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Álvaro Gálvez: «La escritura podría ser una incontinencia controlada»

En esta entrevista con Álvaro Gálvez (Córdoba, 1989), el autor reflexiona acerca de la vida y la escritura a través de su primera novela: 'No sabéis vivir' (Sr. Scott, 2024). En ella, se cuestiona, entre otras cosas, el sentido de vivir frente a las expectativas sociales, la mediocridad y las heridas no cerradas, pero, por suerte, aporta más preguntas que respuestas –y nosotros, evidentemente, nos aprovechamos–.

Hace años, admití que lo mejor de haber estudiado Derecho era que «ya nunca podrán llamarme para que entre a formar parte de un jurado popular», pero me equivocaba.

A día de hoy, lo mejor de haber estudiado Derecho ha sido poder disfrutar –un poco más, al menos– de la primera novela de Álvaro Gálvez (Córdoba, 1989): No sabéis vivir (Sr. Scott, 2024), una historia que transcurre entre librerías y bufetes –de abogados, claro–, alegrías y varapalos; y, en especial, en la lucha constante –y definitiva– entre el sosiego, el éxtasis y la búsqueda –a veces, infructuosa; otras, efímera– de la felicidad.

Al fin y al cabo, uno es como Negro –personaje secundario, aunque muy relevante, dentro de la trama planteada por Álvaro–, que «estudió la carrera [de Derecho] sin intención de sacarle partido profesionalmente», sino por complementar la de Periodismo y aprender a pelearme con Hacienda; y, de paso, disfrutar de algunos libros. ¿Tiene lógica? Eso ya no lo sé, pero, de nuevo, acudo a una de las mejores frases del propio Álvaro Gálvez, que, por cierto, aparece en una de las páginas centrales de la obra: «A veces cuestionamos todo salvo lo que menos sentido tiene, supongo que por tenerlo demasiado cerca».

Y en esas estamos, tanto nosotros como la entrevista que le hemos planteado: intentando alejarnos de las ideas preconcebidas y de cuestionarnos –y de cuestionarle a Álvaro, por descontado– tantas cosas como den abasto.

PREGUNTA: Desde el título hasta muchas de las reflexiones que aparecen en ella: Álvaro, te has empeñado en que los lectores no salgamos de tu primera novela sin habernos planteado, al menos una vez, si sabemos o no sabemos vivir. Para ello, te basas en la siguiente paradoja: «¿Quién está aprovechando mejor su existencia: el adolescente responsable que se deja la vista en los libros, o el que se congela el culo besando a su novia en el banco de un parque?», añadiendo, gracias a tu protagonista, un pequeño –e irrebatible– matiz: «porque ¿cómo va a estar la conciencia de la vida por encima de la vida?», que es algo que a mí me ha recordado a Hemingway y a su –también– primera novela, Fiesta, en la que anotó: «No me importaba el sentido de la vida. Lo único que quería era saber cómo vivir. Tal vez si uno descubría cómo vivir podría deducir de ahí el sentido de la vida». Siendo así, ¿qué es lo que son capaces de deducir los lectores acerca de tu postura? ¿Coincide con la de tus personajes, o éstos ni siquiera la intuyen?

RESPUESTA: No sé qué son capaces de deducir los lectores sobre mi postura porque tampoco sé cuál es mi postura. Algunas preguntas tienen sentido en sí mismas, sin necesidad de respuestas concretas; de esta forma son más nutritivas. En cuanto a si un adolescente aprovecha más la vida en un parque o leyendo, es una pregunta tramposa que lanza el protagonista, que se debate en ese caso entre la acción y la inacción. Es un dilema clásico. Por un lado, estaría el caso, por ejemplo, de quien se entretuvo en el jardín de su inteligencia y luego terminó arrepentido por no haberse implicado apenas en la vida; por otro lado, el de quien se centró en lo inmediatamente útil sin preocuparse por afinar un poco su espíritu. El protagonista es un hombre desesperado, por eso es tan rotundo a veces y por eso extrema las premisas hasta convertirlas en juegos tramposos. Necesita respuestas, pero no siempre hay respuestas, y eso no lo encaja bien. En cualquier caso, el libro termina con preguntas, no con respuestas. Me interesa más la ambigüedad que la certeza.

P: «Supongo que todos tenemos algo que ocultar. Todos aprendemos a sobrevivir soportando brotes más o menos frecuentes de mala conciencia. Y cargamos con ese lastre, mayor o menor, hasta la muerte. Pensándolo bien, sobrevivir a tantos silencios encallados tiene su mérito», escribes. En este sentido, ¿cuál sería, entonces, el mérito de la escritura? Que, en mayor o en menor medida, sería una vertiente de la ‘incontinencia’, ¿no?

