtico remanso -para vivir, a pesar de todo, claro; pero también para la creación literaria y sus innumerables vástagos-?

R: Como últimamente pienso que todo este asunto va de disponibilidad o no disponibilidad, diría que no estar disponible (para trabajar en un empleo, para responder mensajes, para atender compromisos) no es tanto acceder a un remanso como a la propia vida. Hemos ido aceptando poco a poco, sin darnos apenas cuenta, que esa vida sea un continuo rendir cuentas y estar activos/as en lo que se supone que tenemos que hacer, y de pronto todo lo demás parece lo que ahora alguna gente llama el lujo de la desconexión, del tiempo libre, etcétera. Yo creo que es el momento en el que de veras tenemos libre albedrío y por eso precisamente es por lo que hay que pelearlo.

P: Por último, me gustaría mencionar -y profundizar en- un párrafo con el que intuyo más de lo que leo: «Corazón es una de las palabras que más tachaba Borges en sus correcciones. Yo borro constantemente de este manuscrito la palabra que más me gusta porque significa demasiado, porque se entiende mal». Y yo no sé si esa palabra es gozo -propiamente dicha- o me estoy columpiando, pero, como esto no es un manuscrito, dinos, Azahara, sin mencionarla: ¿qué tiene esa palabra que la haga tan especial? O, en general, ¿qué tienen las palabras?

R: La ultimísima pregunta de esta última pregunta guarda en sí todo el interrogante por lo literario y también por la comunicación. Hay una cita de John Ashbery que me fascina y que he suscrito tan literalmente durante tanto tiempo que decidí que abriera Gestar un tópico: «Lo veo todo por escrito». Una forma de decir, por ejemplo y entre otras cosas, que todo es palabra. Si intento responder más directamente, las palabras tienen y contienen el mundo, el que comparece cuando escribimos y leemos.

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