R: Bueno, depende. En un plano literario, hay cosas que quedan fuera por el bien del conjunto. Es importante, digamos, contenerse. Aunque nunca se tiene claro si se está haciendo bien o no. Cuando reviso un manuscrito, mi tendencia es limar cada párrafo, quitar todo lo que haga falta para que no sobre nada. Pero también puede ser peligroso abordar la revisión de un manuscrito pensando que lo correcto siempre es recortar. A veces puede venir bien reformular o desarrollar alguna idea. Aun así, en general, creo que lo acertado suele ser quitar, contenerse. Porque a veces, por inseguridad, complejos o lo que sea, las páginas se atiborran de supuestas credenciales inútiles. La escritura podría ser una incontinencia controlada, respondiendo a tu metáfora.

P: ¿Y de la lectura? Porque, a veces, lo que apetece realmente es «hacer como que» leemos, ¿no? «Un pasatiempo como otro cualquiera aunque no está catalogado. Sentarse con las piernas en alto y dejar que el pensamiento fluya es un plan que no figura en ninguna lista de ocio», ¡y eso sí que tiene mérito! ¿Crees que llegará el momento en que perder el tiempo, a lo Nuccio Ordine, se convertirá, de hecho, en la única manera de recuperarlo? Además de fingir que leemos, ¿se te ocurren otras alternativas?

R: Uno puede coger un libro por si le apetece leer pero sin la seguridad de que vaya a hacerlo, como el que empieza una película pero sin descartar la posibilidad de dormirse una siesta. No creo que hacer eso sea perder el tiempo, sino no estar obsesionado con aprovecharlo para algo concreto. Ahora parece que tenemos que sacarle rendimiento a todo lo que hagamos. Eso es un espanto. A mí se me da bien dedicarme a estar relajado, pero algunos necesitan estar muy ocupados para no sentirse mal. Cada uno es de una manera. También es cierto que mi trabajo me permite no andar a codazos con mis obligaciones para sacar ratos para lo que me interesa, y eso reduce mucho el estrés. Me he esforzado para encontrar algo así, lo cual también implicó un sacrificio en su día. Una alternativa a fingir que estás leyendo para que te dejen tranquilo es fingir que estás trabajando. Es todavía más efectiva.

Álvaro Gálvez Medina (Córdoba, 1989). Fotografía tomada y cedida por él mismo.

P: «¿Por qué escribo a la defensiva, más pendiente de no ser uno de los que lo hacen mal que de encontrar lo que quiero escribir yo? (…)

¿La literatura es un juego en el que gana quien no se repite nunca? ¿Sólo es meritorio romper con los cánones?».

«Antes que nadie, yo ya me preguntaba quién cojones me creía y seguí haciéndolo hasta que decidí escribir sin considerarme escritor, que es mucho más cómodo».

Éstas, y otras tantas, son algunas de las cuestiones metaliterarias que aparecen a lo largo –y ancho– de ‘No sabéis vivir’, y, si bien antes hablábamos del (difícil) equilibrio entre «vivir-la-vida» y «pensar-la-vida», ¿qué es lo más conveniente si nos lanzamos a escribir: reflexionar sobre la escritura, primero, y atrevernos a plasmarlo después; o enfrentarnos al texto sin miedo, y ya, luego, empezar a darle vueltas acerca de lo que es (o, incluso, de lo que puede llegar a ser)? En tu caso, ¿cuál es el proceso?

R: El primer borrador era más metaliterario, pero recorté mucho en ese sentido. La parte metaliteraria tenía que estar justificada. El protagonista tiene una inclinación evidente hacia la literatura; quiere ser escritor, pero no se atreve a reconocerlo, por eso se obsesiona con lo que es o no es literatura y con lo que es o no es buena literatura. Se trata, sencillamente, de inseguridad. Creo que es común interesarse por la metaliteratura al principio; se intenta comprender el juego para evitar el ridículo. Pero no creo que una opción sea más conveniente que otras. Cada uno sigue su camino. Es algo más espontáneo.

P: Otra de las reflexiones que me dejaron sin habla: «la gente tiene prisa, hasta llora con prisa, y la prisa mata. La aceptación de la propia mediocridad, la frustración ante una vida no deseada, las pastillas: como para no volverse loco. Es mejor no pararse a pensar». Sin embargo, y aunque es cierto que quiero hablar de «mediocridad», no quiero centrarme en la propia, sino en la ajena, en la de los demás; en ese momento en que pareces darte cuenta de que, a tu alrededor, son todos unos incompetentes, como cuando, en la película Maixabel (2021), el personaje de Luis Carrasco, es decir, Urko Olazabal, nos explicaba a todos, en medio de un interrogatorio, los motivos que lo habían alejado de ETA:

«—¿Hay algo concreto que haya propiciado tu cambio?

—No, son varias cosas.

—Pues dime una.

—Encontrarme con los dirigentes en la cárcel.

—¿Qué pasó?

—Que no valían nada. Que me habían mandado unos mediocres. Y me entró mucha rabia por haberles creído».

Como autor, ¿cómo convives con esa posibilidad: por un lado, la de haberte creído a otros autores que acabaron demostrándose ‘mediocres’ –y, sobre todo, sus proclamas–; y, por otro, la de terminar cayendo tú en la propia trampa –que, por otro lado, es algo que también le preocupaba a Diego, el protagonista de la trama–?

R: Eso de que la prisa mata lo escuché o lo leí por ahí. Me pareció una formulación sencilla pero potente, tipo cajetilla de tabaco, y no se me iba de la cabeza, por eso terminó colándose en el libro; me gustaba y tenía fuerza, así que intenté exprimirla y usarla como trampolín. Pero la usé para el personaje; es decir, la novela no es una excusa para dejar constancia de lo que pienso yo. El protagonista es alguien aparentemente normal que, movido por las circunstancias y por una personalidad determinada, termina estallando. En ese sentido, partía de pensamientos que pudiesen ser comunes y luego dejaba que se desbocasen.

En cuanto a encontrarme con autores mediocres, no es algo en lo que me pare a pensar, no me perturba eso. Si un autor deja de interesarme, no vuelvo a él, ya está. Y claro que yo también puedo caer en la mediocridad. Tener clara esa posibilidad viene bien para no bajar la guardia.

P: Si te fijas, la pregunta anterior me ha ayudado a introducir otro de los elementos principales de la novela, que no es otro que el crimen perpetuado –del que no diré nada, por cierto–. Sobre éstos, en El adversario (Anagrama, 2013), distingue Emmanuel Carrère:

«Se ignora la enorme diferencia entre crímenes monstruosos pero irracionales y un crimen malvado. Es cierto que penalmente no cambia gran cosa, puesto que ya no existe la pena de muerte. Pero moralmente o, si se prefiere, por la imagen que ofrece Jean-Claude y que a él le importa, no es en absoluto lo mismo ser el héroe de una tragedia, impelido por una oscura fatalidad a cometer actos que suscitan horror y piedad, que un pequeño estafador que por prudencia escoge a sus víctimas, personas de edad y crédulas, en el círculo familiar, y que para preservar su impunidad empuja a su suegro escaleras abajo».

¿Tú a quién prefieres, Álvaro: de una tragedia, al héroe; o de una comedia, al villano? Sobre todo: ¿son acordes esas preferencias a tu arrojo literario?

R: En el caso de No sabéis vivir, podría decirse que el protagonista se siente impelido por una oscura fatalidad, como dice Carrère. Lo de que se considerase un héroe ya es otro tema. En cualquier caso, los arquetipos son útiles, puesto que relacionar unos personajes con otros no se deja de ser un juego de contrapesos. Pero no creo que los roles deban ser exactos. Nadie es completamente bueno o malo; esto es una obviedad. En cuanto a si prefiero al héroe o al villano, pues depende del día, y tampoco planeo con exactitud lo que voy a escribir. Tengo una idea y voy dejando que le salgan ramas.

Álvaro Gálvez Medina (Córdoba, 1989). Fotografía tomada y cedida por él mismo.

P: Sucede, a veces, que el crimen y / o la violencia no son buscados, sino impuestos por una violencia –estructural– mucho más profunda y enquistada. Tal y como llegó a decir Genet, «he decidido ser lo que el delito ha hecho de mí». Si tú, por ejemplo, fueras lo que ha hecho de ti la literatura, ¿qué serías?

R: Pues lo primero que se me ocurre es que me ha ayudado a ser alguien mejor ubicado, más sereno. Con las primeras lecturas que empezaron a entusiasmarme, tuve la sensación de haber encontrado mi sitio. Desde ese momento siempre leo. Y no es una cuestión de rapidez, sino de encadenar una lectura con otra. Al organizar mi vida, mi rutina, la literatura siempre tiene un hueco.

P: Y si fueras lo que hizo de ti la carrera de Derecho, ¿qué quedaría? Porque ya nos adviertes al comienzo de la novela, por medio de Diego: «por última vez, redacté un escrito en aquella oficina: mi dimisión. En aquel momento, curiosamente, me dio por pensar que me alegraba de poder despedirme, por fin, de la retórica jurídica. Más tarde comprendí que ese veneno es muy pegajoso».

R: Todo lo que hacemos influye en nuestra visión de la vida, que puede ir cambiando. La carrera del Derecho y, sobre todo, el ejercicio de la abogacía, influyeron en mi personalidad, claro que sí. Pero todo es demasiado progresivo como para afirmar con exactitud qué ha supuesto para mí esa experiencia. Mi enfoque, el ángulo desde el que miro, seguro que le debe mucho a esos años. Fui dejando las certezas y me acerqué más al escepticismo. Pero se puede llegar a los mismos sitios por otros caminos. También puede ser una cosa de la edad.

P: Hablando del pasado: la voz narrativa de ‘No sabéis vivir’ señala, en un momento dado, que «la gente cambia. La gente cambia mucho. El pasado es mentira, de hecho. En la memoria solo permanecen algunos retazos de lo que fuimos, de lo que hicimos. Casi todo se olvida y se convierte en invención o vacío». Por otro lado, al presentar a Alberto, uno de los compañeros de piso de Diego, vaticinando su porvenir, admite que «el futuro le daba vértigo, empezaba a asumir que la vida se le daba mal, aunque a mí me pareció que se consideraba más desgraciado de lo que en realidad era», para acabar resolviendo, en las páginas finales, que «por mucho que se hable de la suerte o del azar, nuestro futuro depende en gran parte de nosotros. Esto es tan obvio que a la gente le da por rebatirlo. A mí me pasaba […]». En fin, que me enrollo: ¿tú dónde te sitúas, dentro de toda esta amalgama de referencias (y aspiraciones) espaciotemporales?

R: En su día daba por hecho que era nostálgico, pero más tarde me paré a pensarlo y llegué a la conclusión de que no lo era tanto. Le dedico más tiempo al presente y al futuro. No porque crea que vaya a ser mejor que lo anterior. Tan solo es una realidad: no me recreo en lo que ya he hecho. Aun así, la nostalgia siempre está ahí. Pero en mi caso no suele ser incapacitante ni suele entristecerme. No sé si dentro de unos años esto cambiará. Puede ser.

Durante los veinte también me interesaba el futuro, pero estaba más inquieto. Supongo que es lo normal. La inestabilidad laboral es clave en ese sentido. Ahora afronto las cosas de otra manera. Lo malo es que queda menos para la muerte. No se puede tener todo.

Desde el punto de vista de la escritura, la nostalgia es un recurso útil, a veces, incluso, puede parecer facilón. Depende de cómo lo uses. Por otro lado, la memoria es fundamental, aunque uno no escriba sobre su vida.

P: Para acabar, me gustaría rescatar una última cita de la obra: «Dicen que los aciertos y los errores, a la larga, son una cuestión de perspectiva». Ahora que ha pasado (casi) un año desde la publicación de la novela, a la que, imagino, ya te acercas con cierta visión de conjunto, ¿cuáles dirías que fueron sus aciertos?

R: Es difícil responder a esto. No he vuelto a leer el libro desde la última revisión. Además, eso es una cosa que prefiero que digan otros, no yo. Pero no me arrepiento de haberlo publicado, y eso es importante. Todo lo que ha venido después ha estado muy bien, como la columna semanal en Diario Córdoba.

P: ¿Y sus errores? –aquellos que enmendarías de cara a la siguiente, me refiero–.

R: Seguro que los tiene, lógicamente. Pero enmendar errores me suena raro, demasiado concreto. Es una evolución natural, algo más abstracto e intuitivo. También se puede tener siempre la sensación de empezar de cero. Ahora, de hecho, no estoy escribiendo una novela, sino otra cosa. Y no sé si tendrá sentido al final, no sé si querré publicar lo que estoy escribiendo en este momento. Intentaré hacerlo lo mejor que pueda, y espero que la experiencia me eche una mano, nada más.


No sabéis vivir (Sr. Scott, 2024)


Recién licenciado en Derecho, Diego regresa a Córdoba dispuesto a encauzar su vida. Allí encuentra un hogar marcado por el silencio, y la falta de un trabajo estable, junto a su timidez, lo conducen a un aislamiento cada vez mayor. Lejos de afrontar sus problemas, se deja llevar por el fatalismo, actuando de manera precipitada y descargando su frustración mediante estallidos de violencia […].


1 comment on “Álvaro Gálvez: «La escritura podría ser una incontinencia controlada»

  1. Avatar de Mass Cultura

    “Muy interesante la entrevista, no conocía ese libro y lo añadiré a mi lista de lecturas pendientes.”

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